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¿Será capaz la IA de adjetivar como Borges? Silvina Friera Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la inteligencia artificial (IA). Cuando la IA avanza hacia el terreno literario, a una velocidad trepidante como una herramienta con ciertas limitaciones por la torpeza de la imitación mecánica pero con un horizonte de perfectibilidad, se asiste a una especie de ataque nuclear a la civilización humana. La IA como los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki sin bombas, pero tal vez con nuevas formas masivas de “muertes simbólicas”, como el desempleo a gran escala que generará. Desde que apareció la primera versión de ChatGPT ha habido polémicas encendidas y tentativas de un debate cuyo volumen se desmadra vía redes sociales. La escritora polaca Olga Tokarczuk tiró la primera piedra y ardió Troya. La Premio Nobel de Literatura declaró en un foro en la ciudad de Poznan que había utilizado la ayuda de uno de los modelos más avanzados de LLM (Large Language Model) y que la IA la ayudó a “ampliar” sus horizontes y a “profundizar en el pensamiento creativo”. Tokarczuk dijo lo que muchas otras escritoras están haciendo, pero fue malinterpretada y le fueron a la yugular. No faltó que un tribu de exaltados pidiera ¡que devuelva el Premio Nobel de Literatura! “A menudo le presento un idea a la máquina para que la analice y le pregunto: ¿cómo podríamos desarrollar esto de forma magistral? Aunque conozco las alucinaciones y los numerosos errores fácticos de los algoritmos en los campos de la economía rigurosa o los datos objetivos, debo admitir que en la fluidez de la ficción literaria esta tecnología es una ventaja de proporciones increíbles”, subrayó la escritora polaca. La autora de Un lugar llamado antaño tuvo que aclarar que su nueva novela no está escrita con ayuda de la IA. “Trato a la inteligencia artificial como una herramienta que permite documentar y verificar datos con mayor rapidez. Cada vez que utilizo esta herramienta, verifico la información de forma adicional. Exactamente igual a como lo he hecho durante varias décadas leyendo libros y explorando bibliotecas y archivos”, explicó. ¿Qué desafíos implica la IA para escritores y editores? ¿Qué ventajas tiene su uso y cuáles serían los principales riesgos o peligros? Las escritoras argentinas Claudia Piñeiro, Gabriela Cabezón Cámara y Gloria Peirano, el escritor español Jorge Carrión y el editor argentino Maximiliano Papandrea analizan un tema tan delicado como complejo. El escritor y crítico cultural español Jorge Carrión destaca que “estamos en un momento de transición, muy confuso, por momentos preocupante, por momentos ridículo”, lo define el autor de Los campos electromagnéticos. Teorías y prácticas de la escritura artificial (Caja Negra). “Todos usamos la IA para nuestras investigaciones porque desde 2015 Google usa IA y sus búsquedas han sido algorítmicas. Y la tecnología Turnitin, que detecta el plagio académico, nunca ha sido utilizada para controlar a los escritores. Está ocurriendo como ocurrió con Photoshop y la fotografía o con AutoTune y la música: hasta que no se asuma el uso de la herramienta, habrá duda, ruido, polémicas absurdas. El problema es que esta revolución es más profunda. Y sus consecuencias ni las podemos adivinar. Pero la reacción no pasa por la sospecha policial, sino por la confianza en los creadores, su relación con sus editores. Tanto los unos como los otros deben asumir cada una de las palabras de un texto. Lo que no es negociable es eso: que todo lo que firmás sea en tu nombre, con tu voz; y que todo lo que se publica haya sido leído por al menos un ser humano”. Gabriela Cabezón Cámara pone el cuerpo, la palabra y la escritura para pensar este tiempo confuso. “Soy bastante taxativa con esta cuestión: creo que no tenemos que usar IA para escribir. ¿Para qué escribís? ¿Para fabricar libros como en una línea de montaje? ¿No te gusta escribir? Escribir es un proceso que te involucra todo el cuerpo, toda la sangre, toda el alma. ¿Por qué ceder parte de eso? ¿Y por qué cedérsela a la IA que conocemos, la de los dueños del mundo? ¿Para reemplazar al escritor o escritora. Cuando se habla de escritura literaria, se está hablando de algo muy diferente y quiero tener una actitud reflexiva. No me parece que haya que estar a favor o en contra, sino reflexionar. La escritura requiere de un cuerpo, la escritura es un devenir humano. Y las máquinas, por ahora, no tienen aquello que sería un cuerpo”. “Yo le tengo más miedo a la degradación de lo que escribimos nosotros que a la evolución de lo que escriban las máquinas.” Claudia Piñeiro. “¿Para qué escribís?”, se pregunta y arroja un signo de interrogación que vibra en el corazón de la literatura del siglo XXI. La IA es un tema “muy complejo” para la escritora y docente universitaria Gloria Peirano. “Veo riesgos y peligros, por ahora no le veo ventajas. Los ingenieros informáticos que desarrollan la inteligencia artificial están presos del lenguaje que están desarrollando; no se dan cuenta de lo que dice (Ludwig) Wittgenstein, que los límites de su lenguaje de programación, adaptándolo a esto, son los límites de su mundo; están llamando creatividad literaria a lo que apenas es una reproducción reconocible de modelos. Me parece muy complejo que la IA pueda adjetivar como Borges?”. “Uso la IA a manera de buscador”, dice Claudia Piñeiro. Claudia Piñeiro destaca que Olga Tokarczuk, como muchas escritoras y escritores, apelan a la IA como un buscador. “Yo uso la IA a manera de buscador, como antes buscaba en Google cosas que necesitaba, porque es un buscador mucho más rápido y efectivo, pero también con muchas falencias. Yo le hago preguntas que me interesan por el desarrollo de la novela que estoy escribiendo, y después chequeo los datos. Por ejemplo, si le decís no me acuerdo el título de la película en la que trabajaba tal actor, te trae el título. Pero como a veces te miente, tenés que confirmar si esto que te está diciendo es correcto. Ese es el uso que le da Tokarczuk y que me parece que se malinterpretó. No es que la IA le escriba las novelas a la Premio Nobel”, aclara la autora de Las viudas de los jueves. Los riesgos están en la propia escritura, advierte Piñeiro, por más paradójico que suene. “A veces escribo algo y digo: yo estoy usando esto que dicen que lo usa la inteligencia artificial; van a pensar que lo escribió la IA. Por ejemplo, la afirmación por la negación que se usa mucho y nosotros cada tanto la usamos: Entonces me digo ahora no la voy a usar más porque van a pensar que lo saqué de la IA. Hay que estar cuidándose también de que hay ciertas cosas, ciertos adjetivos, ciertos adverbios, ciertos usos del lenguaje, que a lo mejor son tuyos y que también en la inteligencia artificial se usan muchas veces, pero ahora decís: no lo voy a usar más. Entonces perdés un tipo de marca propia, literaria, que te gusta, porque lo usa demasiado la IA y puede ser malinterpretado”. Piñeiro rastrea otro ejemplo para mostrar a la perfección lo que condensa un viejo refrán: “una de cal y otra de arena”. Un fin de semana se le atascó el papel en la impresora, pero había quedado tan adentro que no encontraba forma de sacarlo. La IA la ayudó a desarmar la impresora, encontrar el papel, sacarlo y volverla a armar. “Eso fue genial porque hubiera tenido que esperar cuatro días, llevarla al service y esperar otros cuatro o cinco días más hasta que me la devolvieran. Pero le quita el trabajo al señor al que le iba a llevar la impresora para que me la arreglara. Un montón de trabajos que antes le asignábamos a otras personas, y que le pagábamos por eso, van a ser menos necesarios. Esto es lo más grave de la IA y lo que tenemos que pensar: ¿cómo vamos a solucionar la cantidad de gente que se va a quedar sin trabajo?”. El editor Maximiliano Papandrea, de la editorial Sigilo, cuenta que aún no conoce a ningún escritor o escritora que esté usando IA para escribir, salvo los usos de búsqueda de información, investigación, organización, un hábito no exclusivo de los escritores. “En el ámbito donde nos movemos los editores literarios o independientes, no veo un gran desafío por el momento. Creo que las cosas se mantendrán igual que ahora por un buen tiempo. Si veo algún desafío, quizás sea en otra área de la industria del libro, en esa zona de la producción de ficción que está en la frontera con la industria de entretenimiento, un poco camuflada. La IA es fruto de operaciones complejísimas de estadística y cálculo y no tengo dudas de que podría llegar a crear buenos productos estandarizados, novelas de escritura convencional, utilitaria, hechas de fórmulas más o menos probadas, algo que por otra parte ya viene ocurriendo hace tiempo en cierta zona de lo que se publica, sin necesidad de la IA”, plantea el editor de Sigilo. El editor de Sigilo observa que es “más fácil” imaginar que se produzcan con IA “cientos de novelas convencionales y complacientes, efectistas, más o menos conmovedoras, que hablen de temas que susciten cierto interés, pero que responden a expectativas del mercado”. En ese sentido, cree que el panorama irá quedando cada vez más claro: “será cada vez más fácil distinguir entre los productos más o menos estandarizados de la industria cultural y las creaciones humanas originales hechas de pensamiento e invención (o verdad y maravilla, como me gusta decir), que es esencialmente lo que tratamos de publicar y promover los editores literarios de todas partes y desde siempre”. “Lo específicamente literario es otra cosa —agrega Papandrea— es invención, imaginación, proceso, decisiones formales, es diálogo con el universo de las distintas tradiciones posibles, es el encuentro feliz e inesperado entre dos palabras que crean algo nuevo, una idea, una imagen, una resonancia, una evocación en el lector. No veo a una IA adjetivando como Borges. O que pueda crear una obra como Donde yo no estaba, la novela de mil páginas de Marcelo Cohen que acabamos de reeditar, una hazaña de estilo, imaginación portentosa y hallazgos poéticos. Y que, por cierto, si bien fue publicada hace veinte años, ya tenía de personaje un mayordomo que es una inteligencia artificial”. “Los ingenieros informáticos que desarrollan la inteligencia artificial están presos del lenguaje que están desarrollando.” Gloria Peirano. Si cada vez más escritores admiten que usan la IA como herramienta -como Olga Tokarczuk— o que la usan en sus novelas, con fragmentos que combinen escritura propia ensamblada con escritura generada por IA, se podría estar a las puertas de lo que algunos ya llaman como “macartismo” literario con detectores de IA que buscarán la presencia de la inteligencia artificial en los textos “sospechosos”. ¿Se podrá distinguir la escritura humana de la escritura de la IA o estamos en la transición hacia un híbrido que ensamblará las partes de manera que no se pueda distinguir lo humano de la máquina? “No me parece que priorizar la producción artística humana a la “artificial” sea una suerte de macartismo, sino un posicionamiento ético, humanista por decirlo de algún modo —responde Papandrea—. A mí me interesa el diálogo entre humanos, a lo sumo entre los humanos y el resto de los seres de la tierra, y me puede parecer curioso lo que haga un sistema complejo de IA pero en el fondo me aburre, precisamente porque no hay detrás una mente humana o un cuerpo. Dicho eso, me parece legítimo e interesante que se la use para la creación como una herramienta más, abre un nuevo campo de experimentación formal que de antemano no veo por qué habría que menospreciar”, argumenta el editor de Sigilo y revela que por ahora no leyó nada hecho en colaboración con la IA que le haya resultado interesante. “Ted Chiang tiene un artículo muy bueno y muy conocido donde fundamenta con inteligencia por qué la IA no puede crear arte y habla de la importancia de la toma de decisiones, conscientes o inconscientes, que hacen los artistas al producir sus obras”, ejemplifica Papandrea. “Todas las herramientas que ayuden a pensar o a imaginar, a explorar o a investigar, pueden ser valiosas para la creación, incluida la IA. La pregunta de fondo que hace Chiang es: ¿por qué vamos a delegar eso tan humano que es la intención, la toma de decisiones artísticas? ¿Qué sentido tiene? ¿Estamos seguros de que la IA puede producir por sí sola una obra literaria, ese acontecimiento siempre un poco misterioso e inesperado? No veo que sea tan fácil ni de producir ni de reproducir. “Yo leo para conocer el sabor de una mente, dice M. John Harrison. ¿Cuál sería la mente que hay detrás de una TA? ¿Y cuál sería la gracia del arte que haga si no la hay?”. Cabezón Cámara tira del hilo postulado por el editor de Sigilo. “Todo lo que das a la IA deja de ser tuyo en un instante. Aprenden los agentes. Te van a reemplazar en quince meses si no ponés toda tu humanidad, a la manera de Spotify que fabrica música. No sé qué va a pasar, si surgirán híbridos interesantes o qué, probablemente sí, pero no sé. Imagino que la escritura más formulaica la van a hacer los agentes de la IA. Es un momento histórico muy confuso, todavía no sabemos qué podrá hacer y qué no podrá hacer. Mucha gente habla de un hype, de que las expectativas están infladas, de una burbuja. Otra gente dice que nos van a exterminar. Otra gente que no pasa nada. Otra que en vez de reemplazarnos nos van a dar una renta universal y seremos felices y libres desarrollando lo vocacional. Y no tengo ideas claras salvo la que te decía: no pienso ceder el proceso de la escritura a una máquina, por inteligente que sea”, afirma la autora de Las aventuras de la China Iron. “Debería poder distinguirse una escritura humana de una no humana: ¿qué se puede escribir sin inconsciente, sin sentidos, sin heridas, sin deseo, sin amor y sin dolor? Tal vez terminemos teniendo algo así como una literatura de autor y una sintética, por llamarla de algún modo”. Hay escritores que se diferenciarán de la IA durante bastante tiempo, según conjetura Piñeiro. “A lo mejor en algún momento la inteligencia artificial logra encontrar algo muy cercano a la escritura humana, pero hay algo que es muy particular. Yo fui a escuchar a Eric Sadin cuando estuvo en Argentina, que es un filósofo francés especialista en IA, y lo que él decía es que la inteligencia artificial pone un adjetivo probable al lado de un sustantivo. Borges no pone un adjetivo probable; los adjetivos de Borges son adjetivos únicos. Probablemente la IA no logre poner un adjetivo único, sino más bien repetir los mismos adjetivos, además de poner más adjetivos de los que pondríamos nosotros en la escritura”. Sin embargo, advierte que la IA puede replicar escrituras “más estandarizadas”. “También dependerá de cómo mejoran los prompts y las respuestas a los prompts, porque cuando le empieces a preguntar mejor, te responderá mejor”. Una frase del escritor y naturalista francés Georges-Louis Leclerc de Buffon le permite a Piñeiro repensar el hueso más duro de roer para la IA: “El estilo es el hombre mismo”. A veces, en algunos juegos con amigos, la autora de Elena sabe y Catedrales, le pide a la IA que escriba como Borges. “Lo que hace es muy burdo; repite frases de sus cuentos como si fuera una parodia de la escritura de Borges. Pero esto evoluciona de una manera tan impresionante que no sabemos si algún día lo que escriba una máquina será igual a lo que escribimos nosotros. Yo le tengo más miedo a la degradación de lo que escribimos nosotros que a la evolución de lo que escriban las máquinas —reconoce la escritora—. Le tengo más miedo a que cada vez escribamos más parecido a como escriben las máquinas y me preocupa menos que las máquinas imiten a Borges, a Chéjov o a Proust”. Menciones: cnot
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