23/05/2026 Página 12 - Nota - Opinión - Pag. 32
Oxímoron Raquel Robles Silencio atronador. Dulce agonía. Oscura claridad. Realidad virtual. Muerto viviente. Instante eterno. Caos ordenado. Pequeño gigante. Triste alegría. Fuego helado. A la lista de oxímoron me gustaría agregar dos más: empresario honesto, trabajo digno. Estas dos caras de la misma mentira son, me parece, la raíz con la que se produce la substancia hipnótica con la que nos drogan cada mañana. Un empresario es aquel que se queda con el valor de más que producen sus obreros. Ese dinero es del obrero y el empresario se lo roba. Se lo roba por contrato, pero eso no lo hace menos robo. Como no hace menos violencia la extracción de la leche de una vaca, el enseñar en la escuela que "la vaca nos da la leche". Franz Kafka fue uno de los escritores que escribieron el fascismo con mayor precisión, sino el que más. Se suele decir que "se adelantó", porque Kafka murió en 1925, cuando Hitler estaba haciendo sus primeros palotes en liderazgo de masas. Sin embargo, sus personajes fundidos con la función -las personas son intercambiables, lo único imprescindible es que el engranaje de la máquina siga haciendo su trabajo- no refería a un campo de concentración que sólo podía intuir. Desde su Praga natal, escribiendo en alemán desde el gueto judío, miró el mundo y entendió el capitalismo con una profundidad insoportable. Vio en su mente la imagen de los cuerpos-batería de la película Matrix y se quemó las retinas. Los campos de concentración de los nazis (porque hubo otros antes y después, hay otros ahora mismo), recibían a los detenidos con la frase "Arbeit macht frei" ("El trabajo libera"). Otra acepción posible podría ser "el trabajo dignifica". Parece claro que allí el trabajo no liberó ni dignificó a nadie. Era un instrumento de sometimiento, explotación y destrucción de lo que hubiera de humano en cada persona. Se calcula que unas dos mil empresas, entre las que están Volkswagen, BMW, Audi, Siemmens, IBM, Hugo Boss, Mercedes Benz y Deutsche Bank, para nombrar algunas poquísimas, utilizaron a veinte millones de personas como trabajo esclavo. Detenidos en campos de concentración que trabajaban, literalmente, hasta la muerte para que los dueños del capital se hicieran multimillonarios. Es muy cierto que los contratos de trabajo, los salarios y las condiciones laborales hacen que no haya que dejar la vida en la producción, pero no menos cierto es que dejamos la vida en el trabajo. No hay nada que nadie tenga realmente, salvo su tiempo. El tiempo es la única posesión verdadera y eso es lo que la clase trabajadora entrega a manos llenas, para que unos pocos monigotes puedan hacer de su paso por esta tierra un tránsito sin esfuerzo ni dolores, lleno de objetos, necesarios y superfluos. Es difícil imaginar una larga cola de gente ofreciendo sus billeteras al grito de “ladrones, por favor, róbenme”. No tanto una manifestación con carteles pidiendo “trabajo”. Está claro que el trabajo es el modo de conseguir dinero, que dinero es el objeto imprescindible en esta sociedad para conseguir los elementos básicos que garantizan la vida. Sin embargo, ¿no parece un deseo un poco masoquista el de someterse al atraco diario del trabajo? ¿no es una relación sadomasoquista la del empresario y los obreros, con un contrato como una frágil palabra clave que impide que el dolor se convierta en muerte? El primero de mayo de 1947, Juan Domingo Perón, en un discurso que emociona, dijo entre otras cosas que “el trabajo todo lo dignifica”. En un momento en el que tener trabajo, aunque sea un trabajo mal pago y desagradable, es lo que marca la diferencia entre la pobreza y la muerte, parece un poco irrespetuoso hacer una diatriba en contra del trabajo. Pero, ¿trabajar es la única forma de que una persona sea una persona? ¿no se siente el tremendo peligro que implica juntar el trabajo a la idea de dignidad? Según la Organización de las Naciones Unidas, en su Declaración Universal de los Derechos Humanos, la dignidad humana es el principio fundamental del cual derivan todos los demás derechos. ¿Es el trabajo lo que nos da esa dignidad? ¿Qué pasa con los que no se someten, o no pueden ser sometidos, a la mecánica de las relaciones laborales? ¿No tienen dignidad las infancias, las personas mayores, quienes no tienen un cuerpo que les permita soportar el trabajo? ¿No son dignos de llamarse humanos quienes no trabajan? ¿No son dignas las personas que trabajan, pero no están en el mercado laboral? ¿Las personas que cuidan, que limpian, que cocinan, que piden dinero en la calle, que juntan cartones, que revuelven la basura, tampoco tienen dignidad? Sin embargo, hay algo que sí creo que podría pensarse como la dignidad humana. Mi queridísimo maestro, Antón Semionóvich Makarenko, en 1920 creó la Colonia Máximo Gorki en la que se educaron y crecieron cientos de jóvenes que habían quedado en las calles de la recién nacida Unión Soviética, después de guerras contra otros países, la revolución y la guerra civil. Si no leyeron El poema pedagógico, no se demoren un minuto más. Es la obra más hermosa del mundo. En esa Colonia, lo común, el aporte individual a la vida colectiva, fue la columna vertebral de una praxis laboriosa, muy cuesta arriba, pero que logró lo que ninguna escuela ni institución punitiva ni de caridad había conseguido: el placer de saberse imprescindible en una trama que sólo puede ser la que es con todos y cada uno de los hilos que la componen. Querer ser mejor era querer aportar más a la complejidad de esa trama. El éxito, la alegría de los objetivos planteados en la asamblea que logran cumplirse. Ser “útil” no es, entonces, trabajar en el sentido del intercambio de fuerza y tiempo por dinero, y “llevar un plato de comida a la mesa”. Ser útil es elongar al máximo las posibilidades que se tienen para que la comunidad sea feliz. La comunidad es feliz cuando todos sus miembros son felices, aun cuando algunas felicidades no logren ser comprendidas por toda la comunidad. Ser reconocido como parte de un colectivo, usar la energía creativa para imaginar mejores maneras de vivir. No sé si es exactamente la dignidad, pero parece estar bastante cerca. Puede parecer ciencia ficción, pero podría existir un mundo en el que el trabajo, tal como lo entendemos hoy, no existiera. Que no existiera el dinero, ni el capital, ni la naturaleza patentada, no la tierra loteada con títulos de propiedad. El tiempo siempre será lo que tenemos para dar, compartir, pedir. Pero el tiempo podría no estar monetarizado. El tiempo podría no ser dinero. Podría ser un pan que se come con alegría cuando es en la mesa compartida. Podría ser también ese coquito que se disfruta a solas. Podría ser una repostería que se prepara para algunas personas especiales o para las grandes ocasiones. Se me podrá objetar que, en momentos como estos, en los que estamos luchando para no morir por falta de alimentos, de remedios, de cobijo frente al frío, es un poco delirante ponerse a imaginar algo que queda tan lejos de nuestra realidad. Es cierto. Pero, ya que estamos rascando el fondo de la olla, ¿no vale la pena poner la olla en entredicho? Menciones: cnot
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