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20/09/2026 Perfil - Nota - Política - Pag. 8

El mensaje de Bullrich y el fantasma de las primarias que hunden presidentes
Rodrigo Lloret
La historia demuestra que toda interna oficialista terminó en derrota. Bullrich no compite aún contra Milei, pero cada gesto -un video con Lali, críticas a Adorni y al ajuste- traza distancias de cara a 2027.

Existe una regla no escrita en la política que la historia confirma con cierta incomodidad: cuando un presidente en ejercicio, técnicamente disponible para la reelección, es desafiado dentro de su propio espacio oficialista, esa afrenta no explica una crisis, sino que es su síntoma. Nadie disputa la candidatura de un presidente exitoso; la competencia interna aparece cuando la economía se resiente, la gestión pierde consenso o el propio electorado que lo llevó al poder empieza a desconfiar. En eso piensa Patricia Bullrich por estas horas.
En Estados Unidos, donde las primarias tienen mayor tradición, el patrón es elocuente: todo presidente que llegó a una elección con una interna significativa terminó derrotado, aunque hubiera ganado esa interna. George H.W. Bush venció a Pat Buchanan en 1992 y perdió ante Clinton. Jimmy Carter resistió a Ted Kennedy en 1980 y perdió ante Reagan. Gerald Ford sobrevivió apenas a Reagan en 1976 y perdió ante Carter. Lyndon Johnson, el caso inaugural, ni siquiera llegó a competir: tras un magro triunfo en la primaria de New Hampshire de 1968 (49% contra 42% de Eugene McCarthy), anunció que no buscaría la reelección, y los demócratas perdieron igual frente a Nixon.
La Argentina tiene su propio caso de manual, con una variante: el desafío no vino de un rival declarado, sino de la evidencia acumulada de que la candidatura del presidente en ejercicio era inviable. Alberto Fernández sostuvo la ambigüedad sobre la reelección durante meses -llegó a decir en octubre de 2022 que se bajaría "si es necesario para ganar"- hasta formalizar su exclusión el 21 de abril de 2023, invocando la crisis económica. Una variable poco difundida atravesó esa decisión: la negociación con el FMI y una señal reclamada desde Washington para destrabar asistencia financiera, en un contexto donde su candidatura agudizaba la interna del Frente de Todos y golpeaba a los mercados. El paralelo con Johnson es directo: un presidente que no pierde formalmente una primaria, pero para quien la sola perspectiva de competir expone tanto el desgaste de su gestión que la salida ordenada resulta la opción menos costosa.
¿Desafiará Bullrich a Milei en una primaria oficialista? Es la pregunta que más circula en el oficialismo. Por ahora no hay una primaria en juego, sino la construcción de una diferenciación de cara a 2027, aunque obedece a la misma lógica: la crisis del oficialismo abre espacio para que una figura propia marque distancias visibles. Consultada al respecto, Bullrich ensaya una respuesta diplomática: "Si una escudería tiene problemas en una carrera, los problemas no se solucionan con un cambio de piloto".
Esta semana profundizó el gesto mediante un video en X, donde aparece trabajando en su despacho mientras suena No me importa, de Lali Espósito -artista con quien el Presidente mantiene un enfrentamiento público desde 2023-. La publicación llegó tras cuestionar al Ejecutivo por la falta de coordinación en torno al Presupuesto, los cambios en discapacidad, las asimetrías del RIGI y el reclamo de extender la reducción de impuestos a más pymes y sectores productivos. "Lo hicimos para llamar la atención en redes", explican cerca de la senadora, recordando que ya había vinculado su imagen a Tita Merello y Madonna. "No me tomen por tonta", advirtió Bullrich.
No es la primera vez. El episodio más nítido fue el cuestionamiento a Manuel Adorni: el 20 de mayo, Bullrich presentó de forma anticipada su declaración patrimonial en el Senado -primera figura de peso de LLA en hacerlo- en medio del escándalo por presunto enriquecimiento ilícito del entonces jefe de Gabinete. Dos semanas antes había exigido que Adorni presentara "de inmediato" la suya, y Milei había intentado neutralizarla acusándola de haber "espoileado" una estrategia ya en marcha. Cuando Adorni finalmente presentó su declaración, casi tres semanas después, Bullrich calificó la demora como "una omisión ética".
Las diferencias también asoman en lo económico. El 8 de septiembre, Bullrich fue la primera voz del oficialismo en admitir que "algunos sectores de la economía están complicados", señalando industria, construcción y comercio -un diagnóstico que contradice el relato oficial del derrame del ajuste-. Antes había expresado preocupación por "la velocidad" con la que los resultados macroeconómicos llegan a las familias y pymes, justo después de que Milei descartara introducir cambios al programa. Esta misma semana, el 17 de septiembre, volvió a cuestionar al Gobierno por los recortes al presupuesto para Discapacidad para 2027, apuntando contra Luis Caputo.
El patrón es claro: Bullrich reconoce el rumbo general del programa libertario -insiste en que "la dirección es la correcta"-, pero advierte sobre sus costos sociales y sectoriales, construyendo un perfil propio que disiente sin romper. Es el movimiento típico de quien se prepara para una eventual sucesión: ni lealtad ni ruptura, sino una acumulación paciente de diferencias verificables.
Ahora bien, Milei no es Alberto Fernández ni Lyndon Johnson. Alberto llegaba con un poder erosionado, una interna a cielo abierto con el kirchnerismo y una pandemia que había consumido su capital simbólico. Johnson llegaba a 1968 con una guerra imposible de ganar o terminar, una economía tensionada y una base demócrata fracturada entre halcones y palomas. Milei, en cambio, llega a sus primeros mil días con una aprobación elevada, aunque estancada en 42% según Poliarquía, frente a una desaprobación del 52% en leve aumento. Su mayor desafío es interno: una erosión de ocho puntos entre los propios votantes de Bullrich respecto de agosto, con encuestas que ya la empatan o la ubican por encima.
Barbara Norrander, politóloga estadounidense y profesora emérita de la Universidad de Arizona, sostiene en La primaria imperfecta que un presidente desafiado internamente queda herido de muerte porque es el propio electorado de base el que se pone en discusión, y que en ese contexto la derrota empieza a ser la única salida. Para entender esa tesis, quizá alcance con tararear a Lali, como hizo Bullrich esta semana: "Nunca fui lo que querían de mí y no me importa".

EN GUARDIA / dibujo: Pablo Temes


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