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15/08/2026 La Nación - Nota - Sociedad - Pag. 24

"Sí, quiero". Las parejas eligen qué tradiciones conservar, cambiar o eliminar
Aldana Rizzuto
Ceremonias sin iglesia, torta o ramo; invitados puntuales; dinero en vez de regalos; cada vez las fiestas son más personalizadas

No hubo iglesia. Tampoco vals, ni una torta de varios pisos. En lugar de caminar hacia el altar solo del brazo de su padre, Julieta Chávez, de 26 años, eligió entrar acompañada también por su madre. Frente a un lago, en un barrio privado de Pilar, una jueza de paz ofició una ceremonia en la que los novios contaron su historia de amor mientras los invitados, en vez de estar sentados en filas, se acercaron espontáneamente hasta formar una media luna alrededor de la pareja.
La escena resume un cambio que quienes organizan bodas observan cada vez con más frecuencia entre parejas de sectores medios y altos. Durante mucho tiempo, buena parte de los casamientos siguió un libreto previsible: ceremonia religiosa, vals, ramo, torta y una larga lista de invitados. Hoy, las parejas ya no se preguntan cómo debería ser un casamiento, sino cómo quieren el suyo.
Según los últimos datos disponibles del Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires (Idecba), en 2024 hubo 10.446 matrimonios, frente a los 11.478 de 2014. En una década, la cantidad cayó un 9%. En la provincia de Buenos Aires, el volumen se mantiene estable: en 2025 se celebraron 45.972 matrimonios, frente a los 45.535 en 2016, según el Registro Provincial de las Personas. En este último registro, se destaca que la franja de edad con más casamientos fue la de 30 a 39 años.
Según explica Soledad Molina, wedding planner y fundadora de Sol Molina Eventos, el cambio comenzó a evidenciarse después de la pandemia; muchas parejas empezaron a replantearse el sentido de celebrar. "Hoy todo es opcional. Si una tradición no representa a la pareja, no forma parte del casamiento", sostiene.
Carys Camacho, de 33 años, no se casó, pero está tomando esas decisiones. El 26 de septiembre celebrará su boda en Mendoza con Jamie Rosales. Será una celebración pequeña, con unas 20 personas, en una bodega.
No quiere abandonar todas las tradiciones. Va a usar vestido blanco, quiere tener ramo y planea bailar el vals con su padre. Pero incluso esos elementos clásicos tendrán una versión propia. La ceremonia será al mediodía, habrá un almuerzo y luego una celebración más informal con amigos. Todos se alojarán juntos desde el viernes, compartirán el desayuno y, por la noche, harán una posfiesta. "Lo nuestro es conservar esa tradición que uno ve en las películas, pero personalizada para nuestros amigos", explica.
La ruptura con el formato tradicional se ve en la estructura de la celebración. Las organizadoras cuentan que las bodas ya no necesariamente empiezan de noche y terminan de madrugada: hay festejos de día, otros que se extienden más de una jornada y formatos que combinan distintos momentos con los invitados.
María Candelaria Hidalgo, fundadora de CH Event Planners, ubica el cambio en otro lugar: la relación con las familias. "Antes los novios se adaptaban mucho más a lo que esperaba la familia. Hoy es al revés: los invitados terminan adaptándose al casamiento que imaginó la pareja", sostiene.
Como la boda será íntima, Carys no invita a personas que no sean de su círculo cercano. Cuando su madre le preguntó por algunos nombres, fue directa: "Son tus amigos, no los míos".
Soledad Molina asegura que hoy casi no existen límites sobre qué puede formar parte de una boda. El lanzamiento del ramo puede ser reemplazado por una botella de whisky, una camiseta de fútbol o un peluche. También aparecen mascotas en la ceremonia, amigos que ofician el casamiento y homenajes a videojuegos, series o viajes que marcaron la historia de una pareja. "Es maravilloso cuando cada decisión tiene un sentido y los invitados ven un detalle y piensan: ''Típico de ellos''", dice.
La necesidad de construir esa identidad modificó el trabajo de las organizadoras. Hidalgo explica que ya no alcanza con coordinar proveedores y armar un cronograma: hay que conocer a la pareja lo suficiente como para entender qué haría y qué elegiría. "Necesito conocer tanto a la pareja que, si durante el casamiento surge un imprevisto, pueda resolverlo como ellos lo harían", señala.
Cuestiones prácticas
Esa libertad, de todos modos, tiene un límite: el presupuesto. Personalizar implica tener margen para elegir proveedores, modificar una propuesta del salón o pagar por lo que la pareja considera importante. Por eso, las organizadoras hablan de un fenómeno visible entre sectores medios y altos.
Para Paula Mena, wedding planner con más de dos décadas de experiencia, esa autonomía también está vinculada con una cuestión práctica: muchas parejas ya conviven y financian buena parte de la celebración. Eso les permite decidir con mayor libertad cuántas personas invitar y en qué destinar el dinero. Algunas parejas ya no arman una lista de objetos para la casa, sino que incluyen en la invitación un CBU o alias para que los invitados les transfieran dinero, que puede destinarse a la luna de miel o a equipar la casa. "Lo manejan mucho los novios", explica Mena. Al decidir cuánto regalar, algunos invitados incluso averiguan el costo del cubierto para tomarlo como referencia, el que oscila entre $80.000 y $150.000 por persona, aunque depende de la elección de menú.
La selección del lugar también puede trasladar parte del gasto de la boda a los invitados. Algunas parejas organizan el festejo en otra ciudad o provincia. Para familiares y amigos, eso implica sumar al costo del regalo los de traslado, alojamiento y otros consumos asociados al viaje. La boda deja así de ser solo un festejo para quienes se casan y supone una decisión económica para quienes asisten.
Julieta se casó el 11 de abril. Para ella y Facundo, era mucho más que organizar una fiesta. "Era el momento más importante de nuestras vidas", explica. Por eso, cada decisión debía tener un motivo y no podía estar ahí solo porque "siempre se hizo así". No había lugares asignados, sino livings distribuidos alrededor del lago para que cada persona se ubicara donde quisiera. La comodidad también atravesó otros aspectos de la fiesta: Julieta cambió los tacos por unas sandalias forradas con la misma tela del vestido y pidió a sus invitados que llevaran calzado cómodo porque buena parte de la fiesta sería sobre el pasto. No quería que la elegancia condicionara la posibilidad de bailar y disfrutar.
Ligia Díaz, de 31, se casó el 20 de marzo. Durante casi un año planificó junto a Nicolás, su pareja, una celebración que mezclara sus culturas -argentina y venezolana- y sus recuerdos en común. Para la ceremonia contrataron un dúo de piano y violín que interpretó canciones significativas para ambos. Nicolás entró a la ceremonia con una canción de Digimon; sus damas de honor lo hicieron con "Love Story" y Ligia caminó hacia el altar con "Daylight", ambas de Taylor Swift. Para la salida eligieron una canción venezolana que había sonado cuando él le propuso casamiento. Al ingresar al salón, como su perro no podía estar entre los 140 invitados, una gigantografía suya con moño recibió a quienes llegaban. "Queríamos que cualquiera que entrara sintiera que esa boda hablaba de nosotros", recuerda. La personalización alcanzó uno de los rituales más tradicionales de la fiesta. Ligia compró dos ramos: uno para conservar y otro para lanzar entre sus invitadas. Nicolás tuvo su propia versión del ritual: en vez de tirar algo equivalente al ramo, lanzó una caja de whisky.
La participación de ambos novios también forma parte del cambio que observan las organizadoras. "Antes muchas veces el novio ni siquiera venía a las entrevistas. Hoy los dos participan y quieren dejar su impronta", explica Solange Garay.
Ligia tenía una certeza: no quería una boda blanca. Imaginaba flores de colores intensos, un ramo alegre y una ambientación que rompiera con la estética clásica: "Mi mamá me decía que parecía una boda mexicana, pero yo quería algo colorido porque sentía que nos representaba mucho más". La decisión que más tuvieron que defender fue la de reemplazar las mesas redondas por dos mesones de madera para que todos compartieran el mismo espacio. "Nos decían que no iba a funcionar porque era importante ordenar a los invitados en un asiento, pero para nosotros tenía sentido porque queríamos que la gente se mezclara y conversara", afirma. Al terminar la fiesta, fue una de las decisiones más elogiadas por los invitados.
Carys aún está en esa etapa. Quiere que su entrada sea diferente: no quiere el "Ave María", sino una música vinculada con las películas que le gustan, como Gladiador y Epic. Incluso hay decisiones que toma por descarte. Aún no sabe si habrá torta: "La bodega incluye postre". De la misma manera, anticipó que es muy probable que una amiga suya oficie la boda.
Algunas parejas conservan el vestido blanco, el vals o el ramo; otras los transforman y otras los eliminan. La diferencia está en que ahora esas tradiciones pasan por una pregunta antes de entrar a la fiesta: ¿esto nos representa? "Si no hubiera sido a nuestra manera, no me hubiera casado", resume Julieta.

Fiesta diurna y al aire libre, con votos maritales frente a familiares y amigos. GZA. JULIETA CHÁVEZ


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