04/07/2026 Página 12 - Nota - Opinión - Pag. 29
"Somos responsables de las palabras que usamos" Silvina Friera Todo pensamiento profundo debe comenzar por la desesperación”. Esta frase del filósofo existencialista ruso Lev Shestov, subrayada por Juan Forn, es el punto de encuentro de Guillermo Saccomanno, en la última página del diario, con el amigo muerto. Este domingo se podrá conseguir el segundo volumen de la Biblioteca Contratapas Página/12, una colección de doce libros publicada por la editorial Octubre, que reúne los textos de los escritores y periodistas que escribieron y escriben en las contratapas en estos 39 años de historia. Las Contratapas de Saccomanno, prologadas por Claudio Zeiger, son oxígeno puro para los pulmones intoxicados con la política libertaria. La literatura, especialmente la poesía, es la piedra de toque de un escritor que puede encontrar belleza donde otros se espantarían y que escarba en la dificultad de traducir en palabras las experiencias vitales, entre las que incluye, como no podía ser de otra manera, la lectura. El autor de la novela Página/12 publica Contratapas con textos de Guillermo Saccomanno. El escritor participa de la Biblioteca Contratapas Página/12, una colección de doce libros que reúne los textos de los autores que escribieron y escriben en la última página del diario. “La primera experiencia es entonces la vital y después se combina con la de lector, todo aquello que uno ha leído y sigue leyendo.” Cámara Gesell contagia sus entusiasmos como lector; invita a transitar el camino que va de sus “conjeturas sobre el narrar” hasta los títulos de los poetas, narradores y filósofos que lo acompañan en esa búsqueda que consiste en “escribir menos y decir más”. El primer volumen de la colección, que salió en junio, compiló las Contratapas de Osvaldo Soriano, publicadas entre 1987 y 1997, el año de su muerte. Luego llegarán los libros de Eva Giberti, Hugo Soriani, María Moreno, Juan Gelman, Antonio Dal Masetto, Rodrigo Fresán, José Pablo Feinmann, Osvaldo Bayer, Horacio González y Eduardo Galeano, en el marco del aniversario de los cuarenta años de Página/12, que se cumplirá en mayo del 2027. La primera contratapa, “Escuchar un jilguero”, sobre la poeta Diana Bellessi, fue publicada en marzo de 2019. La última, “Elogio de Henry Miller”, es de febrero de 2026. “Guillermo Saccomanno viene ayudando a tantos lectores a pensar a través de la literatura, a reflexionar a partir de la literatura, a sentirse vivos y calientes mediante la narrativa de la vida difícil. Este es el sentido último del hecho literario: complementarse en la lectura no para conformar un público lector dominical sino para establecer un diálogo tenso y amoroso entre almas y cuerpos en conflicto. Mantener vivo el antagonismo, apostar a los hechos y a las ideas. Y, por supuesto, escribir siempre dando lo mejor de sí”, plantea Claudio Zeiger, escritor y editor del suplemento Radar, en el prólogo del libro que se presentará el próximo miércoles 8 de julio a las 19 en el bar de la Radio 750 (Ravignani 1732), con entrada libre y gratuita. Zeiger agrega que Saccomanno fue desarrollando una particular sensibilidad para indagar en los deseos imaginarios de las clases medias. “Dicho en plural, porque la clase media en su singularidad es solo una abstracción. Siempre está planteando su ascenso, existe porque se mueve y avanza ciegamente hacia su triunfo o su pulverización. Y esto es lo que le sucede a la mayoría de los personajes que pululan por tantos y tantos laberintos angustiosos que propone la narrativa de Saccomanno: vivir desgarrados”. Desde la inicial Situación de peligro, pasando por El buen dolor, la trilogía sobre la violencia compuesta por La lengua del malón, El amor argentino y 77 y Arderá el viento, con la que ganó el Premio Alfaguara de Novela en 2025, la obra del escritor y columnista de Página/12 mete las patas en la fuente de la literatura argentina para atajar las imposturas y construir una lengua saccomanniana, reconocible también en modulaciones menos ásperas como en Antonio o Mirlo, libros bellísimos conectados por la amistad. O en sus artículos y crónicas periodísticas, como Escrito en Patagonia, publicado por La Flor Azul, editorial que recientemente editó Escribir pájaros en la noche, un cuaderno que compila los aforismos que escribió entre 2009 y 2023 en Villa Gesell, la ciudad donde vive desde fines de los años 80. El estilo Saccomanno va al hueso de las palabras; su narrativa moviliza, sacude, agita el avispero sin golpes bajos, florituras ni “rebusques del hermetismo” porque encuentra la belleza que duele en el despojamiento, en la frase que se clava como un aguijón en las conciencias de sus lectores, en una verdad literaria que cuanto más desnuda esté más profunda se revelará. Se podría aplicar a su modo de ser y estar en el mundo que él mismo observa en Thomas Bernhard (1939-1981), quien se definía como un “aguafiestas con cada aliento, con cada línea que escribo”. Nunca es complaciente, suele molestar y puede llegar a irritar. Por las “venas abiertas” de las cuarenta y siete contratapas del libro circula la poesía de Diana Bellessi, Joaquín Giannuzzi, Cristina Peri Rossi, Antonio Gamoneda, Alda Merini, Antonio Porchia, Raymond Carver, Rosario Bléfari y el coreano Choi Seung-Ho, entre otros; pero también la narrativa de Italo Calvino, John Berger, el noruego Kjell Askildsen, José Pablo Feinmann, el japonés Takiji Kobayashi y Rodrigo Fresán. En las contratapas de Saccomanno hay mucho para destacar y anotar. “Escribo a mano, lo dije, y cada vez me importa menos el trabajo que después implica pasar el manuscrito a una pantalla. Al escribir a mano creo estar raspando la cáscara de un secreto”, sugiere en un texto. “Subrayar suele ser más que la operación de marcar un pensamiento, una imagen -advierte en otro-. Es la intención de dejar no tanto una señal de aquello que nos tocó como de indicar la posesión del libro, como si nosotros fuéramos su autor y, en el subrayado, especie de apropiación, queremos que se note, más allá de nosotros, no sólo lo que nos importó en el texto sino, como si fuéramos tal vez más inteligentes que quien lo escribió, estuviéramos señalando tal o cual frase, tal o cual párrafo, imponiéndole a un lector siguiente lo que debe sentir y pensar, un autoritarismo subliminal, que ejercerá nuestra influencia sobre el próximo recién venido”. “La escritura debe ser una herramienta que nos pregunta acerca de su misma naturaleza, por qué escribimos, cómo escribimos.” “Toda frase implica una moral” “Primero hay que saber narrar”, dice Claudio Zeiger en el prólogo de tus “Contratapas”. ¿Cómo aprendiste a narrar? —Sospecho que si soy narrador el oficio lo fui aprendiendo desde pibe, escuchando los relatos terribles de mi abuela gallega: humillación, abuso, pobreza, huida, rebelión, la inmigración, la lucha por una vida mejor. Y también estaban las historias que se contaban en el barrio donde todos estaban en boca de todos, violencia, explotación, resistencia y las tensiones domésticas, adulterio; la formación cruda al salir a la calle a trabajar muy temprano. Ver y escuchar. Prestar atención, tanto al asesinato de un carnicero como a los cuernos de una vecina y pibes educados a cinturonazos. Por suerte había una gran biblioteca en la casa de infancia en Mataderos, novelas, ensayos, poesía. Es decir, la primera experiencia es entonces la vital y después se combina con la de lector, todo aquello que uno ha leído y sigue leyendo, desde un vademécum hasta Faulkner pasando por Dante. En este punto, cuando tuve que coordinar un taller, de movida, me impuse revisar mis lecturas, mis gustos, reflexionar sobre el lenguaje, ponerlo en discusión. La escritura debe ser una herramienta que nos pregunta acerca de su misma naturaleza, por qué escribimos, cómo escribimos; toda frase implica una moral, toda escritura es política lo que no implica bajar línea, y cuál es el sentido que le asignamos a un texto. También se trata de encontrar en los otros las cuestiones que pueden preocuparlo a uno. Encontrar un tono, una manera. Supongo que de estas situaciones vienen mis contratapas. Además, fundamental, el disponer de un espacio de análisis de gustos y obsesiones, concentrar los aspectos de lectura en una entrega acotada, que impone la brevedad. Se trata de conjeturas. Es decir, no tanto de certezas como de incertidumbre, ponerse en tela de juicio. —¿Por qué le dedicás el libro a Noé Jitrik? ¿Qué importancia tuvo en tu vida la obra narrativa, poética y crítica de Jitrik? —Noé fue para mí una marca. Debo haberlo leído a los dieciséis, en uno de sus primeros libros: Addio a la mamma. Y también en una antología del grupo Zona de poesía, donde estaban César Fernández Moreno, Paco Urondo, Ramiro de Casasbellas, Lola Thorne y Noé. Después, más personalmente, lo conocí en el lanzamiento de la revista Hortensia. Y poco después fue mi profe en la carrera de Letras en los 70. Sabía compensar lo teórico con lo práctico, enseñaba aplicando tanto a Bachelard como a Macedonio. Y sus clases eran verdaderas piezas críticas que, obvio, incidirían en mi formación. Cuando empecé a escribir las contratapas sobre poesía Noé, a su vez, empezó a escribirme comentándolas, apostillas y observaciones. Noé había vuelto a darme clases. Y era un fenómeno; en el tramo de esta amistad, me confiaba la poesía que estaba escribiendo. El maestro seguía siendo el maestro y el alumno continuaba siendo el alumno. Llegó un momento en que sentí que escribía para él, como si se tratara de parciales. Algún día debería recuperar esa correspondencia. —El primer texto del libro, “Escuchar un jilguero”, es sobre la poeta Diana Bellessi, a quien definís como “una voz necesaria para nombrar tanto una calandria como el estruendo de un piquete”, y te preguntás si no será un acto de resistencia escuchar el canto de un jilguero. ¿Por dónde pasa hoy la resistencia al neoliberalismo? ¿Por la poesía, el género menos comercial y tal vez menos capitalista? —El escrito sobre Bellessi fue uno de los primeros de la serie y creo que desde ahí deben leerse los que siguen. Me parece que fue la linterna, una señal. Me dije por qué no escribir sobre poesía. No hay poesía en los medios. Esta es la razón por la que tantas contratapas se centran en poetas. Es cierto que la poesía es la expresión literaria menos capitalista, pero tiene una feligresía considerable a pesar de su circulación clandestina. Bellessi es, en este sentido, un paradigma. Creo que nos conocimos en los 70, cuando ella pasó por Buenos Aires iniciando su gran viaje americano. Encontrarse con esta clase de escrituras, y digo clase en el sentido de conciencia del origen, escrituras que a través del tiempo han mantenido una coherencia, no es frecuente. En este sentido, la obra de Bellessi debe leerse como un tránsito sin claudicaciones. —En una de las contratapas citás una frase de una novela de Patricia Highsmith: “Lo mejor era esperar lo peor”. ¿Cómo resuena esta frase hoy? Cuando no se entiende la página de economía de un diario, conviene ir a la sección policiales, que traduce el estado de una sociedad. En este aspecto, la narración negra ilumina. Patricia Highsmith es una perspectiva amarga y contraria a los valores del establishment. Aquí están los errores y las fobias del sistema, las ambiciones y las tragedias de seres arrojados al crimen. Y si las historias de Highsmith parecen respetar las leyes de Murphy, nuestro país también. —¿Por qué recelar del lenguaje parece que define a un escritor de verdad? —Creo que la duda debe definir la propia relación con la escritura. Vivimos como nunca en tiempo de crisis de representación. Y no se trata solo de la inteligencia artificial, que jamás podrá suplir la identidad de una escritura. Más bien hay que poner el ojo en la falta de representación política de los votantes. Si observamos la letra chica de las listas de voto de la boleta, encontraremos una cantidad de pelandrunes que ignoramos de dónde vienen. Cuando después vemos las transmisiones desde el Congreso, aparecen ágrafos balbuceantes que no saben pronunciar siquiera sus discursos reaccionarios. Esta crisis de lenguaje está además en los medios que masacran la conciencia política. Por lo general el periodismo y la información están en manos de ágrafos. Y mejor no entremos en la problemática de la educación. Si esta situación la trasladamos a la escritura somos responsables de las palabras que usamos. Ya no se trata de dar con la palabra justa. En todo caso, se trata de lograr algún grado de precisión en lo que queremos narrar. En la poesía se encuentra ese grado de elocuencia sugerente del lenguaje que puede acercarnos una mayor sensibilidad y agudeza en la escritura. Si una situación puede narrarse con diez palabras, para qué emplear once. No me importan tanto los temas o las tramas como su formalización, el modo en que se encara un relato. La narración no consiste tanto en ideas ingeniosas sino en el modo en que se desarrollan. Lo que cuenta es detectar el grado de revelación en el lenguaje. No solo el decir sino el cómo decir. Entonces el peso de la trama se vuelve secundario. Temas hay por doquier. Pero la inquietud acerca de cómo se encaran es escasa. En lo personal aspiro a una síntesis en el lenguaje, ser tal vez más austero y concentrado. Al menos, esto es en términos de voluntad. —En uno de los textos afirmás que la obra de José Pablo Feinmann y La hora de los hornos, de Pino Solanas, siguen planteando una discusión: ¿qué clase de vida queremos? ¿Qué respuesta podrías aportar? Como escritor me parece más interesante pensar interrogantes antes que respuestas. Este año le dediqué una tarde a ver completo el documental La hora de los hornos. No sólo me resultó increíble creativamente que el film estuviera secuenciado en temas que explican pedagógicamente nuestro destino trágico. También que esas pausas entre capítulos se propusieran como espacios de discusión. Y que las calamidades de ese contexto, desde los 60-70, se reprodujeran en las contradicciones del presente: parece otro tiempo, pero la tragedia social continúa. Si ahí cito a José Pablo es porque reúne lo mejor de un intelectual que torna comprometida cada línea que escribe, se trate de coyuntura, de derechos humanos o de cine. Siempre una actitud combativa, de talante sartreano. Su ausencia hoy se siente y no solo en el diario. Menciones: cnot
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