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09/05/2026 La Nación - Nota - Sup. Ideas  - Pag. 1

ENTREVISTA
Emmanuel Carrere «No estamos en la Tierra para ser felices, sino para comprender lo que nos sucede»
Gonzalo Garcés
En su último libro, Koljós, el escritor francés narra la historia de su madre y su familia, en una saga que va de lo íntimo a la gran historia

En octubre de2023,en París, en presencia del presidente Ma- cron, se celebró el funeral de Estado de Hélene Carrere d’Encausse. Era una historiadora famosa, autora de libros muy celebrados sobre la Unión Soviética, y había sido la primera mujer en ocupar el cargo de presidente vitalicia de la Academia Francesa.
Sentado en primera fila, su hijo Emmanuel Carrere puede haber sentido, por debajo de la pena y el duelo, una forma de liberación.
Hélene había sido una madre brillante, omnipresente, abrumadora; como suele pasar, su admiración y su amor por ella no habían excluido el rencor. Su éxito en la sociedad francesa, afirmó sobre ella en Una novela rusa, "se construyó sobre el silencio". Ella le había pedido a su hijo que no contara ciertas cosas mientras ella viviera; ahora podía hacerlo sin contrariarla. Casi tres años después, el resultado es la novela más ambiciosa de Carrere: Koljóz, que Anagrama acaba de publicar en la Argentina.
Sucede que la historia de Hélene y su familia es, también, la de buena parte del siglo XX. Hija de emigrados georgianos y rusos, la mujer padeció las consecuencias de la Revolución de Octubre antes de convertirse en su historiadora. En consecuencia, Koljóz es al mismo tiempo íntima y vasta, una novela atravesada por temas tan diversos como la aristocracia rusa en el exilio, la neurosis, el amor desdichado y sus repercusiones en los hijos, la reescritura de la Historia y la era de la posverdad. Escrita, además, durante la invasión rusa a Ucrania.
Carrere, autor de libros fundamentales como El Adversario o Limonov, logra acá una auténtica narración colectiva, al punto que muchos preguntan: ¿quién es el protagonista? ¿Su madre, su padre, él mismo? En esta charla por zoom (que integra el Proyecto Cyrano, un programa de formación continua de la alianza Francesa) le propongo otra hipótesis: es la familia. Más precisamente, la familia como una red de influencias mutuas de las que es imposible escapar. Carrere está de acuerdo: "Es una saga familiar", dice. "Cuento la historia de una familia a lo largo de cuatro generaciones, con figuras dominantes, y que lo son también en relación conmigo".
-Koljós era una expresión tierna que empleaba su madre, cuando ustedes se quedaban a dormir en su pieza. Pero tiene un significado histórico más siniestro...
-Es cierto, el koljós tiene ese uso privado y encantador, que expresa lo mejor que puede ser la familia. Pero también remite a la historia de la Unión Soviética. Como usted dice, una historia asociada a la coacción. Eran grandes explotaciones agrícolas, en las que los campesinos estaban privados de toda libertad. El resultado, como todo en la Unión Soviética, era que funcionaban muy mal.
-Se puede decir que la historia empieza con su abuelo georgiano, Georges Zourabichvili. Usted lo pinta como un personaje cercano al hombre del subsuelo de Dostoievski: su orgullo, su amargura, su convicción de ser alguien excepcional... -Y no reconocido, sí. Esto se apoya en las cartas de mi abuelo, que mi tío me hizo leer. Es exactamente el tono de Apuntes del subsuelo. Esa especie de rumiación, de amargura, de paranoia. Mire, a mí me aplicaron un diagnóstico de trastorno bipolar. Y eso encaja increíblemente con ese desdichado abuelo. Fue un hombre muy infeliz. Me cuesta encontrarlo simpático. Pero mi madre lo amó muchísimo. En el fondo, ella construyó su extraordinario éxito social, su extraordinaria integración a la sociedad francesa, contra esa condición de paria de su padre.
-Usted se reconoce en el carácter de Georges, pero tuvo un destino muy distinto. ¿Qué hizo la diferencia? -Mi abuelo quedó atrapado en una tormenta histórica. Yo crecí como un joven burgués francés, entregado a mis neurosis, pero en absoluto afectado por el curso de la historia. Por otro lado, los hermanos de mi abuelo se integraron muy bien a la sociedad francesa; fueron ejemplos de la meritocracia republicana. Mi abuelo era la oveja negra. Un hombre muy inteligente, pero sin un talento creativo que le permitiera transmutar las dificultades, hacer algo con ellas. Yo tiendo a pensar que no estamos en la Tierra para ser felices, sino para comprender lo que nos sucede. Y el hecho de escribir permite sacar partido de esas pruebas.
-Hablemos de su padre. En varias de sus novelas reaparece esa figura de un hombre ignorado por todos, que sin embargo es esencial para la historia.
-No pensé en un personaje arquetípico. Solo pensé en mi padre. Y esa fue para mí la feliz sorpresa de este libro: iba a ser sobre mi madre, que era una figura imponente, alguien por quien yo sentí un profundo amor. Y rencor, al mismo tiempo. Pero no sabía qué decir sobre mi padre; y con el correr del libro, conquistó su lugar. Había dejado documentos, investigaciones genealógicas sobre la familia de mi madre. Él amó a esa gente, a esa aristocracia caída, con un amor que me parece bello, aunque tuviera una parte de esnobismo. Pero un esnobismo noble, que se dirigía a un mundo derrumbado, donde lo admirable era la pobreza.
-¿Eso amaba su padre en su madre? ¿Cierta idea romántica de la nobleza rusa en el exilio? -Por un lado, cuando uno ama a alguien, ama a la persona individual. Pero para mis padres, es cierto, hubo también una especie de gran sueño que el otro representaba. Para mi madre, era F rancia. Y mi padre, por su parte, amó a mi madre porque era irresistible, sí, pero también porque representaba ese sueño algo quimérico que ocupó toda su vida.
-La historia de amor entre ellos es desdichada. Ella tiene un amante, piensa dejar a su padre; al final acepta quedarse.
-Se lo hizo pagar toda su vida, hasta su muerte. -¿Por haberla obligado a quedarse? -Sí, y mi padre lo aceptó. No tenía demasiada opción. Él la amaba de manera incondicional y pagó el precio más alto. Y a la vez, no habría cambiado su lugar por ningún otro. Es algo que hace de esa vida, que fue tan muda y tan secreta, un destino. Mi madre fue el destino de mi padre.
-A partir de ese momento, Hélene se vuelve dura y fría.
-Se endureció, eso seguro. El espectacular éxito intelectual y social de mi madre siguió a esa renuncia a la vida amorosa. ¿Conoce esa frase de Chateaubriand que dice que "la gloria es el duelo resplandeciente de la felicidad"? Se aplica a esos vínculos.
-Usted escribe: "Estoy dispuesto a todas las crueldades con tal de no seguir a mi padre en el infierno del abandono".
-Es verdad: yo fui testigo y rehén, cuando tenía once o doce años, de ese episodio central de la vida de mis padres. Fue determinante para mí. Esa mirada de mi madre que se aparta, esa angustia de mi padre con la que no quiero identificarme... Todo eso construyó una sensibilidad amorosa, una manera de situarse en las relaciones, que no funciona del todo bien. Me gustaría ser alguien más equilibrado en ese terreno.
-También menciona a Freud. Dice que su intuición más profunda fue que aquello que se jugó en nuestras relaciones infantiles con nuestros padres, lo reescenificamos después con otros apegos. Es una idea inquietante: nos enamoramos porque reconocemos en el otro algo familiar, pero no necesariamente bueno. A veces nos enamoramos del modo en que nos hacen sufrir, porque nos recuerda algo de nuestra infancia.
-Por supuesto, uno se enamora también para reproducir un nudo neurótico. Y sin querer extenderme demasiado sobre el asunto, yo mismo lo experimenté a menudo.
-¿Qué hacemos entonces con el romanticismo, con la idea misma de la pasión amorosa? ¿Hay que desconfiar de ella? -No es incompatible. Es como si usted me preguntara: "¿Hay que desconfiar de la vida porque vamos a morir?" Es así: nuestros apegos, nuestras pasiones románticas, incluso las más fervientes, pueden tener bases inconscientes, dolorosas, irresueltas. Eso no impide que el amor exista. Que pueda ser verdadero, que pueda no ser solo un extravío.
-Usted dice que la Rusia de hoy le dan ganas de buscarse otras raíces.
-Lo inquietante en la historia de Rusia es que nunca conoció la libertad. El único momento que puede asimilarse a una democracia fueron los años 90, en tiempos de Yeltsin, y el resultado es que la palabra democracia en Rusia es sinónimo de pobreza, de gangsterismo, de humillación.
-Los demócratas rusos siempre fueron una pequeña minoría.
-Minúscula. Eso recorre la historia rusa: el conflicto entre eslavófilos y occidentalistas. Los segundos soñaron con una Rusia orientada hacia Europa, hacia las Luces. Era Catalina II, era Pedro el Grande. Los que querían arrancar a Rusia de su atraso asiático. Y los eslavófilos, por el contrario, creen que ese atraso asiático es la identidad de Rusia. Cuanto más sufres, más ruso eres. Mi madre apostó mucho al occidentalismo de Rusia. Trataba de persuadirse de que el fin de la Unión Soviética empujaría a Rusia del lado de Europa. Creo que eso la llevó, al final, a ser demasiado indulgente con Putin.
-Otra constante de la política soviética fue la tendencia a reescribir la historia.
Y en su libro, su tío Nicolas relaciona eso con el carácter de su madre. Lo cito: "Hélene no es solamente una historiadora de la Unión Soviética, es una historiadora soviética".
-Es cruel y gracioso, pero hay verdad en eso. No deja de ser una elección curiosa por parte de mi madre, que era hija de emigrados rusos, convertirse en especialista de la Unión Soviética. Además, lo hizo en un momento en que la in telligen tsia francesa estaba muy compuesta por compañeros de ruta. Era la época en que Sartre decía: "Un anticomunista es un perro". -¿Está sugiriendo que en su madre, al tiempo que lo rechazaba, sentía cierta fascinación por ese modo soviético de reescribir la historia? -Lo cierto es que le gustaba reescribir las cosas a su antojo. Al mismo tiempo, analizaba muy bien eso que, en mi opinión, es el centro de la experiencia soviética, y que está en esa frase de Piatakov, el compañero de Lenin: "Si el Partido te dice que lo blanco es negro y lo negro es blanco, hay que creerlo". Todo eso mi madre lo tenía claro. Cuando escribí un pequeño ensayo sobre la ucronía, es decir, sobre la reescritura de la historia, ella me hizo tomar conciencia de que no se trataba solo de ficciones, sino de un motor de los sistemas totalitarios. Así que era ambivalente en eso: podía analizar lúcidamente esa tendencia soviética a la mentira y, al mismo tiempo, la practicaba.
-Y en todo esto, ¿cuál es el papel del novelista? ¿Es restablecer una suerte de verdad, si es que existe? ¿O sólo añadir una nueva reescritura? -Hay una frase de Kafka que adoro: "Soy muy ignorante, pero no por eso la verdad deja de existir". Tengo la impresión de ser alguien que aspira muy fuertemente a la verdad, lo cual quiere decir... [Piensa]. ¿Qué quiere decir la verdad? No es la verdad fáctica, sino más bien una relación verdadera con el mundo. Y al mismo tiempo, estoy enredado en una genealogía de las mentiras. Hay una noción de lo verdadero, cuyo contenido no sé muy bien cuál es, pero que es central en mi vida y en lo que hago como escritor. Ahora bien, en mi escritura eso se confunde con la sinceridad. Sin embargo, la sinceridad no es la verdad. Uno puede ser sincero sin ser verdadero en absoluto.
-Pero ya es, al menos, la confesión de la propia ignorancia.
-Sí, eso es. Para mí la sinceridad en lo que escribo, sobre todo cuando escribo a partir de mi vida o de cosas cercanas, es una especie de mínimo indispensable. Al mismo tiempo soy el juguete de mis propias ignorancias, de mis propias incomprensiones. Aun así, intento perforar esa capa. Pero soy consciente de que es una tarea infinita.
-Usted relaciona esta cuestión de la verdad con Philip K. Dick. Dice que el mundo de Dick se ha convertido en la descripción más exacta de nuestro mundo.
-Parece evidente. Incluso personajes como Trump o Musk parecen personajes de Dick. Y luego está esa desaparición de lo real bajo sus representaciones. En definitiva, Trump teorizó, si puede usarse esa palabra en su caso, acerca de esas verdades alternativas, como se las llama ahora. También había algo del mundo de Dick en una película como Matrix, que tuvo mucho peso en la cultura actual. Por ejemplo, esos ideólogos que están detrás del MAGA, son gente que toma de Matrix la idea de la píldora azul o la píldora roja. Son los que nos dicen que vienen a traernos la píldora roja. -¿Y la guerra en Ucrania? Usted dice que de todos los hechos históricos de los que fue testigo, ninguno lo apasionó tanto.
-Lo que está en juego en términos históricos es importante, porque pienso que, en definitiva, los ucranianos son nuestra barrera defensiva. También hay una dimensión personal, ligada a la representación de Rusia en mi familia. Lo seguro es que la guerra en Ucrania modificó el rostro de Rusia para mí. Y no para mejor. Expuso una dimensión que yo había minimizado, porque me gustaba esa cultura del exceso que representa Rusia. Tomé conciencia de estas cosas en la primavera de 2022, cuando, por un azar asombroso, me encontré en Moscú al comienzo de la guerra.
-Dice que Ucrania es la defensa de Europa frente a Rusia. ¿Cree en un enfrentamiento entre las fuerzas de la OTAN y Rusia en el futuro? -Sabe, las cosas en las que uno no cree. Yo tampoco creía en la invasión de Ucrania. Pueden ocurrir muchas cosas en las que uno no cree. Pienso que el poder ruso está en una lógica que, desde nuestro punto de vista, es totalmente loca.
-Si tuviera que elegir una frase de su libro, quizá sería ésta que le dice su amigo Hervé: "Estás escribiendo un libro de piedad filial. Si no pierdes de vista esa piedad, si es tu brújula, será tu mejor libro". ¿Qué puede aportarle a una novela la piedad filial? -Hervé citaba algo que vuelve todo el tiempo en Confucio. Cuando era joven, Confucio me parecía conformista, aburrido, pero le fui tomando el gusto. Habla mucho de la importancia de la piedad filial. Y al escribir este libro sentí que había algo. Quizá hacer un pequeño monumento, una pequeña lápida. Y que eso debía estar guiado por cierta benevolencia. Antiguamente, la gente pensaba que uno, después de la muerte, llega ante San Pedro y entonces se sabrá si será admitido en el paraíso. Y uno decía: "Escucha, San Pedro, fui un pobre diablo miserable, hice tonterías, hice daño. Pero también fui esto otro". Y eso otro es el rostro de un niño. Y eso es lo que merece entrar. Y aunque haya contado sobre mi madre, sobre mis padres, cosas no muy simpáticas, aun así traté de mostrar un poco ese rostro. Eso es todo.



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