26/07/2026 Perfil - Nota - Política - Pag. 26
Las redes, Discépolo y el Mundial EDUARDO FIDANZA* Todo lo sucedido en torno al debate mundialista también reveló el mecanismo de las redes. Otro proceso que se aceleró en los últimos años: una nueva forma que no solo es de debates, sino también de poder. A principios del siglo pasado, el fundamento teórico de la comunicación social reposaba sobre dos actores protagónicos: el emisor y el receptor, unidos por canales donde fluían los distintos contenidos difundidos. Transcurría la época en que el diario y la radio monopolizaban la comunicación pública. El vínculo entre emisor y receptor era vertical y unidireccional: uno emitía desde arriba, el otro recibía desde abajo. El emisor tenía autoridad y con ella ejercía una influencia significativa sobre el receptor. Los contenidos podían tener distinta temática, pero circulaban dentro de un orden jerárquico, consolidando una forma de ejercer el poder que, en democracia, requería la legitimación de los lectores y los oyentes y, más tarde, de los televidentes. Cuando se trataba de dictaduras, la calidad y veracidad de los mensajes no era -no es- materia de discusión ni podían elegirse los contenidos. La discrecionalidad del emisor era absoluta y daba lugar a la manipulación más descarada. La frase "Miente, miente que algo quedará", atribuida erróneamente a Gebel, popularizó el recurso a la mentira como una herramienta de dominación. La cuestión viene de lejos y el precedente antes que la mentira fue la calumnia, que el diccionario de la RAE define como "Acusación falsa, hecha maliciosamente para causar daño". Pero el tema no es tan sencillo, porque cuando a los medios de comunicación se le atribuía infalibilidad, el actor Orson Welles relató en un programa de radio en 1938 que EEUU enfrentaba una agresión extraterrestre provocando pánico colectivo. Se había avisado antes que era una ficción, pero los que no escucharon la aclaración pensaron que se trataba de un hecho real y se aterrorizaron. En este caso no había calumnia sino ficción que fue asimilada como si fuera la realidad. Mentira como calumnia o mentira como invención poseen extensos antecedentes y pueden parecer verosímiles si fallan los métodos de verificación o si la creencia rechaza la comprobación empírica, como les sucede a los fanáticos. Con el paso del tiempo, los postulados de la teoría de la comunicación empezaron a problematizarse. El receptor pasivo se convirtió en un agente crítico y el consumidor devino en un sujeto crecientemente creativo, capaz de reelaborar los productos impuestos por el sistema económico dominante, como planteó el filósofo Michel de Certeau. Aun así, y durante mucho tiempo, el binomio emisor/receptor no se alteró. El emisor ya no era incuestionable, pero continuaba manejando los recursos de la comunicación dentro de un sistema de medios cada vez más complejo y diversificado. Los diarios, la radio y la televisión seguían siendo los principales canales de información que proveían los temas para la conversación pública y privada. Como complemento, el libro y el cine, el teatro y los museos -a los que había que concurrir- aportaban los contenidos de lo que se denominaba el mundo de la cultura. En un momento histórico reciente, todo este orden y sus supuestos colapsaron de manera estrepitosa, aunque algunos inicialmente no lo advirtieran. Desapareció de la faz de la tierra el monopolio de la emisión y con él la autoridad discutible pero efectiva del sistema de medios hasta ese momento establecido. El fenómeno que acabó con el viejo orden fueron las redes sociales. A partir de ellas todos sus usuarios se convirtieron en emisores y todos en receptores, generando una infinidad de canales horizontales por donde circulan los contenidos y las opiniones de cualquiera, aunque diferenciados por una nueva y volátil jerarquía: la que distingue a referentes digitales de seguidores. En ese universo, los vínculos organizados según el criterio de verticalidad tradicional caducaron. Y con ellos las nociones de mérito, verdad y honestidad. Por un lado, eso significó una extensión extraordinaria y acaso saludable del pluralismo; por el otro, generó una explosión de la competencia entre visiones e ideologías, cuya consecuencia es un nivel de agresividad sin precedentes. Se puede conjeturar qué si Discépolo hubiera conocido la cara violenta de TikTok, X o Instagram, habría constatado, con clarividencia y memorable precisión, cómo el "despliegue de maldad insolente" del siglo veinte, que inmortalizó en Cambalache, iba a perfeccionarse a la enésima potencia en el siglo veintiuno con las redes sociales, donde multitudes viven agrediéndose, revolcadas en un merengue y en un mismo lodo todas manoseadas. Cuando estalla la guerra, en ese espacio interminable es lo mismo ser leal que traidor, ignorante que sabio, honesto o estafador. Allí el insulto iguala, nadie es mejor, es difícil distinguir a un bruto de un gran profesor. Las sociedades quedaron atrapadas en un mecanismo distópico que distribuye armas para una guerra indolora y estúpida. Con el lenguaje que usaba la calle, puede decirse que las redes sociales otorgan a los que las utilizan para agredir y difamar, que son millones, una "patente de corso", cuyo significado es poseer licencia para transgredir la ley impunemente, con nombre propio o escudándose en el anonimato, un recurso más seguro que permite la máxima agresión sin arriesgar la imagen o el pellejo. Este aquelarre se completa con el influencer, el algoritmo, los bots y la IA. Los influencers opinan sobre cualquier tema, suman seguidores y facturan; los algoritmos detectan los gustos y las creencias de los usuarios, reforzándolas con contenidos afines. Los bots y los chabots circulan por las redes con propósitos diversos y contrapuestos: pueden responder preguntas de los clientes de un Banco, tanto como polarizar opiniones y excitar antagonismos. La IA cierra el círculo dantesco: es capaz de aprender, razonar y resolver problemas, tanto como de crear imágenes y textos falsos indistinguibles de los verdaderos. Este es el lado B de la revolución tecnológica, el que ofrece las herramientas para falsear la realidad y destruir simbólicamente al otro. El que convierte causalidad en conspiración, sospecha en certeza sin pruebas y comunidades en tribus belicosas. Con estos recursos se calumnió a la Argentina durante el Mundial. Se insultó y maltrató a compatriotas, no solo en las redes, también en las calles. Sin embargo, y aunque dé bronca, la cuestión, antes que el ataque que fue deleznable, es el sistema de dominación tecnológica y económica que lo permitió y al que fortalecemos pasándonos horas en las redes. Miles de millones embolsaron la FIFA y los auspiciantes. Pero con los clics de odio ganan muchísimo más los dueños de las grandes tecnológicas, que conforman el capitalismo de plataformas en sistemas políticos que ya no son democráticos sino plutocráticos, es decir, gobernados por los ricos. Hasta aquí llega la historia de cómo el desprecio, la mentira y la calumnia, que son tan viejos como el mundo, pudieron colonizar las relaciones personales y las interacciones sociales sin sanción moral ni regulación pública, llevando la banalidad, el embrutecimiento y la idiotez humana a niveles nunca antes alcanzados. ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO Menciones: Eduardo Fidanza, Gebel, RAE, Orson Welles, EEUU, Michel de Certeau, TikTok, X, Instagram, Enrique Santos Discépolo, FIFA, Argentina
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