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13/06/2026 Página 12 - Nota - Opinión - Pag. 28

"Nunca compré el buzón de la autenticidad"
Silvina Friera

Por Silvina Friera. Un escritor argentino mete las patas en las fuentes del lenguaje; no hay otra manera de avanzar que no sea a través de la frase, porque el verbo se hace carne en criaturas expansivas y hospitalarias. La acumulación de proposiciones coordinadas y subordinadas se puede ir por las ramas para captar el sentido a través de una forma pródiga en elegancia. Alan Pauls, el más proustiano de los autores argentinos después de Juan José Saer, publicó Malas lenguas (Random House), una novela que no deja indiferente a los lectores que apenas comienzan a chapotear en el fraseo paulsiano pueden sentir una clase peculiar de vibración. En la galaxia de Malas lenguas hay un narrador en primera persona que lee una biografía (la de Baldó) y la lee con una intensidad y una saña tan inauditas que pronto le quiere enmendar la plana a la autora y se ensaña con las omisiones, los datos imprecisos o fútiles. Tirar del ovillo de Bernal desencadenará un itinerario por bibliotecas y premios literarios donde reina la falta de escrúpulos y las traiciones y los engaños se trenzan con los hilos de la maldad.

Alan vive en Berlín, donde viajó en 2019 porque ganó la beca del Servicio Alemán de Intercambio Académico. Allí nació su padre y allí terminó de escribir La mitad fantasma, su anterior novela. El autor de El pasado, con la que ganó el Premio Herralde en 2003 y fue adaptada al cine por Héctor Babenco en 2007, fue profesor de Teoría Literaria en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, jefe de redacción de Página/30 y subeditor de Radar, el suplemento cultural de Página/12. Durante mucho tiempo rechazó la biografía, hasta que empezó a fascinarse por este género polimorfo.

“Hay dos cosas de la biografía que son importantes para la novela. Una es cómo se escribe una biografía, con qué métodos y con qué astucias, en el sentido de cómo se deforma una vida; cómo distorsionarla, incluso falsearla. Y después está la otra cuestión que es cómo se lee una biografía, porque el personaje que narra la novela está leyendo una biografía y a partir de un personaje muy lateral, muy insignificante, desovilla una especie de intriga que da vuelta la biografía como un guante”, cuenta.

“¿Cómo se arma la vida de un personaje? ¿Qué es lo que la biógrafa de la novela hace con Baldó?”, se pregunta el escritor. ¿Cómo eso es leído por alguien, al principio de una manera un poco distante, como si estuviera haciendo una reseña de la biografía y después, con recientes dosis de participación emocional en la lectura, nos damos cuenta de que el personaje que lee está involucrado en la intriga”.

Alan destaca que la crítica, la reseña periodística, parten del supuesto de que el libro es un objeto sobre el que hay que tomar distancia; una especie de prurito científico. “Lo que hace la novela es dar vuelta ese principio y mostrar hasta qué punto las lecturas más objetivas están minadas por intereses, pasiones a veces muy bajas, ambiciones, rivalidades, guerras. En este sentido, es una novela muy nietzscheana que busca ver qué es lo bajo que está por detrás de lo elevado, lo noble. Es una novela de las bajas pasiones, muy oscura”, define.

—Hay una risa que asoma, una comicidad medio loca, chiflada, que refleja la desesperación de manera menos dramática. ¿Cómo pensás esa comicidad?

—Cuando la oscuridad tiende a la comedia, se vuelve un poquito más ágil, más liviana, más grácil, y en cierto sentido también se estetiza, y eso me parece muy atractivo. No deja de ser oscuro, no deja de ser desesperado, pero hay algo de esa desesperación que entra en una lógica nueva y me interesa esa transformación. Aun cuando lo que escribo sea problemático, trato de que no sea un drama empastado. No está mal que se empaste, pero hay algo del empaste que puede ser una especie de autocomplacencia. El devenir comedia de la desesperación, de la oscuridad, transforma todo en una especie de pequeña comedia musical.

—¿Por qué la primera persona?

—Hacía mucho tiempo que no escribía en primera persona y me resultó genial. Me había olvidado cómo era y hasta qué punto asumir esa máscara me daba una libertad obscena para decir cualquier cosa. En la decisión de escribir en primera persona está también el ponerme en la piel de los haters, de los chismosos, de los repartidores de infundios, de los calumniadores, de toda esa especie de toxicidad disruptiva, de esa baja calaña en la que flotamos hoy. Y debo decir que la pasé muy bien. Inventar una primera persona y ponerme en el pellejo de un personaje que puede ser desagradable, un poco despreciable, aunque tenga esa redención sentimental en el final, me permitió inventar el mundo en el que sucede la novela; esa especie de galería de personajes, esos nombres propios, esos apellidos, esa mundanidad llena de intereses y de ambición, esa mediocridad agresiva. Y ahí entré en un viaje medio desconocido para mí. Me di cuenta de que me gustó dejarme llevar por un cierto vértigo de hechos que a veces suceden en distintos niveles, porque está el tiempo en el que suceden y después está la versión que se da de esos sucesos en la biografía. Tiene varias capas. La primera persona me dio cierta impunidad.

—El narrador se pregunta: “¿Quién soy yo? ¿Quién es cualquiera para objetar cómo alguien elige sobre quién escribir? ¿A qué réprobo repatriar del olvido? ¿Qué pavo real bajar del pedestal de un hondazo?”. ¿Es una objeción al rol de la crítica?

—La voz narradora es muy problemática porque por momentos adhiere, por momentos rechaza, por momentos critica cierta autoridad, por momentos esa autoridad está socavada por sus propios intereses, por su propia participación en lo que sucede. Su criterio es de un pragmatismo desconfiable. A medida que avanza el relato, esa biografía que está en el centro de la novela es un campo de batalla donde se oponen, se rechazan, se repelen, se seducen, se atraen tres personajes. La voz que narra no sabemos muy bien si es un hombre o una mujer; es la maldad neutra, la maldad de la maldad. El personaje que narra se define por una especie de sinuosidad muy marcada; aun cuando le pega mucho a la biografía, aun cuando le salta encima todo el tiempo a la autora subrayando que la biografía oculta o tergiversa, hay un punto en que después de denunciarla, no tiene más remedio que esperarla, desearla, salir a su encuentro. Finalmente, si la reducís al esquema sinóptico es un triángulo amoroso que se juega en la lectura de una biografía. Para mí es una novela muy poco autoficcional; lo que hace que pase a otro lado es haberme decidido por la primera persona.

—¿En vez de acercarte más a la autoficción?

—Exacto, igual que las tres historias (Historia del llanto, Historia del pelo, Historia del dinero), que trabajé con mi propia experiencia de los 70, pero escritas en tercera persona. Y ahora que me interesa pasar al otro lado, lo hago eligiendo un “yo”. Eso es lo que me interesa de la literatura. Si poner “yo” en una novela es remitir a la autoficción, me deprime un poco. Si poner “él” en una novela es pasar del lado de la narración realista convencional, también me deprime. Me interesa qué pasa si el narrador o la voz narrativa que se elige no es exactamente la que convendría. En esa especie de cancha sucia es donde parece que salen cosas interesantes. El “yo” es el baúl de los lugares comunes, se convirtió en la garantía de fidelidad y autenticidad. Esta especie de extorsión autoficcional que produce la literatura por la que el “yo” es siempre garantía de verdad, de sinceridad, está en retroceso; es como si nos hubiéramos olvidado que el “yo” es una categoría gramatical que no tiene ninguna relación con la verdad.

Contra la autenticidad

—¿Cómo explicás que se viva un momento donde una parte de la literatura parece querer estar vinculada solo con la verdad?

—Yo creo que es más con la autenticidad que con la verdad. La autenticidad o esta neoautenticidad, que hoy es muy paradigmática, tiene más que ver con la identidad que con la verdad. Si uno lo ve hablar a Trump, no podríamos decir que es inauténtico. Al contrario. Eso no quita que sea una máquina de producir fake news. Y digo que no hay incompatibilidad entre lo auténtico que es Trump y lo inauténtico que son sus mensajes, sus discursos o sus hechos. Entonces, la autenticidad es otra cosa; es algo que está ligado a la identidad, en el sentido de que Trump dice exactamente lo que piensa. No es un hipócrita, no es un farsante, no finge. Del mismo modo podríamos decir eso de Javier Milei. Alberto Fernández fue mucho más inauténtico que Milei. Esa autenticidad de Milei tiene que ver con que no respeta reglas, no tiene leyes más que las que él mismo se dicta, hace lo que quiere; tiene poder y lo va a usar. No va a hacer concesiones, no va a entrar en intercambios con otras personas. Hay una especie de autenticidad del megalómano en el poder y el pionero de esto fue Menem en los 90 y Berlusconi en Italia: esos líderes que dicen “su” verdad antipática (la verdad del capital), y era la autenticidad del cinismo y no esa media verdad de la ironía. Este paradigma de la nueva autenticidad funciona también como una garantía en la literatura del “yo” produciendo libros geniales y porquerías. Me parece que hay que ser prudentes, críticos y que hay que sospechar. Yo nunca compré el buzón de la autenticidad.

—¿Por qué ese palo de la autenticidad en política está inclinado hacia la derecha?

—La derecha logró hacer algo con la autenticidad como con muchas cosas. Esa es la verdadera batalla cultural desde hace cuarenta años. La derecha o el capital se va apoderando de nociones, fuerzas, ideologemas, principios tradicionalmente de la izquierda, que la izquierda dejó caer o no supo cómo llevar a cabo o desvitalizó o congeló. Yo veo un paralelismo con lo que pasaba con la autenticidad en el rock y lo que pasó después con el pop. El rock siempre fue auténtico y sigue hoy blandiendo ese estandarte y el pop siempre dudó de eso. ¿Qué David Bowie es auténtico? Todos y ninguno. Prefiero esa desconfianza que la adhesión total a la sangre, al espíritu, al alma, a las vísceras.

La lengua como arma

El título de su novela lo había usado hace más de treinta años para un ensayo sobre escritores que habían usado la lengua argentina. “La noción de malas lenguas siempre estuvo en mi cabeza: la idea de usar la lengua como un instrumento del mal, pero también hacerle mal a la lengua. Dañar la lengua, herirla. Y simultáneamente la lengua como un arma que hiere, cortajea y daña”.

—A veces ese “herir la lengua” se percibe también en cómo se escribe en las redes sociales.

—Me cuesta pensar que se escribe, habría que buscar otra palabra. El uso de la lengua en las redes es muy cloacal, muy pueril, en el peor sentido; es un uso de la lengua que no tolera la pausa, el tiempo de una gramática, cambia palabras por iconos o siglas. Hay algo del tiempo de la enunciación que ya no se soporta. Pero es también la idea de que la lengua no tiene ninguna relación con la verdad y que el sentido de la verdad ha pasado a ser un obstáculo para que la lengua haga lo que tiene que hacer, que es pegar donde duele. La ambición sería como desembarazarse del lenguaje. El mileísmo (y el credo libertario) combina las dos cosas. Por un lado, una especie de retórica muy grandilocuente con la idea de que si el lenguaje no sirve para cascotear, mejor descartémoslo y salgamos a pegar como La Liga Patriótica.

—¿Cómo ves la situación de Argentina?

—Me muevo en un microclima, pero aún en ese microclima veo una degradación vertiginosa con un uso bestial del poder y, del otro lado, una especie de shock del que no terminamos de salir. Hay algo del lado de la oposición muy anómico, pero es planetario, no solo de la Argentina: el desconcierto y la perplejidad ante lo que ocurre en la alianza entre el tecnocapital y los poderosos horribles del mundo. Pero podría suceder que el tecnocapital en un momento dijera: “No me interesa Trump”. Hace mucho tiempo que la villanía no se encarnaba de una manera tan flagrante en personas como Trump, Benjamín Netanyahu y Milei. Siento que vivimos en un mundo que se volvió como lo conciben los cómics de Marvel. La situación argentina me parece muy dura; pero el mundo se volvió un lugar de un nivel de hostilidad muy novedoso. La organización del mundo está alterada y hay que hacer un trabajo que es entender. Hay algo malsano que es creer que las cosas solo pasan con esta gravedad en la Argentina. No es así.


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