16/05/2026 Clarín - Nota - Opinión - Pag. 31
España enojada Juan Cruz Ruíz Vivo en un país enfadado del que soy parte desde que nací. Tengo 77 años y soy periodista desde los trece. Mi pasión fue este oficio, a él me debo, y nunca lo he dejado de lado, ni siquiera cuando me pasé al otro lado de la vida del periodismo, que era la vida del editor. Trabajé para muchos escritores, algunos extranjeros, muchos latinoamericanos. Ese oficio me llevó a conocer, por ejemplo, a Mario Vargas Llosa, a Gabriel García Márquez, a Tomás Eloy Martínez o a Nélida Piñón. Por supuesto, esos encuentros me permitieron, además, conocer muy directamente a Carmen Balcells, que por otra parte era la mamá grande de todos ellos. Tomás Eloy Martínez está, a su pesar, en medio de una de las más entrañables, y difíciles, historias de mi vida con ellos, con todos aquellos a los que conocí, con los gabos y con tantos que hicieron de la lucha incruenta a favor del placer de leer. Y tiene que ver con Gabo, sobre todo con Gabo, que entonces, aquella tarde que velábamos a Tomás, no sabía, ay, que era Gabo, sino un muchacho mayor de Cartagena de Indias que jugaba con los viejos del lugar cuando Mercedes lo dejaba salir por las tardes. Estábamos en casa de Gabo y de Mercedes, pues, al final de un enero ya muy viejo, cuando se supo que había muerto en Buenos Aires el autor de Lugar común o la muerte, uno de los mejores libros de Tomás. Gabo no sabía ya, o había dejado de saber, quién era aquel amigo suyo que nos había dejado esa tarde de Buenos Aires, y andaba por la casa pidiéndole a la Gaba, Mercedes, su mujer, que le diera trabajo mientras los que estábamos allí nos ocupábamos de rendir memoria al amigo muerto. En uno de aquellos momentos Gabo se acercó a Mercedes: “¿Qué puedo hacer mientras ustedes hablan?” Mercedes le dijo que pidiera agua para los que estábamos allí hablando de Tomás. Él llamó desde un teléfono enorme, pidió el agua, la sirvió, y luego se sentó a mi lado y me preguntó: “¿De quién hablan?”. Yo le dije que estábamos hablando de Tomás Eloy Martínez, “que fue un gran amigo tuyo”. El énfasis quería ser un abrazo a los dos, al que fue y al que, junto a nosotros, no recordaba ninguno de los nombres de su vida. Fue para todos nosotros evidente que ya Gabo no recordaba nada, ni ese nombre propio ni nada. Pero aquella inteligencia que dio de sí, entre muchos otros libros, El coronel no tiene quién le escriba, se levantó de la silla para decir, cuando ya tuvo cerca las palabras que encontró: “Era el mejor de todos nosotros”. Desde entonces, ante situaciones parecidas, el más importante escritor del siglo XX en español siempre dijo la misma frase ante iguales circunstancias... Pues sí, he trabajado para muchos escritores, y como periodista, que es lo que sigo siendo, continúo con mi pasión por este oficio ayudándome de lo que sé hacer, más o menos: cuento lo que veo que ocurre, y a veces lo comento, teniendo en cuenta lo que es fundamental en este oficio: decir qué pasa sin dejar atrás las distintas obligaciones que se imponen en este trabajo. Eugenio Scalfari, el mejor periodista italiano del siglo XX, fue el primero que nos explicó en España la naturaleza verdadera del oficio. Éste decía que “periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. Se lo escuché decir en 1984 ante un grupo de periodistas en ciernes que se preparaba para ser la primera división de los aspirantes a trabajar en el periódico El País. Desde que escuché esa frase la repito como una cotorra, hasta ahora mismo. No hay consejo mejor: cuando sabes dilo, cuando no sabes, pregúntalo, y cuando no puedes hacer una cosa o la otra calla, haz lo posible por callar. Es decir, periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente, siempre que sea capaz esa gente de tener la sabiduría de explicarlo. Ahora mismo se observa, en España y en el mundo, en todas partes, que ha quedado obsoleta esa frase de Scalfari. No es que nuestro maestro haya sido desposeído de aquella pasión por la esencia misma del periodismo. Es que ahora mismo, aquí y en cualquier parte hay miles de millones de personas que creen que el periodismo es un objeto obsoleto, como de primera división, y eso causa un horrible descrito a lo que un día alcanzó su punto culminante, por ejemplo, con Todos los hombres del presidente.. Ahora, en mi país, en todos los países, domina un solo modo de defender el periodismo: éste que no hubiera avalado Scalfari, que es el periodismo unipersonal en virtud del cual lo que vale es lo que acaba de decir el que no sabe. Se agarran a la posible verdad sin aspirar al menos a la verdad posible, basada, como mandan los cánones, en lo que se sabe porque se ha indagado en ello o porque, por decirlo de esta manera tan nuestra, no hay más vuelta de hoja... En mi pueblo, que es Tenerife, donde nací casi periodista en una familia que vivió triste la guerra y tristísima la guerra que la siguió, ha ocurrido ahora algo que tiene que ver con esta trapacería que convierte en periodismo incluso lo que es evidentemente artificial. La autoridad local decidió recurrir a la Inteligencia Artificial para hallar la razón de un hecho que ha alborotado el mundo entero. Todo ocurrió precisamente frente a la casa que yo mismo habito (con muchísima gente) en la vida al sur de la Isla. Frente a la decisión del Gobierno de la Nación de disponer el mar que nos circunda por todas partes a las autoridades sanitarias del mundo para amainar el horrible porvenir de la desgracia de los que vagaban en un barco que tenía el rumbo de la incertidumbre, el líder local de las islas se dirigió a las autoridades mayores y a todo el mundo con una evidencia que no tenía prestigio pero que alcanzó enorme repercusión: aquel barco iba lleno de ratones, ¡cuidado! Ay, qué vida le espera al periodismo que fue. El barco, al fin, terminó su periplo triste, los afectados por aquella epidemia fueron a los países de donde habían ido a hacer su periplo, y ahora purgan la enfermedad o sus secuelas lejos de la tierra que me vio nacer. Ya no hay huella del mar en peligro, pero la gente no se olvida del aviso: ¡ratones en el mar! Este acontecimiento ha tenido unas consecuencias enormes en mi pueblo y mucho más allá, y se supone que en algún momento yo podré regresar a aquel mar sin acordarme de la diatriba lanzada por la autoridad local frente a la evidencia de las autoridades mayores. La destrucción de la isla que auguraban los que creyeron que los ratones iban a acabar con nuestros bienes y con nuestra salud no parece que se abra paso entre lo que puede pasar. Pero a veces tiene más porvenir un bulo que una información. ¿Había evidencia de que tuviera razón el edil? Parece que no. El periodismo ahora no está en manos de la razón, sino de ocurrencias como esta que, manejadas por quienes tienen más imaginación que informaciones, consideran que el periodismo no se basa en lo que ocurre y se sabe sino en lo que se inventa y no prospera. Lo peor en estos tiempos es también creerse, porque sí, lo que nadie ha comprobado porque para comprobar hay que estudiar, y de eso ahora no hay tanto. Más bien, no hay nada, sino pasión por acabar con el otro. Quien sea. Incluido también el periodismo. M Menciones: cnot
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