18/07/2026 Página 12 - Nota - Opinión - Pag. 14
Ecos de la Selección argentina Flor de la V y Federico Pita La historia que siempre se reescribe, los mitos que siempre vuelven. Lo que dejó el partido contra Inglaterra y la bandera de Malvinas. Y una invitación a dejar de mirar para otro lado y entender cómo funciona el racismo en la Argentina. Seguimos cantando Por Flor de la V Este miércoles, después del soñado triunfo de Argentina sobre Inglaterra, no me podía dormir. No era ansiedad futbolera, era otra cosa. Esa sensación que aparece cuando la historia vuelve a tocar la puerta. Seamos honestxs: Argentina contra Inglaterra nunca será un partido más. Nos podrán pedir que lo vivamos como un simple espectáculo deportivo, que no llevemos imágenes de las Malvinas a la cancha, pero hay cosas que el corazón no negocia. Las Malvinas no son un recuerdo archivado, sino una herida abierta que aprendimos a llevar con dignidad. Está en nuestros héroes, en sus familias, en los que nunca volvieron y en los que todavía esperan justicia. Por eso, este partido pesaba distinto. Y nuestros jugadores lo entendieron. No salieron solamente a defender una camiseta, salieron a representar una memoria. Cada pelota dividida, cada cruce, cada corrida parecían decirnos que hay pueblos que jamás renuncian a su identidad. Sufrimos como solo nosotrxs sabemos hacerlo. Y cuando el árbitro marcó el final, como si el guion aún no estuviera completo, apareció esa bandera: “Las Malvinas son argentinas”. No hacía falta agregar nada más. En ese instante, el fútbol dejó de ser fútbol: fue un homenaje, un abrazo, fue un acto de memoria. Mientras los veía celebrar llorando, resonaba en mi cabeza la canción de María Elena Walsh, “La cigarra”. Supongo que es por esa obstinación tan argentina de volver a erigirnos cuando todo parece perdido, esa certeza de que podrán darnos por vencidos mil veces, pero siempre aparecerá una fuerza desconocida que nos levanta del suelo. Tal vez eso sea ser argentino, ¿no? Nos golpean, nos subestiman, nos creen terminados. Sin embargo, estamos aquí resucitando. Siempre volvemos, con nuestros artistas, con nuestros científicos, con nuestras abuelas, con nuestros deportistas, con nuestros trabajadores, con nuestros sueños. Damos la vuelta, le encontramos la vuelta y revivimos. Como Maradona, cuando en el 86 le regaló una alegría inolvidable a un país entero. Como Messi, que, a los 39 años, insiste para seguir haciendo de lo imposible una costumbre. Como si el tiempo hubiera decidido hacer una excepción con él. Hoy no ganaron solamente once futbolistas. Ganó esa parte de la Argentina que se niega a resignarse. La que transforma el dolor en memoria; la memoria, en identidad; y la identidad, en esperanza. Hay victorias que suman estrellas y hay otras, mucho más poderosas, que le recuerdan a un pueblo quién es. Esta fue una de esas. Mientras esa bandera era levantada por la Selección, en plena transmisión en vivo, entendí que la historia nunca deja de escribirse. A veces también se juega. La tarde del miércoles 15 de julio, una vez más, Argentina demostró que podrán creerla derrotada, pero siempre vuelve. Que nos mataron mil veces, pero hicimos un nudo en el pañuelo y no abandonamos. Que ya sabemos que no habrá una única vez y que por eso seguimos cantando. Como la cigarra. ¿Un equipo sin negros? Por Federico Pita Cada vez que se juega un Mundial o que la pelota rueda en el centro de la escena global, la misma pregunta vuelve a rebotar desde el exterior como un eco incómodo: ¿Por qué no hay jugadores negros en la Selección argentina? La pregunta vuelve a instalarse en la conversación pública con la fuerza de un hecho inevitable, espoleada por un contexto que ya no podemos maquillar. Los episodios protagonizados por sectores de la hinchada argentina en el último Mundial, signados por cantos y gestos racistas que recorrieron el planeta, volvieron a colocar el comportamiento de nuestra cultura futbolística bajo la lupa global. La respuesta habitual de nuestro sentido común suele refugiarse en la comodidad de los mitos escolares, repitiendo que en Argentina el racismo no existe o que la población negra desapareció hace siglos por causas de fuerza mayor. Sin embargo, la insistencia de este debate nos obliga a confrontar una realidad mucho más profunda que la simple conformación de un equipo deportivo. Lo que la cancha devuelve es el reflejo exacto de un proyecto político de larga data que educó nuestra mirada para dejar de ver. Estamos ante una estructura perfectamente diseñada que ha moldeado la identidad nacional. Lo que denomino racismo criollo es una verdadera matriz institucional y política, que organiza el poder y la desigualdad en nuestro país. Este diseño sistémico se consolida a través de tres operaciones continuas que atraviesan nuestras leyes, la distribución del territorio y el relato oficial que la escuela y los medios repiten desde hace generaciones. La primera es la invisibilización. Nos enseñaron que los negros “desaparecieron” después de las guerras de independencia o la fiebre amarilla. Un mito escolar tan potente que logró que dejáramos de ver. Pero no desaparecimos. Nos quisieron borrar del relato nacional. La segunda es la negación. Al decretar que “acá no existen los negros”, anulamos de cuajo la posibilidad de discutir el racismo. Así, las desigualdades estructurales que afectan a las personas racializadas se transforman mágicamente en “problemas individuales” o de clase, ocultando una larga historia de exclusión. Y la tercera, quizás la más violenta en la vida cotidiana, es la extranjerización. Cuando un argentino o argentina no encaja en el molde eurocentrista, la primera pregunta es siempre la misma: ¿De dónde sos? Porque en nuestro imaginario, lo legítimamente argentino tiene que haber bajado de los barcos. A los afroargentinos y a los pueblos originarios se los trata como extranjeros en su propia tierra. En nuestro contexto, la categoría negro excede la identidad afrodescendiente y se constituye como una categoría política que racializa a las mayorías populares. Abarca a los pueblos originarios, a los campesinos, a los villeros, a los morochos y a todos aquellos sectores que el relato de la nación blanca ubicó deliberadamente en los márgenes. El racismo criollo define quién accede a los espacios de decisión, quién es representado en las páginas de la historia oficial y quién permanece sistemáticamente excluido del bienestar económico y social. Hacernos cargo de esto no es dividir a la sociedad ni “hacerle el juego” a las críticas que nos llegan desde los países centrales. Al contrario. Reconocer el racismo criollo es el primer paso indispensable para construir una Argentina real, una que sea capaz de abrazar toda su historia y a todos los pueblos que la parieron. Es una invitación a mirar de frente nuestra composición real, entendiendo que la conquista de la justicia social en nuestro suelo está ligada de forma indispensable a la conquista de la justicia racial. Menciones: cnot
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