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09/05/2026 Clarín - Nota - Información General - Pag. 31

Sol Gallego, periodista de todas partes
Juan Cruz Ruíz

U nciando el diario El País de Madrid dio por terminados los festejos con los que celebró sus cincuenta años, este último fin de semana, una de las grandes periodistas de su equipo, la más respetada de la prensa española, Soledad Gallego Díaz, murió en un hospital de Madrid. Tenía 75 años y padecía cáncer.
Ella hubiera querido asistir al último festejo de su periódico, que se celebró el lunes en Barcelona, pero el cáncer que sufría le impidió el propósito. Así que Sol murió al día siguiente de las fiestas a las que quiso asistir y a cuya historia pertenecía. Ella fue, en los albores de la democracia española, la que develó lo que iba a ser el futuro democrático de España. Jamás se vanaglorió de ello y nunca hizo otra cosa, pudiendo hacerlas todas, que escribir periodismo.
Era una maestra, como Almaguillermo Prieto, por ejemplo. Sol jamás se vanaglorió de lo que había conseguido para El País y para el periodismo. La consternación que siguió a su muerte, en el periódico al que perteneció cerca de medio siglo, y en la sociedad española, ha sido inmensa.
Era una periodista fuera de serie. Fue directora del periódico, y había sido corresponsal en muchos países, entre ellos Buenos Aires (2009-2011), donde dejó la huella de sus crónicas y la pasión de contar la vida de un país que la fascinó. Su modo de preguntar, su pasión por darle a la duda su prestigio, convirtió su firma en un ejemplo que pasó a las escuelas de periodismo y también a la obligación de consultarla (en lo que escribía, en lo que dudaba) para saber cuáles eran los límites del oficio. Ella siempre optó por la duda, para alcanzar la ligereza que propicia la convicción de que nada es verdad del todo.
Su trabajo en Argentina explica, en este caso, el valor de su arrojo, su capacidad de búsqueda, y el sentimiento de su curiosidad, que la hizo entrar en todos los vericuetos de una nación tan extraordinaria como el que le dio cobijo cuando El País la envió a explicar qué pasaba en Argentina.
De ese largo viaje a conocer el sur trajo a España no sólo conocimiento sino admiración. Quien fuera entonces su amigo, Jorge Fernández Díaz, me dijo, cuando supo de la muerte de Sol: “Fue una gran periodista, y tal vez la mejor corresponsal que tuvo El País en la Argentina, y eso que tuvo muchos y muy buenos. En medio de la grieta política que se vivía y la radicalización del kirchnerismo, ella se mantuvo ecuánime y sensata, y nunca dio nada por sentado”.
“Desde que llegó a Buenos Aires”, dice Fernández Díaz, “me buscó para consultarme quién era quién, y nos hicimos amigos. La atacaban los kirchneristas desde la televisión pública (la llegaron a hostigar en el programa 678, que hacía patrullaje ideológico con dinero del Estado y a órdenes del gabinete nacional de los Kirchner)”.
Era fanática de una sección de crónicas sobre héroes desconocidos que escribía Jorge y publicaba los sábados en La Nación.
“Una vez mostró una carpeta donde guardaba cuidadosamente en papel todos y cada uno de aquellos textos. Luego nos vimos muchas veces en Madrid y alguna vez en Córdoba (Argentina), donde compartimos panel en el Congreso de la Lengua. Becado en París recibí la noticia de que la habían nombrado directora de periódico y la llamé. Me dijo: “Te necesito cerca”. Me pidió que leyera El País de cabo a rabo y le diera mi opinión sobre qué innovaciones podía proponer como directora”.
Jorge le escribió, “solo por amistad”, dos informes largos. “Era una periodista cabal y rigurosa que detestaba las estridencias de la época. Cumplió su misión como directora de orquesta y siguió siendo una gran solista. Y se fue con discreción profesional, como había vivido. Se echarán mucho de menos su voz firme y su opinión matizada”.
Lo que dice de ella el gran escritor y periodista argentino lo firmarían ahora todos aquellos que la trataron también en España, en cualquier sitio del mundo. Cuando fue nombrada directora de El País, en 2018, acudió al día de su estreno (un sábado) sin tener aun un sitio preparado.
Se fue a la parte más ruidosa de la redacción y desde allí organizó lo que iba a ser el futuro del periódico que, años atrás, la había dejado en la calle por esas historias que pasan en los diarios. Su alma nunca dejó El País, y ahora se le recuerda como la mujer que jamás dejó de querer el oficio que la llevó a ser leyenda desde que tenía dieciocho años.
Su viaje argentino es legendario. Por su respeto al lugar al que fue como si se fuera a trasplantar, por su pasión por conocer. Cuando Ernesto Sabato iba a cumplir los cien años y la naturaleza avivó su muerte, Sol escribió un bellísimo obituario que parecía sacado del aire anglosajón del que se nutren los buenos periodistas cosmopolitas: “Ernesto Sabato, el gran escritor argentino autor de Sobre héroes y tumbas y El Túnel, pero también el hombre atormentado y horrorizado que presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de personas (CONADEP), falleció en la madrugada de ayer sábado, dos meses antes de cumplir los cien años. Sabato, que iba a ser objeto hoy de un homenaje en la Feria del Libro de Buenos Aires, padecía un ronquitis que no pudo superar, según anunció su compañera, Elvira González Fraga. El velatorio se realizará en la localidad de Santos Lugares, a cuarenta kilómetros de la capital porteña, donde tenía su domicilio”.
Sol Gallego era, lo fue hasta el final, una gran intérprete de un libro de estilo universal: el que jamás se salta la obligación de explicar todo aquello que forma parte del verso en el que se deposita la pasión por contar.
Sus entrevistas, así como sus reportajes, fueron siempre testigos de su pasión por lo que ocurre y por la curiosidad que la obligaba a no dejar nunca al garete lo que se sabe y no se ha de ocultar.
En Argentina, pero también en cualquier parte, jamás dejó de lado esa pasión con la que contagió después, cuando fue la directora de El País, a los que aprendieron de ella.
Hizo, por ejemplo, su crónica de una de las excentricidades de Maradona, cuando éste posó para la vida como “un entrenador grosero a quien pedir cuentas”. Escribió Sol el 16 de octubre de 2009, recién llegada a su trabajo de corresponsal en Buenos Aires: “El protagonismo de Diego Armando Maradona en el fútbol argentino es total. Ni tan siquiera la victoria frente a Uruguay en el último partido de clasificación (0-1 en el estadio Centenario de Montevideo, gol de Bolatti) y el paso al Mundial de Sudáfrica han permitido que el foco se corriera hacia Verón o Demichelis, que salvaron el partido, o al inesperado goleador, Mario Bolatti.
El seleccionador, Maradona, atrajo toda la atención hacia sí mismo con unas explosivas y groseras declaraciones, insultando a quienes se habían atrevido a criticar su manejo de la selección. “Tengo memoria, hermano, al que no creía, a los que no creyeron, que la chupen y la sigan chupando”, lanzó en una rueda de prensa retransmitida a todo el mundo y que ha aumentado todavía más el malestar por su actuación al frente de la albiceleste”.
Ella era del Atlético de Madrid, que cayó ante el Arsenal inglés la noche misma en que ya no pudo más esta mujer inolvidable…
Y cuando murió Mercedes Sosa (a los 74 años) esto le dijo Sol a los españoles que leían contando la vida de un país al que tanto amó: “En los últimos tiempos, cansada y enferma, aseguraba encontrarse feliz, rodeada de afecto… “Tengo suerte”, decía, “...pero me ha costado mucho”.
Mercedes Sosa luchó hasta el final. Sol Gallego, la más potente del periodismo español, cumplió con la misma lucha e hizo del periodismo un abrazo extraordinario, lleno de coraje y de potencia. Era una mujer fuera de lo común por la que vale la pena llorar.


Menciones: cnot


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