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El Turco y el Pelu Sandra Russo El tipo no me agarra la plata. Ya le insistí dos veces y se me hace tarde. Estamos en Corrientes y Gascón, en una galería en la que casi todos los locales fueron cerrando por goteo, menos una cerrajería y dos o tres con vidrieras que no se ven, porque no hay luz. Se acaba de cortar, la puta madre. Afuera llueve a cántaros. Los cortes de luz me ponen de la cabeza. Pago lo que a veces no tengo y cuando la luz se apaga de repente, es como si alguien me dijera "tarada, mierdita, kuka inmunda, mierda humana", y me dan ataques de ira que le cuento a mi psicólogo. Yo entro por una calle y salgo por la otra todos los martes y jueves, cuando voy a pilates. Hoy estaba cruzando la galería cuando escuché un sollozo. Vi primero los bártulos y después su figura, el hombre de camisa a cuadros negros y marrones con la espalda contra la pared, hundida en la sombra. Ahí se cortó la luz. Justo cuando lo vi llorando en la sombra, hasta la sombra se apagó. Lo iluminé con el celular y me acerqué. Sollozaba más fuerte, como si ser mirado por alguien fuera todavía peor. No supe qué hacer. El hombre tendría entre cincuenta y sesenta, cara de turco, flaco, nariz prominente, pelo oscuro y largo. Seguía apoyando la cara entre las manos y llorando. Me agaché y le pregunté qué le pasaba, qué necesitaba. Tardó unos instantes en recomponerse. Al fin dijo, entrecortado: -Quiero casa, colchón, sopa y mate. Me quedé helada por su precisión. Estaba viendo cómo seguir la conversación, ahí agachada, mientras él se serenaba, cuando por atrás, un perro negro me tiró al piso a su paso y fue a acomodarse en los brazos del hombre. Era flaco como él, un falso labrador con el lomo inexplicablemente brillante en la oscuridad. -Peeelu mi pelu mi peeelu -se puso a repetir el hombre mientras lo abrazaba y el perro también le pasaba las patas por la espalda. Era el mejor abrazo hombre-perro que había visto en la vida real. Con IA estos abrazos me revientan. Me senté en el piso. -Nos quedamos en la calle-me dijo el hombre de pronto. -¿Cuándo? -pregunté. -Esta mañana -dijo él con la voz en un hilo. Y fue entonces, recién entonces, que se me rompió el yeso emocional. Hasta ahora, el tipo y el perro habían tenido una casa y ya no tenían nada. Ya sé que es un razonamiento estúpido. O mejor dicho, no es un razonamiento. Es claramente peor haber estado años en la calle, y terminar muriendo en ella, después de haber tenido un hogar. Porque siempre se habla de casas en las crisis de viviendas, pero poco de hogar, que es donde está el amor y la protección. Y sin casa no hay hogar. Y un poco infantilmente, por haber presenciado hacía un instante el abrazo más intenso del mundo, o porque ese hombre estaba entrando en su infierno, o porque yo estaba entrando en el mío, me puse a llorar como una loca. Se me vino todo junto a la cabeza, los últimos años, las decepciones, el esfuerzo, las pérdidas, la muerte de mis perros, el derrumbe de todo, mis problemas económicos, la valija con ropa de Muji que me perdió Iberia hace cinco años y que nunca volví a ver, en fin. Lo sagrado y lo profano. Me convertí en segundos de una señora de paso ligero que iba a su clase de pilates para sobrellevar su artritis reumatoidea, a una descontrolada catarata de llantos detenidos en algún momento por órdenes del cerebro que ahora decomandaba todas juntas. Cuando pude calmarme, vi que el Turco y el Pelu me miraban asustados y muy atentamente los dos. Me dio un enorme pudor, pero el pudor no era más grande que mi extrañamiento, que a su vez no era más grande que el deseo de salir rápidamente de allí. Fue entonces cuando agarré toda la plata que tenía, que era bastante porque venía del cajero, y se la di al El Turco. El tipo es obstinado, miro el reloj y si no salgo ya, ya mismo, no me dejan entrar a la clase. -Acá te dejo mi teléfono. Conozco grupos que ayudan. Dejame un mensaje y te los paso. Pero ahora agarrá esto, que me tengo que ir -le digo. El Pelu mira atento. El Turco es terco. No me habla. Se cruza de brazos y no me da ni bola. -No te hagas el orgulloso, boludo, para una noche te alcanza. -No es orgullo, señora. Hoy nos quedamos sin casa. Para aceptar su dinero, que le agradezco, me faltan un par de días o una semana. Digo, no sé. Todo esto es nuevo para nosotros. Menciones: Corrientes, Gascón, Muji, Iberia, El Turco, El Pelu, IA, cnot
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