15/08/2026 La Nación - Nota - Sup. Deportes - Pag. 4
Buen cocinero, golfista y papá de cuatro varones: la nueva vida del crack olímpico Claudio Cerviño A diez años de su retiro en Río 2016, el máximo ganador de oros (23) disfruta de la familia y brinda charlas sobre salud mental. Un monstruo que cambió el deporte para siempre. Después de los Juegos Olímpicos de Río 2016, la vida de Michael Phelps cambió por completo. Con 28 medallas (23 doradas), se retiró para siempre de la natación, siendo el deportista olímpico más ganador de la historia. Había intentado retirarse después de Londres 2012, pero regresó porque sentía que todavía tenía objetivos pendientes. En 2016 aseguró que, esta vez, sí estaba en paz con su decisión. Tenía 31 años. Y cumplió con lo que dijo esa vez: "Quiero dedicarle más tiempo a mi familia". Llevaba unos meses de casado con Nicole Johnson y tenían un hijo, nacido en mayo de 2016: Boomer. Hoy, aquel bebé que todos conocimos en la tribuna del Aquatic Center, de Río, ya tiene 10. Y tres hermanos: Beckett, Maverick y Nico. Phelps fue un monstruo en las piscinas, pero fuera de ellas es un tipo común. Desde aquel niño que se arrojó por primera vez al agua a los 7 para combatir su hiperactividad y déficit de atención, a este padre que disfruta llevando a sus hijos a la escuela y al jardín. O viajar con ellos y con Nicole. En estos diez años no se dedicó a la enseñanza de su especialidad, aunque sí asesoró a nuevas promesas y participa en clínicas y campus de entrenamiento. En rigor, le dedicó mucho de su tiempo a contar experiencias personales sobre salud mental. Después de Río, El Tiburón de Baltimore reveló que sufrió depresión y ansiedad durante años, especialmente después de algunos Juegos Olímpicos. Contó que, luego de Londres 2012, atravesó una profunda crisis emocional y llegó a sentirse completamente perdido. Desde entonces, se convirtió en un defensor de la importancia de pedir ayuda psicológica y hablar abiertamente sobre la salud mental. Así, hoy participa en campañas y conferencias para ayudar a deportistas y jóvenes que atraviesan situaciones similares. Uno de sus grandes pasatiempos es jugar al golf. Y lo hace muy bien realmente. Una vez, en la Dunhill, se dio el gusto de embocar un putt de 48 metros: ¡un disparate! También le gusta ver fútbol americano y la NBA. Además, le divierte participar en grandes competencias de natación como comentarista. Y aunque no quiere direccionar a sus hijos a seguirle los pasos, sí los busca seducir para que practiquen deportes, los que elijan ellos. Se describe como un "buen cocinero" y muy a gusto de convertirse en anfitrión de reuniones familiares. A los 41, queda poco de aquel depredador del agua. Pasaron 10 años desde su despedida en Río. Se fue junto con otra leyenda del deporte: Usain Bolt. Fueron los reyes de una cita olímpica inolvidable... Michael Phelps llegó a Río de Janeiro en 2016 sabiendo que aquella sería la última vez que caminaría hacia una piscina olímpica como competidor. Tenía 31 años, el cuerpo marcado por millones de entrenamiento y una historia imposible de repetir: 22 medallas olímpicas antes de aquellos Juegos, 18 de ellas doradas. Sin embargo, más allá de los números, llegaba como un hombre diferente. Atrás habían quedado los años de excesiva presión, las dudas personales y los momentos más difíciles de su vida. Río no era solamente una despedida deportiva: era la oportunidad de cerrar el círculo. Cuando apareció en el estadio durante la ceremonia inaugural, llevando la bandera de Estados Unidos, muchos comprendieron que estaban viendo el final de una era. El niño hiperactivo de Baltimore que había encontrado en el agua un refugio contra sus problemas de concentración estaba a punto de despedirse convertido en el atleta olímpico más grande de todos los tiempos. Durante semanas, el ambiente dentro de la delegación estadounidense giró alrededor de una pregunta: ¿podría Phelps volver a dominar la natación mundial después de haberse retirado temporalmente y de haber atravesado problemas personales? Él mismo había confesado años después de Londres 2012 que estaba cansado, vacío emocionalmente y sin objetivos claros. Es que realmente no quería competir en Londres. Luego de los 8 oros en Pekín, sintió que tenía menos ganas de entrenar. Y alguna vez confesó: "En esos cuatro años de Pekín a Londres, sólo me entrené a conciencia dos. En 2012 participé porque estaba obligado contractualmente. Si no participaba, perdía todos mis sponsors. Sentí una sensación de odio por la natación difícil de explicar. Hice lo mejor que pude sin hacer mucho trabajo. Lo más curioso es que aún así gané cuatro oros...". Su entrenador, Bob Bowman, era una de las personas que más lo conocía. Se habían encontrado cuando Michael tenía apenas 11 años. Bowman comprendió desde el principio que estaba frente a un talento extraordinario, pero también sabía que el talento no bastaba. Y en más de una ocasión, recordó: "Michael no era solamente un nadador talentoso. Tenía una capacidad para soportar el dolor y el sacrificio que nunca vi en otro". Las historias sobre su disciplina se convirtieron en leyenda. Durante años se entrenó prácticamente todos los días, incluidos domingos, Navidad y Año Nuevo. sostenía que el secreto de Phelps no estaba únicamente en sus condiciones físicas, sino en la obsesión por los detalles. Antes de dormir, Michael visualizaba cada carrera. Cerraba los ojos e imaginaba cada brazada, cada viraje y cada posible problema. Bowman le repetía constantemente: "Si puedes verlo en tu mente, puedes hacerlo en la piscina". Esa preparación mental se volvió una de las claves de su éxito. Pero Río 2016 representaba algo mucho más profundo. Phelps llegaba convertido en padre. Su hijo Boomer había nacido pocos meses antes de los Juegos y cambió completamente su manera de entender la vida. Su esposa fue fundamental en ese proceso. Durante los momentos más difíciles, cuando Michael atravesó una profunda crisis personal, ella permaneció a su lado. Años después, Nicole contaría: "Quería que Michael entendiera que valía mucho más que todas sus medallas". Phelps reconoció muchas veces que formar una familia le devolvió la felicidad. "Por primera vez, siento paz. Antes nadaba para demostrar algo; ahora nado porque amo este deporte y porque quiero que mi hijo esté orgulloso de mí". Cómo era en competencia Aquella frase resumía el estado emocional con el que llegó a Brasil. En la Villa Olímpica, los jóvenes atletas estadounidenses lo observaban con admiración. Algunos le pedían fotos; otros simplemente querían compartir unos minutos con él. Muchos habían crecido viendo sus triunfos en televisión. Un día, previo al arranque de las competencias, se cruzó en la Villa Olímpica con Novak Djokovic, N°1 del tenis. El saludo de cracks forma parte de la historia grande de Río. Su compatriota Ryan Lochte contó una anécdota que reflejaba la influencia de Phelps. Antes de una final importante, varios nadadores novatos estaban extremadamente nerviosos. Michael se acercó y les dijo: "Respiren. Disfruten el momento. Algún día van a extrañar estar aquí". No hablaba como una estrella inalcanzable, sino como alguien que sabía perfectamente lo efímero que puede ser el deporte. Los Juegos comenzaron y Phelps volvió a demostrar por qué era diferente. Ganó el oro en los 4x100 metros libres, en los 200 mariposa, en los 4x200 libres, en los 200 estilos y en los 4x100 combinados, además de sumar una medalla plateada en los 100 mariposa. Cada victoria parecía tener un significado especial. El triunfo en los 200 mariposa fue particularmente emotivo. Cuatro años antes, en Londres, había perdido esa prueba frente al sudafricano Chad Le Clos. En Río, Phelps se tomó revancha y, al tocar la pared, levantó los brazos y gritó de emoción. No celebraba solamente una medalla: celebraba haber recuperado la pasión. Una de las imágenes más recordadas de aquellos Juegos ocurrió antes de una semifinal, cuando las cámaras enfocaron a Phelps concentrado, con auriculares y una mirada intimidante. Frente a él estaba Chad Le Clos, moviéndose y tratando de relajarse. La expresión seria de Michael se volvió viral en todo el mundo. Después explicó: "No estaba enojado. Estaba completamente concentrado. En ese momento no existe nada más que la carrera". La noche de su última competencia olímpica llegó el sábado 13 de agosto de 2016. Integró el relevo estadounidense de 4x100 metros combinados. Le tocaron los terceros 100, estilo mariposa, y puso al equipo en ventaja sobre Gran Bretaña. Cuando Estados Unidos se aseguró el oro, una sonrisa gigante invadió su rostro. El estadio entero se puso de pie. Michael se abrazó con sus compañeros y miró hacia las tribunas buscando a Nicole y al pequeño Boomer. Era el final. Veintiocho medallas olímpicas en total: 23 oros, 3 plateadas y 2 de bronce. Ningún deportista en la historia había conseguido algo semejante. Mientras caminaba alrededor de la piscina, miles de espectadores coreaban su nombre. Muchos nadadores rivales esperaron para saludarlo. Algunos confesaron que habían empezado a practicar natación gracias a él. Phelps, emocionado, declaró: "Esta vez puedo irme en paz. Cumplí todo lo que soñé". Quienes lo vieron en acción, conocieron un monstruo. Pero, ¿cuáles fueron los secretos de su éxito? En primer lugar, una disciplina extrema. Durante años se entrenó seis horas diarias dentro del agua y varias más fuera de ella. En segundo lugar, una mentalidad obsesiva por la evolución constante. Nunca se conformaba con ganar: quería superar sus propios límites. También influyeron sus extraordinarias condiciones físicas: su envergadura (1,93m), la flexibilidad de sus tobillos, su capacidad pulmonar y una resistencia excepcional. Sin embargo, él siempre insistió en que el verdadero secreto era el trabajo. "No hay atajos. Todo lo que conseguí fue producto del sacrificio". Otro aspecto fundamental fue su capacidad para levantarse después de las derrotas y de los errores personales. Phelps atravesó momentos oscuros, pero logró reconstruirse y transformar esas experiencias en una fuente de aprendizaje. En sus charlas de salud mental suele decirles a los jóvenes atribulados: "No tengan miedo de soñar en grande. Nunca permitan que alguien les diga que algo es imposible". Un dato más: nunca fue egocéntrico, rencoroso. Hasta mostró una generosidad no habitual en atletas de su estirpe cuando, en los Juegos Olímpicos de París 2024, festejó efusivamente la victoria y el récord olímpico del francés Leon Marchand en los 200 mariposa. Es cierto: Marchand es entrenado por su propio maestro, Bowman, y de alguna manera vio cómo formó al nuevo crack de la natación y lo une una relación especial. Pero en su gesto, en su actitud, demostró que es un campeón también fuera del agua. Su legado no se mide solamente en medallas. Michael Phelps cambió la manera de entender la excelencia deportiva. Demostró que el talento necesita disciplina, que el éxito exige sacrificio y que incluso los campeones más grandes pueden atravesar dificultades personales. Nicole Johnson suele decir que el mayor triunfo de Michael no fueron sus 23 oros, sino la persona en la que se convirtió después de ellos. Y quizás allí reside el verdadero significado de aquella despedida en Río 2016. El hombre que salió de la piscina aquella noche no era solamente el máximo campeón olímpico de la historia: era un atleta que había conquistado el mundo, luchado contra sus propios fantasmas y encontrado finalmente la paz lejos del cronómetro. Cuando abandonó el Centro Acuático Olímpico por última vez, el deporte entendió que estaba perdiendo algo irrepetible. También comprendió que nacía una leyenda destinada a inspirar a millones de jóvenes durante generaciones enteras. Michael Phelps en familia durante la última Navidad: con su esposa Nicole y su Michael Phelps posa con todas sus medallas sus hijos, Boomer, Beckett, Maverick y Nico Phelps jugando al golf este año en el Phoenix Open, en Scottsdale Menciones: cnot
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