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19/09/2026 Página 12 - Nota - Contratapa - Pag. 32

Gilead
Sandra Russo

Estoy viendo, con varios años de atraso, El cuento de la criada. Las primeras imágenes que tengo de esos vestidos rojos y esas cofias blancas estructuradas vienen de los años del Ni una menos, de la marea verde, de las puestas performáticas que empezaron acá y se replicaron en otros países. Aquella ficción distópica que Margaret Atwood imaginó en los 80 cae hoy como una maceta desde un balcón en la cabeza. No sé si me hubiese provocado eso hace diez años. El pulso del mundo era muy distinto entonces. Nos sentíamos más despiertas que nunca. El cuento de la criada fue leído en su momento como una representación del patriarcado, de cuya transversalidad, esta semana, tanto Berni como Cúneo dieron pruebas contundentes. Pero el patriarcado tenía, y no lo sabíamos, en su pulso agónico, una reacción brutal, un estertor.
Eso vivimos hoy, después de que por primera vez las campesinas y las mujeres de sectores populares tomaban conciencia de que son sus propias dueñas pero también y al mismo tiempo que la emancipación de cada uno depende de la de emancipación colectiva. Hoy esas mujeres, que en todo el mundo son las que menos votan ultraderecha, han sido reducidas a indigentes o sobrantes. Un nicho emergente de multimillonarios de Silicon Valley, fervientes misóginos, todos supremacistas blancos, mandantes de un presidente ido, generó este infierno.
La batalla cultural que libra la ultraderecha en todo el mundo incluye en su base un reordenamiento jerárquico de género, de un rigor que no podemos imaginar. Vean a Kast, en Chile, obligando a mujeres violadas y amparadas por la ley para abortar a escuchar los latidos del feto antes de la intervención. Un bonito detalle fascista. El objetivo no es cultural, es económico y a una escala jamás vista. Pero para lograrlo necesitan ganar su batalla cultural, que incluye la cosificación de las mujeres, y las prefiere niñas. Que incluye, adjunta, la crueldad como modo de vincularse, que insta a la impiedad y al sadismo como modo de supervivencia y al caos como modo de vida.
Por eso es tan intenso ver ahora la serie profética. La república de Gilead, en la ficción, era el resultado de una guerra civil, de una "cruzada", y no el resultado del voto popular. Era demasiado increíble en los 80 hacer surgir el ascenso del fascismo religioso de Gilead de las urnas. La realidad fue más devastadora. Atwood no previó la guerra cognitiva, los Cerimedo de la vida y la proliferación de los alienados. El eje de la historia es que una crisis de fertilidad provoca el surgimiento de ese fascismo que convierte la violación de las mujeres del enemigo en la principal política de Estado. El fanatismo religioso las vuelve recipientes sin pasado ni nombre propio que deben tomar la ceremonia conyugal de la violación como "un honor".
Lo que vivimos hoy, si nos permitimos traspolar esa distopía con ésta, es que ya no hablamos de una república de Gilead instalada en casi todo Estados Unidos, sino de un país entero y más imperial que nunca avanzando con su fascismo de tinte religioso para justificar aberraciones criminales y enunciarlas como sagradas, sobre toda nuestra región. Malvinas es una operación de ese tipo.
Estamos lejos de la existencia de criadas, pero todos somos sus siervos. Los de la elite dominante, que incluye superestructuras políticas y económicas, pero absolutamente nada de la base. La base ya no es considerada como de personas libres. Los discapacitados no son personas libres, ni los despedidos ni los secundarios con tuberculosis ni los endeudados ni los inquilinos. Todos somos tratados como menos que ellos, que son soldados de una nueva barbarie instalada en la punta de la pirámide.
Hoy Gilead actúa junto a un régimen amigo, cómplice y genocida, y ha puesto sus ojos en el Atlántico Sur. No me puedo imaginar nada, pero nada más grave. No puede ser digerido como un capricho más de Milei. Es otra cosa y es abominable. Tampoco veo que se acuse recibo, por parte de la mayoría de los dirigentes, de la situación límite y de qué hacer con ella. El arma más poderosa en Gilead y en todos los fascismos conocidos es la naturalización de las aberraciones. Cuando se toleran bolsas mortuorias y discursos de odio, después pasan cosas.
Lo que más me impresiona de la serie es que intercala los momentos inmediatamente posteriores a la derrota contra Gilead, cuando el horror empezaba a mostrarse de frente y se sucedían escenas muy parecidas a las que el ICE genera ahora en EE.UU. No se habla más por estos lres de esa brutalidad cotidiana que sigue. Todavía, en los flashbacks de la serie, no colgaban cuerpos de opositores en las calles, todavía el secuestro y la violación de mujeres fértiles no era cuestión de Estado, pero todo era evidente y sin embargo, nadie los detuvo.
Esto de ahora no es ficción. Está pasando. Hay que repetirse que está pasando. Cada día un poco más de corrupción, de crueldad, de ambición lasciva, de entrega asquerosa, de control, de alucinaciones presidenciales, de mierdas humanas. Estamos a unos metros del abismo de todos nuestros sueños personales y colectivos. Estamos por perderlo todo, así que mejor que reaccionemos, porque esta vez la película no continuará.


Menciones: Sandra Russo, El cuento de la criada, Ni una menos, Margaret Atwood, Berni, Cúneo, Silicon Valley, Kast, Chile, Gilead, Cerimedo, Estados Unidos, Malvinas, Atlántico Sur, Milei, ICE, EE.UU., cnot


#73989517   Modificada: 19/09/2026 04:37 Superficie artículo: 637.34 cm²
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