16/05/2026 Página 12 - Nota - Política - Pag. 2
Milei, el aborto y los enemigos imaginarios Dolores Curia Por Dolores Curia La noche del jueves, el presidente Javier Milei habló durante cinco horas. Dos horas y media en el streaming Carajo, con Daniel Parisini, conocido como el Gordo Dan, y otras dos horas y media en Neura. En ese marco, ofreció, entre otros temas, una interpretación de la caída de la natalidad como un efecto de la sanción de la Ley de Interrupción del Embarazo en Argentina -2020-. Pero sus afirmaciones contrastan con la realidad: los datos oficiales muestran que la baja de la natalidad, además de ser un fenómeno global, en Argentina se viene dando sostenidamente desde 1870. Tanto el Indec como el Ministerio de Salud de la Nación, además, señalan que si bien hubo un punto de caída muy pronunciado en el año 2014 –es decir, antes de la legalización del aborto–, el descenso de la natalidad es un proceso demográfico de largo aliento que responde a diversas causas, no culturales y sociales. Durante las entrevistas, Milei se ocupó en gran parte de apuntar contra la periodista Débora Plager. La tildó de “cómplice de genocidio”, “asesina” y “sorete” por haber defendido la ley de despenalización del aborto cuando se aprobó. Y terminó responsabilizándola por la caída de la natalidad y los problemas de financiación del sistema jubilatorio argentino. “¡Alguien le puede informar a Plager que es cómplice de asesinato? Cuando aparecieron los ocho niños muertos en el hospital [en referencia a la Clínica Santa María de Villa Ballester y a que se realizaban abortos en el marco de la ley]... Niños de siete u ocho meses. Ella se enoja con el jurista que defendía eso [el fiscal Santiago Bridoux]. ¿Ella cuenta que fue al Congreso a defender la ley del aborto?”. “Ella y todos los pañuelitos verdes son cómplices de todos los muertos que hay por abortos. Cómplices de asesinato en el vientre de la madre. Son asesinos, entonces, por defender la ley del aborto. Y yo pregunto cuál es su formación en temas de biología y bioética para ir a exponer siendo solo una periodista”, dijo Milei con la camiseta de Allen & Company, un fondo buitre que busca quedarse con Vaca Muerta. Es oportuno recordar que la interrupción voluntaria del embarazo fue una discusión profundamente democrática. Implicó años de debates públicos, participación social, evidencia científica, estadísticas sanitarias, testimonios y adherencias de figuras de la cultura y de gran parte del arco político argentino, y décadas de lucha del movimiento de mujeres local. La sociedad llevó adelante el debate sobre el tema, con un momento de especial intensidad entre 2018 y 2020, hasta convertir ese recorrido en ley. El consenso social que tuvo como corolario la sanción de la Ley no surgió de un capricho ideológico ni de una gran conspiración antinatalista –como aseguran muchas voces de la ultraderecha mundial–. Por el contrario: surgió de una transformación social construida con argumentos, estadísticas, experiencias concretas y una realidad imposible de seguir negando: las mujeres abortaban igual, sólo que las de los sectores populares tenían muchas más chances de morir al hacerlo en la clandestinidad. La noche del jueves entre las descalificaciones, teorías sin sustento y autoelogios que salían de la boca del Presidente, la caída de la tasa de natalidad entró a la conversación como uno de los temas principales. El objetivo era culpar al aborto por un fenómeno demográfico complejo. Sin embargo, los propios datos del Indec desmienten esa interpretación libertaria. La natalidad en Argentina viene cayendo desde hace más de un siglo: de 6,8 hijos por mujer en el año 1870 se pasó a 1,4 en el año 2022. Los datos del Ministerio de Salud de la Nación muestran que el descenso más pronunciado comenzó en 2014, seis años antes de la sanción de la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Las causas de este fenómeno, que no es exclusivamente nacional, son múltiples: mayor acceso a métodos anticonceptivos y educación sexual para toda la población, disminución del embarazo adolescente no intencional –que se logró gracias a políticas públicas que fueron desmanteladas por la actual administración– como el plan ENTA–. A esto hay que sumar la postergación de la maternidad en el marco de cambios culturales que involucran mayores grados de autonomía en los proyectos de vida de las mujeres. Dice el Indec: “En la Argentina, la disminución de la fecundidad se da en mujeres de todas las edades, pero principalmente entre las mujeres de hasta 20 años”. Por otro lado, “se espera un leve repunte de la fecundidad hacia mediados de la década de 2030, ya que las mujeres que postergaron su maternidad podrían tener hijos al llegar a una mayor edad”. El organismo del Estado a cargo de medir los datos estadísticos del país no está diciendo que Argentina se va a despoblar. Hay una mayoría de mujeres que continúan teniendo hijos, sólo que más tarde. Sin embargo el Presidente grita, al aire y visiblemente desencajado, análisis de este tipo: “vos necesitás una tasa de reproducción de dos, porque la mitad de la población son hombres y la otra mitad son mujeres. Si no tenés una tasa de dos —hijos por mujer— tu población se empieza a caer. Ese número en Argentina se cayó brutalmente. En temas de aborto, la sociedad argentina hizo un desastre”. Al hacerlos responsables de la baja de la natalidad y de una supuesta crisis previsional, el Presidente le agrega una carga moral negativa a los planes de vida que están por fuera de la conformación de la llamada familia tipo. Lo cual se vuelve aun más desopilante si se tiene en cuenta que esos han sido los planes por los que él mismo ha optado. Al igual que lo hizo, por ejemplo, su hermana Karina Milei o su principal referente en lo que la fuerza gobernante llama “batalla cultural”, Agustín Laje. En ese marco también se entiende la intervención del subsecretario de Políticas Universitarias, Alejandro Álvarez, quien declaró esa misma noche en referencia a los sindicatos docentes: “Ahora se quejan de que se cierran jardines, pero defendieron el aborto”. Milei celebró la frase en vivo. Es un argumento antiderechos clásico: presentar el acceso al aborto como desprecio por la infancia. En este caso el argumento fue usado para desacreditar cualquier reclamo educativo o social. Pero defender la interrupción voluntaria del embarazo como derecho –entre otros derechos civiles, sociales y económicos, como la educación pública, la salud y la ciudadanía plena– nunca implicó desentenderse de la niñez. Es justamente al revés. El ensañamiento –que adquiere formas específicas cuando el blanco son mujeres con voces públicas– tampoco surge de la nada. En esta oportunidad le tocó a Plager, pero forma parte de un fenómeno global de reacción frente a los avances de derechos de las últimas décadas. Una revancha impulsada por sectores que perciben esos cambios como amenaza a su posición de privilegio. En Argentina, Milei es el referente político que mejor logró canalizar ese resentimiento mediante un discurso que mezcla este tipo de disparates –fácilmente rebatibles con datos públicos–, con violencia, referencias sexuales degradantes y humillación permanente. Menciones: cpol2 cnot
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