18/07/2026 Clarín - Nota - Sumario - Pag. 2
Gilda, Maradona y Messi Miguel Wiñazki Gilda resucitada, milagro. Entonces ese mantra se vuelve masivo y se consagra como la música argentina de este Mundial: "No me arrepiento de este amor". La santa pagana de la cumbia se volvió tribuna en Estados Unidos, y la inteligencia artificial remixó su voz para darle forma a una plegaria popular que recorre las gargantas. "Soy hincha de la selección, la aliento con el corazón, ganamos la tercera con Lionel, queremos ser campeones otra vez... Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina quiero verte bicampeón". La letra la escribió un pibe, Pablo Quintana, "Palmito", hincha de Rosario Central. Después, un anónimo digital le prestó a la muerta su voz recreada. El himno es de todos porque no es enteramente de nadie. Así nacieron siempre los cantos populares. La novedad es que ahora los asiste una máquina. Una canción de amor romántico transfigurada en credo futbolero. La tribuna toma una letra escrita para una persona y la ofrenda a una camiseta, y en esa transformación no hay pérdida sino ganancia. Porque el amor sin arrepentimiento es la definición exacta del hincha. Un amor que no depende del resultado, que no conoce el desengaño definitivo. Se puede ganar o perder un Mundial. No se puede dejar de amar. Eso es lo que Gilda sabía quizás sin saberlo, y por eso su voz resucitada suena tan natural en los estadios de fútbol. Siempre cantó plegarias, aunque parecieran cumbias. Hay algo vertiginoso y paradójico en la escena sonora de los cánticos: la tecnología más nueva del mundo puesta al servicio de la devoción más antigua de este país. No es una paradoja menor. En estas latitudes, la tecnología no llega para enfriar el alma ni para deshumanizarnos, sino para oficiar de médium. Es un acto de espiritismo tecnológico. Gilda canta desde el más allá de los servidores porque aquí la muerte nunca es la última palabra, siempre hay un himno plebeyo que la gambetea. La tribuna resucita voces y canoniza dioses. Dos deidades. Análogos y divergentes. Messi es la continuación de Maradona con buenos modales. Pero es más que eso, es el emergente de otro país, porque todo cambia. Messi no hubiera perpetrado aquel gol con la mano del ''86. Lo suyo no es el ardid fronterizo, el engaño artero como arte de guerra. Hay un país maradoniano, el de la astucia, el barro, el desborde, la genialidad como gesto insurreccional. Ese país amó a Diego porque Diego era su espejo: imperfecto, excesivo, adictivo, autodestructivo, capaz de tocar el cielo y el infierno en la misma jugada. Hay otro país que eleva a Messi al Olimpo excluyente de la máxima divinidad del fútbol, el país que admira la constancia, la serenidad, el talento que no necesita gritar para imponerse. Esa magia silenciosa que emociona a miles de millones en todos los continentes, incluso a los que no entienden una palabra de castellano ni de fútbol. ¿Qué significa, entonces, ese grito que atrona desde el cemento: "Soy argento de la cuna hasta el cajón"? ¿Qué es ser argento? ¿El gol con la mano o la limpia genialidad de Messi? Quizás ambas facetas son las dos caras de una misma, compleja y desgarradora argentinidad. No son dos países opuestos que se excluyen, sino los dos hemisferios de nuestro cerebro colectivo. La sociedad arraigó en la rebeldía plebeya de Maradona para confrontar con la intemperie diaria, aunque sea por noventa minutos y con un puño prohibido, vengar supuestamente las injusticias de la historia. Pero fue trampa. Ahora necesitamos la constancia de Messi para creer que el método, la perseverancia, el silencio y el respeto a las reglas del juego tienen premio en una tierra donde tantas veces el esfuerzo parece una quimera. Diego es el grito en el barro, pero también la danza rentada frente al atroz Nicolás Maduro. Messi es la catedral construida ladrillo a ladrillo. El verdadero milagro argentino no es que existan ambos, sino que convivan en el mismo pecho. Ser argento es habitar esa doble ciudadanía entre el caos y la excelencia. Una guerra perdida, un dios muerto, el doping del ''94 y afuera del Mundial, ahora un genio que se despide, y nuevamente la promesa de una gloria inmortal. Cuatro heridas y una esperanza hecha cumbia. Los historiadores no lograron semejante síntesis. La tribuna escribe la historia argentina mejor que las academias, porque la escribe atronadoramente y en coros masivos. Por eso la cancha argentina es el último templo que funciona. Los otros se vaciaron. Se vaciaron los partidos políticos, convertidos en maquinarias de marketing sin mística. Se vaciaron las iglesias tradicionales, incapaces de contener la angustia de la época. Crujieron las instituciones que alguna vez ordenaron la vida común y nos prometieron un destino compartido. La tribuna, en cambio, está llena. Ahí todavía se reza con fe ciega, se promete lo imposible, se perdona lo imperdonable y se resucita a los muertos requeridos en cada estrofa. Allí, bajo el sol o bajo los reflectores, la Argentina fragmentada vuelve a ser una sola voz durante noventa minutos. El desconocido que tenés al lado en la popular no es un adversario ideológico, ni un competidor en la selva del sálvese quien pueda. Es un hermano de liturgia. El abrazo de gol es el único territorio de comunión que nos queda a salvo de la sospecha y la grieta. No es poco. En un país que a veces parece deshilacharse en las manos de sus dirigentes, esa comunión de tribuna quizás sea todo lo que nos queda. Pero esa comunión bordea otros peligros. Brota de pronto el nacionalismo expansivo, fanático, el que traga toda racionalidad posible. La frontera entre la liturgia y el delirio es siempre delgada. La misma voz que reza puede agredir. Pero esta vez y hasta ahora la tribuna elige rezar. Vuela Messi, en andas de sus compañeros. Elevado, ingrávido, flota en el aire, y no se cae. Y las plegarias lo elevan deseando la victoria. Porque mañana vuelve el fantástico drama de siempre: ganar o perder. Vamos, te pido Lionel. La última de Leo. Y seguí volando. En la Argentina, la cancha es el último de los templos que aún funciona. Los otros, se vaciaron. El abrazo de gol es el único territorio de comunión que nos queda a salvo de la sospecha y la grieta. Menciones: cnot
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