02/05/2026 Clarín - Nota - Sup. Spot - Pag. 4
Leonardo Padura "Cuba vive en una ficción que ya no alcanza" Fabiana Scherer El escritor cubano presentó "Morir en la arena" en el gran encuentro y habló con Clarín. En la novela, recorre seis décadas de historia atravesadas por la crisis económica, la desigualdad y el miedo social. "Esta es la crónica de una derrota", dice Leonardo Padura (La Habana, 1955), casi al pasar. La frase está en su última novela, Morir en la arena (Tusquets), pero también condensa algo más amplio: el ánimo de su generación y el de un país que hoy -en 2026- se mueve entre apagones, escasez y una incertidumbre que atraviesa toda la isla. Nos encontramos en el café del Four Seasons. Afuera, sobre Posadas, un grupo de fans con remeras negras de Megadeth espera detrás de las vallas; adentro, el ritmo es otro. Padura toma agua, habla sin apuro. Ganador del Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015, hace años que viene narrando una Cuba que duele. En Morir en la arena -novela que presentó ayer en la Feria del Libro- vuelve sobre seis décadas de historia: de la mística revolucionaria a una "depresión social" donde la vida cotidiana se mide, muchas veces, en cartones de huevos y horas de luz. -Hay un parricidio real en el centro de la novela. ¿En qué medida esa historia dialoga con una idea de quiebre o de ruptura generacional? -Tiene lecturas políticas y literarias, pero me interesaba más explorar la posibilidad de la redención y el perdón. La realidad tiene su propia dramaturgia, pero la novela exige organizar los acontecimientos para que alcancen un ritmo. Conocí al parricida, al padre asesinado, al hermano… a toda la familia. Quería hablar del destino muy lamentable de mi generación en Cuba: gente que, después de 45 años de trabajo, se encuentra casi en la pobreza, con enormes dificultades para enfrentar la vida cotidiana. Adapté ese parricidio porque me permitía hablar de cuestiones profundas en un contexto de asfixia. No pretendo dar lecciones de filosofía como Milan Kundera y La insoportable levedad del ser; prefiero que esas reflexiones surjan de la acción. Por ejemplo, el muro que separa dos casas en la novela puede leerse en paralelo con la caída del Muro de Berlín y lo que implicó ese cambio histórico. -Hay dos palabras que vuelven todo el tiempo en Morir en la arena: "miedo" y "mierda". ¿Funcionan como una forma de nombrar lo que se está viviendo? -Mis personajes lo dicen con claridad: están viviendo en la mierda y han sentido mucho miedo. Existe un miedo social inducido que se vuelve crónico, como una piedra en el zapato que terminás por no sentir de tanto caminar con ella. La novela recorre 60 años, desde la infancia de los personajes hasta este presente de incertidumbre absoluta. Refleja la vulnerabilidad extrema de los mayores, que dependen de remesas o de trabajos precarios, como ese ingeniero ultracalificado que termina trabajando de custodio para sobrevivir. La "mierda" es real y también simbólica: muchos personajes ven mucha mierda a su alrededor. Pero el miedo es lo más perverso. Los miedos sociales inducidos degradan tanto al que los sufre como al que los provoca. Mi generación ha sufrido mucho de eso. Rodolfo, uno de los protagonistas, vuelve de la guerra de Angola enfermo de miedo, y esa es una marca que nos atraviesa a todos. -En la figura del escritor Fumero aparece ese "miedo social" inducido. ¿Cómo se convive con esa "piedra en el zapato"? -Fumero representa a esos autores de los años 70 que, para ser aceptados, debían escribir literatura de propaganda financiada por el Ministerio del Interior, lo que llamaban "novela policial revolucionaria". Yo tuve la suerte de empezar diez años después y de encontrar en la editorial Tusquets mi ventana hacia la libertad. Eso permitió que mis libros no pasaran por ninguna institución estatal cubana, algo vital en un país donde, hasta hace poco, todo pertenecía al Estado. -En un artículo que publicaste recientemente en la revista Time te preguntabas "¿qué será de Cuba?" y hablabas de cierta "ficción" en la que vive el gobierno. ¿Cómo describirías hoy esa distancia con la realidad? -Las políticas económicas buscan soluciones poco realistas. Se habla de paneles solares mientras la gente no puede llegar a un hospital o pasa 16, 20 horas al día sin electricidad. Durante años se construyeron hoteles para turistas que nunca llegaron, descuidando la matriz energética. El sistema económico cubano es disfuncional: se le ponen "banditas" a heridas que necesitan suturas grandes. A diferencia de los años 90, cuando la crisis era horizontal y todos estábamos jodidos, hoy la desigualdad es vertical. Hay una élite que aprovecha los vacíos del Estado y se enriquece, mientras la mayoría vive en condiciones precarias. Es el grito de "sálvese quien pueda". –¿Cómo se traduce esa disfuncionalidad en la vida cotidiana? -De manera dramática. Una jubilación promedio ronda los 3.000 pesos, que es lo que cuesta un paquete de 30 huevos en el mercado privado. El Estado ha perdido la capacidad de garantizar suministros básicos, incluso medicamentos paraenfermedades crónicas. Imaginate a un diabético o a un hipertenso sin sus medicinas. Esto ha provocado una depresión social y una migración masiva: cerca de dos millones de personas se fueron del país en los últimos seis años. Es el "milagro cubano": vivir de milagro. Y si no hay más manifestaciones es por la represión judicial. Hubo gente condenada a diez años de cárcel por romper un vidrio en 2021. Hoy es muy difícil que alguien se arriesgue a eso. -En ese escenario reaparece la figura de Donald Trump y su política de "máxima presión". ¿Cómo leés esa amenaza? -Las políticas de Estados Unidos son imperialistas; basta con escuchar a Trump. Él endureció las restricciones y Biden las mantuvo, incluido el bloqueo petrolero que asfixia al país: quien le venda petróleo a Cuba se expone a sanciones que ningún país quiere enfrentar. Estamos ante un escenario en el que cualquier cosa puede pasar, incluso una acción militar. Pero insisto: Cuba debe cambiar porque los cubanos lo necesitan, no porque una fuerza exterior la obligue. La política de "máxima presión" ha dejado a la isla en un estado casi catatónico. No sé qué va a pasar, pero ojalá nunca sea una solución violenta. Siempre los jodidos son los jodidos. -Volvés a Buenos Aires en el 50 aniversario de la Feria. ¿Qué recordás de tu primera visita? -Vine en 1994. No tenía ni un peso; miraba los libros con ansiedad porque quería tener lo que no podía comprar. Recuerdo que fuimos a ver al director editorial de Planeta con un ejemplar de Pasado perfecto lleno de erratas. Lo rechazó y me fui con el rabo entre las patas. Diez años después, ya publicando con Tusquets, ese mismo editor se me acercó para decirme: "Me equivoqué contigo". Hoy me siento abrazado por la Argentina. El lector aquí es sofisticado y, cuando te abre los brazos, lo hace con una intensidad única. Me dolió no venir cuando La Habana fue ciudad invitada porque el gobierno cubano no me convocó, pero estar ahora, en estos 50 años, es una satisfacción enorme. -¿Ves en la inteligencia artificial una amenaza a esa mirada humana que defendés? -Está en juego nuestro papel como seres humanos. La IA puede dar un diagnóstico médico preciso, pero la mirada del médico es humana. Existe esa idea de que no hay enfermedades sino pacientes, y eso la IA no lo sabe. En la creación va a alterar el mercado de forma brutal. Pasamos de la era analógica a la digital y la tecnología avanzó más rápido que nuestra capacidad de asimilación. También hay estrategias humanas asombrosas: con la pandemia nos preguntábamos cómo habíamos podido vivir así, y sin embargo ya lo olvidamos. El miedo a la muerte es muy fuerte. El año pasado estuve en Estonia, uno de los países más digitalizados del mundo, y vi que los padres saben todo lo que hacen sus hijos a través del teléfono. Cosas tan simples como decir "voy a la escuela" y escaparte a jugar béisbol ya no existen: estás vigilado todo el tiempo -y se ríe-. -Acá le decimos "ratearse". ¿Lo hacías? -Cuando murió mi padre, mi madre encontró un carnet escolar mío de cuarto grado. Mis notas eran terribles y tenía un 66 por ciento de asistencia. Me gritó: "¿Y dónde te metías si ibas todos los días a la escuela?". Y yo estaba jugando béisbol con mis amigos. Eso demuestra que esa "infancia del juego" existió hasta hace muy poco. Hoy es la "infancia del teléfono". Nosotros disfrutábamos la posibilidad de vivir en manada, algo que prácticamente desapareció. -¿Se mantiene el ritual del Malbec en la valija de regreso? -Me lo llevo, aunque ahora tengo un problema logístico: paso por Chile y solo permiten entrar tres botellas por persona. Así que serán tres para Lucía y tres para mí. Es un pequeño botín necesario. La Argentina siempre me gratifica, no solo por el vino, sino por ese afecto intenso que me hace sentir en casa. Quería hablar del destino muy lamentable de mi generación en Cuba: gente que, después de 45 años de trabajo, se encuentra casi en la pobreza". A diferencia de los 90, cuando la crisis era horizontal y todos estábamos jodidos, hoy la desigualdad es vertical. Una élite se aprovecha de vacíos del Estado y se enriquece". ALGUNAS CHARLAS DE HOY EN LA FERIA • En el espacio cultural de Clarín y revista Ñ, a las 16, la humorista y columnista Dalia Gutman ofrecerá una charla sobre mujeres y humor con la editora Diana Baccaro. Una hora más tarde, será el turno del género weird con los escritores Roberto Chuit Roganovich y Luciano Lamberti. • A las 16, en la sala Hernández, Arturo Pérez-Reverte presentará "Misión en París". Una de las charlas esperadas de la jornada. • A las 17.30, en la sala Hernández, Eduardo Sacheri presentará "Qué quedará de nosotros". • A las 20.30, en la sala Alejandra Pizarnik del Pabellón Amarillo, Héctor Abad Faciolince presentará "Ahora y en la hora". • A las 20.30, en la sala José Hernández del Pabellón Rojo, Camila Sosa Villada presentará "El viaje inútil", en uno de los encuentros más esperados de la noche. Menciones: cnot
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