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27/09/2026 Perfil - Nota -   - Pag. 38

"La realidad es que vivimos en mundos psicológicos, no en mundos económicos"
Jorge Fontevecchia
Psicólogo cultural irlandés, doctor en Desarrollo Humano Comparado por la Universidad de Chicago, profesor asociado de Psicología en la Universidad de Copenhague e investigador visitante en la London School of Economics. Acaba de lanzar el que para Thomas Piketty es el libro del año: "Inequality: The View from Manywheres", publicado por Cambridge University Press, donde plantea que la desigualdad no se explica con cifras, sino por cómo se la percibe. En esta entrevista sostiene que vivimos en mu

-Su libro pone una al lado de la otra dos versiones de la misma economía: una en la que los ricos se vuelven cada vez más ricos, y otra en la que la marea creciente levanta todos los botes. Las dos tienen respaldo empírico. ¿Qué determina dentro de cuál de esas dos historias termina viviendo una persona, y qué pasa en una sociedad donde las dos circulan al mismo tiempo?
-El intento de construir esos dos relatos fue darle voz a la multitud de opiniones distintas que escuchamos en relación con la economía, a esas maneras subjetivas de entenderla. Quise abordar esa multitud de relatos globales para construir una versión más simple, la de estos dos relatos, como usted bien señala. Por un lado, en todo el mundo vivimos en una de las épocas más prósperas de la historia de la humanidad, pero por el otro vivimos con una desigualdad creciente. Creo que, como individuos, vivimos simultáneamente dentro de esos dos relatos a la vez. Por supuesto, como escribo en el libro, las personas son muy sensibles a cualquier cambio en la manera en que entienden su situación económica, y esa sensibilidad, sostengo, en algunos casos va más allá de lo que indican las mediciones objetivas de crecimiento y de bienestar económico. Son las maneras subjetivas de entender de la gente, cómo uno se siente psicológicamente, cómo piensa sobre esos relatos, eso es lo que tiende a ser realmente importante. En ciertos momentos, en las sociedades contemporáneas, llegamos a puntos de inflexión en los que la gente pasa de pensar que las cosas están más o menos bien en cuanto a su prosperidad, sus ingresos y la distribución de la riqueza en su sociedad, a pensar que puede haber algo injusto, que se está quedando atrás, que no está recibiendo lo que le corresponde. Y entonces cambia el foco y empieza a pensar y a hablar sobre otro tipo de relato. Lo que estamos viendo en todo el mundo en la última década es que la gente está pasando de esa mentalidad y ese relato de prosperidad general, donde sentía que si trabajaba duro podía progresar, a una visión más desigual de nuestra situación económica, donde, haga lo que haga, las cartas están marcadas en su contra, la desigualdad aumenta y, por más que trabaje, siente que no puede salir adelante. Son puntos de inflexión que se alcanzan, y los estamos viendo en todo el mundo en este momento.
-Usted señala que las plataformas de redes sociales y la conectividad global exponen a las personas a versiones altamente curadas, y a menudo idealizadas, de la vida de los demás, lo que amplía el grupo de referencia contra el cual cada uno mide su propia posición. Si la comparación que produce la sensación de privación ya no es con el vecino sino con un estándar de vida global y en buena medida ficticio, ¿la desigualdad se vuelve un agravio que ninguna redistribución puede saldar del todo?
-Es un concepto muy interesante esta idea de las comparaciones sociales. Tiene una larga historia en las ciencias sociales, en la sociología y también en la psicología. Tradicionalmente, uno se comparaba con el vecino, con la gente de su barrio o de su ciudad. Las personas no se movían como se mueven hoy en el mundo, ahora viajamos, migramos. Y a todo eso se suman las redes sociales, como usted bien señala, que permiten ver con facilidad estilos de vida distintos, o quedar expuesto a ellos, de gente que vive en otras partes del mundo. Tenemos la explosión de los influencers de las redes sociales, por ejemplo, que les venden un punto de vista idealizado a miles de millones de personas en todo el planeta. Y eso, por supuesto, significa que nuestro grupo de comparación se está desplazando. Ya no son nuestros vecinos, ni la gente con la que crecimos, o con la que fuimos a la escuela, o que vive en nuestro mismo barrio o en nuestro mismo pueblo. Es esa visión fantasiosa e idealizada de la vida que en muchos casos llega desde las redes sociales y desde los influencers, y eso está modificando psicológicamente la manera en que entendemos nuestra propia posición en el mundo, nuestro propio valor como personas, nuestro valor en términos de ingresos y de riqueza, pero también el tipo de vida que imaginamos que podríamos llegar a vivir. Y todo eso viene cambiando en los últimos veinte o treinta años en todo el mundo. Lo vemos, y escribo sobre eso en el libro, a principios de la década de 2010 con la Primavera Árabe, por ejemplo. La gente del norte de África y de Medio Oriente quedó muy expuesta a esas visiones y a esos estilos de vida distintos, a cómo podría llegar a ser su propia vida en otros países, y después miró alrededor, en su propio país, y vio pobreza, vio corrupción, vio desigualdades crecientes. Esa fue una de las chispas que encendieron la Primavera Árabe y el malestar social y las revoluciones que vimos en todo el norte de África y hacia Medio Oriente.
-Si dos sociedades con números económicos casi idénticos pueden reaccionar de maneras opuestas, entonces ningún dato económico permite anticipar si una sociedad va a estallar. ¿Comparte esa implicancia, o hay algo que sí deje prever la reacción? Se lo pregunto porque a los enfoques interpretativos suele reprochárseles que explican todo después y no anticipan nada.
-Creo que esta es probablemente una crítica válida al tipo de trabajo que hacemos muchos en las ciencias sociales, que llega después del hecho, que podemos explicarlo con teorías culturales o morales, o con indicadores económicos. Pero es uno de los desafíos de todas las ciencias sociales, ya sea la psicología, que es mi disciplina de origen, o la economía: predecir. Es algo muy difícil de hacer. Creo que los indicadores económicos objetivos, no nos llevan hasta el final del camino. Ahí falta un componente. Y, como usted bien señala, países que pueden tener niveles parecidos de prosperidad económica, o de penuria económica, o de caída económica, o de medidas de austeridad, de impuestos altos, de desempleo alto, pueden reaccionar de maneras muy distintas. Mi punto de entrada para pensar la desigualdad y las promesas y los peligros del capitalismo fue justamente ese: que podemos tener países comparables en cuanto a su situación económica, sea buena o mala, pero interpretaciones muy distintas sobre si esas realidades económicas se sienten justas o no, sobre cómo se posicionan subjetivamente las personas dentro de ellas, y resultados muy distintos. Si la gente sale a la calle a protestar contra la situación económica, sea la que fuere, o si en cambio se repliega hacia adentro, mantiene el statu quo y tolera la penuria. Así que el componente que falta, más allá del análisis económico, es el análisis psicológico. Y para mí la psicología es individual, pero también es social y cultural.
-Su trabajo muestra que la percepción pesa más que la cifra a la hora de que la gente juzgue su situación económica. ¿Cómo se relacionan entonces lo que la gente tiene y lo que la gente percibe, y qué peso le da usted a cada cosa?
-Esa es una gran pregunta. Si busca una respuesta simple ahora mismo, es la gente que tiene mucha riqueza y mucho poder para controlar el relato. Esto se ve, particularmente, con la reelección de Donald Trump en Estados Unidos y con sus financistas. Vemos a las personas más ricas del mundo, Elon Musk, Bezos, Zuckerberg, apoyando a Trump y sus políticas. Así que tiene razón en que hay una negociación. Siempre existió esa inquietud, ese malestar, cuando se trata del capitalismo y del crecimiento económico, distintos relatos, gente que quiere mercados libres, que no haya regulación, y la idea de que la ganancia es buena y la prosperidad es buena, por un lado. Y, por el otro, gente peleando contra eso, los sindicatos a lo largo de los años, los derechos de los trabajadores. Siempre existe esa negociación. Pero en este momento creo que lo que estamos viendo en muchas partes del mundo es el ascenso de la súper élite, tanto en términos de sus ingresos y su riqueza como de su influencia desproporcionada sobre los sistemas de gobierno en todo el mundo. Y estamos viendo este retroceso de la democracia debido a la influencia de los súper ricos.
-El título de su libro propone una mirada desde muchos lugares. Si la desigualdad se experimenta de manera distinta según concepciones locales, culturales y psicológicas, ¿queda algo que se pueda afirmar universalmente sobre ella, o toda comparación entre países pierde sentido?
-Mi identidad principal sería la de psicólogo cultural, y el principio básico de la psicología cultural es que tenemos muchos universales a lo largo del tiempo y entre culturas y naciones distintas, pero que se manifiestan de maneras diferentes en distintas regiones culturales y en distintos períodos históricos. Lo que sostengo en el libro, y lo que defiendo, es una especie de marco universal para intentar trazar un futuro posible para distintos sistemas económicos, pero basado fundamentalmente en la reducción de la pobreza global, en la creación de sistemas económicos más justos y en la búsqueda de las capacidades humanas: quiénes pueden ser las personas y qué pueden hacer dentro de sus sociedades. Yo vería esos como tres principios rectores para el desarrollo, o el redesarrollo, de distintos sistemas económicos. Pero mi sensación es que, si llegaran a concretarse, se concretarían de maneras muy distintas en contextos culturales y nacionales diferentes. Cuando hablo de justicia, qué es lo justo en Chicago, donde hice el doctorado, en la Universidad de Chicago, frente a qué es lo justo en Copenhague, psicológicamente significa cosas muy distintas. En Dinamarca, por ejemplo, tenemos niveles altos de impuestos, la gente aporta al sistema, pero también recibe mucho del sistema. La educación no es gratuita, y en Dinamarca sí lo es. Así que creo que hay cosas de las que podemos hablar universalmente, y plantar una especie de bandera en el terreno hacia la cual orientarse. Pero la concreción y la búsqueda de esas cosas no van a ser universales. No van a ser uniformes.
-Usted señala que medidas como el PBI se desarrollaron en Occidente y no alcanzan para captar la desigualdad. Si las herramientas fueron construidas en un lugar y después exportadas al resto del mundo, medir al sur global con ellas es también una forma de imposición. ¿Llega su argumento hasta ahí, o se detiene antes?
-Creo que el predominante, del que habla todo el mundo, es el PBI, o el producto nacional bruto, o el PBI per cápita. Esos distintos indicadores tienen, como usted bien dice, orígenes occidentales. Pero existen otras métricas. El Índice de Desarrollo Humano fue construido por Amartya Sen y sus colegas en un contexto no occidental. Se basa en el enfoque de las capacidades humanas y en esa idea de quiénes pueden ser las personas, qué pueden hacer, cuáles son sus libertades dentro de su sociedad, cuáles son sus capacidades dentro de sus distintas sociedades. Y el Índice de Desarrollo Humano es una cuantificación objetiva basada en datos que permiten establecer si las personas tienen o no ese tipo de libertades en sus sociedades. Así que, al menos desde mi rincón, desde una perspectiva psicológica sobre la desigualdad y el capitalismo, el Índice de Desarrollo Humano es una métrica distinta para mirar el desarrollo económico, porque se enfoca más en lo humano y en la búsqueda de esas capacidades.
-Si la medida de una economía pasa a ser lo que las personas son capaces de hacer y de ser, ¿quién debería medir qué capacidades cuentan? ¿Quién debería tomar esa decisión, y qué impide que un gobierno defina esa lista en los términos que ya está en condiciones de satisfacer?
-Sí, así es. Es una idea muy discutida. La filósofa y jurista Martha Nussbaum, de la Universidad de Chicago, tiene un libro precioso sobre la creación de capacidades humanas, donde traza una teoría más universalista de qué son las capacidades humanas, a partir de su trabajo comparado en Estados Unidos y también en la India, mirando en particular a las mujeres de la India para construir esa mirada. Ella señala con razón en su libro, como también vengo diciendo yo, que la manifestación de esas capacidades humanas no va a ser igual en todo el mundo. Y, como usted bien señala, es una crítica válida que quienes están en el poder puedan imponer una visión quizás limitada de las capacidades humanas, y eso socava el tipo de argumento del que veníamos hablando Martha Nussbaum y yo, al intentar enfocarnos de ese modo en las capacidades humanas. Pero, por supuesto, mucha gente en el mundo vive también en países democráticos, y elegimos a los líderes, que a menudo, no siempre, y ya vimos mucho retroceso en eso, pero que a menudo, al menos en teoría, deberían representar la voluntad del pueblo. Así que la idea del libro es volver a poner en el centro esa idea de las capacidades humanas, situarla en este marco psicológico junto con una reducción de la pobreza y junto con la creación de un sentido de justicia, para trazar esa idea como una posibilidad que pueda orientar a los ciudadanos, y también, a quienes están en los gobiernos y a los que diseñan políticas. Desde mi punto de vista, quienes están en el poder también parecen un poco perdidos en cuanto a una hoja de ruta hacia el futuro del mundo que impactan en el costo de vida y en la vida de la gente común. Creo que a veces hace falta un mapa de hacia dónde ir. Por supuesto, los gobiernos dictatoriales o autoritarios pueden imponer una visión muy estricta o limitada de lo que son las capacidades humanas. Pero yo entiendo el concepto como algo liberador y expansivo en su formulación.
-Usted describe un segundo futuro posible en el que movimientos o políticas persiguen una igualdad radical, y advierte que imponer la igualdad sin una consideración cuidadosa puede tener consecuencias no deseadas. ¿Qué consecuencias tiene en mente, y en qué punto una corrección legítima de la injusticia empieza a generar un daño propio?
-Supongo que esta es una de las partes más provocadoras del libro, la segunda posibilidad, la de crear la igualdad ahora. Pero si miramos ejemplos históricos, las sociedades que son más igualitarias que otras, alcanzaron esa igualdad a veces por vías nefastas. Uno puede tener una sociedad perfectamente igualitaria pero donde todos son igualmente pobres. Si un gobierno impone algún tipo de sistema donde no hay mercado libre ni empresa capitalista, todos somos iguales. Y esto lo vemos en distintas épocas históricas: China, Cuba también, donde hay una ausencia de empresas económicas y la gente es más igualitaria. Pero son casos donde la igualdad llega a costa de una pobreza masiva, de que se le niegue a la gente la libertad de desarrollar sus capacidades, si a uno le interesa emprender y acumular ingresos y riqueza, en ciertos sistemas eso está vedado. Ese es uno de los problemas. Un segundo problema con sostener sociedades igualitarias viene de mi vida y mi trabajo acá en Copenhague, en Dinamarca, que es célebre por ser un país de altos ingresos con altos niveles de igualdad entre las personas. Pero basta estar en Dinamarca más de una semana para ver que una de las razones principales por las que eso se sostiene es que se prefiere, y hay políticas para mantener, una sociedad homogénea. Eso significa que hay muy pocos inmigrantes y refugiados que llegan a un lugar como Dinamarca, a diferencia de Estados Unidos, por ejemplo. Y si llegaran, aumentaría la desigualdad, porque mucha gente que estaría huyendo de una guerra, en Medio Oriente o donde fuera, llegaría presumiblemente con menos dinero. Pero Dinamarca es muy draconiana con los inmigrantes, y ser antinmigrante y antirrefugiado se convirtió en una política de consenso en Dinamarca. Esa es una de las maneras en que se sostiene su redistribución, la gente aporta al sistema mediante impuestos, pero aporta a un sistema de personas afines, parecidas a uno, que crecieron y se socializaron dentro de un sistema danés. Y esa es otra razón para ser algo cauteloso respecto de cómo se crea y se sostiene la igualdad en una sociedad.
-El siglo XX dejó varios experimentos de igualdad impuesta, y sus resultados son parte de por qué la palabra genera alarma. ¿Su advertencia apunta a que esa historia se repita, o a algo distinto y específico del presente?
-Supongo que eso está por verse. En mi respuesta anterior me quejo de Dinamarca, pero la vida en Dinamarca tiene los niveles de vida más altos. Hay mucha igualdad. Solo que se apoya sobre esa base incómoda, sobre una especie de consenso nacional, hasta cierto punto, en torno a mantener la homogeneidad cultural. Pero a mucha gente le gusta Dinamarca. Usted mencionó la felicidad antes, a Dinamarca la suelen llamar el lugar más feliz del mundo, y la calidad de vida es muy buena. Así que hay manifestaciones de sociedades igualitarias que pueden ser muy valiosas, como esa socialdemocracia que tenemos en el norte de Europa. Pero quería señalar eso: tiene un costo. Siempre existen esas contrapartidas cuando se trata de crear igualdad. Y, como usted señaló, históricamente hubo problemas con los sistemas comunistas que crearon esa igualdad impuesta desde arriba, que no me parece que haya sido buena en el pasado ni creo que vaya a serlo en el futuro. Pero sin duda hay maneras de crear más igualdad en una sociedad. No creo que deba ser un objetivo tener sociedades totalmente igualitarias, eso también frustraría a la gente, incluso con ingresos altos, uno puede sentirse frustrado si esa igualdad y esa redistribución van en contra de su propia teoría de la justicia y de lo que es justo.
-Usted cierra el libro con tres futuros posibles, y aquel por el que argumenta reemplaza la acumulación de riqueza por la expansión de las capacidades humanas como medida de una economía justa. ¿Qué cambiaría concretamente en el modo en que un Estado diseña sus políticas bajo ese criterio, y quién resistiría más ese cambio?
-Creo que esto, de nuevo, va a variar de país en país, pero la visión que intenté articular en el libro, hacia el final, es que tenemos que volver a enfocarnos en las capacidades humanas. Y suele tratarse de la gente más pobre de la sociedad y de la más pobre a nivel global. Cuando la gente y los economistas hablan de reducir la desigualdad económica, una crítica que me parece bastante justa es que les falta un mapa moral hacia el futuro, qué haríamos con esas sociedades más igualitarias. A menudo se trata de ampliar la clase media, o de que la clase media esté más cómoda. Pero uno de los argumentos principales, y quizás provocadores, del libro es que tenemos que sacar a la gente de la pobreza extrema. Cientos de millones de personas nacen, viven y mueren en la pobreza, y al menos en las ciencias sociales y en la psicología la falta de énfasis en la reducción de la pobreza es realmente asombrosa. Necesitamos prestarle mucha más atención. Así que, cuando se trata de capacidades humanas, tenemos que pensar en esos cientos de millones de personas, en que se les dé una oportunidad: la oportunidad de perseguir quiénes pueden ser y qué pueden hacer, a través de una redistribución. Por un lado, en el libro hablo también de las remesas, la gente cuando emigra de países más pobres a países más ricos y manda dinero de vuelta. Creo que eso es increíblemente importante, y que probablemente se subestima cuánto lo es, quizás incluso por encima de la ayuda estatal. Se trata de recibir a personas que puedan trabajar y construir una vida en países más ricos, pero que también tengan medios legítimos para mandar dinero de vuelta a su país. Así que, en cuanto a cómo se va a ver, se verá distinto en distintas partes del mundo, y también cómo alcanzamos esas capacidades humanas y cómo se manifiestan, pero creo que es un objetivo que vale la pena perseguir.
-La inteligencia artificial promete resolver los problemas de la desigualdad, y algunos proponen un ingreso básico universal para repartir esa riqueza, con el argumento de que un piso garantizado permitiría el florecimiento de las personas. Usted sostiene que lo que hay que mirar no es el ingreso sino lo que las personas son capaces de hacer y de ser. ¿Qué piensa de esas expectativas?
-Creo que el ingreso básico universal es muy interesante. Hay informes y estudios que analizan la redistribución en las sociedades escandinavas, en Finlandia por ejemplo, donde parece tener más éxito en ese tipo de comunidades pequeñas, pero donde la gente redistribuye hacia personas parecidas a ella. Y hay una historia de redistribución dentro de los países, que se ve como algo bueno. Así que el ingreso básico universal parece funcionar de manera más efectiva en lugares más chicos, donde hay más sentido de comunidad y más un vínculo compartido, y parece funcionar peor en sociedades complejas y multiculturales como Estados Unidos. Aunque podamos tener la esperanza y la ambición de que la gente quiera aportar a un bien mayor y redistribuirlo, la realidad psicológica se derrumba cuando no existe esa identidad compartida, cuando uno no quiere compartir con otros que no son similares a uno, que es un hallazgo básico de la psicología social que se remonta a cien años atrás, esa dinámica de endogrupo y exogrupo. Soy muy escéptico respecto de la inteligencia artificial. No creo ser una voz autorizada en esto, pero esas promesas de una inteligencia artificial desregulada, y esas empresas que crecen increíblemente rápido... Seguro que mucha gente está ganando dinero con eso, pero no creo que el objetivo final de la inteligencia artificial vaya a ser una prosperidad compartida de manera igualitaria o justa. Creo que es simplemente otro emprendimiento capitalista, como las empresas de redes sociales hace diez o veinte años, cuando la gente empezó a usarlas. No es que hayan creado prosperidad para todos, crearon más desigualdad, donde quienes invirtieron o fundaron esas empresas ganaron mucho dinero y ahora mucha influencia política, y el resto de la gente solamente las usó. Mi colega Jonathan Haidt, por ejemplo, escribe sobre los efectos nocivos de las redes sociales. Así que esas promesas sobre la inteligencia artificial y la súper abundancia que hace Elon Musk las tomo con pinzas. Definitivamente no me convencen.
-Si el descontento económico es una condición presente en casi todas partes, la pregunta verdadera es por qué se convierte en retroceso democrático en algunos países y no en otros igual de desiguales. En su trabajo comparado, ¿qué distingue a las sociedades donde esa conversión ocurre: la forma que toma la desigualdad, los relatos disponibles para explicarla, la solidez de las instituciones, o simplemente la presencia de alguien dispuesto a organizarla?
-Creo que detrás de buena parte del retroceso democrático que vemos en tantos países, tanto en democracias liberales occidentales como no occidentales, y detrás de la aparición de líderes populistas y autoritarios en todo el mundo, una de las causas subyacentes es la desigualdad, gente que está frustrada, que se siente dejada atrás o tratada injustamente. Hablamos de la gente saliendo a la calle, de manifestaciones, disturbios y revoluciones. Pero la cuestión más grande del cambio social es a quién vota la gente. Y en todo el mundo vemos que está votando a líderes populistas. Se ve en Estados Unidos, en Argentina, y también en Filipinas, en Hungría. Esa es una de las principales manifestaciones de la desigualdad económica en cuanto a su impacto en el plano político y en el social. Y tampoco culpo a la gente. La entiendo. Como psicólogo, entiendo lo complicada que es la vida para las personas. Si aparece un hombre fuerte, alguien como Donald Trump o Milei, y promete resolverte los problemas y crear una visión del mundo mejor, una especie de país de las maravillas donde las cosas están mejor para vos, para la gente como vos y para tu familia, entiendo por qué, en un mundo complicado, con múltiples crisis y emergencias, la gente vota eso. Para que eso ocurra tiene que haber algo de desigualdad, algo de malestar. Eso genera el espacio psicológico por el cual la gente sale a buscar alternativas al statu quo, y por eso vimos la aparición de Trump en 2016 y el voto por el Brexit en 2015, con gente en el Reino Unido molesta con su política migratoria y con el rumbo que estaba tomando su país. Así que tiene que existir un factor desestabilizante, y la desigualdad económica es uno de ellos. Pero además hay que entrar en una esfera donde aparecen personas desfachatadas, como Donald Trump, que se plantan contra la corriente dominante y dicen y hacen cosas que incomodan al establishment y le hablan a la gente común que se siente víctima de sociedades desiguales, de discriminación o de frustración en distintos ámbitos. Algunos países tienen un vínculo más fuerte con la democracia y con sus líderes. En Dinamarca, por ejemplo, construimos durante cientos de años una mirada socialdemócrata según la cual los políticos no están tan alejados de la gente común. Uno puede verlos en la calle, en bicicleta, o en el barrio. En algunos lugares se siente que los políticos trabajan para uno, se les puede mandar un mail o llamarlos y esperar razonablemente algún tipo de respuesta. Así se va construyendo ese vínculo con los gobiernos y con los políticos. Y en Dinamarca no tuvimos ese problema populista. Pero además, como dije, es una sociedad más igualitaria, así que puede que no existan las mismas frustraciones que hay en muchas otras partes del mundo, donde la desigualdad creó ese espacio para que la gente se pusiera a pensar en alternativas, y entonces aparecen estas personas que se meten en ser esa alternativa y nos dejan el mundo tal como está en este momento.

PERCIBIR Y MEDIR LA DESIGUALDAD. "Son las maneras subjetivas de entender de la gente, cómo uno se siente psicológicamente, cómo piensa sobre esos relatos; eso es lo que tiende a ser realmente importante".

IRLANDA Y EL ESPEJO ARGENTINO. "El agregado se ve bien en términos de PBI, pero la realidad son las brechas crecientes dentro de la sociedad irlandesa entre los ricos y los que tienen menos, que son cada vez más evidentes".

"Hay cambios en cómo las personas entienden su situación económica."

"El retroceso de la democracia es debido a la influencia de los superricos."

"El Índice Desarrollo Humano es una métrica distinta del desarrollo económico."

"La manifestación de las capacidades humanas no va a ser igual en todo el mundo."


Menciones: Séamus A. Power, Universidad de Chicago, Universidad de Copenhague, London School of Economics, Thomas Piketty, Cambridge University Press, Jorge Fontevecchia, Donald Trump, Elon Musk, Bezos, Zuckerberg, Amartya Sen, Martha Nussbaum, India, Finlandia, Estados Unidos, Irlanda, Argentina, África, Medio Oriente, Filipinas, Hungría, Milei, Brexit, Jonathan Haidt, Dinamarca


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