28/06/2026 La Nación - Nota - Política - Pag. 1
Al final, era solo un jefe de Gabinete Jorge Liotti Fue la salida más traumática de un funcionario del gobierno libertario, la más dañina; la que consumió más tiempo, la que más arruinó el capital simbólico de la lucha contra la corrupción. Continúa en la página 34. Al final, era apenas un jefe de Gabinete. Pero en los hechos, con Manuel Adorni se fue apenas un jefe de Gabinete. La magnitud que cobró toda la historia fue producto de un manejo errático de la crisis por parte del Gobierno, en particular del Presidente, que defendió hasta donde pudo a su funcionario, sin evaluar alternativas. Al final, quedó en el peor lugar posible: absorbió todo el costo de apoyarlo durante casi cuatro meses, para terminar aceptando su renuncia ante la inevitabilidad de su destino. La suerte de Adorni terminó de definir el jueves a la tarde, después de la fallida sesión del Senado. Lo que en apariencia fue un triunfo del oficialismo, por haber logrado levantar la convocatoria por falta de quórum, en realidad se trató de un ultimátum velado. Los aliados le habían dado al Gobierno un atajo para ganar tiempo, pero solo a cambio de que fuera el propio Presidente el que desplazara a su jefe de Gabinete; en caso contrario, se activaría el pelotón de fusilamiento legislativo en las próximas semanas. Patricia Bullrich habló esa misma noche con Karina Milei y le transmitió un mensaje fulminante: no había más margen político en el Congreso para sostener a Adorni, solo una ventana de tiempo hasta el miércoles, para cuando había sido convocada la Comisión de Asuntos Constitucionales. La hermana presidencial, por primera vez desde que comenzó el escándalo, aceptó que la situación era insostenible y activó el plan de salida. "Dejame hablarlo con Javier, porque está de viaje", fue la respuesta corta, pero suficiente. El Presidente había partido a España todavía con la idea de resistir la embestida, aunque ya percibía lo ineludible. Desde ese momento, el desenlace estaba escrito. Los hermanos venían hablando reservadamente del tema desde hacía al menos tres semanas, pero recién ese día acordaron terminar con la sangría. Empezaba a correr riesgo la gobernabilidad si el Congreso quedaba cancelado. Hasta principios de la semana, Karina seguía haciendo esfuerzos para sostener a Adorni, hasta el punto de que lo acompañó en las reuniones que convocó en la Casa Rosada para explicarles a los senadores de LLA sus argumentos patrimoniales. Pero la puesta en escena fue un búmeran. El jefe de Gabinete regó los encuentros con frases altaneras y un desparpajo presupuestario que espantaron a sus propios legisladores. Al día siguiente se produjo una escena bizarra en la sesión de Diputados. Cuando se estaba por votar el RIGI, ingresaron al palco oficial Karina y Sharif Menem, y entonces un sector de la bancada oficialista, a modo de bienvenida, empezó a cantar en pleno recinto: "Adorni no se va". Quizás no habían advertido que la partitura empezaba a cambiar. Pero fue el Senado el escenario del disparo fatal. Hubo allí tres momentos claves. El martes en labor parlamentaria se cambió el criterio de la semana anterior y se fijó que una interpelación requería dos tercios para ser aprobado si no tenía dictamen. En este caso Bullrich revirtió su propia postura y siguió un pedido del Gobierno. El miércoles se reunieron "los 44", el heterogéneo grupo que integra el oficialismo y sus oscilantes aliados. Allí hubo dos posiciones. Una más dura, que la encarnó el jefe de Pro en el Senado, Martín Goerling, quien insistió en un pedido de interpelación con fecha para el 8 de julio. Su postura era avanzar y asumir la responsabilidad de voltear al jefe de Gabinete. Lo acompañaban algunos provinciales, como Alejandra Vigo. Otro sector, entre los que estaban el radicalismo de Eduardo Vischi y otros provinciales como Carlos Espínola, planteaba que eran necesarios dos tercios para habilitar el tema en la Comisión de Asuntos Constitucionales, que fue lo que finalmente se hizo. El objetivo de fondo era darle al Gobierno un margen de tiempo para que actuara antes del miércoles. "Nos abrieron una ventana, pero si no actuaba Milei, el miércoles liquidaban a Manuel", dijo un interlocutor de LLA. Es decir que ni los más contemplativos mantendrían su buena disposición a partir de la semana entrante. Si insistía en el blindaje a Adorni, lo que seguía era una carnicería legislativa con efectos imprevistos. El jueves, el oficialismo forzó el levantamiento de la sesión por falta de quórum solo para terminar con la coreografía. El mensaje ya había sido transmitido. Karina, que desde hace tiempo le aportaba una mirada más pragmática al problema por sobre el enfoque más emocional de su hermano, leyó todo este cuadro a partir de entonces. Solo su voz fue capaz de convencer al Presidente de que era mejor dar vuelta la página, más allá de que eso implicara resignar su narrativa de que todo se trataba de una embestida del periodismo y de la oposición para condicionarles el poder. Soy el Colo. El desembarco de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete, que se oficializaría hoy, responde básicamente a tres factores. Por un lado, a la habilidad con la que se manejó desde su arribo al Gobierno en octubre pasado, sobre todo para sintonizar con Karina Milei y aconsejarla sobre los laberintos de la política. Después de un inicio cargado de desconfianzas, mostró dos conductas que fueron valoradas: el bajo perfil público y el alineamiento con las directivas que emanaban del poder. El otro dato que pesó en la interpretación que hizo la hermana presidencial fue que no implicaba desarmar equipos o dinámicas de trabajo que venían funcionando. Era el caso de Federico Sturzenegger, Horacio Marín o Carlos Guberman, otros nombres que barajó. Sandra Pettovello ya había hecho saber su rechazo a darse ese salto y Pablo Quirno, la alternativa más clara a Santilli, según cuentan en el Gobierno, perdió posiciones cuando en el escándalo Rufus entre Santiago Caputo y Menem se mostró próximo a las Fuerzas del Cielo. El último punto en consideración fue precisamente que la designación de Santilli no exacerbaba la interna con Caputo, porque si bien es un hombre de Karina, mantiene buen diálogo con el asesor. En todo caso, para el estratega el problema no es el nombre, sino la señal simbólica que emite. Algunos todavía recuerdan haberlo escuchado decir que si Santilli llegaba a ese cargo sería como "un Pro libertaria original y más parecido a un denostado Juntos por el Cambio". Pero es tiempo de pragmatismo. Es el mismo pragmatismo que exhibieron los Milei con las otras dos designaciones de los últimos días: la de Adrián Ravier como vocero y la de Fabián Fernández como secretario de Comunicación y Prensa. La primera fue una decisión directa del Presidente; la segunda, una movida de la secretaria general. Sin embargo, los dos tienen buena relación con Caputo. El primero, como puntal de la Fundación Faro, que lidera el asesor; el segundo, por venir del área comercial de YPF, que también tuvo su guía. En términos de la interna, el mensaje parece ser: los Milei designan, pero sin agitar tensiones con Santiago. En conjunto los cambios marcan un intento de cambio conceptual en la relación con el periodismo. Santilli venía desde hacía tiempo hablando con Milei sobre la necesidad de bajar la intensidad de la pelea con los medios, con escaso éxito. Ravier, por su lado, se plantó el viernes en su primera aparición como vocero y dijo: "Concibo al periodismo como un eje central en la democracia de nuestro país. Valoro y reivindico el trabajo del periodista que busca informar, que es independiente y objetivo, que tiene espíritu crítico y hace una presentación ecuánime de los hechos y los datos de la realidad". ¿Y el NOLSALP (No Odiamos Lo Suficiente A Los Periodistas)? Difícilmente Milei cambie su actitud, pero eso quedará para la retórica pública. En la línea subterránea buscan que sea diferente, y para eso también es clave Fabián Fernández, quien lleva al menos diez años de vínculo con la prensa. Con todos estos relevos el Gobierno aspira no solo a dar una vuelta de página después de casi cuatro meses de estancamiento, sino también a poder recuperar el control de una agenda más afín, sobre todo orientada a los logros económicos. El karma del jefe de Gabinete. En el diseño del poder de Milei, la Jefatura de Gabinete ha sido siempre un injerto incómodo. No es casualidad que haya sido la posición que más veces tuvo que cambiar desde su llegada a la Casa Rosada. Ya va por el cuarto funcionario en dos años y medio de gestión, contra un solo titular de Economía y una sola ministra de Capital Humano, por comparar con dos áreas habitualmente más volátiles. Es la figura que en lo formal tiene la tarea de coordinar el trabajo de los ministros, pero que en la realidad debe aceptar su falta de autonomía y la influencia de Karina Milei, que es una presidenta bis y una jefa de Gabinete blue. Entonces se transforma en un mero articulador de las internas. Lo importante no es el buen funcionamiento de la gestión, sino que no altere el frágil equilibrio en la cúpula del poder. El primer jefe de Gabinete, Nicolás Posse, representó la etapa fundacional del gobierno libertario. Venía de la Corporación América, como Milei, y fue el responsable del scouting original. Definió buena parte del equipo que desembarcó en la Casa Rosada en forma aluvional, cargado de inexperiencia. Fue eyectado del cargo a los cinco meses en una situación nunca aclarada de supuesto espionaje y desmanejos. Lo sucedió Guillermo Francos, otro representante de la escudería Eurnekian, en un intento por otorgarle al cargo mayor experiencia y diálogo en la política. El problema fue que simultáneamente a la salida de Posse se produjo otro movimiento más importante: Santiago Caputo inició su fase de expansión de poder y ocupó todos los lugares que dejó vacantes la gente que había sido designada por Posse. En consecuencia, el período de Francos como jefe de Gabinete coincidió con el de mayor tensión en el "triángulo de hierro", porque ese Caputo fortalecido pujaba con Karina Milei en términos de relativa paridad. Y esa interna consumió al veterano funcionario. Una paradoja con moraleja: Francos debió ir al Congreso a defender a Milei por el caso LIBRA. Tiempo después, Milei tuvo que ir al Congreso a respaldar a Adorni en medio de sus confusiones inmobiliarias. Se habían invertido los roles naturales. La llegada de Adorni al cargo fue la representación más nítida de la fase Karina del Gobierno, que se inició tras el triunfo electoral de octubre. Fue un nacido y criado en el vientre de la hermana presidencial. Un puro absoluto que marcaba una nueva hegemonía interna en detrimento de Caputo. Una estrella fugaz. Ese experimento acaba de fracasar entre cascadas, jubiladas, contratistas y pantallas de videojuego. Con Santilli se produce un regreso a la lógica de la era Francos, con un jefe de Gabinete que viene de la política y no es una construcción de la actoría libertaria. Pero con una diferencia con aquel período: responde claramente a Karina y asume en un momento en que los equilibrios internos ya están muy desnivelados. Responderá a la hermana presidencial, no tendrá la sombra de Caputo y deberá interactuar con actores afines: Menem y Bullrich en el Congreso, y los gobernadores. Su reposicionamiento no va en detrimento de su plan personal. La hermana presidencial le reconoció implícitamente a Santilli su aspiración de ser candidato en la provincia de Buenos Aires al habilitarle un lugar de alta visibilidad. Fue parte del conversación entre ellos. Este fin de semana Milei le dio un cierre al conflicto autoinfligido más desgastante que le tocó enfrentar. En un pragmatismo de última instancia que no le tributa más beneficio que el de obturar una hemorragia interminable. Hay determinados planos de la gestión en los que no se percibe una curva de aprendizaje. Le ocurrió desde el principio de la gestión con la primera versión de la Ley Bases y le volvió a pasar dos años y medio después con Adorni. Es su estilo. Una forma de ser. Un distinto. Menciones: Manuel Adorni, Jorge Liotti, La Nación, Javier Milei, Karina Milei, Patricia Bullrich, Senado, Diputados, Diego Santilli, Santiago Caputo, Adrián Ravier, Fabián Fernández, Nicolás Posse, Guillermo Francos, Casa Rosada, Jefatura de Gabinete, Congreso
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