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20/06/2026 Página 12 - Nota - Justicia - Pag. 8

"No buscábamos solo condenas"
Luciana Bertoia

Por Luciana Bertoia

El muro de impunidad empezó a caerse el 20 de junio de 2006, cuando volvieron a sentarse en el banquillo los represores que habían logrado evadir la justicia durante casi 20 años. El primer juicio en comenzar fue el que estaba centrado en el rol que jugó Miguel Osvaldo Etchecolatz desde la Dirección de Investigaciones de la Policía Bonaerense durante la dictadura. Ese proceso mostraría cuán dispuestos estaban distintos sectores a detener el juzgamiento con la desaparición de Jorge Julio López, testigo y querellante contra el comisario. Y dejaría también en evidencia que el movimiento de derechos humanos junto con el gobierno de Néstor Kirchner estaba preparado para resistir el embate.

Guadalupe Godoy, abogada querellante, dialogó con Página12 para recordar aquellos días y cómo se llegó a este presente que, pese al negacionismo que pregona la administración de Javier Milei, existen 1245 condenados por crímenes de lesa humanidad.

—¿Qué recordás del inicio del juicio a Etchecolatz?
—Con el paso del tiempo, el recuerdo del juicio quedó bastante opacado por todo lo que ocurrió después, especialmente por la desaparición de Jorge Julio López. Cuando uno vuelve sobre esos años, inevitablemente termina pensando en septiembre de 2006 más que en junio. Sin embargo, sí recuerdo la enorme expectativa y también la preocupación por los planteos preliminares que podía hacer la defensa.

—¿Cómo era el contexto político y social de ese primer día?
—Había una enorme movilización alrededor del juicio. Se organizó un acto muy importante frente a la Municipalidad de La Plata, donde funcionó el tribunal. Participaron organismos de derechos humanos, organizaciones sociales, sindicatos, agrupaciones estudiantiles y partidos políticos. Es importante recordar que todavía no existía una política estatal de acompañamiento a los juicios como la que se desarrollaría después. La presencia institucional del Estado nacional era mucho menor.

—El juicio se hizo en la Municipalidad, lo que demostraba que el Poder Judicial no estaba preparado para estos juicios...
—El Poder Judicial no tenía un espacio adecuado para un juicio de esas características. Las salas de audiencia eran pequeñas y ya habían quedado desbordadas en experiencias anteriores. El Salón Dorado permitía una presencia masiva de público y además tenía una estética muy particular. No había una distancia tan marcada entre jueces, querellas y asistentes. Todo eso contribuyó a darle una dimensión pública distinta. Las querellas insistimos mucho en cuestiones que hoy parecen naturales: la amplitud del espacio, la presencia de los querellantes junto a sus abogados, el acceso del público y la filmación de las audiencias.

—¿Qué papel tuvieron las querellas en la construcción de ese modelo de juzgamiento?
—Un papel decisivo. Siempre sostuve que el segundo ciclo de juzgamiento es inseparable de la intervención de las querellas. Impulsamos cuestiones como el registro audiovisual de los juicios, la presencia activa de los organismos y la construcción de una dimensión pública del proceso.

—¿Cómo se prepararon para enfrentarse a Etchecolatz?
—Curiosamente, no era lo que más nos preocupaba. Para muchos de nosotros, Etchecolatz era alguien a quien veníamos denunciando y escrachando desde hacía años. Las dudas estaban más relacionadas con cómo se iban a posicionar las defensas y cómo iba a desarrollarse el debate judicial. Queríamos saber si iban a sostener la lógica de la “guerra antisubversiva” del Juicio a las Juntas o si iban a ensayar otras estrategias. Rápidamente quedó claro que seguían anclados en esquemas muy viejos.

—¿Qué distinguía a la querella de Justicia YA!?
—Nuestra principal diferencia era que concebíamos los juicios como una disputa política sobre el presente. No los pensábamos únicamente como procesos penales para sancionar responsables. Entendíamos que lo que se discutía en los tribunales estaba directamente relacionado con las disputas contemporáneas. Por eso seguíamos muy de cerca el crecimiento de los sectores que reivindicaban a la dictadura, como Cecilia Pando o Victoria Villarruel.

—¿Cómo trabajaban con los testigos?
—La mayoría de las entrevistas las hicimos junto con Nilda Eloy. Nos encontrábamos con personas que muchas veces hablaban por primera vez de lo que habían vivido. Era un trabajo muy artesanal. No teníamos herramientas específicas. También enfrentábamos situaciones como que los testigos eran notificados por la policía, a veces de madrugada y hasta en Ford Falcon.

—¿Cómo surgió la decisión de impulsar la calificación de genocidio?
—Fue una discusión colectiva muy intensa. La propuesta fue impulsada principalmente por Adriana Calvo y Liliana Mazea. Muchos juristas vinculados al movimiento de derechos humanos venían sosteniendo que la categoría adecuada era la de genocidio. Pero además había una preocupación política concreta. La sentencia del caso Simón había recuperado elementos de la teoría de los dos demonios. Nosotros entendíamos que la categoría de genocidio permitía describir mejor el papel central del Estado en el proceso represivo y responder políticamente a esas operaciones.

—¿Cómo pensaban los testimonios, que eran distintos a los del Juicio a las Juntas?
—Uno de los grandes desafíos era construir una forma distinta de escuchar a los sobrevivientes. Hasta entonces, muchas declaraciones habían estado orientadas solo a reconstruir hechos o identificar responsables. Nosotros queríamos que las personas contaran quiénes habían sido, dónde militaban, cuáles eran los proyectos colectivos que habían sido destruidos por la represión. Por eso impulsamos testimonios de contexto. Adriana Calvo fue pionera en ese sentido cuando explicó el circuito represivo de Camps.

—¿Qué recordás de la declaración de Jorge Julio López?
—Lo conocí junto con Nilda Eloy durante la preparación del testimonio. Era un testimonio muy particular porque López hablaba desde un lugar extremadamente visceral. No era una declaración elaborada ni estructurada. Revivía constantemente las escenas que narraba, especialmente cuando recordaba lo ocurrido en Arana. Fue profundamente conmovedor. Con el tiempo se discutió mucho por qué López fue secuestrado y desaparecido nuevamente. Lo cierto es que fue el único sobreviviente que logró ubicar materialmente a Etchecolatz dentro de determinados hechos represivos.

—¿Cómo se prepararon para los alegatos?
—Fueron meses de trabajo intenso y de enormes discusiones políticas y jurídicas con Myriam Bregman y otros compañeros. Había que resolver quién desarrollaría cada tema, cómo presentar la acusación y de qué manera incorporar la categoría de genocidio.

—¿Cómo advierten que López había desaparecido?
—Nosotros necesitábamos que estuvieran presentes determinados querellantes y testigos, y cuando López no apareció, empezaron las alarmas. Mientras transcurría la audiencia, ya se estaban realizando gestiones para localizarlo. Cuando terminé mi intervención, Nilda Eloy y Fernando Molina ya estaban impulsando la presentación del hábeas corpus. La desaparición de López modificó completamente el significado del juicio.

—¿Qué cambió en tu vida después de la desaparición de López?
—Nos cambió a todos. Yo había llegado a esa experiencia desde mi militancia política y pensaba que sería una intervención puntual. La desaparición de López transformó todo. Demostró que los juicios no eran solo una discusión sobre el pasado. Era una disputa política plenamente vigente. A partir de entonces sentí que existía una responsabilidad política de continuar.

—¿Qué balance hacés de estos veinte años de juicios?
—Es extraordinario haber pasado de la impunidad casi absoluta a más de mil condenados por crímenes de lesa humanidad. Pero el principal resultado fue la consolidación de una memoria social sobre lo ocurrido durante la dictadura. Los juicios contribuyeron decisivamente a desacreditar las teorías de la guerra y de los dos demonios. Ayudaron a construir una comprensión mucho más profunda del terrorismo de Estado.

(Recuadro)
“López fue el único sobreviviente que logró ubicar materialmente a Etchecolatz dentro de algunos hechos represivos.”


Menciones: cpol2


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