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27/06/2026 La Nación - Nota - Opinión - Pag. 40

El nuevo giro de América Latina
Pablo Mendelevich

Miradas - por Pablo Mendelevich

¿Qué dirían Hugo Chávez, Fidel Castro, Salvador Allende o el Che Guevara si pudieran ver en este vertiginoso 2026 que Sudamérica camino a convertirse en la región del mundo con más gobiernos de derecha, ya no producto de golpes de Estado militares, sino gobiernos surgidos del sufragio popular, eso sí, bajo el infatigable patrocinio del Tío Sam, cuyos métodos persuasivos, sin embargo, ahora incluyen cosas como mandar al director de la CIA a La Habana para conversar?

¿Qué pensaría García Márquez, el padre del realismo mágico, con su antiimperialismo forjado en la adolescencia, amigo de Fidel hasta el último día, o aquellos intelectuales -menos Borges- como Cortázar, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, Juan Rulfo, Eduardo Galeano, en la primera hora también Vargas Llosa, esa gran camada de seducidos en los sesenta por los vientos legendarios de Sierra Maestra y que de un modo u otro creyeron en la inexorable marcha de la historia hacia el socialismo, resultado científico y necesario, enseñó Marx, de las contradicciones internas del capitalismo?

Donald Trump, el populista de derecha nacionalista que repuja el mundo con un ímpetu sin igual formateado en la conducción exitosa de un reality show televisivo, cree haber empezado a encontrarle la vuelta a la neutralización de las decadentes "revoluciones" de la izquierda latinoamericana. El fiasco de Bahía de los Cochinos fue suplantado por una reposición de los métodos de colonización de Hernán Cortés. Cortés dominaba al adversario mediante la captura del líder indígena y se adueñaba de la riqueza acumulada.

Para elaborar el mapa de la nueva Sudamérica los infógrafos ponen en azul a la Argentina, Chile, Colombia, Perú, Ecuador, Paraguay y Bolivia, con una referencia que dice gobiernos de ultraderecha o de derecha; y en rojo a Brasil y Uruguay, los de izquierda. Pero a Venezuela no saben cómo colorearla. Porque el chavismo destiñó a nadie sabe cuánto. Resolver la situación política venezolana le importa a Trump tanto como a Milei lidiar en la interna libertaria. Y a Delcy Rodríguez, quien obedece a pies juntillas a la Casa Blanca -y que también le sirvió el té hace poco al director de la CIA-, cuando está en público le da por exigir que el imperialismo yanqui libere ya mismo al compañero Maduro. Clamor que por extraños milagros no empaña la simpatía que Trump dice tenerle.

El violeta (o el púrpura), utilizado a veces para distinguir al centro político, casi no se gasta. Si viniera en pomo se conservaría lleno. Ningún gobierno sudamericano se autopercibe socialdemócrata, heredero de Raúl Alfonsín, de Fernando Enrique Cardoso, de Ricardo Lagos.

Al gobierno del uruguayo Yamandú Orsi se lo pinta siempre en el campo progresista. Lo cual hasta el domingo suponía pegarlo, por ejemplo, con el radicalizado Gustavo Petro, primer presidente colombiano de izquierda, quien acaba de ser desalojado -en rigor, su delfín- por el outsider Abelardo de la Espriella, un admirador del salvadoreño Nayib Bukele. Sin embargo, Orsi pertenece a la vertiente moderada de la izquierda uruguaya. A Bukele para lo único que lo quiere es para estudiarlo, ha dicho él, nunca para copiarlo.

Falta saber qué pasará en Brasil. Lula, que sucedió en 2022 a un Bolsonaro, en las elecciones de octubre podría ser reemplazado por otro Bolsonaro (el hijo, porque el original acumula, como se sabe, inhabilitaciones por golpista). Si el péndulo repitiera ahora el trayecto de izquierda a derecha, el subcontinente terminaría con un predominio derechista que empardaría la magnitud que alcanzó la izquierda en sus épocas gloriosas, ocho países, cuando se repetía en las tribunas oficiales que la "patria grande" constituía un suceso histórico irreversible.

Las olas tampoco son nuevas. Sudamérica se tiñó de verde oliva en los años setenta, especialmente entre 1976 y 1978. Llegó a haber ocho dictaduras simultáneas (ocho por lo visto es un número recurrente en esta región, que contando a Guyana y Surinam tiene 12 países). Las dictaduras se instalaron en Paraguay, Brasil, Bolivia, Chile, Uruguay, Perú, Ecuador, y la más sangrienta de todas, en la Argentina. Los únicos dos países importantes que mantuvieron por entonces regímenes democráticos ininterrumpidos fueron Colombia y Venezuela. Lejos de ser una mera curiosidad estadística, esta sincronización en plena Guerra Fría estuvo relacionada con el auge de la llamada Doctrina de Seguridad Nacional y la centralidad del anticomunismo promovido por Washington, lo cual se tradujo en la vigencia del Plan Cóndor, una alianza internacional abocada a intercambiar inteligencia y operar en la represión ilegal de grupos guerrilleros y disidentes más allá de las fronteras propias.

La primera marea rosa (llamada así para suavizar el rojo habitualmente asociado al comunismo) sucedió entre 2009 y 2011. En la Argentina Cristina Kirchner cursaba la segunda mitad del primer mandato. En Venezuela seguía Chávez, cuyo peso regional también determinó que a la expansión de gobiernos de izquierda se le dijera ciclo bolivariano. En Brasil estaba Lula; en Chile, Michelle Bachelet; en Bolivia, Evo Morales; en Ecuador, Rafael Correa; en Uruguay, Pepe Mujica, y en Paraguay, Fernando Lugo. Excepciones: Colombia, con Álvaro Uribe, y Perú, con Alan García. Fue la década de oro del precio de las materias primas (2003-2013), que benefició a la mayoría de los países.

Después, cuando Macri ganó en la Argentina y más tarde Piñera ascendió en Chile, vino una derechización, que sin embargo dio lugar entre fines de 2022 y noviembre de 2023 a una imperfecta reposición de ocho países simultáneamente de izquierda, la segunda marea rosa.

Siempre fue la relación con Estados Unidos lo que organizó las divergencias. Ahora, a la luz de lo ocurrido en estos días en Perú y Colombia, donde las derechas ganaron elecciones de polarización extrema las sociedades quedaron partidas en dos, el liderazgo de Milei se ve favorecido, pero las democracias no. Al invertirse el antiimperialismo es probable que la disputa se traslade al liderazgo regional y haya una competencia entre países sudamericanos derechizados por consolidar el mayor respaldo posible de Estados Unidos. La principal incógnita tal vez sea la reacción política del progresismo latinoamericano frente al nuevo mapa, una vez superada la etapa de la perplejidad.


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#68520086   Modificada: 27/06/2026 09:05 Superficie artículo: 469.77 cm²
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