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02/05/2026 Clarín - Nota - Internacionales - Pag. 26

La era de la "ucranización" del sistema global
Marcelo Cantelmi

cranización es un término interesante y grave para definir el proceso que experimenta el sistema de relaciones internacionales. Un espejo sombrío de otras épocas que sugiere que el modelo del conflicto de Ucrania —una guerra de desgaste prolongada, con fronteras porosas que disuelven la noción de soberanía e impactan en la energía y los alimentos— se convierte en el programa operativo de la política global. Un formato, también en Oriente Medio, en el cual las crisis regionales devienen en agujeros negros geopolíticos que absorben recursos globales y normalizan el conflicto perpetuo. En ese esquema, la diplomacia se torna irrelevante frente a la lógica de una militarización constante. La situación con Irán guarda paralelismos peligrosos con el modelo ucraniano, con el agregado de esteroides energéticos. Si la guerra imperialista rusa contra Ucrania puso en jaque el trigo (el país europeo es un gran exportador de commodities cerealeros), la nación persa tiene la llave del 20% del petróleo y el gas licuado mundial. La “ucranización” del Golfo Pérsico significa una disrupción logística que ninguna economía occidental está capacitada para absorber, como se advierte en la medida en que el conflicto se prolonga y escala el precio del crudo. Por lo demás, el daño que esta guerra le causa al sistema de acumulación capitalista es de suma cero. No hay ganancias. Por eso, en gran parte del establishment mundial, se toman la cabeza frente a las improvisaciones de los colegas del liderazgo norteamericano. Hay otras dimensiones a observar. Con una crisis como la de Irán que mantiene a la región y más allá en un estado de “combustión lenta” que drena la estabilidad mundial, las grandes potencias parecen haber perdido capacidad de disuasión y mirada estratégica. Al involucrarse solo agravan el cuadro. EE.UU., necesita ahora retroceder el frente iraní, pero no sabe cómo hacerlo sin aparecer derrotado. De ahí la tregua ilimitada pero insostenible impuesta por la Casa Blanca. El mandatario conservador alemán, Friedrich Merz, líder de la mayoría económica europea, lo acaba de señalar con irritación al sostener que EE.UU. “está siendo humillada por Irán” al costo de erosionar la economía del planeta sin una razón real que lo justifique. China, entre tanto, observa beneficiándose de una Rusia e Irán que desgastan a Occidente, pero alarmada por el daño que el desorden causa a un sistema del cual es uno de sus cimientos. Como remarcan analistas y diplomáticos, la política global ha dejado de ser un juego de ajedrez para convertirse en una gestión de incendios. “La ucranización de Irán implica el pasaje de una crisis de precios a una crisis de viabilidad del orden internacional”, describe una fuente diplomática. Para más datos, a diferencia de la Guerra Fría, donde había “teléfonos rojos”, hoy la comunicación entre bloques está rota. “Esa falta de canales de emergencia es lo que hace que el descontrol sea sistémico”, añade. Es la metáfora de una serpiente que se muerde la cola. Se alimenta de su propia destrucción al pasar de un orden mundial a un desorden administrado. Para defender la democracia o más bien su soberanía, los Estados adoptan procedimientos antiliberales que se parecen a los regímenes de los que intentan protegerse. EE.UU., con su guerra arancelaria, ejemplifica ese comportamiento con consecuencias domésticas ruinosas. Históricamente, la guerra ha sido un medio para un fin político. En la ucranización descontrolada, la guerra se convierte en el fin mismo. Para sostener el frente ucraniano y contener a Irán, las potencias han reactivado complejos industriales-militares que, por ejemplo, podrían ahora necesitar el conflicto para justificar su escala. Pero hay novedades. Irán, en su esfuerzo asimétrico, ha demostrado que el armamento “barato”, como drones y misiles de crucero simplificados, puede neutralizar tecnología multimillonaria de Occidente. Esto obliga a una carrera armamentista donde el defensor gasta 10 para derribar algo que costó 1. Es el umbral de un cambio que no es posible imaginar aún. Del lado de la economía global, cae la eficiencia a manos de la supervivencia. El uso del dólar y el sistema SWIFT como armas contra Rusia e Irán ha forzado a estos actores a crear un ecosistema financiero paralelo. El resultado es que Occidente pierde su herramienta de presión más fuerte. Un territorio en el cual se fortalece China, que amplifica la alternativa transaccional del yuan en relevo del dólar. En estas semanas el Banco Central francés liquidó sus reservas de oro restantes en EE.UU. para comprar oro que se almacenará en su bóveda de reserva en París. Esto ocurre mientras funcionarios de Alemania, Italia y otras potencias europeas debaten la posibilidad de repatriar sus propias reservas del metal al continente. El sistema de compensación de pagos Euroclear también ha indicado que está considerando invertir más en bonos chinos y diversificar sus inversiones, reduciendo su dependencia del dólar mediante la transferencia de capital de activos denominados en dólares estadounidenses a otros en yuanes. Son importantes mutaciones, pero a la vez límites que comienzan a visualizarse como inevitables. La potencia de esos abismos explica los intentos que vemos en Occidente para restaurar una funcionalidad mínima y el regreso al equilibrio previo a través de la neutralización de los elementos más disruptivos. El distanciamiento del establishment europeo de la Casa Blanca —las filosas ironías del monarca británico en su visita a Washington fueron casi didácticas— y las críticas de los liberales republicanos contra los desmanejos e imprevisibilidad del presidente Donald Trump son apuntes en ese sentido. Un capítulo concluyente de esas preocupaciones se notó esta semana en la desflecada presentación del ministro de Defensa, Pete Hegseth, en el Senado, para explicar una guerra que, frente al silencio de colegas republicanos, el legislador demócrata John Garamendi calificó como “una grave herida autoinfligida a EE.UU.” y una estrategia militar de una “incompetencia asombrosa”. Pese a las intenciones, sin embargo, el cristal de las normas ya está roto. Al igual que antes de la Gran Guerra, hoy existe una rigidez tal en las relaciones internacionales que cualquier chispa puede arrastrar a todos. Lo plantea Rusia con su amenaza persistente a la OTAN y a Europa y ahora con su compromiso, proclamado como total, para la defensa de Irán. De modo que, aunque el establishment logre estabilizar la diplomacia, la validación de un orden basado en el más fuerte ya está en marcha. En 1914, por caso, nadie quería una guerra total, pero ese desenlace estaba escrito por la sorda competencia entre las potencias. Hoy, aquel espejo devuelve ecos similares con la reaparición del concepto de las áreas de influencia: todo debe ser posible en los espacios a dominar a despecho de parsimoniosas legalidades. Lo que surge no es una nueva Guerra Fría, que conservaba reglas y aquel teléfono rojo, sino algo más parecido a la anarquía de entreguerras del siglo pasado. Lo que Henry Kissinger, tomando visiones de Churchill y De Gaulle, clasificó como la “segunda guerra de los 30 años”, tras la primera en el 1600. Hoy, como entonces, las grandes organizaciones internacionales (ONU, OTAN, FMI) se desgastan en instituciones zombis rendidas a un equilibrio de poder basado puramente en la fuerza bruta. La ucranización de Irán es también la del mundo que conocemos. Puede que el gobierno trumpista se debilite en las próximas legislativas de noviembre y llegue exangüe a las urnas generales de 2028. Pero cualquiera sea la próxima administración difícilmente retrocederá de las rayas rojas que disolvió este experimento. Es cierto que el poder no se suicida, se adapta, incluso canibalizando sus propios principios, para asegurar que, aunque todo cambie, el mando permanezca. La política global ha dejado de ser un juego de ajedrez para convertirse en una gestión de incendios. Es la metáfora de una serpiente que se muerde la cola...

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