18/07/2026 Página 12 - Nota - Opinión - Pag. 32
Tengo miedo, torero Raquel Robles Tengo miedo de renunciar. De darme por derrotada. No derrotada como condición de necesidad para poder vencer, derrotada en una batalla final sin épica. No derrotada como los que intentaron matar al dictador en Chile en un atentado improbable, pero tan bien planificado. No derrotada como los muchachos checos que atentaron contra Himmler y por un pelo no lo mataron. Tampoco derrotada como los levantados en el gueto de Varsovia, que después de cuarenta y tres días de resistencia, se pegaron un tiro y pasaron a la historia. No derrotada como Belgrano en casi todas sus batallas, ni como los que quisieron protegernos de Videla haciendo volar el avión presidencial. Derrotada sin pena ni gloria. Una derrota como dejarse la ropa mojada para que se seque con el calor de una piel que se muere de frío. Derrotada como quien ya no sabe reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio. La derrota de irse en silencio al rincón de los que ya hicieron todo lo posible. Qué otra cosa, si no una derrota monumental, podría justificar una tristeza en la alegría de una multitud embanderada en la victoria virtual al invasor. Gente y gente y más gente, toda junta y revuelta en el carnaval que, por cuatro días locos que vamos a vivir, aplana diferencias, olvida penurias, pone a descansar el músculo del juicio. Imágenes que estallan todas las pantallas y son el cine de una matiné en loop en la que nos solazamos. Un chico le sirve gaseosa a una mujer que corre el chorro que cae desde el balcón, y que emboca casi siempre en el vaso. Un desconocido que lleva en su moto a otro desconocido que espera un colectivo que no llegará nunca. Los que duermen en la calle y convidan su olor a indiferencia cotidiana en abrazos de gol. La chica y el chico trepados a un cartel indicador que, alentados por una hinchada que sabe que esa noche todo es posible, se besan. Una familia en un pueblo caído de las manos de todos los dioses, mirando el partido en ronda en un diminuto celular. Un excombatiente de Malvinas en el centro de un pogo de homenaje, que llora a moco tendido. Un padre con una banderita argentina, solito con la estatua de su hijo caído en combate. Y los jugadores, por fin con una bandera, por fin hablando de que la gente no puede llegar a fin de mes, por fin escupiendo un poco en el asado de la crueldad. Tengo miedo, torero, de que mi cuerpo ya no sea capaz de la alegría. De que la esperanza sea como esos sueños que cuando queremos contar, se escurren, se deshacen y nos dejan la certeza de haberlos soñado, pero ya sin palabras para nombrarlos. Tengo miedo, torero, de ser un toro tan atravesado por los banderines asesinos, que ya no quiera seguir esquivando tu capote y tu muleta. Tengo miedo, torero, de haber dejado la felicidad en la arena, junto con la sangre mía y la de los otros toros que antes que yo se doblaron de rodillas y ya no se quisieron levantar. Aunque tal vez no sea un signo de derrota mi tristeza. Quizás, como La Loca de Enfrente que inventó Pedro Lemebel, la tristeza sea la única manera de procesar una felicidad. Por si no lo leyeron o no lo recuerdan: la travesti entrada en años, enamorada del guerrillero que se aprovecha de ella para guardar armas en su casita, pobre pero engalanada como un plató de Hollywood, decide hacerle a su amor un regalo de cumpleaños. Carlos, el chico que sueña con matar al dictador, le había contado que, en Cuba, se festejaba el cumpleaños de los chicos del barrio, con una fiesta comunitaria una vez por mes. Todos juntos, nadie con mejor regalo que nadie. Entonces decide invitar a la chiquillada de su barriada y sorprenderlo con una torta gigante y una chocolatada épica. Al final, cuando se quedan solos, brindando con un pisco comprado para la ocasión, escuchando música en un tocadiscos prestado, ella le dice que quiere olvidar. “¿Y qué quieres olvidar?” le pregunta él. Están recostados en unos almohadones, y las copas se apoyan en una mesa ratona hecha de cajas en la que descansan, clandestinas, armas para combatir al dictador. “Todo esto”, dijo ella como hablándose a sí misma, mirando con infinita tristeza la basura de globos, cornetas, papeles dorados y comida pisoteada en el suelo. “Quiero olvidar esta tarde”, repitió ella volviendo a llenar los vasos, “olvidar que la vida es tan mezquina y tan pocas veces te da estos ratos de felicidad. Pero no te pongas triste”, la trató de consolar Carlos alzando la copa. “Déjame estar triste, es la única forma que conozco de estrujar la felicidad, para que después no me pene”. Entonces, la tristeza frente a la felicidad quizás no sea la forma que toma la derrota cuando cuantificar las pérdidas no da cuenta de la catástrofe. A lo mejor es esa pena que anticipa el dolor de la memoria. La nostalgia que lo mismo arde que hace sonreír. Quién sabe. A lo mejor, el domingo, ante otra batalla ganada en un campo virtual, a otro invasor, mi cuerpo sepa mejor qué hacer y pueda no anticipar el día después. Quizás en el momento de la fiesta popular me permita creer que todos los otros cuerpos saben también que no somos solo latinos. Que latinos fuimos después. Pero antes fuimos un montón de pueblos marrones. Que las Malvinas antes de ser argentinas eran de los yaganes. Ojalá el abrazo de gente que no conozco me permita recordar lo que siempre supe: que la alegría siempre es el mejor combustible para incendiar derrotas. Menciones: cnot
![]() |
||
18/07/2026 Página 12 - Nota - Opinión - Pag. 32






