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16/05/2026 Página 12 - Nota - Opinión - Pag. 32

Nosotros los monos
Sandra Russo

Por Sandra Russo
Este año, en el taller de escritura, busqué materiales que permitieran pensar en el presente, que incluye nuestra escritura, desde otras perspectivas, puntos de mira, otros ojos. Elegí los animales, porque en los últimos tiempos, desde que ya en pandemia empecé a cuidara mis dos perros, a pasarles suero, a entenderlos pese a sus problemas neurológicos, que rompieron todas las rutinas, me di cuenta de que la conexión que existía entre ellos y yo era muy profunda, mucho más de lo que había imaginado cuando decidí tenerlos. Pensé en las posibilidades que abre el amor.
En el taller alternamos dos libros: “¿Por que miramos a los animales”, de John Berger, y “¿Somos tan inteligentes como para entender la inteligencia de los animales”, del primatólogo Frans De Waal, de quien ya escribí sobre otros libros suyos y es deslumbrante.
Extraigo un par de asociaciones de los dos textos, uno narrativo y el otro científico, para traerlas a la Argentina del presente, un país ardido, agónico, ya impaciente por volver a la vida, como vimos el martes en la Gran Marcha. Impaciente por volver a las pasiones alegres, aunque por el momento lo que enfrentamos es un ataque feroz planificado por un dispositivo extranjero y ejecutado por una banda de boqueteros del Estado.
De Wall cuenta, partiendo de la mala fama que los sapiens dominantes les han dado a los animales, que cuando una persona ve a una paloma, un búfalo o un elefante, no experimenta la inquietud que sí provocan los monos.
Somos más que parecidos. Somos monos. Compartimos el 98 por ciento del ADN con cuatro especies de primates. La reacción defensiva es inferiorizarlos, burlamos de ellos, hacer bullying con las monadas. Somos tan parecidos que necesitamos defendernos de esa poca distancia.
Por supuesto, cuando llegué a ese párrafo se me apareció Francia Márquez, la vice de Petro, a quien en un acto le gritaron que vuelva a treparse a un árbol. Y también, claro, la abogada santiagueña que “comprendió que el racismo es algo muy malo”, incluso después de que su padre repitiera la burla de la monada entre amigos y en pedo.
Recordé lo que decían los medios: “¿Quince años? Qué pena tan desproporcionada”, deslizaban, como si el racismo fuera una droga sintética que uno se toma y que está mal, pero dale, que un poco monos los negros son.
Nada de lo que padecemos hoy sucedería si no hubiésemos dejado que perforaran la barrera cultural que existía antes de que llegaran. Eso era institucionalmente el Inadi. Brasil, de mayoría afrodescendiente de personas esclavizadas para la riqueza ajena, le puso un freno duro al racismo. Tan grave como el dolor acumulado generación tras generación de humillados, vendidos, comprados, expropiados de su humanidad.
El texto de Berger, por su parte, es sobre un hombre que descubre cada mañana que los ratones le mordisquean su hogaza de pan. Se propone obsesivamente reconstruir una ratonera vieja que termina funcionando. El primer día ve en la ratonera a un ratón, experimenta una incómoda satisfacción. Cierra la ratonera y la lleva caminando hasta muy lejos de la casa. La abre, y ve cómo el ratón sale corriendo. Al día siguiente pasa lo mismo, solo que en la jaula hay dos ratones. A tercer día, cuando ya está lejos y abre la jaula, el ratón está tan contento de salir corriendo, que le parece que vuela. Y el hombre ríe.
Después el pan comienza a estar entero. No hay más ratones. Y entonces inesperadamente el hombre lo exhibe porque se había encontrado sin querer con una emoción que no sabía que existía, y que era el acto de liberar.
Ustedes, estoy segura, comprenderán por qué está historia es una parábola que nos roza cerca. El acto de liberar en sí mismo es una recompensa psíquica que pertenece a un mundo que perdimos y deseamos.
Hoy millones de compatriotas son rehenes del desequilibrio y la maldad ajenas. Las marchas no conmueven al fascismo, lo envenenan. Serán más crueles. Poco a poco, pero ahora en agudo aceleramiento, la impaciencia debe mezclarse con la profunda emoción de liberar la Patria, nuestra ternura, la generosidad, las ganas, la risa, la esperanza en un mañana no sin estos ladrones solamente. Pensemos más alto. Ya que lo rompieron todo, rearmémoslo más justo.
Guido Piotrcowski


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