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06/06/2026 Clarín - Nota - Opinión - Pag. 2

Clark Kent aterroriza al poder
Miguel Wiñazki

El monopolio de la palabra no es patrimonio de los periodistas. Es, en cambio, la utopía perfecta del poder de sesgo autocrático, su paraíso deseado. Por eso quienes acusan al periodismo de monopolizar la palabra son, exactamente, quienes aspiran a poseerla. La acusación es una confesión involuntaria. Deposita afuera un impulso interior.

El monopolio comunicacional aspiracional es siempre gubernamental. La palabra periodística real no monopoliza, crece en la polémica, expone datos y argumentos, y convoca por su propia naturaleza al debate. El gobierno que se erige en “medio de comunicación” hace lo contrario. No informa: persuade. No discute: combate la divergencia.

Hay centenares de medios en la Argentina —diarios, radios, canales, streamings y redes— y una conversación permanente con una opinión pública que adhiere, rechaza, corrige o discute. No existe modelo monopólico alguno en términos semánticos, sintácticos, semiológicos ni políticos. Lo que existe es una pluralidad de voces abiertas al disenso. El periodismo informa y argumenta; la propaganda persuade, o lo intenta.

Lo que se presenta como un discurso político-comunicacional uniforme desde el poder político es, puertas adentro, un oligopolio de facciones. Hacia la sociedad civil el poder procura exhibirse como una sola voz; hacia adentro conviven grupos enfrentados, intereses contrapuestos y relatos en competencia. El hablante único proyecta sobre la esfera pública heterogénea su propia aspiración a la uniformidad. Acusa al resto de aquello que él mismo desearía ejercer.

El artículo 14 garantiza a todos los habitantes el derecho de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa. El Pacto de San José de Costa Rica, incorporado a la Constitución Nacional, prohíbe expresamente la censura previa. La libertad de expresión no es una concesión del poder sino la evidencia de sus límites. Lo recordó, en una clase memorable de sabiduría cívica, el doctor Juan Carlos Maqueda, ex miembro de la Corte Suprema de Justicia, al recibir la Pluma de Honor de la Academia Nacional de Periodismo, en vísperas del Día del Periodista. Describió el derecho raigal a la libertad de pensamiento, que se realiza y se concreta en la libertad de expresión. No se trata sólo de pensar, sino de expresar lo que se piensa. Por eso la libertad de expresión es sagrada. Por eso la protección jurídica del funcionario público es más restringida que la del ciudadano privado. El derecho a indagar en las acciones de gobierno constituye uno de los fundamentos de la República.

“Lo que se odia —dijo Maqueda— es que se conozcan las acciones de gobierno, y eso hace peligrar la función del periodismo y la capacidad de información de la sociedad”.

Contra ese derecho se encienden los lanzallamas verbales que buscan desacreditar al periodismo. Y lo verdaderamente revulsivo del periodismo real es, precisamente, su hermandad con la información, una fraternidad con los datos, con los hechos desnudos de prejuicio, con lo que ocurrió y no con lo que imaginamos que ocurrió. El periodismo real es la kryptonita que demuele la propaganda. Si fuera apenas una maquinaria de errores, nadie dedicaría tanto esfuerzo a desacreditarlo. Lo que incomoda no son sus fracasos sino sus aciertos. Lo que provoca irritación no es la “noticia” inventada, sino la investigación que revela aquello que alguien prefería mantener oculto. El periodismo tiene una obligación: verificar la realidad de los hechos.

El periodismo conserva una relación esencial con los hechos. Puede equivocarse, corregirse y rectificarse. Pero su legitimidad depende de una obligación irrenunciable: verificar la realidad de los hechos. Pero no todo el daño llega desde afuera. Hay un antiperiodismo que se ejerce desde adentro, con micrófono y credencial. El que decreta ex cathedra los hechos en vez de atestiguarlos. El que fabrica lo que su facción necesita creer. El que usa el oficio para viciarlo. El periodista que miente contra un gobierno que detesta traiciona al oficio tanto como el que adula al que ama. No todos los “periodistas” lo son. Por eso es reveladora la figura de Clark Kent. No Superman. Clark Kent, el yo profundo de Superman.

El superhéroe pertenece al terreno de la fantasía. El periodista pertenece al mundo de las limitaciones humanas. Duda, verifica, vuelve a preguntar, contrasta versiones y corrige errores. Su fortaleza no radica en la infalibilidad sino en el método. A quienes ejercen el poder sin tolerar controles no los inquieta Superman, que no existe. Acusan a los periodistas de considerarse superhombres. Pero los superhéroes no son su problema. Su problema es Clark.

El ser humano común que pregunta y vuelve a preguntar. El profesional que insiste. El que vuelve sobre los datos. El que transforma la incertidumbre en investigación. Luisa Lane se deslumbra con Superman, pero se enamora de Clark Kent. Ella es periodista. La verdadera kryptonita del poder arbitrario no llega desde otro planeta. Surge de la realidad. El periodista no decreta los hechos. Los atestigua. Su autoridad no nace de su voluntad, sino de su sujeción a aquello que efectivamente ocurrió. No hemos descendido de Superman a Clark Kent. Hemos ascendido a la humanidad de Clark.

El antiperiodismo reclama lo contrario: el reino de lo arbitrario. Allí no impera el hecho, sino el deseo. No importa lo que sucedió, sino lo que una facción necesita creer que sucedió. No ocurre lo que ocurre, sino lo que se fabula que ocurre. Entre la noticia y la autopromoción del poder político existe una disputa permanente. Y esa tensión explica buena parte de las agresiones contemporáneas contra el periodismo. Tienen tres rostros. Clark sufre en tres dimensiones. El primero es físico. El golpe, la amenaza, el periodista corrido a empujones, la cámara rota. Es la forma más antigua y más burda. Busca que el cuerpo recuerde lo que la mente podría olvidar: que informar tiene un costo. El segundo es discursivo. El periodista convertido en enemigo, en operador, en mercenario o en militante encubierto. No toca el cuerpo, busca destruir la credibilidad. Si toda información es sospechosa, ninguna información conserva valor. La verdad y la mentira quedan igualadas en la sospecha. Y la confusión es el clima ideal de lo arbitrario. El tercero es institucional. Es el más sofisticado. No golpea ni grita: excluye, desacredita, restringe, veta. Ya no prohíbe la publicación; procura deteriorar las condiciones que permiten que la información circule sin agravios y sea reconocida como un bien público. La agresión se presenta como procedimiento. En todos los casos el objetivo es el mismo: producir un vacío. Y el vacío informativo ha sido siempre uno de los territorios preferidos del autoritarismo. Los hechos, sin embargo, poseen una obstinación singular. Persisten. Regresan. Terminan por emerger. Se revelan. Y se rebelan.


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