10/10/2026 Página 12 - Nota - Contratapa - Pag. 32
Estar o no estar Raquel Robles Estar o no estar, esa es la cuestión. Desde un punto de vista esencialista, se es esto o aquello, más allá del contexto o de las decisiones que tomemos. Hamlet, frente a la demanda de su padre devenido fantasma, se ofusca y se dice, palabras más, palabras menos, como Felipe de Mafalda, "¡justo a mí me tocó ser yo!". Porque, ante la presencia ominosa de un espectro que dice ser su padre y no poder descansar en paz, promete algo brutal: vaciarse de sí para ser la voluntad del rey Hamlet. Entonces, claro, ser es hacer lo que el padre le pidió, y lo contrario, es dejar de ser, es decir, morir. Sólo el temor a las penurias desconocidas que lo esperan en la otra vida le contiene la mano que, como dice en su famoso monólogo, podría resolver el asunto con el sencillo uso de un estilete. No es una angustia muy original, todo el mundo está en ese mismo brete. Sin embargo, tal vez podríamos darle una mirada distinta al asunto. To be or not to be puede traducirse como "ser o no ser", pero también como "estar o no estar". Entonces, la cosa podría no "ser o dejar de ser", sino "estar o no estar". Estar en un lugar o dejar el lugar vacío, estar o no estar a la altura, poner o no poner el cuerpo, concurrir a la cita o pegarse el faltazo. Estar presente o estar en babia. Vivir la experiencia de la vida o quedarse en la superficie, mojándose apenas los pies. Este tiempo sórdido, horrendo, cruel, despiadado, invita a ausentarse. Pareciera que estar demasiado en la vida podría hacernos desear poner al estilete a dibujar líneas rectas y trasversales por las venas y las arterias. Si caminamos con los ojos demasiado abiertos, la tragedia humana podría absorbernos al más oscuro inframundo. Sin embargo, lo cierto es que el tiempo de nuestra vida es uno, es único y es finito. ¿Podemos renunciar a estar en esta cita que quién sabe por qué nos tocó en suerte? El príncipe Hamlet quisiera no haber ido a los funerales de su padre, ni haber cedido a quedarse para los festejos de casamiento de su madre con su tío. Quisiera no haber escuchado a su amigo Horacio y no haber estado en el momento previo a la salida del sol en la explanada del castillo para ver esa aparición que decía ser su padre y que lo ha puesto en este brete. Pero ¿cómo se hace para no saber lo que ya se sabe? Tal vez se pueda dilatar un poco el encuentro con la acción, pero la verdad no es menos verdad porque se decida no hacer nada con ella. Cuatrocientos años después de que Shakespeare representara en el teatro El Globo el drama de Hamlet, la angustia nos sigue acometiendo: estar o no estar. Porque esa es la cuestión. ¿Cuánto más podemos dilatar el momento de la acción? En el palacio de Dinamarca, la indecisión costó nueve cadáveres. Era uno nomás el que pedía el espectro. Había que matar a Claudio y listo. Pero no, murieron nueve, incluido el vengador. ¿Cuántos muertos nos costará esta indecisión? Claro, estar se dice fácil, pero no sé qué podría ser más difícil. Si fuera fácil, Hamlet hubiera agarrado su espada y le hubiera dado fin al problema. Si Hamlet hubiera sido Polonio, en un pim pam pum se hubiera terminado el asunto. Pero Hamlet es Hamlet, un hombre que se angustia. Como cualquiera que por estas tierras quiera estar y no sepa cómo ni dónde. Porque, ¿dónde es la cita? ¿con quiénes? ¿a qué hora? Ya no hay organizaciones ni partidos ni sindicatos ni movimientos que sean esa campana llamándonos a la plaza que supieron ser. Las organizaciones no organizan, los partidos no generan pertenencia, los sindicatos no defienden a la clase trabajadora, los movimientos ya no mueven más que sus propios huesos sin carne. Para peor, cuando hacemos el esfuerzo de la autoconvocatoria, hay que lidiar con la compleja, intrincada y muchas veces pesadísima trama de esta humanidad tan rota. Gente que no escucha, que acusa a los demás de sus propios enojos, que pide cuentas, pero reclama conducción, gente que, de tan rota, rompe cualquier brotecito verde que asoma por debajo de los escombros. Ser no es tan complicado. Con no decidir dejar de ser –morir–, alcanza. Pero estar... Eso sí que es peliagudo. A lo mejor, sabiendo lo que sabemos, viviendo en el mundo en el que vivimos, en el tiempo que nos toca, sería bueno dejar de preguntarnos adónde vamos, qué se propone esta grupalidad, cuál es el objetivo de reunirnos, y dedicarnos a estar. Estar aunque duela. Aunque fastidie. Estar hasta las últimas consecuencias. No mezquinar nuestro cuerpo a la demanda de nuestros fantasmas, esos que nos piden venganza. Porque estamos asistiendo a una chantada total, a un casamiento incestuoso entre los que tienen el capital y los que quieren que les tiren un hueso. Claudio debe morir y sería lindo no esperar hasta que nuestra casa se llene de cadáveres. Entonces, todo lo contrario de lo que dijo Hamlet: Que la conciencia no nos vuelva a todos cobardes, y que los primitivos matices de la resolución no se debiliten con los pálidos visos del pensamiento; y que las empresas de mayor importancia, por esta consideración, no desvíen su curso y pierdan el nombre de acción. Estar o no estar: esa es la cuestión. Porque si seguimos faltando a la cita, esta tragedia va a terminar con todos muertos y sin ningún Horacio que cuente la historia ni ningún príncipe de Fortinbrás que venga a organizar nuestros funerales. Además, en definitiva, si vamos a vivir, mejor estar vivas, ¿no? ¿Quién querría llevar tan pesadas cargas, gimiendo y sudando bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera porque el temor de que hay algo más allá de la muerte –esa región desconocida de cuyos confines ningún viajero regresa– turba la voluntad y nos hace sufrir los males que tenemos antes de lanzarnos a otros que no conocemos? Menciones: Hamlet, Felipe, Mafalda, Rey Hamlet, Horacio, Shakespeare, Teatro El Globo, Dinamarca, Claudio, Polonio, Fortinbrás, cnot
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