03/05/2026 Perfil - Nota - Política - Pag. 36
Como antes el proletario, el perdedor es la figura central de la política actual Jorge Fontevecchia Carlo Invernizzi Accetti Es uno de los teóricos más influyentes de la democracia contemporánea. Profesor de Ciencia Política en el City College de Nueva York, trabaja sobre teoría política contemporánea y filosofía política. Se formó en Europa y en Estados Unidos: es licenciado en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía por la Universidad de Oxford; realizó una Maestría en Historia y Teoría de la Política en el Institut d’Études Politiques de París (Sciences Po) y obtuvo su Doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Columbia. En su libro “Tecnopopulismo” (coautoría con Christopher Bickerton) argumenta que populismo y tecnocracia no son fuerzas opuestas sino complementarias: ambas prometen saltarse las mediaciones políticas tradicionales y apelar directamente, una al pueblo y la otra a la verdad, socavando así los cuerpos intermedios que hacen posible la representación democrática. Y en su libro más reciente, “Twenty Years of Rage”, estudia el ciclo político abierto tras la crisis de 2008, marcado por la expansión de la protesta, la erosión de la representación tradicional y el ascenso de una política atravesada por el resentimiento y la desafección democrática. En esta entrevista traza el mapa de un mundo político dominado por la rabia, esa ira que —desde Aquiles hasta los asaltantes del Capitolio— no es un fenómeno económico sino del thymos, el deseo de reconocimiento, y propone una figura nueva para nombrar la subjetividad política de nuestro tiempo: el perdedor, sucesor del esclavo antiguo y del proletario moderno, que no sufre opresión jurídica ni material sino simbólica, y que en su falta de reconocimiento encuentra el combustible de las democracias en crisis. Jorge Fontevecchia — En “Tecnopopulismo” usted sostiene que la oposición convencional entre populismo y tecnocracia es engañosa porque ambas forman parte de una nueva lógica política. ¿Qué revela esa convergencia sobre la transformación de la democracia representativa? —El concepto de tecnopopulismo busca dar nombre a una transformación en la manera en que se desarrolla la competencia política en las democracias contemporáneas. Antes, el eje principal de la competencia en las democracias occidentales avanzadas —Estados Unidos, Europa (Francia, Italia) y, en parte, América Latina— se situaba entre izquierda y derecha, que articulaban coaliciones de intereses sociales y valores. Cada vez más, la competencia se basa en dos nuevas categorías: por un lado, la tecnocracia y, por otro, el populismo. La diferencia clave es que izquierda y derecha eran alternativas excluyentes, mientras que populismo y tecnocracia pueden combinarse. Hoy los políticos suelen tener interés en ser a la vez populistas y tecnócratas; emergen nuevas formas de convergencia entre estas representaciones. Nuestro argumento es que, en el panorama actual, los representantes tienden a transformarse en tecnopopulistas de distintos tipos. Para distinguirlos, hay que observar cómo combinan elementos populistas y tecnocráticos. El viejo eje izquierda–derecha no era solo una lógica de representación, sino también de organización social, arraigada en redes y estructuras profundas. En Europa occidental había una base de clase (trabajo a la izquierda, capital a la derecha) y una base religiosa (laicos a la izquierda, cristianos a la derecha). Populismo y tecnocracia no se traducen en formas de organización social: son síntoma del desanclaje de la competencia política respecto de su base social y de la desintermediación de la sociedad, lo que vuelve a la política más fluctuante y separada de las estructuras sociales. —En su obra usted introduce la idea de un “dilema de la dependencia estructural”, según el cual la política estaría cada vez más subordinada a las necesidades del mercado. ¿En qué medida el tecnopopulismo emerge dentro de ese marco de restricción de la autonomía política? —El tecnopopulismo no surge solo por la separación entre sociedad y política, sino también en un contexto de reducción del horizonte de lo políticamente posible. Mientras el clivaje izquierda–derecha organizaba la competencia, existían alternativas reales: desde opciones socialistas o comunistas revolucionarias hasta la perpetuación de democracias capitalistas. Tras la caída del bloque socialista, se impuso la idea —como dijo Margaret Thatcher— de que “no hay alternativa” al capitalismo democrático. Dentro de ese horizonte restringido, la competencia se concentró en la pericia para gestionar el sistema vigente: la tecnocracia como fundamento de legitimidad. El auge de la experticia tiene mucho que ver con esa reducción del horizonte, consecuencia de la victoria o, al menos, la percepción de victoria, del modelo de democracia capitalista a finales de los 80 y comienzos de los 90. —Su análisis vincula el declive de la vieja política de clases y la crisis de las mediaciones tradicionales con procesos de fragmentación social, individualización y “movilización cognitiva”. ¿Hasta qué punto esos procesos ampliaron la autonomía ciudadana y hasta qué punto socavaron las bases de la representación democrática? —La movilización cognitiva es parte de transformaciones más amplias desde mediados del siglo XX. Primero, el desalineamiento de clase: los cambios en la producción económica debilitaron la relevancia de la clase como clave explicativa. Las fronteras visibles entre proletariado y burguesía se volvieron difusas: todos parecen “clase media”. La secularización transformó y privatizó la religión como eje de división. La movilización cognitiva —término de Dalton e Inglehart— describe cómo la expansión educativa y del Estado de bienestar desplaza preferencias desde la distribución material hacia la calidad de vida. Sociedades más individualizadas y fragmentadas resultan menos movilizables según los ejes tradicionales (clase, religión, región), que se vuelven difusos e individualizados. LA LÓGICA DEL TECNOPOPULISMO. “Cada vez más, en el panorama político contemporáneo, la competencia se basa en nuevas categorías que, por un lado, son la tecnocracia y, por otro, el populismo”. —Usted sostiene que populistas y tecnócratas prometen saltarse mediaciones tradicionales y que no son lógicas opuestas sino complementarias. ¿En qué sentido se refuerzan mutuamente y qué revela eso sobre la democracia contemporánea? —Populistas y tecnócratas se presentan como opuestos: los primeros como correctivos a élites tecnocráticas; los segundos como diques ante ataques populistas. Pero más allá de esa oposición superficial existe una complementariedad: comparten enemigos —partidos políticos, políticos profesionales, periodistas, medios, sindicatos, iglesias y demás formas de mediación social— porque ambos son formas de política desintermediada. El populista apela directamente al pueblo, el tecnócrata apela directamente a la verdad o la experticia. Son dos caras de la misma moneda: representar directamente el todo (el pueblo o la verdad) frente a la democracia como rivalidad regulada entre cuerpos intermedios que representan “partes” (izquierda versus derecha). —¿Considera que el tecnopopulismo es una fase transicional o que se ha convertido en la lógica estable de nuestras democracias? —Nada es estable o definitivo en democracia. Es una fase significativa con raíces históricas profundas, pero inestable: la democracia es un régimen de crisis permanente, entendida como transformación. La paradoja es que, cuando los políticos afirman representar directamente al pueblo y tener la competencia para hacerlo —ser a la vez populistas y tecnócratas—, la gente se siente cada vez menos representada. Al debilitar los cuerpos intermedios (partidos, sindicatos, iglesias), populismo y tecnocracia erosionan la representación efectiva y exacerban la falta de representación de la que son síntoma. El tecnopopulismo tenderá a socavarse a sí mismo y podría dar lugar a restauraciones democráticas o a salidas del horizonte democrático. Es una fase de crisis. —Su concepto surge de experiencias europeas, pero América Latina ofrece nuevos laboratorios. ¿Figuras como Javier Milei o Nayib Bukele confirman esa lógica o la tensionan? —Sin ser especialista en política latinoamericana, veo aplicaciones útiles. En Argentina, Javier Milei suele ser presentado desde el exterior como extrema derecha o retorno autoritario, pero su emergencia se entiende mejor como síntoma de una crisis de representación —en particular, del peronismo como movimiento arraigado en organizaciones sociales— y de una creciente separación entre sociedad y política. Combina elementos populistas anticasta con elementos tecnocráticos: fue profesor de economía y muchas de sus políticas se justifican en afirmaciones de competencia técnica para “arreglar” la economía. Más que extrema derecha, es tecnopopulista. —En su libro aparece una ambigüedad entre tecnopopulismo y democracia: no desafía abiertamente las instituciones, pero puede vaciarlas desde dentro. ¿Cuándo deja de ser una mutación interna y se vuelve antidemocrático? ¿Hay formas democráticas y no democráticas de tecnopopulismo? —El tecnopopulismo es una periferia interna de la democracia, una fase liminal. A diferencia de los años 20 o 30 en Europa occidental, los tecnopopulistas no suelen cambiar constituciones ni impedir alternancias pacíficas. Se ve en Italia con Giorgia Meloni —a quien no considero fascista sino tecnopopulista— o en Viktor Orbán en Hungría: la Constitución y la alternancia formal se mantienen, pero cambia la lógica de la competencia. Ya no disputan izquierda–derecha, sino una mezcla de reivindicaciones populistas contra el establishment con reclamos de competencia técnica. Eso presiona a las instituciones, sin destruirlas por ahora. Falta ver si el “paciente” sobrevivirá. —Si el tecnopopulismo surge del agotamiento de las mediaciones, ¿qué formas de representación podrían reemplazarlas sin caer en plebiscitarismo ni tecnocracia? —Lo emergente hoy son formas desintermediadas, de arriba hacia abajo. El populista “encarna” al pueblo por un acto plebiscitario de confianza, no por un diálogo representativo. El tecnócrata apela a la representación de los “verdaderos intereses” de la gente, sin mediación democrática. En ambos casos, la sociedad queda en un rol más pasivo. La representación se vuelve más autoritaria dentro del marco simbólico de la democracia, en detrimento de una representación interactiva entre representados y representantes, que es la esencia del autogobierno democrático. —Usted plantea que “Twenty Years of Rage” busca nombrar un zeitgeist: del optimismo del “fin de la historia” a una política atravesada por la ira. ¿Qué revela ese cambio sobre nuestro tiempo? —El tecnopopulismo comienza hacia el final de la Guerra Fría; la era de la rabia empieza aproximadamente una década después, con la acumulación de sus efectos: creciente insatisfacción y desrepresentación que se manifiestan fuera de los canales establecidos mediante protestas y, a veces, violencia. Desde el movimiento antiglobalización de los 2000, los Indignados tras la crisis financiera, el Brexit, Trump, Black Lives Matter, Me Too, los antivacunas durante la pandemia y las protestas pro-Palestina: si hay un hilo común, está en el plano afectivo, no en actores u objetivos compartidos. El espíritu de nuestra época no reside en “quiénes somos” o “qué buscamos”, sino en “cómo nos sentimos”: vivimos la época de la rabia. LA FILOSOFÍA DE LA IRA Y UNA NUEVA SUBJETIVIDAD POLÍTICA. “Muchas personas percibieron en los últimos veinte años que su honor y su dignidad han sido mal reconocidos porque no son reconocidos dentro del sistema político”. —En su genealogía de la ira recurre a Homero y Aristóteles. ¿Qué nos enseñan sobre la relación entre razón, emoción y política en la modernidad? —La primera palabra de la Ilíada es “ira”: la de Aquiles. Aquiles se enoja no porque Agamenón lo empobrezca —podría ofrecerle otra esclava, Briseida es reemplazable— sino porque lo insulta y menoscaba su honor. La ira se relaciona con dignidad y reconocimiento. Slogans como “Make America Great Again”, “Me Too” o “Black Lives Matter” no apuntan a lo económico, sino a honor y reconocimiento. Sentir rabia ante la ofensa no es un problema: Aristóteles decía que la incapacidad de indignarse es marca de esclavitud. El problema es cuando esos impulsos no encuentran canales de representación adecuados. —Usted recurre al thymos, el deseo de reconocimiento, como motor. ¿Ayuda a explicar que quienes en 2008 eran “el 99%” contra “el 1%” terminaran ocupando el Capitolio una década después? —Sí. Las ciencias sociales tienden a reducir la política a economía (deseo/razón: eros/logos). Falta el thymos: deseo de reconocimiento, honor y dignidad. Si introducimos esa tercera dimensión —que Platón distinguía junto con eros y logos— entendemos por qué la gente se enfada cuando siente que se degrada su estatus, aunque no empeore materialmente. Por eso necesitamos una “thymología”: una ciencia que no reduzca la política a interés y racionalidad, sino que incorpore el deseo de reconocimiento. —Usted sugiere que el debilitamiento de la participación y del conflicto organizado produce individuos atomizados que luchan solos. ¿Allí nace la nueva subjetividad resentida que llama “el perdedor”? —Propongo que cada época tiene su figura característica. En la Antigüedad, la lucha entre amo y esclavo; en la modernidad, el proletario frente al burgués. Hoy emerge el “perdedor”: no oprimido jurídica ni económicamente, sino simbólicamente. Es alguien a quien no se reconoce dignidad; alguien que siente pérdida de estatus. Los seguidores del asalto al Capitolio no eran “los más pobres entre los pobres”: muchos exhibían recursos. Son perdedores en el sentido de reconocimiento. La literatura sobre “perdedores de la globalización” (Hans-Peter Kriesi) es útil, pero no debe reducirse a lo económico: también hay una dimensión de estatus. —¿Esa opresión simbólica se cruza con el género y explica por qué tantos jóvenes varones, al percibirse perdedores en el terreno de las relaciones, votaron por líderes como Trump o Milei? —El género es un buen ejemplo: no es primordialmente económico. Muchos hombres sienten que su estatus, dignidad u honor se reducen con avances igualitarios —avances que apoyo—; perciben una crisis de la masculinidad antes dominante. Eso genera ofensa y enojo. También opera en la dimensión racial: en Estados Unidos, muchas personas no blancas se han sentido históricamente marginadas y reaccionan con ira. Distintas razones llevan a diversas personas a sentirse “perdedoras” hoy, y eso alimenta la rabia. —¿Qué papel tienen los medios y la visibilización de las vidas ajenas en ampliar la percepción de ser perdedor, en una sociedad donde siempre habrá élites, como sostenía Pareto? —Pareto decía que siempre hay élites. Lo crucial es cómo se seleccionan y cómo pueden ser reemplazadas. La democracia se distingue porque da al “80%” una voz en la selección del “20%”. El problema es que ese 80% siente cada vez menos que su voz pesa. Los nuevos medios contribuyen: asistimos a la desintermediación mediática. Antes, medios y periodistas organizaban la opinión pública; hoy “todos” son periodistas y, por lo tanto, “nadie” cumple ese rol. En el ruido de millones de fuentes, pocos sienten que su propia voz emerge; la percepción de crisis de representación se amplifica. No es solo tecnología: hay causas sociológicas más profundas (desalineamiento de clase, secularización, movilización cognitiva). Pero la transformación mediática agrava la crisis. —Usted habla de una “contracción del dominio de la lucha”. ¿En qué consiste y por qué es clave para entender la rabia contemporánea? —Si el problema subyacente es la falta de reconocimiento y representación, ¿cómo se obtiene reconocimiento? Hegel decía que el reconocimiento no se da: se conquista en primera persona mediante la lucha. Es a través de la participación en partidos, sindicatos, iglesias y el debate público como nos sentimos representados y, por tanto, reconocidos. A medida que la sociedad se vuelve más individualizada y privatizada, cae la membresía en partidos, sindicatos e iglesias; nos replegamos al ámbito privado. Esa contracción del campo de la lucha —para jugar con Houellebecq y su “Ampliación del campo de batalla”— impulsa la impotencia y la falta de representación. Estamos detrás de pantallas, fuera de la lucha, enojados y arrojando comentarios hirientes, pero sin mediaciones colectivas. LA POLÍTICA DEL RESENTIMIENTO Y EL FUTURO DE LA DEMOCRACIA. “El perdedor no es alguien oprimido económica o jurídicamente, sino simbólicamente. Es alguien que no es reconocido, alguien a quien no se le atribuye dignidad”. —Mencionó a Hegel y la dialéctica amo–esclavo. ¿Qué vigencia tiene hoy y cómo imagina su evolución? —La dialéctica amo–esclavo se supera en un sistema de derechos iguales, pero eso no basta sin participación igualitaria. La nueva dialéctica enfrenta “ganadores” e “insiders” con “perdedores” o “losers”. Los perdedores de hoy son los esclavos del pasado en clave simbólica. No pretendo predecir el final: desconfío tanto del optimismo teleológico como del pesimismo declinista. La democracia siempre está en transición. No soy optimista ni pesimista: soy democrático y secular. Avanzamos a trompicones: las cosas no son mejores o peores, son diferentes. —Usted sugiere que tanto la tecnocracia como el populismo exacerban la ira que intentan contener. ¿Podría ser que en esa exacerbación esté su propio final? —Sí. Populismo y tecnocracia nacen de una crisis de representación, pero la intensifican al debilitar partidos, sindicatos, iglesias y medios. No resuelven el problema de fondo: para sentirse representadas, las personas necesitan ser parte de grupos. No sabemos si habrá una transición hacia formas más mediadas de política o una salida de la democracia hacia algo impredecible y preocupante. Pero el tecnopopulismo, como fase, no es sostenible indefinidamente. Producción: Sol Bacigalupo. Menciones: Carlo Invernizzi Accetti, Jorge Fontevecchia, Tecnopopulismo, Twenty Years of Rage, City College de Nueva York, Universidad de Oxford, Institut d’Études Politiques de París, Sciences Po, Universidad de Columbia, Christopher Bickerton, Margaret Thatcher, Estados Unidos, Europa, Francia, Italia, Hungría, América Latina, Argentina, Javier Milei, Nayib Bukele, Giorgia Meloni, Viktor Orbán, Donald Trump, Black Lives Matter, Me Too, Brexit, Occupy Wall Street, Aquiles, Agamenón, Briseida, Homero
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