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10/10/2026 Clarín - Nota - Sumario - Pag. 2

Lo que Messi le enseña a la insultocracia
Miguel Wiñazki

Por qué hemos llegado a confundir la autoridad con la agresión y la fortaleza con la imposición a los gritos incivilizados? Los alaridos escritos o enunciados, microfoneados y propagados como si fueran palabra santa, profanan la base de la convivencia. Todo ésto es sabido y repetido, pero la insultocracia persevera. El insulto se volvió método. La descalificación, programa. El adversario ya no es alguien que piensa distinto, sino un blanco móvil a quien hay que degradar, humillar, borrar. Y lo que antes avergonzaba ahora se exhibe como credencial. El que más grita es el que más manda. El que más ofende parece el más valiente. Es un espejismo. La autoridad no se impone, se reconoce. Nadie obedece de verdad a quien lo insulta. A lo sumo le teme, y el miedo es la forma más precaria de la obediencia. Dura lo que dura la amenaza. El insulto paraliza en principio. Después se evapora. La fortaleza tampoco es estridencia. Hay una fortaleza silenciosa que consiste en no dejarse arrastrar, en no devolver el golpe con el mismo golpe, en sostener la propia forma cuando todo invita a perderla. Los estoicos la llamaban dominio de sí. Es más difícil que cualquier rugido. Hay, además, una confusión de fondo encarnada en la creencia de que la firmeza exige estruendo. Se supone así que la convicción se mide en decibeles. Pero la historia enseña otra cosa. Los grandes liderazgos democráticos no fueron los más ruidosos, sino los más persuasivos. Convencer es más trabajoso que intimidar. Requiere argumentos, paciencia, la aceptación de que el otro también razona. El grito, en cambio, es la renuncia a la razón. Es lo que queda cuando ya no hay nada que decir. Se puede competir sin agredir. Esa es la enseñanza de Messi, desde el principio al fin de su carrera. El clímax de su enojo fue el emblemático "andá pa''llá, bobo". Se lo dijo a un jugador neerlandés que no sabía castellano, tras un partido ultra tenso. Y nada más. Le han pegado hasta lo imposible y nunca respondió con violencia. Ni siquiera protestaba. Tras hacharle las piernas un millón de veces, se levantaba y respondía con talento inaudito. Esa escena, repetida durante dos décadas en canchas de todo el mundo, tiene una ética entera. El defensor que pega deliberadamente busca dos cosas, frenar al rival y sacarlo de sí. La patada es física, pero su objetivo es psicológico. Quiere que el otro abandone su juego y entre en el juego del agresor. Que todo se vuelva barro. Messi nunca aceptó esa invitación. Se levantaba, se acomodaba las medias, pedía la pelota. Y la respuesta llegaba después, en el idioma que él había elegido. Una gambeta, un pase imposible, un gol histórico, y otro más y muchísimos goles más. El rencor transmutado en contundente belleza. Transmutado en victoria. Ahí está la clave. La violencia es imitativa. Quiere obligar al agredido a parecerse al agresor. Responder con talento es romper ese espejo. Es decir, no voy a ser como vos. Voy a ser mejor que vos, y te lo voy a demostrar. No es mansedumbre tonta. Es soberanía. El que no se deja provocar es dueño de sí mismo. El que reacciona a cada golpe es esclavo de quien lo golpea. Y aquel "bobo" confirma la regla en lugar de desmentirla. Fue su borde, su desborde más recordado. Y fue casi tierno. Un insulto de potrero, sin odio. El país lo convirtió en remera, en meme, en chiste compartido. Nadie lo leyó como una agresión, sino como la prueba de que hasta el más sereno tiene un límite humano. El potrero existe, pero no se extralimita en Messi. Que ese límite haya sido apenas eso dice mucho de todo lo que no fue. La política argentina elige, en general, el camino contrario. La patada retórica como estrategia y como espectáculo. El grito como prueba de convicción. La injuria como certificado de autenticidad. Se confunde la sinceridad con la brutalidad, como si decir cualquier cosa de cualquier manera fuera una forma de coraje. La valentía verdadera es otra cosa. Es contener la mano cuando la furia empuja. Es sostener el respeto cuando el otro lo pierde. Es no convertir cada diferencia en una batalla. Ya no importa si algo está bien o mal, sino si funciona, si circula, si moviliza las redes. Y el insulto circula. El algoritmo lo premia. La indignación es un combustible barato y abundante. Cada alarido engendra otro alarido, y la conversación pública se convierte en una cancha embarrada donde nadie juega y todos se pegan. Pero ese modelo tiene un problema. Es estéril. La belicosidad permanente no construye nada. Gana la presencia en la agenda de un día y pierde posibilidades de convivencia. Agota. Divide. Y deja, después de cada batalla, un paisaje más pobre que el anterior. No se trata de pedirle a la política que se vuelva un salón de té. La disputa es legítima; la pasión, también. El problema no es el conflicto sino su degradación. Se puede discutir con dureza sin perder la dignidad. Se puede marcar al rival sin quebrarle las piernas. Se puede argumentar con riqueza lexical y no con la pauperización de la palabra reducida a expresión excremental. Las sociedades no se enriquecen a los gritos escatológicos. Se construyen con acuerdos, con reglas compartidas, con la mínima confianza de que el otro no es un enemigo a liquidar sino un rival con el que hay que convivir. Esa confianza se quiebra con cada insulto proferido desde el poder. Porque el poder amplifica. Lo que en un ciudadano es un exabrupto, en un gobernante es una pedagogía inversa. Una antipedagogía en rigor. Una didáctica de lo que se hace, aun cuando no habría que hacerlo. No son pocos los que reivindican los alaridos y los insultos. Argumentan que quien gritonea ante micrófonos o en redes interpreta la indignación de las mayorías, y que por explicitar esa furia, lidera. Pero es al revés. La indignación por sí misma se vuelve puro vacío. No tiene contenido. Es nada. Y la nada, nada puede generar. Los chicos que vieron jugar a Messi aprendieron algo que ningún manual de civismo enseña con tanta eficacia, que se puede ser el mejor sin pisotear a nadie. Que la grandeza no necesita la humillación ajena. Que el talento es la respuesta más contundente a la agresión. La cuestión es dónde nos espejamos. ¿En la conducta limpia y brillante o en la belicosidad permanente y siempre improductiva? El alarido subordina porque da miedo. Y el miedo enmudece al disenso. Por un rato, enmudece por un rato.

Los chicos que vieron jugar a Messi aprendieron algo que ningún manual de civismo enseña con tanta eficacia: se puede ser el mejor sin pisar a nadie.


Menciones: Messi, Miguel Wiñazki, cnot


#75313008   Modificada: 10/10/2026 02:53 Superficie artículo: 591.17 cm²
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