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10/05/2026 La Nación - Nota - Información General - Pag. 2

La Feria del Libro, reflejo "argento" de cómo somos
Pablo Sirvén

La Feria del Libro vuelve a demostrar en su edición N° 50, que está a punto de culminar, que es un artefacto de comunicación poderosísimo con una increíble relevancia mediática y virtual. Asombra ya antes de entrar: un ramillete de cuatro militantes veganos, usando la máscara de Anonymous y empuñando cada uno un pantalla donde se emiten escenas de violencia contra animales comestibles, no se sabe bien si está allí para aprovechar el flujo continuo de gente que deambula frente a Plaza Italia o porque llegaron demasiado temprano a la Exposición Rural del mes de julio.

Por su marcado eclecticismo, este inefable show de letras conviven marejadas de concurrentes de todas las edades de manera totalmente civilizada con algunos energúmenos que nunca faltan en algunas presentaciones de libros, como cuando, después de presentar su biografía, Guillermo Moreno terminó haciendo pogo con sus fanatizados seguidores.

Ya es todo un clásico, en los actos de apertura del evento, que traten de “pudrirla” de alguna manera.

Este año tampoco fue la excepción: el bullying grueso cayó sobre el secretario de Cultura, Leonardo Cife-lli y algún cascote también recibió el jefe del gobierno porteño, Jorge Macri. Y eso que ambos habían concurrido con nutridos séquitos fervorosos que, tan pronto se retiraron sus jefes, dejaron semivacía la carpa, justo cuando empezaba un coloquio con escritoras.

Como bien “argenta” que es, La Feria del Libro resulta avasallante y ruidosa. Es un pastiche de voces dispares y contradictorias; intolerables por momentos y queribles siempre.

Los contrastes de trazo grueso son una característica marcada: conjuntos musicales a todo volumen al aire libre; entusiastas danzas folclóricas en el pabellón de las provincias. Incunables literarios dialogan con baratijas de todo tipo; las voces de distintas emisoras radiales, que transmiten desde allí, superponen sus voces en los parlantes a todo lo que da.

Las grandes editoriales, que se expanden en stands gigantescos, pero igual atascados de gente, son vecinos de otros diminutos y modestos que nadie visita. Un erudito académico puede estar hablando en un salita semivacía, en tanto que en la enorme sala de al lado desborda de gente para cholulearle al best seller de moda.

Con motivo también de los cincuenta años del inicio de la última dictadura militar, en uno de los pabellones del predio ferial de Palermo se exhibe hasta mañana una muestra muy interesante titulada “Instrucciones para destruir bibliotecas”. Da cuenta de la fuerte censura que hubo hacia muchos títulos y de la persecución a autores y editores en aquella época. “Al extermi-nio físico de los cuerpos —reza uno de los textos incluidos en la exposición— se correspondió el arrasamiento simbólico del pensamiento y la creatividad.”

Es que se la agarraron especialmente con “cantidad de sellos pequeños y medianos que apostaban al debate y al desarrollo de pensamiento crítico. Sobre esos emprendimientos hizo blanco la represión”.

Hasta sufrieron cárcel algunos de sus dueños, como Daniel Divinsky y Kuki Miller, artífices de Ediciones de la Flor, que está cumpliendo sesenta años, pero que no cumplirá ni uno más porque cierra sus puertas. “Hoy el mundo editorial es un oligopolio dominado por grandes grupos”, explica Miller que, en los últimos años, perdió a manos de las dos editoriales más importantes de la Argentina tremendos long-sellers, como las obras de Fontanarrosa y Quino.

Obviamente que, sin la violencia de la dictadura, al engullirse pequeños y medianos sellos, en los últimos años las editoriales transnacionales pasteurizan y empobrecen la oferta de libros, que viene perdiendo variedad y profundidad. Y al mismo tiempo inundan cada mes las librerías con cantidades crecientes de novedades internacionales que un consumo muy deprimido no puede absorber. Así ahogan a aquellos libros que no arrancaron con un batacazo de ventas, que es lo único que atienden con carísimas campañas de difusión, mientras dejan a la intemperie a los demás, que son la enorme mayoría.

Basado en el libro El infinito en un junco, de Irene Vallejo, la editorial Tinkui lanzó El infinito en un juego, un mazo de naipes didácticos que cuenta la historia de la escritura desde que, 3500 años antes de Cristo, los sumerios hacían sus primerostrazos en pequeñas masas de arcilla, siguiendo por la aparición del papiro, el pergamino y el papel hasta la llegada de los primeros libreros en la Atenas del siglo de Oro de Pericles (V a. C.), la invención de la imprenta, en 1450, y la creación del PDF, en 1993, entre muchos otros hitos que posibilitaron que la cultura escrita no fuera territorio exclusivo de las elites, sino también para todo el pueblo.

La quema de libros, la prohibición de determinados títulos y la persecución de escritores es algo recurrente en la historia de los regímenes autoritarios.

“La bibliocastia —se lee en una de las cartas del juego— busca borrar la memoria cultural eliminando la diversidad de voces y saberes.”

Ya sin la necesidad de apelar a hogueras ni a mazmorras, el gran mercado editorial actual, solo obsesionado con impulsar los impactos de venta masiva, invisibiliza con gran empeño y sin levantar la voz al resto de los autores. Como se dice en otro naipe: “Los libros que nadie lee desaparecen silenciosamente.”


Menciones: Feria del Libro, Argentina, dictadura militar, censura, editoriales, libros, cultura, historia, regímenes autoritarios


#58387249   Modificada: 10/05/2026 03:45 Superficie artículo: 382.22 cm²
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