03/05/2026 La Nación - Nota - Política - Pag. 1
La forzosa reinvención de Milei Jorge Liotti ANÁLISIS La forzosa reinvención de Milei Jorge Liotti LA NACION- La presentación de Manuel Adorni en el Congreso dejó una serie de imágenes emblemáticas, explicaciones pobres sobre su patrimonio y una sensación de puesta en escena donde cada actor tenía un rol, que cumplió sin desvíos. Continúa en la página 38. El funcionario se ciñó al guion que había diseñado con su equipo y el de Karina Milei, más el aporte del ex Santiago Caputo y su extensión Legal y Técnica. Martín Menem, junto con los referentes del bloque libertario, se ocupó de que los diputados no exacerbaran los ánimos y de que la militancia en los palcos no entrara en la riña y el griterío. El Presidente arrastró a todo el gabinete para darle su apoyo político. Incluso la oposición peronista se mostró mayoritariamente moderada, en un evidente intento por esquivar la actitud sediciosa que mostró en otras sesiones sensibles. Hay unanimidad en el oficialismo en que el objetivo se logró: Adorni no sufrió sobresaltos en una sesión en la que no había nada para ganar, y la prioridad era evitar un traspié que agravara su situación. Hacía mucho tiempo que no estaban todos tan ordenados en el oficialismo detrás del mismo objetivo. Sin embargo, detrás de la escenografía montada, quedaron en evidencia dos realidades que explican las tensiones que invadieron al poder libertario en el fatídico bimestre marzo-abril. La primera de ellas estuvo simbolizada en el hecho de que, por primera vez, el Gobierno, con Milei al frente, concurre al Congreso a dar explicaciones, no a exigirlas. El mismo presidente que evitó hablar en su recinto al asumir y prefirió darle la espalda, ahora fue voluntariamente a respaldar a su funcionario frente a lo que él había definido como "nido de ratas". Y en este cambio de papeles aparece una dificultad natural, porque Milei irrumpió en la escena política para interpelar, para señalar a la casta, para encarnar el profundo descontento social con una dirigencia incapaz de trazar un horizonte de progreso. No es una figura preparada para explicar, para convencer, para hacer docencia. Esa mutación de roles surge de las dificultades que enfrenta el Gobierno en los dos mandatos principales que recibió al asumir el poder: recomponer la economía y sanear moralmente la política. El repunte inflacionario y Adorni pusieron en peligro esa narrativa. Pero fundamentalmente colocaron a la gestión libertaria en el centro de la agenda. Pierde fuerza el debate sobre el desastre económico heredado del último gobierno peronista y cobra más relevancia los interrogantes sobre el plan de Milei y Luis Caputo. La astronómica corrupción kirchnerista con las obras públicas y las valijas de dólares ya parece sorprender menos y les cede protagonismo a las pequeñas manualidades contables con departamento en Caballito y créditos hipotecarios del Banco Nación. El eje empieza a rotar del pasado al presente. Estos giros mantienen tensionado a un gobierno que ha hecho de la inestabilidad un modo de gestión. Vive en una montaña rusa constante que oscila cada dos o tres meses entre momentos de éxitos y períodos de desconcierto. El ministro Caputo fue quien expuso la necesidad de un rápido acuerdo político que galvanizara el plan económico y mostrara una señal que convenciera al mercado de que el rumbo no solo es correcto, sino que es compartido con un grupo de gobernadores y una mayoría del Congreso. Lo hizo en una reunión de la mesa política de hace un mes, pero después, enojado porque LA NACION reveló su contenido, comunicó a sus pares que no concurriría más por entender que el ámbito no era lo suficientemente reservado (curiosa reacción, porque en las redes había dicho que la información era falsa). De hecho, no volvió a participar. El día de esa reunión, fue Karina Milei quien expresó su disidencia y dijo no estar dispuesta a ir a un acuerdo general con los gobernadores. Ese contrapunto entre el ministro y la secretaria general no se resolvió. Incluso en las últimas semanas hubo versiones dentro de la propia Casa Rosada de que el vínculo entre ellos se había enfriado de forma más notoria desde entonces. Pero, más allá del juego de las relaciones personales (que en este gobierno son más gravitantes de lo recomendable), la conversación quedó obturada hace un mes. "Toto intentó abrir un debate interno, pero el resultado fue que Karina se cerró inmediatamente. No está dispuesta a darle aire a esa discusión porque entiende que la definición de la política es su territorio", resumió alguien que siguió de cerca esa interacción. En el Gobierno germina un optimismo, cargado de deseo, pero del mismo tiempo con cierto fundamento, de que a partir de mayo podrá recuperar el control de la agenda perdida. En parte porque piensan que tras la presentación en el Congreso, Adorni va a poder regresar a la vida civil (aunque políticamente devaluado) y que eso le permitirá retomar una dinámica más activa, tanto en la gestión diaria como en la visibilización pública, por ejemplo, para que los ministros vuelvan a la televisión, de la cual se apartaron para evitar hablar siempre del mismo tema. En paralelo, las consultoras privadas prevén un claro descenso de la inflación en abril, lo que le permitiría al Gobierno retomar esa bandera. También se espera el ingreso de los dólares de la cosecha gruesa, con lo cual el panorama cambiario se mantendría bajo control. Y en el plano legislativo buscan dinamizar algunos proyectos en el Congreso, como la reforma electoral (admiten que no tienen número para la eliminación de las PASO y está en duda si tienen los votos para quitarles la obligatoriedad), el proyecto de "inviolabilidad de la propiedad privada" y los pliegos de los jueces. Acción y buenas noticias para dar vuelta la página del bimestre aciago. La representación vacante La segunda realidad que quedó en evidencia en la sesión del último miércoles, muy vinculada con la primera, es que Milei atraviesa un momento de particular agitación. Desde hace semanas quienes más lo conocen admiten que tiene menor disposición al diálogo y a la escucha, que está más encerrado y también más irascible. Algunos personajes que compartían su afecto dejaron de frecuentarlo. "Javier de golpe está bien y de pronto le agarra un enojo violento. No entiendo por qué se le enciende tanto odio, como si fuera una reacción de impotencia o de bronca muy fuerte", lo describió una figura central del staff libertario que mantiene trato frecuente con él y que detectó el cambio de humor presidencial. Para algunos miembros del oficialismo, responde a la imposibilidad de mostrar los resultados que desearía en materia económica. Otros, en cambio, lo atribuyen a la mutación de su entorno (la salida del componedor Guillermo Francos, el desgaste de Santiago Caputo), que ahora quedó determinado casi exclusivamente por su hermana Karina, sin otro contrapeso. En público se vieron algunos retazos de ese Milei iracundo. Su breve y violenta agresión a los periodistas cuando se retiraba el miércoles del Congreso fue una exhibición de la carga emocional que arrastra. Pero el problema de fondo no es solo que se expone más intolerante en cada mensaje público, sino que al mismo tiempo empieza a exteriorizar una falta de empatía social no aconsejable en un momento de reciente sensibilidad. Y esta semana hubo dos episodios en esa línea. El primero, cuando en el discurso en la Fundación Libertad se ubicó a él mismo como al que peor le fue en materia económica desde que asumió porque se congeló su propio sueldo. Es verdaderamente un ejemplo el de Milei, porque ningún presidente antes había adoptado semejante medida. Pero ese mensaje que fue un activo simbólico de austeridad en la primera etapa de su gestión hoy puede lucir excesivamente autorreferencial frente a una sociedad que demanda que preste atención a sus propios padecimientos y que den respuestas a sus preocupaciones más cercanas. El mismo razonamiento apareció detrás del video oficial por el Día del Trabajador, en donde a través de la animación de un Milei en modo Lego se hace un reconocimiento a su esfuerzo por reconstruir un mapa de la Argentina que estaba despedazada. Otra vez, el protagonista es él, pero no hay un reconocimiento a todos los trabajadores del país, que sienten que están haciendo un sacrificio muy grande. En su retórica, Milei habla siempre de la Argentina, no se dirige a los argentinos (excepto cuando quiere diferenciar a los "argentinos de bien"). No es solo una diferencia semántica, es un abismo empático. Se trasluce una dificultad para interpretar el trasfondo más profundo de ciertos sentimientos impregnados en amplios sectores sociales, incluso entre votantes de Milei. En varios focus groups surge con nitidez entre los consultados una demanda por ser comprendidos y reconocidos en su esfuerzo. Aparece la idea de que Milei es el instrumento que refleja las restricciones (salida de cepo, apertura comercial, desregulaciones), pero que el sujeto central del cambio no es él, sino cada persona. El Presidente transmite un empoderamiento de la individualidad que la sociedad valora, pero que interpreta en clave personal. El 9 de abril pasado, Milei escribió un tuit en el que reconoció dificultades en el proceso de recuperación económica y, con cierta humildad, pedía paciencia para sostener el rumbo porque "cambiarlo sería dinamitar lo logrado". Fue un mensaje que parecía sintonizar mejor el ánimo social que reflejan las encuestas, especialmente en los estratos más desfavorecidos. En el trabajo de la consultora Atlas Intel que se conoció esta semana, que refleja una desaprobación de casi dos tercios de la gestión del Gobierno, hay un dato muy significativo: el rechazo crece a medida que se desciende en la escala de ingresos. Mientras que entre los que ganan más de $3 millones mensuales la imagen mala o muy mala es de 39,9%, entre los que perciben de $1 millón a $1,5 millones es de 59,3% y entre los que están debajo de $630.000 es de 77,1%. Hay una narrativa del sufrimiento que se construye desde abajo y que no llega a ser encarnada ni por los movimientos sociales, ni por los gremios, ni por la dirigencia política. Si se comparan estos números con los de la elección de 2023, en términos generales podría decirse que hay un tercio de la población que siempre rechazó el proyecto libertario, un tercio que siempre lo apoyó y un tercio que se está desplazando de acompañamiento al Gobierno a la desilusión. Pero este tercio que se corre no va al peronismo ni a otra fuerza opositora. Se amontona en un valle de desencanto. Carece de proyecto. Es una representación vacante. Pablo Knopoff, de Isonomía, apuntó que ese tercio intermedio "acompaña el rumbo económico general, pero no está satisfecho con el Gobierno. Son argentinos que se ajustaron y están padeciendo, y que ahora le demandan resultados a Milei. Pero fundamentalmente no quieren volver para atrás. Hay más argentinos interpelados por el rumbo que por los nombres. El rumbo que tomó Milei es más grande que Milei mismo". Claro que después hay que determinar qué es el "rumbo", porque es un término polisémico, como "cambio". Puede expresar muchas cosas al mismo tiempo y generar confusiones. Pero ambas expresiones comparten una lógica en común: son términos refractarios al "pasado". Es decir, hay dos tercios de los argentinos que están buscando una manera de verbalizar una idea de futuro, algunos que piensan que lo están logrando con Milei al frente y otros a los que les resulta insuficiente. Quien interprete esa demanda vacante habrá encontrado una sintonía perdida con un sector importante de la sociedad. El propio líder libertario todavía está a tiempo de recuperarla si logra reinventarse en una figura que interprete y que encarne ese sentimiento mayoritario, como hizo en 2023. Ya no como el outsider rupturista, excéntrico y disruptivo, sino como un presidente comprensivo y confiable que sabe marcar el camino a seguir en momentos de incertidumbre. Sería la reinvención de Milei. Menciones: cnot
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