24/05/2026 Perfil - Nota - Internacionales - Pag. 38
"Es probable que Irán sobreviva a esta ilegal guerra de Estados Unidos e Israel" Jorge Fontevecchia Es historiador, economista y politólogo iraní, académico en St Antony's College de la Universidad de Oxford y editor de la revista “Iranian Studies”. Su libro más reciente, “Iran and the Revolution: A History”, recorre el arco desde el gobierno del Shah hasta la guerra en curso. Esta entrevista explica su concepto de “estebdad”, el despotismo arbitrario que ha gobernado Irán desde el comienzo de su historia, analiza las causas de la revolución de 1979, el rol de Estados Unidos en el golpe que derrocó a Mosaddeg, la apropiación islamista de un levantamiento que fue de toda la sociedad, y el estado de un régimen que, pese a las sanciones y los bombardeos, sigue en pie. JORGE FONTEVECCHIA: —Usted describe a Irán como una “sociedad árido-aislada”, una “sociedad arbitraria” y una “sociedad de corto plazo”. ¿Cómo se articulan estos tres rasgos entre sí para explicar la historia iraní? —El sistema iraní es único. Nunca ha existido en la historia, hasta donde sé, en ningún otro lugar. Ha habido sociedades islámicas con sus respectivos gobiernos, pero ninguna con un gobierno islamista del tipo que existe en Irán, basado en la tutela del jurista: el líder supremo a cargo de las decisiones principales del país. —La historia iraní parece moverse en un ciclo de cuatro fases: gobierno absoluto, gobierno débil, revolución, caos. Sin salida hacia algo cualitativamente distinto. ¿Hay algún momento histórico en que ese ciclo estuvo a punto de romperse? —Como he escrito, no solo en este libro sino en otros anteriores, el sistema que ha gobernado Irán desde el comienzo de su historia ha sido el despotismo arbitrario: un gobierno absoluto y arbitrario. Existe una diferencia importante con Europa. Durante cuatro siglos, entre 1500 y 1900, hubo gobiernos despóticos en algunos países europeos, pero eran absolutistas sin ser arbitrarios: estaban fundados en ciertos marcos legales o tradiciones arraigadas. El régimen iraní, en cambio, no era solo absoluto sino también arbitrario. “El régimen de Irán, desde el comienzo de su historia, ha sido de despotismo arbitrario.” El Estado no estaba simplemente a la cabeza de la sociedad, sino por encima de ella. Había un hombre, el Shah, que era el gobernante absoluto y arbitrario. Todos los demás, desde los príncipes y ministros hasta los generales, eran miembros del rebaño. Algunos eran pobres, otros ricos, pero ninguno tenía derechos independientes propios. La vida y la propiedad no eran un derecho sino un privilegio: se podía vivir mientras el Estado lo permitiera, y si decidía quitarte la vida o la propiedad, no había derecho de defensa posible. Esto generó una animosidad casi permanente entre el Estado y la sociedad. El Estado era el gobernante absoluto y arbitrario; la sociedad era antiestatal y tendía al caos. Cuando la sociedad lograba levantarse y derrocar al Estado, el resultado era el caos, una situación peor que el propio despotismo, lo que llevaba a la gente a lamentar su revolución. Y el desenlace era siempre el mismo: la restauración del despotismo arbitrario bajo una nueva fuerza. Hasta el siglo XIX, los iraníes no conocieron otra alternativa. “El Estado no estaba simplemente a la cabeza de la sociedad, sino por encima de ella.” —¿En qué medida la identidad iraní de hoy es persa, en qué medida es islámica, y en qué medida es simplemente antiestatal? —El Estado iraní está basado en el islam chiita, pero en una interpretación relativamente nueva del chiismo en lo que respecta a su relación con el poder. Históricamente, los líderes y doctores de la religión chiita sostenían que no debían participar en el gobierno. Participaban en la política, hacían declaraciones, a veces criticaban al Estado, pero ningún clérigo era admitido por las propias instituciones chiitas para formar parte del gobierno, ya fuera como ministro, gobernador o en cualquier otro cargo. El sistema surgido de la revolución de 1979 rompió con esa tradición: no solo permite la participación de los clérigos en el gobierno, sino que la considera un derecho y una obligación. Los clérigos deben gobernar. Dentro de ese marco existe un parlamento, un presidente, segundo al mando después del líder supremo, y un Poder Judicial, como en cualquier otro país. Pero todo ello fundado sobre la tutela del jurista: el liderazgo del líder religioso supremo como principio rector del Estado. “La República Islámica ha logrado sortear las sanciones vendiendo petróleo a China.” —El Shah impulsó reformas agrarias, educativas e industriales, y sin embargo fueron esas mismas reformas las que encendieron la oposición. ¿Cómo explica esa paradoja? —El Shah llevó a cabo una reforma agraria en 1963, en el marco de lo que llamó su Revolución Blanca, lanzada mediante un referéndum que no fue libre. Uno de sus puntos centrales fue la distribución de tierras, pero la política agrícola que la siguió no fue favorable para la sociedad rural. La moneda iraní estaba sobrevaluada, lo que encarecía las exportaciones y dejaba a la agricultura iraní sin capacidad de competir con países como Pakistán o India. En cuanto a la industrialización, los números hablan por sí solos: en 1977, la totalidad de la industria productiva, agricultura, construcción y manufactura, representaba apenas el 30% del ingreso nacional iraní. El 70% restante provenía del petróleo y los servicios. Los ingresos del petróleo no se producen, son como desenterrar un tesoro, una renta que llegaba en dólares directamente al Estado, sin pasar por el trabajo ni por el pueblo. Eso fortaleció aún más al Estado frente a la sociedad. Desde 1963, con la Revolución Blanca, toda actividad política fue abolida. Incluso la oposición pacífica estaba prohibida. La oposición democrática fue severamente reprimida, y las actividades de la Savak, torturas, tormentos físicos, dañaron gravemente la reputación del régimen. A esto se sumó una política social percibida como una importación acrítica de la cultura estadounidense: en la televisión, en la vestimenta, en las costumbres. No se trataba de imperialismo en el sentido clásico, sino de una imitación que la mayoría de los iraníes consideraba inaceptable. Todo esto es lo que usted llama una paradoja. Estas son las realidades que llevaron a la revuelta de toda la sociedad contra el Estado. Ninguna clase social defendió al régimen. Ningún partido político lo respaldó. Y así fue como el Estado fue derrocado en febrero de 1979. “En el sistema actual surgido de la revolución de 1979, los clérigos deben gobernar.” —La revolución fue un levantamiento de toda la sociedad, con nacionalistas, socialistas, islamistas, y terminó siendo una teocracia. ¿Cuándo y cómo los clérigos se apropiaron de un proceso que no era exclusivamente suyo? —En la revolución participaron todo tipo de fuerzas, no solo los islamistas. Había demócratas musulmanes que no compartían la interpretación islamista del gobierno chiita. Había demócratas laicos, liberales, grupos marxistas-leninistas, varios, no uno solo, muy fuertes y muy populares entre los jóvenes con estudios. El islamismo también lo era, en gran medida. Fue la combinación de todas estas fuerzas lo que le dio a ese levantamiento su carácter total: chiitas y no religiosos, demócratas y liberales, socialistas y marxistas-leninistas, todos unieron fuerzas para derribar al Estado, al viejo estilo iraní de la sociedad levantándose contra el poder y derrocándolo. Esto había ocurrido otras veces a lo largo de la historia. La sociedad iraní había intentado levantarse contra el Estado en más ocasiones de las que había tenido éxito. Pero cuando la rebelión triunfaba, el Estado caía por completo. Y eso fue exactamente lo que ocurrió en febrero de 1979. —Usted describe la toma de la Embajada de Estados Unidos en 1979 como uno de los eventos más catastróficos de la revolución. ¿Qué consecuencias tuvo sobre la dinámica interna del poder islamista y sobre la inserción de Irán en el mundo? —Estados Unidos apoyaba en términos generales al régimen del Shah, pero no hasta el punto de comprometerse con la represión militar de la revolución. El Shah esperaba que el gobierno de Carter le diera luz verde para una represión masiva, pero Carter no estaba dispuesto. Lo apoyaban pública y privadamente, pero dejaban en claro que no podían hacerse responsables de ninguna represión. El mensaje fue: eres libre de hacer lo que quieras en tu país, pero no nos hagas partícipes de ello. Esa actitud neutral de Occidente fue, desde el punto de vista externo, la razón más importante por la que la revolución triunfó. Lo que vino después fue catastrófico. El antiamericanismo que siguió a la revolución desembocó en la toma de rehenes de noviembre de 1979, un grupo de jóvenes estudiantes liderados por un clérigo atacó y ocupó la embajada estadounidense, tomando como rehenes a la mayoría de sus miembros diplomáticos. El acto fue respaldado por el Ayatolá Jomeini, lo que provocó la renuncia del gobierno democrático musulmán de Mehdi Bazargan, que no estaba dispuesto a aceptar esa situación. Con su caída comenzó la deriva hacia la revolución islamista total. La toma de rehenes fue inicialmente apoyada por todos, pero con el tiempo fueron los islamistas quienes se beneficiaron de su prolongación. Poco después, otro presidente democrático musulmán, (Abolhasán) Banisadr, fue derrocado por los islamistas, lo que desencadenó la revuelta de un grupo armado de oposición, los muyahidines, y una suerte de miniguerra civil con su ciclo de terrorismo y contraterrorismo. Fue a partir de ese momento cuando el régimen se volvió plenamente islamista y eliminó toda voz opositora. “En 1977, el 70% de los ingresos de Irán eran por el petróleo y sus servicios.” —La República Islámica lleva más de cuatro décadas en el poder, algo inusual en el ciclo histórico del “estebdad” que usted describe. ¿Cómo explica esa longevidad? —El régimen ha sobrevivido porque, a diferencia de todos los regímenes despóticos de la historia iraní, tiene una base social. Una parte de la sociedad lo apoya, puede que sea una minoría, no tengo cifras precisas, pero ese apoyo existe. Al mismo tiempo, hay una oposición considerable. El régimen ha logrado mantener una estructura de gobierno que incluye un Parlamento y un Poder Judicial, aunque ambos restringidos y controlados, sin la apertura de un sistema liberal. La combinación de todos estos factores le ha permitido sobrevivir a las presiones externas: las sanciones económicas de Estados Unidos, Occidente y las Naciones Unidas, y la hostilidad israelí. Y en este momento, es probable que sobreviva también a la guerra ilegal que Estados Unidos e Israel libran contra Irán. “La dictadura del Shah fue legitimada por los terratenientes y el establishment religioso.” —El Movimiento Verde de 2009 fue el mayor desafío interno que enfrentó la República Islámica desde su fundación. ¿Qué reveló sobre la relación entre el Estado y la sociedad iraní y por qué no logró transformarse en algo más? —La sociedad iraní siempre ha tendido a oponerse al Estado, pero ha habido momentos en que el Estado contó con una base social genuina. Tras el golpe de agosto de 1953 contra el gobierno democrático de Mosaddeg, lo que se estableció no fue un sistema de gobierno absoluto y arbitrario, sino una dictadura en el sentido europeo del término. Una dictadura no es un gobierno personal: es el gobierno de una minoría. Hay alguien en la cima, como en cualquier gobierno del mundo, pero el poder descansa en un establishment político, no en la voluntad de un solo hombre. En el caso de Irán, la dictadura instalada tras el golpe de 1953 fue liderada por el Shah pero legitimada por dos pilares: el establishment terrateniente y el establishment religioso. No era un caso de oposición social total al Estado, la mayoría se oponía, pero había una minoría importante que lo sostenía. Eso cambió en 1963, con la Revolución Blanca. Las reformas del Shah desplazaron a ambos pilares del poder: los terratenientes fueron afectados por la reforma agraria, y el clero fue excluido del ámbito político. El régimen se convirtió entonces en un gobierno unipersonal gobernado por decreto, sin base social que lo sustentara. Ese es el origen del proceso que llevó a la revolución de febrero de 1979. Hay quienes sostienen que la revolución de 1979 fue una consecuencia directa del golpe de 1953. Eso no es exacto, el golpe no produjo una revolución, sino una dictadura con base social. La revolución de 1979 es una consecuencia de la Revolución Blanca y el despotismo arbitrario que la siguió. —¿Tiene la República Islámica capacidad de reformas desde adentro, o el sistema solo puede cambiar por colapso? —Es difícil juzgar. Creo que el régimen tiene capacidad de reformarse. No hay nada que lo impida, porque no es el despotismo absoluto y arbitrario del tipo que había existido antes. Tiene un Parlamento genuinamente elegido, aunque sobre una base restrictiva. Tiene un Poder Judicial independiente, en el sentido de que no está bajo el mando de ningún poder central en particular. Y especialmente los militares, bajo el Shah dependían enteramente de él, mientras que en este régimen son independientes y toman sus propias decisiones. Por eso son eficaces. Los generales del Shah han dicho en entrevistas que incluso para mover una compañía de un punto a otro había que pedir permiso al Shah, y que los ascensos de los oficiales, incluso los subalternos, dependían de su aprobación personal. La Guardia Revolucionaria y el ejército regular, en cambio, están comprometidos con el Estado pero no son dependientes de él. Conocen su trabajo y toman sus decisiones. No digo esto para dar una imagen deslumbrante del régimen en Irán. Lo digo para responder a su pregunta: estos son los factores que han hecho posible que el Estado sobreviva, y que hacen posible que sobreviva también bajo ciertas condiciones. Si toma las decisiones correctas en materia económica, en sus relaciones exteriores, en sus relaciones internas, en materia de libertades y bienestar, tiene condiciones para sobrevivir. Si lo hará o no, no lo sé. Pero estas cosas son posibles de hacer. “El antiamericanismo que siguió a la revolución resultó en la toma de rehenes de 1979.” —Los comerciantes del bazar fueron uno de los pilares sociales de la revolución de 1979 y durante décadas sostuvieron al régimen. En enero de 2026, fueron precisamente ellos quienes iniciaron las protestas más masivas de los últimos años, detonadas por el colapso del rial. ¿Qué queda de la base social de la República Islámica? —La caída drástica del valor del rial llevó al bazar a la huelga y dio inicio a una protesta pacífica. El presidente iraní respondió favorablemente: pidió disculpas, reconoció el problema y prometió medidas para resolverlo. El líder supremo también tuvo palabras positivas hacia el bazar y declaró que la protesta pacífica era aceptable, aunque advirtió que si se volvía violenta, sería un riesgo. Todo esto quedó registrado en blanco sobre negro. Lo que vino después cambió el curso de los acontecimientos. El ex príncipe heredero iraní, muy cercano a Netanyahu, fue aparentemente persuadido por este para hacer un llamado al levantamiento y al derrocamiento del régimen. Esa fue, en gran medida, la causa central de que las protestas se volvieran violentas. Israel y Estados Unidos las alentaron por diversos medios: campañas, mensajes, agentes sobre el terreno. Donald Trump declaró a los disidentes iraníes que “la ayuda está en camino”, induciendo la expectativa de un respaldo estadounidense para derrocar al régimen. El resultado fue una represión terrible. Las cifras de muertos varían según la fuente: el propio gobierno iraní reconoció 3.000; un grupo de derechos humanos estadounidense habló de menos de 7.000; el corresponsal iraní de la BBC estimó 20.000; Donald Trump mencionó entre 45.000 y 60.000; y un ex ministro israelí llegó a la cifra de 430.000. Todavía no se ha llegado al millón. —Ali Khamenei fue asesinado en los ataques del 28 de febrero de 2026 y su hijo Mojtaba lo sucedió como Líder Supremo, aunque gravemente herido y sin aparecer en público desde entonces. ¿Puede la República Islámica sostenerse con un liderazgo cuya existencia misma es incierta, o el poder real ya migró definitivamente hacia las Guardias Revolucionarias? —No puedo decir mucho sobre el líder actual porque no tengo información. No sé si ha sido herido o no. Quizás lo haya sido, porque, de no ser así, cabría esperar que hubiera aparecido en público. Pero más allá de eso, no tengo idea. Lo que sí puedo decir es que, en lo que respecta al funcionamiento del Estado, nada ha cambiado. Muchos altos mandos iraníes, tanto militares como civiles, fueron asesinados por Israel y Estados Unidos, además del exlíder. Pero el gobierno sigue funcionando y el Estado hace lo que puede para defenderse. La situación es grave, la gente es pobre, los precios suben más rápido que antes, y unas 4.000 personas han muerto como consecuencia de los bombardeos. Las cosas no están bien. Pero son estables. Alguien la está gestionando, aunque no esté a la vista. —El bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que transita aproximadamente un quinto del petróleo mundial, convirtió el conflicto en una crisis energética global. ¿Subestimó Occidente la capacidad de Irán de proyectar poder más allá de sus fronteras? ¿Cuánto tiempo puede resistir económicamente un país que ya estaba al límite antes de que empezara la guerra? —Las sanciones masivas contra la República Islámica, la política de presión económica máxima aplicada tanto en la primera presidencia de Trump como en la actual, han sido muy severas. Sin embargo, hasta ahora el régimen ha logrado sortearlas, vendiendo petróleo a precios de descuento a China, entre otros métodos. Pero esta no es una situación normal y los iraníes están pagando el costo. En los próximos meses, creo que el país puede resistir. Pero me sorprendería mucho que en dos años la situación siguiera igual, si las sanciones continuaran y la presión económica y política se mantuviera al mismo nivel. En última instancia, depende del tiempo y de las decisiones que tomen los iraníes, los estadounidenses y los israelíes. —Mirando el arco completo de la historia iraní, desde el “estebdad” hasta la República Islámica, ¿es optimista o pesimista sobre el futuro de Irán? —No soy ni optimista ni pesimista, porque depende de cosas que no puedo predecir. Este tipo de situaciones depende de las decisiones humanas, y según hacia dónde vayan esas decisiones, las consecuencias pueden ser muy distintas. Si el régimen toma las decisiones correctas en materia económica, en sus relaciones exteriores, en sus relaciones internas, en lo que respecta a la libertad y el bienestar de su población, tenderá a sobrevivir. Si no las toma, el futuro será muy incierto. Pero no puedo predecirlo. Depende de lo que hagan ellos, y también de lo que hagan sus adversarios, las potencias internacionales que les son hostiles. Menciones: Homa Katouzian, Irán, Estados Unidos, Israel, St Antony's College, Universidad de Oxford, Shah, Mosaddeg, Jorge Fontevecchia, Mehdi Bazargan, Abolhasán Banisadr, Netanyahu, Donald Trump, BBC, Ali Khamenei, Mojtaba, Guardias Revolucionarias, Estrecho de Ormuz, China, Savak
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