04/07/2026 Página 12 - Nota - Opinión - Pag. 32
Gilead ya tiene capital Sergio Olguín A fines de los 80 llegó a mis manos la edición argentina de El cuento de la criada, de la escritora canadiense Margaret Atwood, publicada por Sudamericana, en una época en la que las editoriales locales no formaban parte de conglomerados multinacionales y eso les permitía publicar libros extranjeros sin depender del visto bueno de sus dueños españoles y sus torpes traducciones castizas. Leí la novela con el interés que me despertaban las distopías. Ya había leído las más clásicas como Un mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell y Nosotros, de Yevgueni Zamiatin. El cuento de la criada se inscribía en esa literatura futurista en la que aparecen sociedades que parecen perfectas, pero que se construyen a partir del autoritarismo, la supresión de toda forma de pensamiento disidente y la represión a los que se animan a rebelarse. A diferencia de las otras distopías, que planteaban control y represión para todos y todas, Atwood ponía el acento en la reducción a la servidumbre a las mujeres, ese mundo tan poco feliz las deshumanizaba al extremo. La acción de El cuento de la criada transcurre en la República de Gilead, un país nacido después de que un golpe de estado ultracatólico terminara con los Estados Unidos. Tras una fachada de orden, moralidad y civismo, Gilead disimula malamente una sociedad autoritaria y represora, donde la peor parte la llevan las mujeres, que son divididas en estrictas categorías: las Esposas que forman parte de la clase dirigente; las Criadas, elegidas por su fertilidad y destinadas a procrear hijos para las familias poderosas; las Marthas que desempeñan las actividades del hogar; las Tías dedicadas a educar y reprimir cualquier impulso en las niñas y adolescentes. Hay otras categorías más de mujeres, pero ocupan todavía un lugar más marginal en esa sociedad. La novela me gustó por su clima agobiante, pero no me impactó especialmente. Las otras distopías me parecían más inquietantes porque planteaban un autoritarismo dirigido a toda la sociedad y no de manera tan explícita a un sector determinado. Veníamos de una dictadura, pero madurábamos en democracia. Los derechos civiles que nos faltaban -especialmente para las mujeres y la comunidad LGTBIQ+- creíamos que se conseguirían reforzando las luchas y reclamos que habían comenzado a tomar cuerpo durante los años de Alfonsín. El mundo también cambiaba a favor, más allá de la estigmatización feroz de esos años de la comunidad gay. El futuro que imaginábamos era más utópico que distópico: tarde o temprano, habría patria potestad compartida, matrimonio igualitario, la identidad de género, cupos laborales para la población trans, educación sexual integral en las escuelas, incorporación del femicidio al Código Penal, legalización del aborto, entre varias otras. Era cuestión de lucha y de tiempo. Y así fue. Todo lo que podía alertarnos la novela parecía más un hallazgo literario que una visión real de futuro. Cuando la serie El cuento de la criada terminó de emitirse en 2025 el mundo era otro al que vivimos en las décadas anteriores. Ni qué hablar la Argentina. El gobierno de Milei fue el único, desde que regresó la democracia, que en tres años de administración no generó leyes que ampliaran derechos. Al contrario, a fuerza de decretos y declaraciones ha tratado de quitar o limitar los derechos adquiridos. Abrió la puerta para que lo más reaccionario de la sociedad sacara su pus negacionista, su homofobia y su misoginia. El tratamiento que se hizo desde las instituciones del femicidio de Agostina Vega es una clara muestra de dónde estamos: el fiscal Garzón felicitando a los perros rastreadores y la ministra Monteoliva hablando de “homicidio” y de la “verdad completa”, parafraseando el lenguaje de los reivindicadores de la dictadura. Y cuando ya creíamos haber visto todo, apareció Clara Muzzio, la vicejefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, destacada militante del PRO, esperanza rubia de los antiderechos y rostro amigable de un fascismo agiornado a los tiempos que corren. Primero fueron sus opiniones sobre la baja de la natalidad en el país, cuando responsabilizó de esto al feminismo y la legalización del aborto. Pero a partir de ahí no se detuvo, sus declaraciones avanzaron contra la ESI, la identidad de género y todo lo que se le ponía adelante con aspecto progresista: “La ESI (...) terminó destruyendo la cabeza a los niños”. E insistió: “Yo sostengo que hay dos sexos, el masculino y el femenino”. A Muzzio ya le respondieron especialistas en temas de educación, salud y género. La legisladora Alejandrina Barry (FIT) resumió bien las consecuencias de lo que propone la dirigente del PRO: “Clara Muzzio aseguró que la Educación Sexual Integral (ESI) trasmite ideas monstruosas a través de una ideología siniestra, ¿hay algo más monstruoso que querer eliminar la herramienta que permitió que casi el 80% de los niñxs víctimas de abuso pudieran denunciar a raíz de las clases de ESI? La vice de Jorge Macri milita las políticas más oscurantistas contra las mujeres, las disidencias y las niñas y niños que dice defender, pero que sólo promueve dejarlos indefensos ante todo tipo de abusos”. El modelo de Muzzio está copiado de fuerzas de extrema derecha, bancadas con mucho dinero proveniente de oscuras fundaciones. Tal vez, encontró en esos antros el auspicio necesario. Y si no, ya lo va a encontrar. En el fondo, lo que quiere conseguir es que nuestra sociedad sea cada vez más parecida a esa República de Gilead que anticipó Atwood. ¿Y qué mejor que probar suerte en la Ciudad de Buenos Aires? ¿Nos estaremos convirtiendo en la capital de Gilead, casi sin darnos cuenta, con la habitual mansedumbre que adoptamos ante los gestos más reaccionarios de nuestra derecha en el poder? Sería muy inocente pensar que Muzzio (una militante aplicada, que nunca saca los pies del plato, al punto de haber apoyado lo que ahora ataca cuando era funcionaria de Rodríguez Larreta) haya salido al ruedo con estas ideas si no fuera parte de un entramado político mayor. Está claro que el PRO se dio cuenta de que ya no va la imagen angelical de sus mujeres dirigentes, como cuando promocionaban a Gabriela Michetti o María Eugenia Vidal. Ante la salida de Patricia Bullrich, había que buscar una fascista propia, que fuera lo más coherente posible con las políticas del Gobierno de la Ciudad. Porque como vicejefa de gobierno y anterior ministra de Espacio Público e Higiene Urbana, Muzzio no tiene nada bueno para mostrar. Su gestión se ha caracterizado por altos presupuestos y pobrísimas acciones que mejoren la vida de los vecinos. Mejor criticar la legalización del aborto que hacerse cargo de una ciudad cada vez más sucia y menos habitable. La Ciudad de Buenos Aires no ha mejorado en salud pública, pero prohíbe que la gente que no vive en la ciudad se atienda en sus hospitales; no genera políticas de contención social, pero reprime y roba a los cuentapropistas que se les ocurre ganarse el peso vendiendo en la calle. No mejora el transporte, pero habla de poner un muro en las entradas a la ciudad, para generar un espíritu racista y autoritario. Claro, no es difícil conseguirlo en un distrito que propició con su voto el gobierno de la misma fuerza política de derecha en los últimos veinte años. Una derecha que solo sabe evolucionar hacia su extremismo, que en pocos meses (si no llegan a un acuerdo político, muy posible por otra parte) se peleará con La Libertad Avanza para ver cuáles de las dos fuerzas se muestra más inhumana, más canalla, más dispuesta a convertir nuestras vidas en una distopía cada vez más realista. Menciones: cnot
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