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19/09/2026 Página 12 - Nota - Cultura & Espectáculos  - Pag. 28

"En la literatura se trabaja más en abstracto"
Emanuel Respighi
La adaptación de cuatro de sus cuentos en una miniserie –que comenzará el jueves 24– le permite a la destacada escritora reflexionar sobre el género de terror.

Mariana Enriquez no es de esas personas que se amilanen fácilmente. Más bien lo contrario: lejos de paralizarla, la oscuridad le resulta estímulo –a la vez que deseo– para abordar realidades sociales, humanas y sobrenaturales que conviven en el mundo actual. Los miedos, lo tenebroso, los fantasmas son los protagonistas del universo que en sus cuentos y novelas suele iluminar sin estridencias pero también sin filtros, con sensibilidad no edulcorada. "No soy una persona que tenga demasiado miedo", reconoce paradójicamente quien ha hecho de la literatura de terror una prolífica obra que acumula cada vez más adeptos como reconocimientos. Y que ahora saltará a las pantallas, con el estreno –el jueves 24 en Netflix– de Mis muertos tristes, la miniserie que adapta cuatro de sus cuentos y de la que se animó a participar en el proceso de traslación de lo escrito al audiovisual. Por estos días, la película homónima adaptada de la serie compite por la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián.
Mis muertos tristes no es la adaptación de un cuento de la premiada escritora, sino más bien la articulación del cuento homónimo con personajes y situaciones de otras tres obras suyas: "Un lugar soleado para gente sombría", "Julieta" y "Cuando hablábamos con los muertos". Una fusión que parió una obra audiovisual nueva, pero que mantiene el tono y la atmósfera sombría e inquietante que caracteriza a la literatura de Enriquez. La miniserie, de cuatro episodios, está protagonizada por Mercedes Morán, Dolores Fonzi y Alejandra Flechner, en un elenco que completan Carlos Portaluppi, Germán De Silva, la actriz chilena Luz Jiménez y Carolina Sánchez Álvarez. La adaptación está dirigida por Pablo Larraín (No, Jackie, Neruda, Post Mortem), que a su vez trabajó los guiones junto a la misma Enriquez, Guillermo Calderón y Anastasia Ayazi.
"Trabajar la adaptación me resultó más difícil que escribir literatura, porque es un lenguaje muy diferente y muchísimo más técnico de lo que pensaba", cuenta la periodista y editora de Página/12. "Me interesó la propuesta por Fábula (la productora) y por Pablo Larraín, por las posibilidades de escribir con él y encontrar financiamiento. Fue un desafío tratar mi escritura de otra manera. No es que Netflix significaba algo para mí. Trabajamos, y eso creo que queda bastante claro en la serie, sin pensar demasiado en el formato Netflix, sino con la conciencia de que era para un público muy amplio, pero tratando de hacer lo que teníamos ganas de plasmar en cuanto a lo narrativo y a la propuesta".
Mis muertos tristes es la tercera adaptación audiovisual de la obra de Enriquez, después de las películas Bajar es lo peor (2002) y la más reciente La virgen de la tosquera, de Laura Casabé, que acaba de ser elegida por la Academia de Cine para representar al país en la próxima entrega de los premios Goya. "Curiosamente, La virgen de la tosquera también es una fusión de dos cuentos, a los que yo tampoco –como estos– había pensado alguna vez juntos, pero a los que ese otro artista, ese otro narrador o narradora audiovisual, ve todo como un mismo universo y propone una cosa nueva. Me parece una adaptación muy interesante. No tengo intereses en adaptaciones ‘fieles’".
-¿Qué se te pasó por la cabeza cuando recibió la propuesta de adaptar cuatro de sus cuentos en una miniserie? ¿Cuáles fueron los temores?
-La preocupación estaba en el trabajo diario y en que esa propuesta de Pablo funcionara, pero no en una preservación de mis cuentos, en un sentido celoso. Tenía muy claro que Pablo iba a respetar algo que me parece más importante, que era tratar de hacer un equilibrio entre lo paranormal, lo sobrenatural, que yo escribo como muy realista, y lo realista relacionado con lo social. El balance de ambos lados era lo único que a lo mejor a mí me podía preocupar un poco. O sea: que no fuese 100 por ciento social y los fantasmas fuesen solo una metáfora, sino que fuesen algo real y que le ocurrió a una persona. Pero tampoco que fuese solamente un cuento de miedo. No creo que una adaptación a otro lenguaje, como es en este caso el audiovisual, pueda ser fiel, ni siquiera si lo hiciese yo. Es otro lenguaje, tiene otra manera de ser recibido por el público, requiere otra forma de aproximación artística. Es diferente, así que si incluso lo hiciera yo sola con un único cuento, nunca jamás sería el cuento tal cual fue escrito. Los personajes nunca jamás serían los personajes que están escritos, la cara del personaje que yo me imagino no existe tampoco. En la literatura se trabaja mucho más en abstracto. Tampoco una tiene tan clara una cara ni otro tipo de cosas que funcionan en el verosímil audiovisual. No me preocupa necesariamente ese tipo de fidelidad. Incluso, en una adaptación fiel hay cosas que se cambian.
-Si toda adaptación es una relectura de la obra escrita, ¿qué cosas creés que el formato audiovisual le aporta a esos cuatro cuentos de los que se vale Mis muertos tristes?
-Lo que más repone lo audiovisual es la visualización de una atmósfera, que está dada por la ciudad. La estructura del barrio donde todo ocurre, el tipo de suburbio, la Ciudad de Buenos Aires, que es una ciudad bellísima, pero en la parte que no lo es, en la parte más oscura. También toda la arquitectura brutalista que filmó Pablo, que no tiene que ver tanto con la arquitectura que yo elijo para mi escritura, pero sí con una sensación que es muy difícil de escribir y que cuando uno la ve dice "Ah, es eso". La serie le aporta una atmósfera y una densidad visual y geográfica más inmediata, que es muy difícil de escribir porque además creo que la ciudad, el barrio, la arquitectura, los escondites, los rincones están contados. No es solo un marco sino que es un gran actor, es un gran espacio... Los hospitales públicos en Buenos Aires, las urbanizaciones, los monobloc, los barrios obreros... Todo eso tiene una carga, no solo visual, sino de un proyecto político con un peso visual de multilecturas. El reconocimiento que se tiene cuando uno lo ve en imágenes, con todo el significado que tiene atrás, es distinto a escribirlo. Eso es lo más importante que le aporta. La serie es bastante deslumbrante.
-Históricamente, el género de terror estuvo vinculado al entretenimiento y a provocar un impacto efectista en los lectores/espectadores, enfocado en el consumo de nicho "pochoclero". Por el contrario, tus cuentos suelen conjugar el mundo cotidiano con aspectos sobrenaturales, en relatos que nunca dejan de echar luz sobre lo social. ¿Creés que el género puede ser un medio para abordar la realidad?
-No tengo una mirada pochoclera sobre el terror. No creo que sea solo entretenimiento. Creo que siempre el terror tuvo su parte de entretenimiento, pero en casi el 80 por ciento de los casos está hablando de un momento social, de una sensibilidad determinada, de una edad determinada, de una psicología determinada, de un momento del mundo. Nunca lo vi como algo pochoclero. Y hablo del terror muy popular. Incluso, al analizarlo en perspectiva de políticas de género. Pienso en las películas de asesinos, por ejemplo, lo que se hace con la espectacularización del destrozo del cuerpo de las mujeres. Eso es profundamente político y profundamente revelador de un momento y de los miedos. Lo mismo que el terror ocurre en la adolescencia. O que el monstruo aparezca en esa etapa de la vida: es el momento en el que los cuerpos cambian, en el que viene el mundo adulto y trata de domesticar los cuerpos adolescentes... En esas películas donde hay un asesino que corre adolescentes, de alguna manera, está tratando de domesticarlos. Expresan un muy evidente miedo al futuro, a la rebelión, al cambio. Luego, hay todo un terror también que trabaja y piensa sobre la muerte. Tenés películas como El bebé de Rosemary, El exorcista y las grandes películas del terror religioso de los años ‘70, que son películas sobre el cuerpo de las mujeres: la posesión en El exorcista, o el embarazo del demonio en El bebé de Rosemary. Son películas sobre la salud mental. El exorcista es un ensayo sobre sobre la fe y la ciencia. La versión de Brian de Palma de Carrie, de Stephen King, es sobre el fanatismo religioso y sobre una masacre de una adolescente en una escuela, que es una cosa que pasa a diario en Estados Unidos ahora. Y estoy hablando del terror de Hollywood, pero creo que cada texto de terror que uno puede tomar va a tener la misma la misma profundidad.
-Revaloriza al género más allá de su faceta como entretenimiento.
-No creo que el entretenimiento esté reñido con los temas serios. Creo que en la comedia y en el terror hay tantos temas serios como en todos los demás géneros. Lo que lo que sucede es que es di-

ferente el tono y también es diferente la reacción que se tiene frente a eso: una cosa da adrenalina, miedo y excitación, y el otro produce carcajadas. Pero esa búsqueda de esa emoción es popular, y eso me parece interesante. Por supuesto que hay cosas malas y berretas tanto en el humor como en el terror, pero cuando el trabajo es serio y respetuoso, una cosa no está reñida con la otra. En ese sentido, me parece que el género es bueno para abordar la realidad.
-Alguna vez dijiste algo así como que el género te prepara para enfrentar los horrores de la vida real...
-Sí, creo que te prepara, en el sentido de que en la ficción estás seguro. Es ficción, no te va a pasar absolutamente nada. Pero hay un montón de emociones que ocurren en el género de terror, como ver la locura, ver la violencia, ver la muerte, ver lo escatológico, que son cosas que en la vida cotidiana son muy peligrosas tenerlas cerca. Uno no tiene ganas en la vida cotidiana de estar cerca de ellas. Entonces, de alguna manera, hay una especie de enfrentamiento emocional con esas cuestiones más extremas a partir de la ficción de terror. Creo que que son necesarias para el cotidiano, para la vida, para la integridad psíquica de una persona.
-Hay un recurso muy utilizado en las series o películas que busca "embellecer" la pobreza o los barrios populares, impregnando cierta "romantización" de lo marginal. Algo que no sucede en tus cuentos, donde hay espesura y complejidad sin filtros. ¿Cómo trabajás esa delgada línea que separa una y otra mirada? ¿Cómo se trabajó en la serie?
-Hay artistas que lo hacen honestamente y después termina produciendo ese efecto porque hace falta ser obrero en la Argentina. Lo que me pasa a mí es que siento que, en general, hay una especie de miedo de acercarse al otro. Yo no me siento del todo "el otro". Esa es otra cuestión. Mi origen no es obrero, pero no te hace falta ser obrero en la Argentina para haber conocido ciertos tonos de dificultad económica/pobreza/desastre financiero personal. Provengo de una familia que nunca se pudo comprar una casa. La casa donde todavía vive mi madre es la casa que construyó su padre en Lanús y que construyó como se hace en el Conurbano: una arriba de la otra. Mis viejos fueron primera generación de universitarios, pero a mi papá con las diversas catástrofes -la dictadura y después de los años 80- le costó muchísimo conseguir trabajo. A mi madre también, pero por otros motivos. Nunca tuvimos plata. Tuvimos que dejar casas porque no nos alcanzaba la plata y volver a la casa de Lanús, después de un tiempo viviendo en La Plata. Yo sé lo que es no tener un peso en el banco. Justamente, no tengo una mirada romántica sobre eso porque sé lo que es. O sea: sé lo que es ver la cara de tus viejos al perder el laburo, lo angustiante que es, sé lo que es vivir en un barrio donde se te inunda la casa y no te podés mudar y tenés que sacar el agua que te arruina los muebles...
-Una realidad que muchos desconocen o solo tienen contacto desde afuera.
-Creo que hay una cosa en la clase media más acomodada, a la que nunca le pasaron estas cosas, que piensa que el barrio obrero o el barrio popular es siempre la villa miseria donde estás en la precarización total. Y ser pobre en Argentina y en América Latina tiene matices. Quiero decir: tenés desde esa pobreza muy, muy precaria, que está relacionada con cierta marginalidad, hasta la pobreza más del rebusque y de estar todo el tiempo a flote. Hay matices. A veces hay una estética de las producciones de pensar la pobreza de una sola manera. Ejemplos sobran, pero hay como una especie de estética de cómo se muestra, que es única, y que no es la que muestra la serie ni tampoco es la que yo trabajo. Yo trabajo más en el borde, donde donde hay un montón de entradas y de salidas, y de relaciones con la política y de radicalización, y de relación con la violencia urbana, etc... En ese borde de clase media baja es donde trabajo, que es lo que conozco. Parte de la no romantización de eso tiene que ver con que esa realidad no me parece exótica. No siento una "exotización" en mi trabajo porque no me parece exótico, no me es un viaje a un territorio desconocido. La serie trató de mantener el punto de vista de los narradores y de no ir hacia lo exótico.
-¿Solés ver series o películas que adaptan obras literarias? ¿Te gustan?
-No soy una desesperada por ver adaptaciones de un libro. De hecho, últimamente me interesan mucho más los guiones originales. Mis cineastas favoritos tienen que ver con guiones originales. Pero las adaptaciones que me gustan suelen ser adaptaciones bastante fuertes. O sea: cuando otro artista toma un texto y hace una cosa diferente con eso. Por ejemplo, Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, adaptando El corazón de las tinieblas, de Josephh Conrad. O Lucrecia Martel adaptando Zama con todos los anacronismos y con toda esa estética y tomando decisiones enojosas para el lector fiel, como sacar el mono del principio. Me gusta que se note bien la mano del adaptador. Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, que para mí es mejor que el libro de Thomas Mann, más claro, con menos rodeos. Las primeras películas adaptadas de Stephen King son todas buenísimas: Carrie, de Brian de Palma; El resplandor, de Stanley Kubrick; La zona muerta, de David Cronenberg, Cementerio de animales... Toda esa primera parte es extraordinaria. Bueno, Solaris, cuya película de Andréi Tarkovski es muy parecida a la novela de Stanislaw Lem, casi que hace innecesario el libro. O Stalker, adaptación de Picnic extraterrestre... Lo mismo que El Padrino, de Mario Puzo, que es otra obra maestra que hace innecesario el libro.
-Te gustan las adaptaciones que cuentan otra cosa.
-En general, me gusta que se sostenga sola la adaptación, que haga innecesario volver al libro. Hay adaptaciones muy exitosas e inesperadas como El señor de los anillos, de Peter Jackson, que me parece una obra maestra y tiene una enorme adaptación, en la que se tomaron decisiones muy importantes, como sacar a la mitad de los personajes e incluso a uno de los más importantes de la compañía del anillo. Pero no soy una persona que se desvela por ver una película de un libro que me gustó. Ni al revés. Me enojan mucho las malas adaptaciones, como las de Cumbres borrascosas, que no tiene ni una buena. La última es muy mala, pero todas lo son, porque hay algo que se pierde del espíritu del texto. Lo que más me interesa de una adaptación es que mantenga el espíritu del texto más que la fidelidad.
-¿Creés que eso está presente a los ojos de los espectadores en Mis muertos tristes?
-El punto de vista de Pablo y su mirada son decisivos, porque es un nuevo texto lo que lo que está ocurriendo ahí. Y, en ese sentido, me interesa mucho como adaptación porque es exactamente una nueva obra. Ese tipo de decisiones, más atrevidas y más radicales, me interesan más que la falta de guiones originales, porque esto, de alguna manera, es una especie de idea original porque es un texto nuevo. Creo que hay una especie de exceso de adaptaciones. No sé si es falta de presupuesto o poca confianza... No sé. Me gustaría más ver guionistas que sean creadores de nuevas historias y no tener que adaptar todo el tiempo.

Mariana Enriquez señala que la serie mantiene el punto de vista de los narradores y no va hacia lo exótico.

"La serie le aporta una atmósfera y una densidad visual y geográfica más inmediatas, que es muy difícil de escribir."

Hay emociones que ocurren en el género de terror, que son cosas que en la vida cotidiana son peligrosas tenerlas cerca.

Trabajar la adaptación me resultó más difícil que escribir literatura, porque es un lenguaje muy diferente y más técnico.


Menciones: Mariana Enriquez, Netflix, Mis muertos tristes, Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Alejandra Flechner, Carlos Portaluppi, Germán De Silva, Luz Jiménez, Carolina Sánchez Álvarez, Pablo Larraín, Jackie, Neruda, Post Mortem, Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi, Página/12, Fábula, Bajar es lo peor, La virgen de la tosquera, Laura Casabé, Academia de Cine, Goya, San Sebastián, Buenos Aires, El bebé de Rosemary, El exorcista, Carrie, Brian de Palma, Stephen King, Hollywood, Estados Unidos, Un lugar solead


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