30/05/2026 La Nación - Nota - Deportes - Pag. 3
De la ratificación de Ubeda al derrumbe: las razones detrás de otro fracaso de Boca Leandro Contento Las tragedias futbolísticas rara vez se explican por un único episodio. Mucho menos en Boca. La eliminación en la Copa Libertadores nació el jueves por la noche: había empezado bastante antes. En decisiones equivocadas, partidos mal resueltos, errores propios y una idea de juego que nunca terminó de consolidarse. El desenlace fue contundente: el club quedó eliminado en la fase de grupos de la Copa Libertadores. Fue la consecuencia de una cadena de desaciertos que Boca pagó con prestigio, ilusión y un alto costo político para Juan Román Riquelme. De arriba hacia abajo, con responsabilidades repartidas entre casi todos los protagonistas de una historia que se fue complicando con el correr de las semanas y que, a través de sus diez pecados capitales, terminó de la peor manera posible: con el sueño transformado, otra vez, en pesadilla. 1) Un proyecto a la deriva La gestión deportiva de Riquelme sigue perdiendo respaldo. Este año volvió a subestimar la figura del entrenador y Boca ni siquiera logró avanzar en la Libertadores, un torneo que, según palabras del presidente, equivale a diez campeonatos locales. Armó un equipo competitivo, aunque mal balanceado: sin variantes confiables en algunos sectores -como el lateral derecho, donde desfilaron Weigandt, Juan Barinaga y Malcom Braida- y con una superpoblación de futbolistas que llevan años en el club y casi nadie recuerda, como Martegani o Janson, relegados y fuera de consideración. En agosto de 2025, Boca anunció la disolución del Consejo de Fútbol, el órgano encargado de la relación con el plantel y el cuerpo técnico, además de la elección y negociación de los refuerzos. También comunicó la salida de dos de sus principales integrantes, Raúl Cascini y Mauricio Serna. El Consejo ya había quedado bajo la lupa en 2024 por distintos episodios, entre ellos el envío fuera de término de la lista de buena fe para la Copa Sudamericana. De todos modos, ambos continuaron participando de las decisiones importantes y, de hecho, el colombiano encabeza hoy las charlas por la contratación de Sebastián Villa. Riquelme consiguió concentrar el poder y tomar las decisiones junto con su círculo más íntimo, que suele acompañarlo sin cuestionamientos. En Boca casi no existen reuniones de comisión directiva. En muy poco tiempo, logró erosionar parte de la idolatría que había construido y mover los cimientos de su propia estatua. Por sus errores, sus promesas incumplidas y, sobre todo, por la conducción futbolística -el terreno donde debía marcar diferencias-, hoy aparece como el principal responsable de una debacle difícil de disimular: cero títulos durante su mandato, en un fútbol argentino donde abundan los campeonatos y las oportunidades para competir. 2) La ratificación de Ubeda El recuerdo parece lejano, pero fue la piedra fundacional de este nuevo semestre sin alegrías: el 7 de diciembre de 2025, Boca quedó eliminado ante Racing en la Bombonera, por las semifinales del Clausura. Aquella tarde, Ubeda, que había completado el ciclo tras el fallecimiento de Miguel Russo, pareció ponerle fecha de vencimiento a su etapa con una decisión que todavía genera ruido: sacar a Exequiel Zeballos, el mejor futbolista del equipo. Este cambio no solo provocó la reprobación de los hinchas. Durante tres semanas, la dirigencia evaluó su continuidad y recién pocos días antes del inicio de la pretemporada lo confirmó en su cargo. Sonaron entrenadores de renombre, pero Riquelme decidió sostener a Ubeda, que hasta entonces acumulaba siete triunfos -entre ellos el 2-0 frente a River en la Bombonera- y tres derrotas. Una medida impopular, aunque coherente con la mirada del presidente: según su lógica, si el plantel tiene jerarquía, el entrenador ocupa un rol secundario. A lo largo del semestre, fueron escasas las ocasiones en las que el equipo realmente convenció. Al primer tropiezo importante sabía que iba a quedar en la cuerda floja. Riquelme ya lo había sostenido una vez, cuando los resultados no aparecían y gran parte del Mundo Boca pedía un cambio de rumbo. Pero ahora el escenario parece distinto: tras la eliminación y con un contrato que finaliza en las próximas semanas, todo indica que Ubeda dejará el cargo. 3) No construir una idea clara Al comienzo del semestre, no solo la confirmación del entrenador llegó tarde: también el mercado de pases. En ese contexto, Boca negoció durante más de un mes y medio por el extremo colombiano Martino Hinestroza, que finalmente terminó en Vasco da Gama. A lo largo de toda la pretemporada, Ubeda trabajó con un esquema de tres delanteros para hacerle lugar a un futbolista que nunca arribó. Después, la irrupción goleadora de Adam Bareiro lo empujó a modificar el sistema; más adelante, en medio de la seguidilla de lesiones, apareció Tomás Aranda, un juvenil siempre valorado por el entrenador pero que ni siquiera había sido incluido en la pretemporada. Las circunstancias terminaron imponiéndose sobre una idea central que jamás logró consolidarse. Con el paso de los partidos, Boca modificó esquemas y nombres, aunque las dudas iban mucho más allá de un simple dibujo táctico. El equipo quedó a mitad de camino en casi todas sus búsquedas, muchas veces contradictorias entre sí. 4) Los cambios de Ubeda Cuando Boca pareció encontrar un equipo lógico y medianamente consolidado, la intervención del DT terminó influyendo para mal, sobre todo en la Copa Libertadores. Ante Católica, la imagen final retrató a un Boca completamente partido, con una línea de tres improvisada con Braida y Lautaro Blanco como stoppers, casi sin mediocampo, un enganche y cuatro delanteros. Romper de esa manera el equipo, tanto para defenderse como para atacar sin control, le costó puntos decisivos que terminaron condenándolo. En Brasil, frente a Cruzeiro, Boca jugaba con diez futbolistas por la expulsión de Bareiro, aunque no sufría. Sin embargo, Ubeda interpretó otra cosa y a los 15 minutos del segundo tiempo armó una línea de cinco con el ingreso de Nicolás Figal por Aranda e invitó a Cruzeiro a adelantarse. Boca retrocedió, perdió terreno y terminó cayendo sobre el final. Algo parecido ocurrió en Guayaquil, aunque a la inversa. El 0 a 0 no era un mal resultado para Boca, en un partido condicionado por el pésimo estado del campo, las expulsiones en el primer tiempo y la lesión de Leandro Brey. Pero Ubeda decidió ir a buscarlo con los ingresos de Velasco, Zeballos y Miguel Merentiel, y Barcelona lo golpeó de contraataque para obligarlo a ganar al menos uno de los últimos dos partidos del grupo. No sucedió. Y Boca firmó otro papelón que fue construyéndose capítulo tras capítulo. 5) La gestión del éxito Cuando logró salir del espiral negativo, Boca no supo convivir con el buen momento. Los resultados dieron aire en la tabla, pero también envalentonaron a futbolistas que terminaron expulsados o, muchas veces, fuera de eje, acelerados. En su mejor momento, el equipo se olvidó por largos pasajes de jugar y se centró demasiado en intimidar, discutir y llevar cada partido al límite físico y emocional. Así, Bareiro fue expulsado en Brasil; en Guayaquil, Ascacibar vio la roja tras una patada en la cabeza a un rival; y Ayrton Costa acumuló tres amarillas y se perdió el duelo ante Católica. 6) Expulsiones determinantes Las rojas de Bareiro y Ascacibar obligaron a Ubeda a buscar soluciones que no estuvieron a la altura de los titulares, ya fuera por errores de la dirigencia al reforzar algunos puestos del equipo o por el flojo rendimiento de algunos reemplazantes. En definitiva, fueron expulsiones evitables que terminaron condicionando una campaña pobrísima en la Copa: dos triunfos, un empate y tres derrotas. Sin Bareiro, y con Cavani lesionado, el lugar quedó para Milton Giménez, un delantero combativo, pero con menos recursos técnicos. La ausencia de Ascacibar también redujo mucho las variantes: primero apareció Tomás Belmonte, un mediocampista con bastante menos dinámica y despliegue defensivo, y luego, frente a Católica, ingresó Ander Herrera, que había tenido poca continuidad durante el año y evidenció falta de ritmo y velocidad. Salió reemplazado en el entretiempo. En el arco, el ingreso de Brey por Marchesin tampoco ofreció demasiadas certezas. Un arquero sin rodaje suele rendir por debajo de sus posibilidades y eso pareció ocurrirle al ex Los Andes. No tuvo fortuna con la lesión sufrida en Guayaquil y luego su error compartido con Milton Delgado en el partido ante Huracán pareció afectar su confianza y su capacidad para transmitir seguridad. (Texto adicional sobre lesiones y rendimientos individuales) El equipo tuvo como su gran enemigo a las lesiones. Edinson Cavani y Carlos Palacios ni siquiera sumaron minutos en el año; Rodrigo Battaglia y Agustín Marchesin tuvieron que pasar por el quirófano; Milton Giménez y Exequiel Zeballos recién pudieron reaparecer en abril; Adam Bareiro se perdió la definición del grupo; y Miguel Merentiel ingresó frente a Católica aun desgarrado. Tuvo a veces mala suerte, pero también quedó expuesta, especialmente con Cavani, la insistencia de la dirigencia por intentar recuperar a un jugador que, a esta altura, ya no parece estar en condiciones de darle a Boca lo que le aportó por última vez en 2024, hace ya dos años y medio. La llegada renovó el ánimo dentro del vestuario y ayudó a ordenar al grupo después del Mundial de Clubes, una experiencia que terminó con la conflictiva salida de Marcos Rojo, hasta entonces principal referente del plantel. El volante de la selección aportó una línea clara de liderazgo puertas adentro: fue sostén de Miguel Russo y de Ubeda en momentos delicados, se mostró siempre cercano a los juveniles y empujó al grupo en los pasajes más complejos del semestre. Pero dentro de la cancha su rendimiento estuvo lejos de ser sostenido. Hubo partidos en los que le alcanzó con algunas pinceladas -como frente a River- o con su pegada en la pelota parada -sobre todo en el cierre de 2025- para convertirse en el mejor jugador del equipo. Su comportamiento en el campo tampoco ayudó. Por momentos se lo vio más pendiente del roce con los rivales y de protestarles a los árbitros que de involucrarse plenamente en el juego. Cada vez que logró enfocarse y asumir el protagonismo, marcó diferencias. El problema fue que esos tramos resultaron demasiado esporádicos. Fue un problema que se vio más en el plano local que en la Copa, donde Boca, por distintas circunstancias, no generó tanto como en el Apertura. Aun así, la falta de contundencia también terminó costándole muy caro. El equipo convirtió apenas seis goles en el torneo después de rematar 86 veces. Hubo partidos, como en Belo Horizonte, en los que ni siquiera pateó al arco, y otros, como frente a Cruzeiro o Católica en la Bombonera, donde acumuló 50 disparos, 12 remates al arco y apenas un gol. Influyó la mala suerte, pero también la falta de jerarquía y varios futbolistas que nunca terminaron de estar bien físicamente. La Bombonera nunca fue la de antes. El equipo tuvo apoyo, pero en el último tiempo perdió parte de la mística que la convirtió durante décadas en un escenario intimidante. Boca cerró la Copa con dos encuentros como local y la obligación de ganar al menos uno para llegar con vida a la última fecha. Ante Cruzeiro, el impulso de la gente no alcanzó y fue apagándose con el correr del segundo tiempo. Frente a Católica, el contexto tampoco ayudó: el hincha armó una fiesta en la previa, con color y aliento, pero el clima se fue apagando rápido. Frente a Católica, Boca consumó su quinta eliminación consecutiva en casa. Un golpe muy duro para un club que históricamente hizo de su estadio una de sus mayores fortalezas. Y que hoy, como Boca, parece haberse acostumbrado a acumular decepciones. Menciones: cnot
![]() ![]() |
||
30/05/2026 La Nación - Nota - Deportes - Pag. 3







