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09/05/2026 Clarín - Nota - Política - Pag. 2

La intolerancia a la pregunta que el oficialismo no redactó
Miguel Wiñazki

Hay una utopía política permanente, una droga alucinógena que es una enfermedad profunda de los gobernantes en general: la paranoia, la suposición de que toda información es una operación. Es un fantasma que merodea las mullidas poltronas de casi todas las casas de gobierno del planeta, recorre y corroe la mentalidad de la clase política murallada en sí misma, que casi sin fisuras piensa y evalúa que no hay datos ni hechos, sino confabulaciones perpetuas.
¿Qué se entiende por operación? Una distorsión de la verdad difundida para perjudicar a un referente político, a un gobierno, a alguna dimensión del poder. En tiempos de campañas de desacreditación permanente del periodismo, cabe indagar en las raíces psíquicas masivas del agravio sostenido a la información.
La paranoia se mudó del diván al atril, del expediente clínico personal al discurso público cuasi universal.
Algunos se escudan en una paranoia simulada para protegerse de la corrupción que practican o que permiten practicar a su entorno.
Otros son sólo paranoicos, igualmente dañinos.
Es que la paranoia lisa y llana es una de las formas de la corrupción psíquico-política.
Ese delirio organizado y coherente que Freud diagnosticó con minucia entomológica encontró un hábitat extendido: la política contemporánea.
Allí prospera, se reproduce y se contagia.
El paranoico no es un loco vulgar. Es un teólogo invertido: cree, organiza, sistematiza. Construye con paciencia de arquitecto surrealista un edificio donde cada ventana se abre al mismo paisaje, el del enemigo. Su delirio tiene método, su miedo tiene sintaxis.
Para contrarrestar a sus fantasmas, los gerentes de turno en las alturas del poder no necesitan territorio: les bastan las redes. No necesitan policía secreta: les bastan las turbas digitales.
No necesitan propaganda monolítica: les alcanzan un algoritmo y una o mil rabietas.
La paranoia es, antes que nada, una contabilidad del poder. Una economía del afecto que reduce el mundo a una sola moneda: la sospecha. Todo se cambia en sospecha, todo se mide en traición. Un disenso no es un disenso: es una conjura.
El periodismo crítico no es periodismo crítico, sino un brazo armado del enemigo.
Una institución autónoma no es una institución autónoma: es una cueva. Una pregunta incómoda no es una pregunta: es una emboscada. El paranoico no admite el matiz porque el matiz es su antagonista clínico.
Carl Schmitt, el tan controvertido jurista alemán, formuló el manifiesto silencioso de toda paranoia política: lo político se constituye en la distinción amigo-enemigo. Lo que Schmitt dejó implícito —y lo que el paranoico explicita hasta el delirio— es que si el enemigo no existe, hay que inventarlo.
Sin enemigo no hay tribu. Sin amenaza no hay grey. No hay secta. La paranoia es la fábrica permanente del adversario: una usina ideológica que trabaja las veinticuatro horas para asegurar el suministro de agravios, la terapia del paranoico.
La paranoia funciona como un escudo frente a la contradicción.
Así los gobiernos se vuelven sectarios. Y sus seguidores aunque sean mayoría también.
Sectas masivas.
Los regímenes totalitarios prosperan sobre la soledad organizada de las masas. La paranoia contemporánea es la versión light, democrática, electoral del mecanismo.
Es el soft power de la locura que se percibe siempre hostigada.
Hay una evidencia clínica visible. El paranoico en el poder presenta síntomas reconocibles: hipersensibilidad ante la crítica, alergia al disenso, hipertrofia del yo, atrofia del oído, el imperio de los ojos cerrados a la diferencia, megalomanía travestida de épica, victimismo travestido de coraje.
Se siente perseguido cuando le hacen una pregunta. Se siente conspirado cuando pierde una elección parcial. Se siente injuriado cuando lo describen.
Se siente atacado cuando le proponen dialogar. El periodismo le resulta intolerable no porque mienta —el paranoico, en el fondo, sabe que muchas veces no miente— sino porque, sencillamente, existe.
La paranoia funciona como un escudo frente a la contradicción. Si los medios lo critican, conspiran. Si los jueces lo investigan, conspiran. Si los economistas lo cuestionan, conspiran. Si los aliados se distancian, conspiraban desde siempre. Si los datos lo contradicen, la información está adulterada. El paranoico tiene siempre razón porque construyó un sistema en el que no puede tenerla. Su tragedia —y la de quienes la padecen— es que la realidad nunca le interrumpe el monólogo.
Pero la enfermedad no se queda en el dirigente. Es contagiosa.
La masa es un cuerpo en el que cada uno entrega su miedo a cambio de una pertenencia profunda. La paranoia ofrece exactamente eso: alivio identitario y cambio de abdicación reflexiva. Quien adhiere al discurso de la tribu dominante ya no tiene que pensar. Se diluye el pensamiento individual y el mundo se ordena. Millones se mimetizan camaleónicamente con la cosmovisión dominante y los matices les resultan tan repulsivos como al líder. La masa paranoica no necesita órdenes: ha incorporado al inquisidor.
¿Qué se le opone? La información; desde la Ruta del dinero K hasta los cuadernos de Centeno: el dato terco, fechado y verificable, que ningún delirio logra eclipsar del todo.
La paranoia es enemiga de la duda porque la duda introduce un grado de libertad allí donde aquella exige adhesión total.
El miedo y la esperanza son las dos cuerdas con las que se gobierna a los esclavos.
La pregunta final no es por qué hay líderes paranoicos. Los hubo, los hay y los habrá. La pregunta urgente es por qué hay sociedades que los necesitan. Por qué pueblos enteros prefieren un delirio compartido a una verdad incómoda.
Por qué la ficción del enemigo resulta más confortable que la responsabilidad democrática.
Es una peste socio política, el Hantavirus del poder y de las masas, que encierra a millones en un crucero de la confrontación.
Quizás porque la paranoia, además de una cruel enfermedad, es una forma terrible y tentadora de consuelo. Quizás porque pensar duele más que odiar.
Quizás porque el delirio, al menos, ofrece compañía.
El insulto cumple hoy la función que antes cumplía la censura: ahorra el trabajo de argumentar.
La Argentina conoce bien esta liturgia. La padecimos bajo un signo político, la sufrimos ahora con el contrario.
La paranoia no es de izquierda ni de derecha: es la sintaxis íntima del poder alterado, cualquiera sea su superficie ideológica. Y se reconoce siempre por el mismo síntoma: la intolerancia a la pregunta que el oficialismo no redactó.


Menciones: cnot


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