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Un mundo sin familias Raquel Robles ¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para defender tu familia? Esa es la premisa de decenas de películas producidas en la meca del cine norteamericano. Héroes y heroínas que no conocían su propia fuerza, hasta que algún malvado se mete con un familiar. Si es hijo o hija, la crueldad de la que es capaz nuestro héroe o heroína, se multiplica por mil. La familia es la base de la sociedad. Está la familia “tipo”, pero también hay otros modelos de familia. Como la pareja, que es por donde suele empezar la familia. Hay parejas heterosexuales, parejas homosexuales, parejas monogámicas, parejas abiertas, parejas que tienen prohibido llamarse parejas porque son “vínculos sexo-afectivos”. El noventa y nueve por ciento de las canciones que se escuchan versan cerca del amor, el sexo, el desamor, la seducción, la traición, la infidelidad, la soledad (no estar en pareja). La ley es “el nombre del padre”, una buena crianza empieza por una “madre suficientemente buena”, en la escuela se hacen los “árboles familiares”. Si alguien es amigo del alma, es más que amigo, esa es la certeza, si se inventa alguna cosa, se es el “padre” de la cosa. Si una persona protege, se convierte en la “madre”, y si hay un comienzo o se encuentra el nudo del asunto, estamos frente a la “madre del problema” o “la madre de todas las batallas”. Nadie nació de un repollo. Todos tuvimos o tenemos una madre. La seguridad es siempre sinónimo de una familia. Están los de afuera, y están los propios. Nadie cuestiona la legitimidad de las Madres de Plaza de Mayo, porque qué no haría una si le mataran a un hijo. Si Marco, el niño de la novela Corazón, de Edmondo de Amicis, se pela los pies caminando de Buenos Aires hasta Tucumán, después de haber cruzado el océano, se entiende porque, hasta dónde no se iría una para encontrar a su madre. Si la familia “de sangre” no funcionó, la gente se propicia su propia familia. La familia del corazón. Y no hay orfandad ni desamparo mayor que no tener ninguna familia. Hay días, como este día, en el que me dan ganas de sentarme en el cordón de la vereda y llorar a los gritos. Nada en particular, todo en general, pero sobre todo, la sensación diáfana, clarísima, de que no pertenezco a nada parecido a una familia. Pero eso no es lo peor, ni lo que me hace sentir extranjera del mundo. Lo peor es que no quiero pertenecer. Me aburre profundamente el relato del amor, del desamor, de la añoranza por “el compañero”, “la compañera”, la idea de que la vida tiene sentido de a dos, que “nada como ir juntos a la par”. La familia es otro collar de melones que ya no me combina con nada de lo que tengo puesto. Ni la familia tipo, ni todos los tipos de familia que intenté y en los que siempre, más temprano que tarde, volví a quedar afuera de la ecuación. Soy madre, me digo, eso arma una familia por default. Pero no. No hay mesa de los domingos, ni cenas o sobremesas con toda la prole. Hay vínculos muy intensos, cosas que sólo comparto con uno, o con el otro, o con la otra. Me siento unida de manera irrevocable a cada retoño, pero no hay ritos de familia. Me castigué mucho por no haber sabido construirlos. Creo que, después de haber tirado por la borda toda la melaza del amor de pareja y haber adquirido la bella velocidad de andar sin andar buscando romance por ningún lado; creo que me toca el turno de descargar el peso final. En Pequeñas cosas como estas, de la escritora irlandesa Claire Keegan, un hombre que se dedica a vender carbón, descubre que, en el convento del pueblo, las monjas tienen a chicas esclavizadas lavando la ropa de los ricos, además de dedicarse al muy lucrativo negocio de vender los bebés de las muchachas caídas en desgracia, cuyas familias, muy católicas, les han dado la espalda. Corre el año 1985. El protagonista, Furlong, es hijo de una madre soltera, que había encontrado cobijo al servicio de una señora pudiente. A lo mejor eso lo ha sensibilizado frente a la certeza de que “lo primero es la familia”. Ahora es un hombre de casi cuarenta años, que tiene una esposa y cinco hijas. Después de haber visto con sus propios ojos, y de muy cerca, lo que esconde ese edificio que mira a la comarca desde la cima de la loma, llega a casa, angustiado, y se lo cuenta a su esposa. —¿No están nuestras hijas bien cuidadas? —¿Nuestras hijas? —dijo Furlong—. ¿Qué tienen que ver esto con nuestras hijas? —Nada en absoluto —dijo Eileen—. ¿Sobre qué tenemos que responder? —Bueno, no pensé que tuviéramos que responder sobre nada, pero, después de escucharte, ahora no estoy tan seguro. —¿Adónde te lleva pensar? —dijo ella—. Para lo único que te sirve pensar es para deprimirse —tocaba, agitada, los botones de su camisión—. Si quieres triunfar en la vida, hay cosas que debes ignorar para poder seguir adelante. La familia. Ocuparse de sacar adelante la familia. Eso es lo importante. Lo demás es el mundo. El mundo es un problema que se puede abordar o se puede dejar pasar. Rescatar a esas niñas con el pelo cortado como por “un ciego con una tijera de cortar el pasto”, es algo que no le corresponde a quien no es padre, madre, o hermano de alguna de ellas. No hay que meterse donde no te llaman, porque podés terminar descuidando lo importante: tu familia. Siempre me resultó muy violento ver a una madre, en una plaza, en un cumpleaños, en la escuela, preocupada por impedir que molesten a su hijo, a su hija. Si hay otros niños o niñas que la están pasando mal, bueno, eso ya es problema de otra madre, de otro padre. El “mi hijo”, “mi hija”, me resultó siempre como una piña en el estómago. Se me podrá decir que no es más que resentimiento argumentar que nunca fui tan feliz como cuando encontré un lugar en el que había maestras y maestros que nos querían y nos trataban con justicia, y nos valoraban y veían en cada pequeña almita un mundo de posibilidades. No hubo ningún entorno familiar, ni primero ni de repuesto, que me haya hecho tanto bien. Tampoco recuerdo, de grande, mayor felicidad ni cobijo, que los momentos en los que compartí una comunidad alrededor del bien común. Se me podrá decir que soy una chota por no poner a mis hijes como los mayores dadores de felicidad. Pero mis hijes no me dan felicidad, no siempre al menos. No les pido que me hagan feliz. Sí les pido, y a veces me lo conceden y otras no, que me permitan ser parte de sus felicidades y sus angustias. Y que sepan que son el amor más grande de mi vida. Me gustaría pensar que soy una frazada para el frío y un aire acondicionado puesto en 25 para los días de calor. Pero quién sabe qué soy yo para esas criaturas. No sé si me tocará un tiempo histórico en el que todo se ponga patas para arriba y haya licencia para desarmar este mundo de dolor, y tratar de construir uno que no sea mejor, sino bueno. Pero si me tocara, si todavía quedaran algunas balas en mi cargador, me gustaría que no inventáramos nuevas formas de familia, ni otras maneras de la pareja. Quisiera que fuéramos capaces de hacer un mundo sin familia y sin pareja, donde el sexo no fuera un imperativo de salud, y las infancias no se criaran detrás de ninguna puerta. Si el amor vence al odio, si todo lo que se necesita es amor, que ya no venga en cajitas de tetrabrick con cuatro o cinco sabores para elegir. Que estar enamorada no sea de quién sino de qué. Y que las pastillas mágicas no tengan forma de corazón. Menciones: cnot
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