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08/11/2026 Clarín - Nota - Sup. Especial - Pag. 19

De Ubaldini al círculo rojo en el Luna Park: el regreso del Papa que sacudió a la Argentina de Alfonsín
Guido Carelli Lynch
El paso de Juan Pablo II en 1987 tuvo alto contenido político que el Gobierno no pudo evitar. La trastienda de un compleja la reunión con 7 mil empresarios.

La segunda vez que Juan Pablo II pisó la Argentina, el 6 de abril de 1987, encontró un país muy distinto al que había conocido cinco años antes. Aquella había sido una visita fugaz de 31 horas para acelerar la paz -la rendición- en Malvinas.
Ahora gobernaba Raúl Alfonsín, un presidente democrático que había logrado dejar atrás la violencia de la dictadura, pero no ahuyentar los fantasmas de violencia ni construir una economía firme. La Iglesia y El Vaticano miraban con recelo el avance de la Ley de Divorcio. La corporación militar -sediciosa y golpista- resistía. Los gremios estaban en pie de guerra y, a dos años del Plan Austral, la economía no mostraba signos de recuperación.
El Papa permaneció en el país siete días, recorrió diez provincias y dio unos cincuenta discursos. Tras su raid por Bahía Blanca, Viedma, Córdoba, Tucumán, Salta, Corrientes y Paraná. De regreso en la Capital lo esperaban más misas, más homilías y la tensión entre empresarios, gremialistas y el Gobierno.
En las puertas del Mercado Central reunió a 300 mil trabajadores. Lo acompañó el jefe de la CGT, Saúl Ubaldini, que en enero había encabezado el octavo de los trece paros generales contra el programa económico radical.
El sindicalista improvisó pasajes que no figuraban en el discurso preparado por el obispo Rodolfo Bufano. El gesto generó malestar entre los empresarios, que preparaban su propio acto con el pontífice. "Es justo que exista una noble contienda sindical, pero encaminada a conseguir los objetivos propios del mundo laboral", dijo Juan Pablo II.
El círculo rojo de la época preparó su propio acto -en espejo- en el Luna Park, el estadio techado más grande del país, que ya tejía una relación con el arzobispado local (que años después heredaría la propiedad) y donde un tal Jorge Bergoglio, por entonces director espiritual y confesor en el Colegio Máximo de San José, pero futuro arzobispo de Buenos Aires y Papa, oficiaría misas y ordenaría sacerdotes.
El escenario del Luna, esta vez, estaba acondicionado por el mejor escenógrafo de la televisión de la época, Miguel Caldentey, que también ambientaría el estadio para el casamiento de Maradona. No fue solo un gesto a la comunidad polaca, también era una señal geopolítica.
Para acompañar a Juan Pablo II, en el íconico estadio confluirían los representantes de la Sociedad Rural Argentina, la CGE, la ACDE, la UIA y CAME, entre otras entidades. Nunca antes este ni ningún otro Papa se había dirigido exclusivamente a los empresarios.
Tres meses antes, apenas empezaron a debatir la organización, surgieron los problemas. La orden del director de la Pastoral Social y arzobispo de San Juan, monseñor Ítalo Di Stéfano, de empoderar cuatro comisiones no fue suficiente. Los empresarios discutían por cualquier detalle, en especial por la proporcionalidad de las butacas que corresponderían a cada una de las veintisiete asociaciones anfitrionas. También por los cien mil dólares de gastos, que terminó costeando la UIA.
Algunos dilemas atravesaban al círculo rojo. ¿Debería un empresario tomar la palabra en pleno acto tal como haría el presidente de la CGT? Y, todavía más importante, ¿debía invitarse especialmente a una comitiva de la CGT a presenciar el acto en el Luna Park?
Los dueños y gerentes también se dividieron por el diagnóstico del país que transmitirían al Papa. La Sociedad Rural y los industriales veían en la intervención estatal desmedida la principal causa de la crisis. Las organizaciones más "progresistas", como la CGE, la Federación Agraria y CAME, culpaban a las políticas liberales aplicadas por los militares.
Una versión del documento que combinaba ambas hipótesis se filtró a la prensa. "Factor central de la decadencia, aunque no único, es el Estado, un empresario indirecto, avasallador e ineficiente que desalienta la iniciativa del empresario auténtico. Las reglas impuestas desde hace muchos años privilegian la especulación, protegen la ineficiencia y penalizan la actividad productiva", afirmaba el escrito que buscaba presionar al Gobierno. La comitiva papal tomó distancia: el Sumo Pontífice ya contaba "con un detallado informe sobre la actualidad de la Argentina". Algunas organizaciones empresarias más afines al Gobierno se bajaron a último momento.
Siete mil empresarios, muchos acompañados por sus esposas, presenciaron el discurso. Ubaldini y la delegación gremial faltaron. Tras un discurso duro de Di Stéfano, habló Wojtyla, que en su castellano balbuceante se metió en el bolsillo a los hombres más poderosos de la Argentina. "Sé que estoy ante un conjunto de personas especialmente cualificadas, de cuya importante actividad depende una parte considerable de la vida económica y el bienestar de muchas familias", sostuvo.
La primera de las veintisiete ovaciones de pie llegó tras una improvisación, fuera de programa, cuando Wojtyla sentenció que "las empresas son legítimas expresiones de la libertad". "Hay una semejanza bíblica entre el empresario y el pastor", sostuvo, aunque se apresuró a precisar que era solo una manera de hablar. "El gran negocio que habéis de hacer en vuestra vida empresarial es la conquista del cielo, la vida eterna", afirmó antes de añadir, un poco en broma y un poco en serio, que debían confiar en su palabra porque se los decía un papa, el "responsable de una economía superior".
Al cierre, Cecilia Bunge, viuda de Enrique Shaw -el empresario argentino declarado beato por León XIV en 2025 y que podría convertirse en santo-, entregó al Papa una rastra de plata en nombre de los empresarios. Juan Pablo II se quedó para bendecir a quienes pudieron acercársele. Algunos lamentaron la ausencia del líder de la CGT. "Es una lástima. Porque para Saúl (Ubaldini) este discurso del Papa hubiera sonado como música angelical", sentenció el industrial Rolando Pietrabueno.
Esa misma tarde Juan Pablo II inauguró la Jornada Mundial de la Juventud. El domingo celebró la misa de Ramos frente a un millón de personas. Tras un acto en el Teatro Colón con científicos y académicos, volvió a Roma. No logró pacificar al país. Cuatro días más tarde, el jueves santo, un grupo de militares carapintadas liderado por Aldo Rico se acuarteló en Campo de Mayo. La casa no estaba en orden.

Seis días en el país. Juan Pablo II llegó el 6 de abril de 1987, recorrió distintas provincias y pasó de misas masivas a actos con la CGT de Saúl Ubaldini y con 7.000 empresarios en el Luna Park.


Menciones: Juan Pablo II, Saúl Ubaldini, Raúl Alfonsín, Guido Carelli Lynch, Rodolfo Bufano, Jorge Bergoglio, Miguel Caldentey, Maradona, Sociedad Rural Argentina, CGE, ACDE, UIA, CAME, Ítalo Di Stéfano, Federación Agraria, Wojtyla, Cecilia Bunge, Enrique Shaw, León XIV, Rolando Pietrabueno, Teatro Colón, Aldo Rico, Campo de Mayo


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