06/06/2026 La Nación - Nota - Espectáculos - Pag. 27
Indio Solari. El adiós al arquitecto del mayor misterio del rock nacional Marcelo Gobello Hay artistas que reflejan su época y hay otros, escasísimos, que la inventan. Carlos Alberto Solari, “el Indio”, pertenecía a esa estirpe de creadores que no se limitaron a musicalizar el subsuelo de una nación, sino que tradujeron sus dolores, sus cinismos y sus secretas esperanzas en un evangelio de masas. Su muerte, que se produjo ayer por la mañana en su casa de Parque Leloir, no solo cierra una página dorada del rock en español; clausura el último gran misterio de nuestra cultura popular. Con la partida del exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, desaparece no solo un letrista críptico y un vocalista formidable, sino el creador de un fenómeno sociocultural inédito a nivel global. El hombre que se rehusó a las reglas de la industria y terminó fundando su propia mitología. Nacido en Paraná, Entre Ríos, el 17 de enero de 1949, pero forjado en la efervescencia platense de los años setenta, Solari fue, ante todo, un intelectual de trinchera enrolado durante su juventud en el canon que él mismo señalara como la “cultura del rock”. Junto a Skay Beilinson y la mítica “Negra” Poli, transformó a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en una anomalía hermosa y peligrosa. Mientras el establishment dictaba las leyes de marketing, ellos inventaron la autogestión. De los sótanos del circuito underground al estallido de los estadios a finales de los ochenta, el Indio operó como un chamán esquivo que jamás negoció su misterio. Su voz, ese barítono punzante, capaz de pasar del desgarro a la ironía en una sola inflexión, se convirtió en la banda de sonido de una Argentina herida y desencantada. El gran triunfo de Solari radicó en una paradoja insólita: logró que las multitudes más fervorosas del planeta corearan las letras más herméticas de la música contemporánea. Sus textos, influenciados por la generación Beat, la ciencia ficción distópica, el cinismo de la modernidad líquida y las lecturas de Artaud o Kerouac, nunca fueron fáciles. Temas como “Ji ji ji” -dueño del pogo más grande del mundo- o “Un poco de amor francés” no eran himnos pop; eran rompecabezas existenciales que el público adoptaba como banderas de identidad. Cuando el idilio de los Redondos se quebró en el amanecer del siglo XXI, Solari no se retiró a los cuarteles de invierno. Con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado demostró que el mito no dependía de una marca, sino de su presencia. Sus misas ricoteras en el interior del país -verdaderos éxodos tribales que movilizaban a cientos de miles de almas- desafiaron las leyes de la física y de la sociología. El Indio no daba conciertos; oficiaba rituales de comunión y pertenencia en una sociedad fragmentada. La mitología de Carlos Alberto Solari no comienza en los sótanos del rock, sino en el cruce de la geografía y el mandato familiar. Su temprana mudanza a La Plata configuró el verdadero escenario de su formación. Hijo de un jefe de correos -de quien heredó el respeto por la disciplina del oficio y cierta distancia observadora-, el pequeño Carlos creció en un hogar donde los libros y la radio no eran adornos, sino ventanas. Su juventud estuvo marcada por la búsqueda y una temprana necesidad de autonomía. Antes de convertirse en el catalizador de las masas contraculturales, Solari conoció el peso del trabajo cotidiano y la autogestión. Su primer empleo formal, lejos de las luces y los escenarios, fue al frente de un pequeño taller de estampados y como artesano en telas, un oficio manual que no solo le permitió subsistir en los complejos años setenta, sino que también sembró en él esa rigurosa ética de la independencia y el control estético que luego aplicaría, de manera implacable, en cada aspecto de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Cuando se habla de la poesía de rock, no hay que perder de vista que se está hablando de letras de canciones, las cuales están conformadas por dos elementos que se complementan entre sí, letra y música. Si bien ambas forman parte de una unidad que da sentido a todo; hecha la salvedad, se puede hablar específicamente de una de ellas, la letra. A priori, la simbolista poesía del Indio (llena de neologismos, con su mezcla de distintos niveles de lengua, su constante subordinación a la musicalidad de las palabras y una curiosa estructura que, a pesar de dar la sensación de estar armada en bloques, no pierde coherencia) puede resultar extraña e incomprensible. Además de no ser el tipo de letras que uno esperaría de un grupo con sus características. Y en gran medida ahí reside su particular encanto, a la vez de ser una muestra cabal de la universalidad del arte puro. Porque si una cualidad sobresaliente posee la lírica de Solari, junto a su lucidez y contundencia, es la de ser poesía pura; aquella que no se decodifica con los mecanismos de la razón y llega directo al alma. Esa que no necesita el poder de ser explicada para entenderla o sentirse conmovido, en donde es la sensibilidad la que entra en juego. Solari escribe como si filmara con flashes, no narra: dispara imágenes. El Indio no solo escribía canciones, generaba una poiesis ricotera: un tejido de metáforas, estéticas y sentidos que sus seguidores habitan y resignifican. Hablar de las letras de Solari implica ingresar a uno de los universos más singulares de la canción popular argentina. No solamente por la densidad metafórica de sus textos, ni por esa extraña mezcla de lunfardo, literatura beat, imaginería suburbana y filosofía callejera que convirtió a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en un fenómeno cultural irrepetible, sino porque detrás de cada canción existe una mirada feroz sobre el deseo, el poder, la marginalidad y la decadencia moral de la Argentina contemporánea. Solari jamás escribió letras “explicativas”. Su obra no admite el resumen fácil ni la traducción lineal. Por el contrario, sus canciones funcionan como pequeñas películas fragmentadas, escenas urbanas llenas de personajes ambiguos, derrotados hermosos, buscavida nocturnos, adictos sentimentales y sobrevivientes de una modernidad cada vez más cruel. En ese territorio, el Indio construyó una poética propia, inmediatamente reconocible. “Lo que se quiere decir está implícito en las letras; no bien termino de escribir una letra soy un testigo más, son momentos, son impresiones que uno vomita casi sin saber cuál es el motivo, uno es un vehículo de eso... y después las mirás y tiene interpretaciones. Inclusive después la gente las interpreta de otra manera y te las cuenta y son tan ricas como la tuya. Yo creo que la parte fundamental de la poesía es ese estímulo que te da, es lo más cercano a la música, es casi pura forma, es como la interpretación de la música. Es un poquito menos porque aparece la palabra que esclaviza un poco más, pero en la poesía la interpretación debe ser eso; el logro es ese, que vos seas un estímulo para la imaginación de alguien, para la sensibilidad de alguien”, decía sobre sus letras en agosto de 1991 en una entrevista en la revista Rock&Pop. Y agregaba: “Y en el último de los casos lo que termina de confirmar, y eso está uno lejos de lograrlo, es la capacidad de profetización que tiene, por el mismo mecanismo de funcionamiento de la poesía que no tienen otros textos. La prosa no lo tiene porque te esclaviza el concepto y a lo que vos creés en el momento que lo escribís, y eso varía. Varía con el tiempo, varía con las circunstancias y todo puede dejar de tener valor; la poesía, por ese carácter que tiene, tiene esa importancia casi profetizadora. Y uno puede darse por contento al escribir una letra o una poesía de ese tipo, y después volver a cantar esa canción quince o veinte años después de que la compusiste y ver que no ha perdido vigencia, que no ha estado atada a visiones muy particulares de un momento determinado y que quince años después uno pueda cantarla y todavía haya gente que resuene con ella”. El verdadero secreto de la obra de Solari tal vez resida en haber construido una poesía popular capaz de narrar las contradicciones humanas sin ofrecer respuestas simples. Sus letras continúan interpelando porque nunca habla desde la certeza absoluta. Habla desde las grietas, desde la fragilidad y desde ese territorio incómodo donde conviven el deseo, la derrota y la necesidad desesperada de seguir adelante. Una canción emblemática Como suele ocurrir con la casi totalidad de los temas más populares de un grupo o solista, “Ji ji ji” no es ni de cerca el mejor de los Redondos, aunque sí es uno de los más conocidos y emblemáticos. Por algo ha sido durante largos años el encargado de cerrar la fiesta ricotera como último tema, dando paso (como bien definiera el Indio) a “el pogo más grande del mundo”, piedra libre para explotar a todos esos chicos que “son como bombas pequeñitas”. El tema -que con el tiempo y lentamente fue cobrando otra entidad e importancia para sus seguidores- nació como una de las nueve gemas que contenía Oktubre, disco que pinta como pocos la otra cara de los ochentas pos-Malvinas y la sangrienta dictadura. Con los hedonistas fulgores del regreso a la democracia comenzando a velarse ante decepcionantes “felices Pascuas” y fatídica hiperinflación, la fiesta parecía terminarse temprano, más allá de la traicionera instauración de la cocaína como la pálida reina de los “que no duerme por la noche”. Sin duda, la poesía de Charly García y de Solari fueron las encargadas de retratar con mayor sinceridad y vuelo esta infausta moda ochentosa. “Ji ji ji” es como una especie de guion de película que describe una pesadilla fruto de la paranoia cocainómana. El propio Solari señalaría años más tarde que “hubo una etapa de la década del ochenta en la Argentina, durante la cual tomar cocaína, al menos en ciertos círculos, resultó casi una exigencia social”. Si bien las alusiones a la droga, tanto metafóricamente como con jerga: “en blanca noche”, “la cueva del perico”, “tipos que no duermen por la noche”, “los ojos ciegos bien abiertos”, son numerosas y constantes, la canción no es una apología, sino una descripción de su abuso. El “tema” aquí no es la cocaína sino la paranoia, la psicopatía que produce su consumo. El imaginario rockero de los sesenta y setenta tenía como trasfondo (aunque se idealice) un escape hacia lo bucólico, lo campestre y natural: “Una casa con 10 pinos”, “Campos verdes”, “El oso”, “Mañanas campestres” y “Que sea al sol”, entre otras. La posmoderna década de los 80 que pintaron los Redondos en temas como “Ji ji ji” remite a otro trasfondo más dark y urbano, un paisaje que se ahoga encerrado en oscuros departamentos de la gran ciudad. “Ji ji ji” retrata un clima de paranoia, exceso y alienación urbana, sintetiza como pocas la estética ricotera: la celebración y el desastre bailando juntos en una misma escena. La canción parece ocurrir en una madrugada interminable donde todos los personajes están al borde del derrumbe moral. Frente a la tormenta Si el Indio público es una figura expansiva y magnética, el Solari íntimo es un hombre que ha hecho de su misterio y el resguardo familiar su trinchera más sagrada. Este equilibrio tiene un nombre fundamental: Virginia, su compañera de vida y esposa, con quien consolidó una relación basada en la complicidad absoluta y el alejamiento deliberado del ruido mediático. Juntos construyeron un búnker de serenidad, primero en la mística de las sierras y luego en el oeste del conurbano bonaerense. Ese universo privado encontró su centro definitivo con la llegada de su único hijo, Bruno. La paternidad transformó la perspectiva del artista, obligándolo a trazar una línea divisoria aún más nítida entre el torbellino de los estadios y la calma del hogar. Para Solari, la familia no ha sido un simple cable a tierra, sino el territorio soberano donde Carlos vuelve a ser Carlos, despojado del mito del Indio; un espacio donde la lealtad y el silencio son las únicas leyes que importan para resguardar la cordura frente a la devoción de las multitudes. En sus últimos años, la batalla contra el Parkinson -ese “míster Parkinson” al que plantó cara con una entereza conmovedora- lo alejó de los escenarios físicos, pero no de su laboratorio creativo. Desde el penumbra de su estudio en Parque Leloir, siguió pariendo discos de una sofisticación tecnológica apabullante y textos que mantenían la lucidez del francotirador. Se convirtió en un holograma real, una voz incorpórea que seguía guiando a su grey a través de las pantallas, demostrando que el arte verdadero sabe de contingencias biológicas. Se ha apagado la voz, pero el mito queda blindado. Carlos “el Indio” Solari se marcha invicto, habiendo cumplido la máxima de no vender su propia solemnidad y manteniendo intacto ese pacto de fidelidad inquebrantable con su público. Hoy, el rock argentino se queda un poco más a oscuras, pero en algún rincón del viento, ese pogo infinito seguirá latiendo para siempre. Menciones: cnot
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