20/06/2026 Página 12 - Nota - Opinión - Pag. 32
El pogo de la vida Raquel Robles Muchas reseñas de libros de ciencia ficción o de ciertos hiperrealismos fantásticos (como La transformación de Kafka), comienzan con un “sin explicación aparente”. Así como el relato de Kafka empieza con un muchacho convertido en bicho y nunca sabemos por qué ni cómo le sucedió semejante cosa, en el libro Yo que nunca supe de los hombres, de la escritora belga Jacqueline Harpman, la historia comienza con cuarenta mujeres encerradas en una jaula, custodiadas por hombres que nunca les hablan y que las amenazan con látigos. Nunca entenderemos —las protagonistas tampoco— por qué están encerradas y obligadas a perder por completo el pudor, ni por qué un día de pronto, los guardias abandonan sus puestos de trabajo y no vuelven nunca más. Cuando logren, por un milagro que sólo les sucederá a ellas, escapar de la jaula, no sabrán por qué hay edificaciones desperdigadas en ese lugar que no saben tampoco qué planeta es, en los que hay cuarenta hombres o mujeres, encerrados en jaulas. ¿Quiénes eran los custodios? ¿Cuáles fueron los criterios de selección para que, después de alguna clase de apocalipsis, esas personas sobrevivieran? ¿Adónde se fueron los guardias? ¿De qué huían? Las preguntas se multiplican, pero poco a poco, a fuerza de no encontrar nunca, en ningún momento, ninguna respuesta, dejan de tener importancia. Decir que la lectura del libro es inquietante es casi un cliché. Pero vale la pena apuntar que hay un asunto que pone los pelos de punta: el peregrinar de las mujeres por un mundo yermo que no tiene sentido, pero que debe haber tenido alguno para quienes lo crearon, nos obliga a una pregunta escabrosa. ¿Cuál es la razón de todo lo que nos rodea? ¿Será que, como la protagonista del libro —una niña que crece en el mundo de la jaula y no tiene ningún recuerdo de la vida anterior— nos tiraron adentro de unas coordenadas preexistentes? En la nueva entrega de la saga de El cuento de la criada, la adaptación televisiva de los libros de Margaret Atwood, nos metemos en la existencia de unas niñas que nacieron en un país ya gobernado por el mal. Cada tanto, en los paseos por los alrededores del colegio se encuentran con hombres y mujeres colgando de cuerdas, con los cuellos rotos y las cabezas encapuchadas. Ninguna se mosquea. Los miembros de las fuerzas de seguridad las protegen y esos muertos son la muestra de esa protección. Si le cortan la mano a un muchacho por haber mirado de manera inconveniente a las chicas, las chicas alientan a las maestras verdugas, y el dolor y la desesperación del ajusticiado no parecen dejar ninguna huella en ellas. El mundo ya era así cuando llegaron a él. Sin embargo, en ese reino de la crueldad, lo que nadie echa en falta es, justamente, el sentido. Todo tiene una razón de ser y todo tuvo que suceder como sucede para que la vida siga adelante. Toda pregunta tiene su respuesta. No hay ambigüedad ni vacilación. No hay, por lo tanto, arte. En el mundo de Harpman, tampoco. Porque todo es nada. Y nada es todo. Para ser más clara, donde no hay ningún sentido, no hay ninguna ficción que permita significar ni los objetos ni las acciones, no hay ideas previas, no hay invención ni conjeturas, no hay nada. Pero donde todo está significado, las preguntas también son ociosas, porque ya se sabe cuáles son las respuestas. No hay gestos, hay reflejos: mismo estímulo, identidad de respuesta. Por eso es tan peligroso enfrentar a las obras de arte con la pregunta por el significado. ¿Qué significa que Samsa amanezca convertido en bicho? ¿Claus y Lucas son dos hermanos o dos manifestaciones de una mente enferma? ¿Qué quiso decir Agota Kristof con ese libro partido en tres? ¿Qué representa Hamlet? ¿Son vulvas las flores de Georgia O'Keeffe? ¿Qué significan las letras del Indio? ¿Ugolino se comió a sus hijos en el Infierno o se murió de dolor? Este mundo que nos rodea, que nos precede y en el que parece que nos toca correr en la ruedita que nos pongan debajo de los pies, no es sólo un espanto por la muerte, la crueldad, la náusea. Es un espanto también porque el arte se ha sometido a la demanda mediocre de explicar sus razones. Un sometimiento en favor de la popularidad. Porque la gente de a pie no entiende lo que no está explicado, lo que no es transparente o, si se quiere ser un poco menos berreta, simbólico. Pero después, resulta que un millón de rotos, de gente expulsada de las instituciones, toman las calles para despedir a un poeta al que nadie puede arrogarse la soberbia de entender. Sus frases más hermosas (las que son más felices porque son ambiguas, como dijo Borges del verso de Dante —“Al fin, pudo en mí más el hambre que el dolor”) tatuadas en los cuerpos más castigados. No pretendo el optimismo naif de que vamos a salir adelante porque hay un pueblo que ama a sus artistas. Sólo puntualizar dos cosas. Una, que el sentido de la vida es una ficción inventada por gente como vos y como yo, y que sentir que la vida no tiene sentido es horrible, pero también esperanzador. No es una esperanza de esas que se pueden condensar en una afirmación que hay que leer todas las mañanas para seguir adelante. Una esperanza operativa. La esperanza de que, después del vértigo vomitivo de entender que la argamasa que une todos los ladrillitos del mundo está hecha de falacias, podamos someternos a la incertidumbre de un mundo sin sentido que necesita de nuestra invención. Y dos, que el arte no es un manual de instrucciones para la vida, ni viene con manual de instrucciones para ser entendido, ni se le puede exigir al artista que comprenda “qué significa” su propia obra. Esa experiencia, la de lanzarse a una entrega de las percepciones, suspendiendo el entendimiento, es una forma de inteligencia imprescindible. Soportar la experiencia del arte es entender que la esperanza no queda en el futuro, sino en la memoria. En las preguntas que se pueden sostener sin salir corriendo a buscar la respuesta. En la evidencia de que los gestos de todos los días son los que son, pero podrían ser otros o no ser en absoluto. No es que las respuestas estén en el pasado, en el sentido de que hay que buscar en la experiencia de nuestros antecesores. El futuro está en la memoria, porque la memoria es lo que queda cuando se le saca la piel a la naranja de lo que entendemos por natural. Claro, hacerse preguntas que no se contenten con una respuesta de IA, tirarse al pogo de la vida y tratar de no pisar a nadie, pero bancarse algún que otro pisotón, es un quilombo. Pero como dijo el poeta, “la vida sin problemas es matar el tiempo a lo bobo”. (Foto: Guido Pictrkowski) Menciones: cnot
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