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05/09/2026 La Nación - Nota - Sociedad - Pag. 24

¿Qué hacen encerradas? La vida en clausura, entre las plegarias por el mundo y el trabajo cotidiano
Camila Súnico Ainchil
La Orden de la Visitación de Santa María cumple 150 años en el país; en su sede de Pilar viven 16 religiosas; producir miles de hostias, la inesperada misión por la próxima visita del papa León XIV

"Jamás nos sentimos encerradas", dice María Gabriela desde el otro lado de la reja. Está sentada junto a María Fátima en el locutorio del Monasterio de la Visitación de Santa María, en Pilar, la sala donde las religiosas de clausura reciben a familiares y visitantes. La reja divide el ambiente. Ellas permanecen de un lado; quienes llegan desde afuera, del otro.
María Fátima, la madre superiora, imagina la pregunta que puede hacerse quien nunca estuvo allí: "¿Qué hacen estas mujeres encerradas acá adentro?". La respuesta aparece a medida que LA NACION recorre las dos hectáreas del monasterio. En la sala de coro, varias religiosas rezan a libro abierto mientras una toca el órgano. En otro ambiente, una hermana ensaya con su salterio, un antiguo instrumento de cuerdas. En la cocina, varias trabajan alrededor de una mesa. Afuera están la huerta, los senderos, una gruta mariana y el cementerio de la comunidad.
En el monasterio viven 16 religiosas. Es el único que la Orden de la Visitación tiene en la provincia de Buenos Aires. La comunidad mantiene vínculo con las hermanas del monasterio de Río Cuarto, en Córdoba, que nació como una fundación de Pilar. Seis de las 16 están en formación, porque ser monja de clausura no ocurre al ingresar: es un proceso en el que la aspirante y la comunidad disciernen si esa elección puede ser definitiva. Las primeras etapas se distinguen por su apariencia. Al comienzo pueden llevar el pelo descubierto; después llegan las coberturas: el hábito y el velo blanco del noviciado. Siguen los votos temporales y, finalmente, la profesión solemne, cuando asumen pobreza, castidad y obediencia, y el velo negro.
El día comienza cerca de las 5.20. Tienen una hora de oración personal; después, el laudes -la oración de la mañana-, y la misa. "Sabemos que a esa hora mucha gente se levanta para ir a trabajar. Tratamos de estar adelantadas para ir preparando el camino", cuenta María Fátima.
Vivir apartadas no significa, para ellas, desentenderse del afuera. María Gabriela compara a la Iglesia con un cuerpo: una parte desarrolla su misión de manera visible y otra permanece escondida. "La vida contemplativa sería como el corazón. No se ve, pero está bombeando", explica.
Si su tarea es rezar por el mundo, necesitan saber qué ocurre. Por eso, algunas siguen la actualidad y transmiten al resto los acontecimientos. Leen medios, entre ellos, LA NACION y AICA, y en un pizarrón anotan países, conflictos, tragedias y pedidos que después incorporan a sus oraciones. "Nuestra oración es por el mundo", dice María Gabriela.
La clausura no significa que ninguna pueda salir: habitualmente permanecen dentro, pero una o dos hermanas se ocupan de las gestiones que requieren atravesar las puertas. Pueden ir al médico, hacer alguna compra que no se resuelve de otra manera o atender una situación familiar excepcional. Hacen pedidos al supermercado y al verdulero que llegan al monasterio.
La tecnología encontró su lugar con límites. Los celulares son compartidos y se usan para la administración y las comunicaciones necesarias; generalmente los tiene la superiora. Hace alrededor de un año, comenzaron a ofrecer los productos que elaboran mediante estados de WhatsApp y ahora abrieron Instagram. Preparan fotografías, textos y material histórico, y una colaboradora externa administra la cuenta. "No porque seamos monjas tenemos que vivir como en 1600", comenta María Fátima.
Nada reemplazó el trabajo manual. Cocinan, limpian, cosen, hacen mermeladas y rosarios y se ocupan de la huerta. Su principal fuente de sustento es fabricar hostias. Las planchas se cocinan durante horas, luego se humectan y se cortan al día siguiente. La demanda las llevó a comprar, con ventas y donaciones, una máquina nueva.
Ese trabajo adquirió una dimensión inesperada ante la próxima visita de León XIV a la Argentina. Las religiosas recibieron un pedido de un millón de hostias vinculado con las celebraciones que podrían realizarse durante el viaje papal. Para una comunidad de 16 mujeres, el encargo modificó la escala de producción y volvió más necesaria la nueva máquina.
La clausura fue, para cada una, una decisión personal. María Gabriela tenía 18 años, vivía en la Ciudad de Buenos Aires, estudiaba Odontología, tenía novio, amigos y una vida social activa. Después del primer año de carrera, pasó unos diez días en Pilar para discernir su vocación. "Me fui llorando. Decía: ''No quiero ser monja de clausura, pero Dios me llama''. Su familia inicialmente se resistió. Dejó la facultad ese año -1985- e ingresó al monasterio.
María Fátima llegó por otro camino. Creció en Tierra del Fuego; de adolescente se mudó a la Capital, tuvo novio, salía a bailar y le gustaba ir a la cancha de San Lorenzo. A los 17, uno de sus hermanos, que había ingresado al seminario, la invitó a un retiro de cinco días en silencio. "Yo fumaba en ese momento. Decía: ''¿qué hago acá?''. No se consideraba muy religiosa; iba a misa de vez en cuando. Con el correr de las jornadas, cuenta, algo cambió: ''Me enamoré de Jesús''.
Tiempo después, en el santuario de la Virgen del Rosario de San Nicolás, vio a una religiosa que sonreía. "Pensé: esta monja es feliz". Se lo comentó a su madre, y ella le preguntó: "¿Vos no querés ser feliz?". Esa noche llamó a un convento. Primero ingresó a una congregación de vida activa; después conoció la vida contemplativa. Llegó a Pilar a los 18. Hoy tiene 49.
La clausura no corta todo el contacto con familiares y amigos: reciben visitas y tienen contacto por teléfono o videollamada. Renuncian, entre otras cosas, a tener hijos. "No somos madres físicamente, pero tenemos una maternidad espiritual", dice María Fátima.
Desde afuera, reconocen, la clausura suele interpretarse como encierro, aislamiento o renuncia forzada, una mirada con la que conviven y que reaparece cuando alguna religiosa decide marcharse. María Gabriela y María Fátima cuentan que escucharon relatos de mujeres que dejaron la vida religiosa y después hablaron de ella desde una experiencia distinta a la que tienen quienes permanecieron.
No niegan que una vocación pueda terminar: durante la formación, explican, una mujer puede descubrir que ese camino no es para ella y la comunidad puede aconsejarle que no continúe. Lo que rechazan es que una experiencia individual permita definir la vida de todas. Por eso vuelven sobre una distinción central: permanecer no debería ser una imposición. "Dios no llama a la infelicidad", dice María Gabriela.
La cantidad de religiosas revela cuánto cambió la comunidad. Cuando María Gabriela ingresó, en 1985, eran 35; hoy son 16. Durante cerca de dos décadas hubo mujeres que comenzaron el camino, pero ninguna incorporación terminó consolidándose. Ahora seis están en formación. Entre ellas hay una ingeniera agrónoma de 44 años que trabajó en el Senasa y que, relatan, dejó su departamento, su auto y su carrera para ingresar. "Antes entrábamos muy jóvenes. Ahora vienen más grandes", dice María Gabriela. Las hermanas relacionan parte de este nuevo movimiento con el acercamiento de jóvenes a la Iglesia durante el pontificado de Francisco, a través de encuentros y misiones.
La vida monacal de esta orden tiene una historia de 150 años en la Argentina. La Visitación fue fundada en 1610 por San Francisco de Sales -patrono de los periodistas- y Santa Juana Francisca de Chantal, en Annecy, Francia. Desde sus orígenes estuvo abierta a mujeres que, por edad, viudez o salud, no podían afrontar las austeridades físicas de otras órdenes.
En la Argentina, el proyecto comenzó a gestarse en 1830, cuando el sacerdote español Pedro Antonio Pontegueda impulsó la llegada de la Visitación a Buenos Aires y dejó bienes para financiarla. Murió antes de concretarlo y el arzobispo Federico Aneiros continuó la iniciativa. Las primeras religiosas llegaron de Montevideo en 1876. El próximo martes se cumplirán 150 años de la fundación del primer monasterio en el país.
La comunidad se desplazó a medida que Buenos Aires crecía. En 1882 se instaló en Recoleta, y en 1913 se trasladó a Flores, a un predio de casi toda una manzana, delimitada por Nazca, Páez, Terrada y Neuquén. En 1982 llegaron a Pilar, a las dos hectáreas donadas por los Hermanos Maristas.
Una parte de esa historia quedó en Flores. En un panteón reposan los restos de unas 95 religiosas. Este año comenzaron las exhumaciones para llevarlos al cementerio de Pilar.
A las 16 del martes próximo, el nuncio apostólico Michel Wallace Banach presidirá la misa que abrirá el año jubilar en el monasterio de Champagnat 1199, Pilar. Por su condición de representante pontificio, explican las religiosas, podrá ingresar al sector de clausura, normalmente reservado a la comunidad.

Las religiosas elaboran hostias; tienen un encargo especial por la visita de León XIV

María Fátima y María Gabriela, en el locutorio


Menciones: María Gabriela, María Fátima, Monasterio de la Visitación de Santa María, Pilar, LA NACION, AICA, Río Cuarto, Córdoba, León XIV, San Francisco de Sales, Santa Juana Francisca de Chantal, Annecy, Francia, Pedro Antonio Pontegueda, Federico Aneiros, Montevideo, Recoleta, Flores, Nazca, Páez, Terrada, Neuquén, Hermanos Maristas, Michel Wallace Banach, Champagnat, Francisco, cnot


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