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26/09/2026 Página 12 - Nota - Contratapa - Pag. 32

Hablemos de censura
Sergio Olguín

Antes que nada, los hechos: la escritora Ariana Harwicz estaba invitada al Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades, que organiza la Universidad de Granada (España). Días antes del inicio del festival, a Harwicz se la quitó de la grilla de actividades luego de que la Red Universitaria por Palestina de Granada enviara una carta de protesta por su presencia. Del mismo tenor había sido el reclamo de otros participantes del festival. Harwicz, en los últimos tiempos, había negado la existencia de un genocidio en Palestina, había escrito mensajes agresivos en redes sociales dirigidos a quienes apoyan la causa palestina o que simplemente denuncian las acciones terroristas del gobierno de Israel.
Dicho en criollo: Harwicz fue censurada. No importan la razón, ni las buenas intenciones (de esas que cimentan el camino del infierno) de los organizadores. La censura es siempre censura, la cancelación es un hecho cultural y políticamente repudiable. Las opiniones de Harwicz son públicas desde hace mucho y los organizadores del evento estaban al tanto de lo que pensaba. A eso hay que sumarle que el motivo de la invitación no fue por sus ideas sobre política internacional, sino por la calidad de su obra. Se supone que Harwicz tiene algo para decir sobre sus libros, la literatura, los procesos de escritura, incluso de las dificultades y, por qué no, ventajas que tienen los intelectuales a la hora de asumir posiciones políticas. Harwicz no es funcionaria del gobierno israelí, ni trabaja para alguna institución solventada por Israel. Es simplemente una escritora exitosa, talentosa, con ideas que muchos no compartimos. Desprogramarla del festival literario granadino ha sido, en el mejor de los casos, un papelón de los organizadores. Y en el peor escenario, un caso preocupante de censura, porque abre la puerta a que se repita en otros ámbitos.
No acuerdo en nada con las opiniones de Harwicz sobre el conflicto palestino-israelí. Me parece lógico que haya escritores y escritoras participantes del festival que se sintieran molestos por su presencia. Lo más adecuado, en casos así, es que uno prefiera no concurrir. Los escritores tenemos el derecho de decidir con quién compartimos mesas redondas, actividades públicas, etc. Si por alguna razón, no nos gusta un invitado es mucho más potente negarse a concurrir como protesta o participar exponiendo el desacuerdo, que reclamar la no participación del otro (reclamar o avalar a posteriori, lo mismo da).
Queda claro que Harwicz fue discriminada por sus opiniones políticas. No lo fue por ser judía, tal como expresó en entrevistas realizadas después de que se conociera la censura de la que fue objeto. Defenderse bajo el argumento de que fue un acto antisemita es la banalización de un pensamiento de odio deleznable que ha costado la vida de millones de judíos y que al día de hoy sigue siendo un grave problema. Harwicz es una escritora inteligente, que opina desde su convencimiento ideológico. No se trata de un error, sino de una estrategia discursiva. Plantear como antisemitismo cualquier intento de defensa de Palestina o de crítica al Estado de Israel es mala fe intelectual.
Es cierto que Harwicz, en ese caso, no hace más que repetir la línea bajada desde el gobierno de Benjamin Netanyahu, reproducida como recurso hasta el hartazgo cada vez que alguien intenta denunciar la situación en Palestina (y en Líbano ahora también). Irónicamente, Harwicz, que ha sido víctima de censura a causa de su pensamiento, se escuda en un argumento que se utiliza para censurar a otros artistas por hacer uso de la libertad de expresión.
La artista sudafricana radicada en Berlín Candice Breitz fue censurada en museos alemanes y sufrió el acoso de políticos y periodistas por sus opiniones críticas al accionar de Israel. El Museo Folkwang de Essen desprogramó una obra de la artista estadounidense Anaïs Duplan por solidarizarse con Palestina y condenar el bombardeo israelí de Gaza. Lo mismo ocurrió con el fotógrafo bangladesí Shahidul Alam, en una bienal de fotografía alemana. Fue acusado de antisemitismo porque había comparado lo ocurrido en la Alemania nazi con la situación del pueblo palestino en Gaza.
El rapero estadounidense Macklemore fue separado de la gira de Ed Sheeran por gritar "Free Palestine". Ahora Macklemore anuncia su propia gira llamada "Palestina Libre". Es que los artistas son cabezaduras.
Estos son solo unos pocos ejemplos de lo que está ocurriendo alrededor de los artistas y la situación palestino-israelí. Es lógico que el caso de Ariana Harwicz aquí haya repercutido más, porque se trata de una escritora argentina y está bien poner en evidencia los casos de censura, más allá de que ha sido y sigue siendo una constante en el mundo del arte y de la literatura. Harwicz, Breitz, Duplan, Alam, Macklemore son artistas e intelectuales que opinan, que soportan dificultades porque no pueden mostrar su obra, interpretar sus canciones o hablar de literatura ante el público. Nada de esto es un problema menor.
Pero vayamos a un problema mayor, de los muy grandes, que están soportando actualmente dos directores de cine israelíes. Son Yuval Abraham y Rachel Szor, los responsables del documental BASE, basado en testimonios de 24 militares y exmilitares israelíes que exponen los mecanismos de selección de blancos civiles en Gaza. El film pone en evidencia la forma sistemática con la que las fuerzas armadas israelíes han matado a miles de palestinos. La película ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia y recibió una ovación de 25 minutos en su estreno mundial.
El ministro de Cultura de Israel, Miki Zohar, acusó a los directores de "traición" y exigió que se les retirara la ciudadanía. El ultranacionalista Mordechai David (con más de 100.000 seguidores en sus redes sociales) encabezó una protesta frente a la casa de los padres de Szor, donde decenas de personas se concentraron coreando consignas como "ejecuten a los traidores". David advirtió que va a perseguir a ambos directores y a sus familias en todo el país, impidiéndoles pisar suelo israelí de forma legal. El exrehén de Hamás Eli Cohen promovió manifestaciones y pidió difundir las caras de los cineastas por las calles para generar una persecución mediática. El periodista Yehuda Schlesinger llamó públicamente a perseguirlos sin darles tregua.
Yuval Abraham y Rachel Szor no pudieron regresar todavía a Israel y tal vez tengan que esperar un tiempo prolongado para intentarlo sin que sus vidas corran peligro. Abraham ya había ganado un Oscar por un documental anterior sobre la violencia de los colonos israelíes en Cisjordania, No Other Land, que codirigió con el palestino Hamdan Ballal. Abraham fue acusado de antisemita. En ese documental participó Odeh Hadalin, un activista palestino de 31 años y padre de tres hijos. Poco tiempo después fue asesinado a tiros por colonos israelíes.
Habría sido interesante escuchar en el festival granadino a Ariana Harwicz opinar sobre estos directores y la persecución que soportan. Un debate sobre artistas y posicionamiento político. Pero la censura no lo permitió.

Enrique García Medina


Menciones: Ariana Harwicz, Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades, Universidad de Granada, España, Red Universitaria por Palestina de Granada, Palestina, Israel, Benjamin Netanyahu, Líbano, Candice Breitz, Berlín, Anaïs Duplan, Museo Folkwang de Essen, Shahidul Alam, Macklemore, Ed Sheeran, Yuval Abraham, Rachel Szor, Gaza, Festival de Venecia, Miki Zohar, Mordechai David, Hamás, Eli Cohen, Yehuda Schlesinger, Cisjordania, No Other Land, Hamdan Ballal, Odeh Hadalin, Enrique García Medina,


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