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05/09/2026 Página 12 - Nota - Contratapa - Pag. 32

Memoria rota
Sandra Russo

Cuando empecé a escribir mi último libro, Nena, lo único que sabía era que la historia tenía que terminar en 1976. Era una certeza, y también, ahora, vinculándola con la trágica realidad que vivimos, una estructura para alzar un paisaje nacional que estaba tapado por otro. El primer nombre que había elegido era Memoria rota.
Ese paisaje recorre una historia, pero no solo la de esa nena. Varias generaciones de argentinos lo habitaron. Todavía era visible en Mafalda. Era el de un país desigual, injusto y nacido a la sombra de un pecado original, pacato e hipócrita, pero era otro país que el que recibió Alfonsín en 1983. La dictadura lo hizo pasar al olvido porque nos partió en dos, pero es necesario recordar. No estaba de moda ser un hijo de puta.
Cuando empecé a escribir no lo había conceptualizado todavía, no tenía ni idea de lo que quería decir ese deseo de cerrar algo en 1976. Lo fui descubriendo últimamente, y lo recordé todavía mejor el jueves, cuando escuchaba la cadena nacional de Milei, cuya corrupción interna lo lleva a hacer cosplay de patriota para decir lo que Trump necesita que diga y haga. Dios nos libre de los deseos de Trump.
Volviendo al libro, encontré en esa etapa anterior, muy a primera mano, como miles de escritores en el mundo, mi primera infancia. Pero lo importante es que la mía terminó con el golpe.
La infancia es algo que tenemos todos. No se le pueda quitar el recuerdo de su infancia a ningún adulto, pero nuestra memoria es una edición de la vida. No recordamos todo. Recordamos nuestros propios subrayados, nuestras propias recurrencias, aquello importante o banal que se nos quedó adherido.
Pero ahora, en este mundo que nos toca, la infancia es controversial, botín de caza, objeto de deseo pervertido, blanco privilegiado de carniceros, blanco de un Tomahawk perfectamente dirigido a una escuela de niñas iraníes o víctimas de la locura que los ve terroristas apenas nacen en Palestina.
Quizá por eso, ahora que lo pienso, también elegí mi tema. Porque los que pasamos los 60 supimos íntimamente que los únicos privilegiados eran los niños. Era Evita, pero la excedía, quizá fue su legado a pesar del afán de borrarla de la memoria histórica del pueblo. Nuestras infancias transcurrieron en un país que nos protegía. Había un guardapolvo blanco igualador y había un policía de la esquina. Claro que había un mundo paralelo en el que todo era mugre y sangre, como siempre, pero eso no llegaba a la vida cotidiana de enormes sectores de la población. Visto desde hoy, podría decirse que todavía, entonces, esta sociedad mantenía algunos importantes códigos de honor. Los niños no se tocaban. Cualquier persona de bien se escandalizaba ante ese tabú que nos protege como especie. Necesitamos que haya ternura y no pulsión de muerte, o nos extinguimos.
La historia que iba a contar tenía que terminar en 1976 porque allí se terminaron miles de vidas, de sueños, de vidas sindicales, políticas, sociales, que habrían sido los protagonistas de nuestra historia y que no lo fueron porque sus huesos fueron escondidos.
Pero por eso mismo, hemos perdido la memoria de lo que era este país antes del golpe. 1976 fue la vía a través de la que entramos en la primera ola neoliberal.
Hemos perdido la memoria de que antes del primer Consenso de Washington, antes de que las ideas de Milton Friedman, el discípulo de Friedrich Hayek -los dos fueron premiados con el Nobel, que nunca deja de mostrar su verdadera cara en momentos cruciales: tiramos del hilo y aparece Milei- éramos mejores personas.
Antes de eso, decía, no existía pobreza estructural en la Argentina. Las villas eran "de emergencia". Las fotos de época, que revelan tanto más que las descripciones, muestran fotos de trabajadores y trabajadoras y amas de casa de sectores humildes, pero no miserables. La vestimenta los hacía a todos elegantes aunque las telas fueran baratas o los sombreros de mala calidad.
No es que no hubiera miseria y, sobre todo, ninguno de los que hoy consideramos derechos era visto como tal, salvo por los sectores que los defendían. Pero la economía argentina, siendo injusta, siendo al servicio de la clase dominante y los socios extranjeros, que en este país nunca fueron socios sino mandantes salvo en tres gobiernos peronistas, no exhibía ni un ínfimo porcentaje de la crueldad y el martirio que hoy se le quiere imponer a la clase trabajadora.
Esa primera infancia que relato en el libro y que no es del todo autobiográfica, sí es fiel a la memoria de esos años anteriores al neoliberalismo. Nosotros, los que tenemos la dicha de ser viejos, estamos hechos también de una Argentina en la que se fiaba. Había palabra.
En aquel país los padres mostraban su libreta de ahorro a los hijos. El barrio no tenía miedo de los chorros porque la calle era de los vecinos y porque el delito se registraba en la sección Policiales, no en Política. Los vecinos salían a la vereda por la tarde, tan napolitanos en los barrios populares, a verse; tan piel mate en los del conurbano, a reconocerse, a compartir el aire de la fresca.
A la luz de las perversiones evidentes a las que estamos expuestos ahora, ante la ceguera política que no termina de permitir que germine una ilusión real, a la podredumbre que no deja de exhalar el monstruo que nos vino a comer, hay que reponer esa memoria para apuntalar algo que no es noticia, pero es vital.
No estamos condenados. No es el único camino. Es el peor. No es natural vivir como vivimos. No hay una sola institución, salvo próximamente y de nuevo el Papa (el descubridor de Gandalf), que tenga espaldas para dar la pelea de fuerzas simbólicas de la envergadura que demanda este tiempo terminal. Son fuerzas que ahora no son religiosas, son morales.
No sé si a ustedes les pasa, pero en los momentos de desesperación, me encomiendo a todos los santos.


Menciones: Sandra Russo, Nena, Memoria rota, Mafalda, Alfonsín, Milei, Trump, Evita, Palestina, Milton Friedman, Friedrich Hayek, Consenso de Washington, Argentina, Gandalf, Papa, cnot


#73100164   Modificada: 05/09/2026 03:06 Superficie artículo: 633.51 cm²
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