26/04/2026 La Nación - Nota - Información General - Pag. 25
caminar sobre explosivos. La delicada tarea de desactivar minas enterradas Diego Cabot Expertos internacionales barren Salta y Jujuy para detectar y anular boosters sísmicos que se usaban para identificar reservas de petróleo. Texto: Diego Cabot | Fotos: Ricardo Pristupluk. Enviados especiales de LA NACION. Tartagal, a las 6, cuando aún no amaneció. En las afueras de la ciudad hay un lugar que no parece parte de la Argentina. Es un predio de casi una hectárea. Cuatro ciudadanos de Zimbabwe viven en una casa en el centro del terreno. Cuentan que recorrieron el mundo en busca de explosivos. Desde el año pasado están en Salta. Se suma un exmarine inglés, barba rubia y acento londinense. Viene de Ucrania, donde se dedica a desactivar bombas que quedaron sin explotar. Entre ellos hablan en inglés. Al rato llega una profesora de inglés salteña, que traduce para los locales que no dominan el idioma. De a poco, la sala se empieza a llenar. Un español que viajó por el planeta para certificar la desactivación de bombas saluda; le responden un hombre y una mujer de Colombia, adiestradores de perros, empleados de una empresa belga que recorrieron varios estados colombianos para desenterrar las minas antipersona que dejaron las FARC. Trabajaron apenas después del acuerdo de paz con las guerrillas. El lugar es una suerte de salón de usos múltiples; en una pared se destacan mapas y advertencias sobre insectos, víboras y otros animales. Hay una mesa larga y, al costado, una cocina en la que empiezan a preparar el almuerzo. Todo tiene el logo de TDI, The Development Initiative, la empresa basada en Mozambique, de capitales ingleses, contratada en 2024 por YPF para retirar explosivos enterrados por la antigua Yacimientos Petrolíferos Fiscales entre fines de los 70 y principios de los 80, cuando se buscaban reservas de petróleo en Salta y Jujuy. Encima de un panel de imágenes hay una foto. Ese es Henry, dice uno de los nacidos en África. Habla de Henry Martin Douglas Macharaga, de Zimbabwe, miembro de la cuadrilla que murió el 18 de agosto pasado en La Cuchara, Tartagal, a metros de la ruta 34 y a apenas cinco kilómetros de la ciudad. Su vida se apagó cuando intentó desactivar un explosivo. La imagen es un homenaje y una advertencia para quienes caminan sobre explosivos. De a poco llegan baqueanos, tres enfermeras y un chofer de una ambulancia. Se suman un técnico en explosivos de YPF y otro que lleva una suerte de jabalina con un GPS en un extremo. Además, hay un encargado de pedir permiso a los dueños de las tierras antes de que la cuadrilla camine sus terrenos. Son 27 en total: 19 con mameluco naranja, tres vestidos de azul para ser identificados ante eventuales emergencias de salud y los otros con ropa safari. De lunes a viernes, esta cuadrilla se encuentra en este rincón de Tartagal. En San Ramón de la Nueva Orán y en Libertador General San Martín, Jujuy, hay dos bases más donde el procedimiento se repite. Cada una tiene responsabilidad sobre 500 kilómetros de líneas sísmicas y, de ser necesario, se prestan colaboración entre ellas. Hay un campo de cinco hectáreas en Tartagal para entrenamiento, evaluación y certificación de los guías y los perros que se usan en las operaciones. En total son 105 personas afectadas a las operaciones: 90 están desplegadas en el terreno y 15 aportan soporte en logística, administración y cocina, entre otras tareas. El variopinto grupo sube a la combi con las herramientas para recorrer algunos de los 8.300 kilómetros lineales en los que están enterrados miles de boosters sísmicos. Cada artefacto tiene 300 gramos de explosivos (60% de TNT y 40% de pentrita). La estrella del instrumental es el sistema para identificar minas enterradas: detectores de metales de alta sensibilidad. Se usan como una extensión del brazo y se desplazan a unos 10 centímetros del suelo. La alarma es un sonido agudo que marca que debajo del escáner se encontró un metal. Pasivo ambiental LA NACION llegó puntual esa mañana. Después de los preparativos y de una charla de seguridad que brindó Prius Musa, un hombre de Zimbabwe que es el líder de la base Tartagal, el equipo partió a las líneas sísmicas para testimoniar cómo es el proceso de remoción de uno de los pasivos ambientales más grandes conocidos del país. La línea debería ir por acá, dice un empleado de TDI, salteño, conocedor del terreno, de mameluco naranja, casco y guantes gruesos. Lleva en una mano una tablet y en la otra un machete. En su dispositivo abre un mapa satelital realizado en base a los viejos planos de los 70 y 80, el único material de esa época. En esos trazados, sobre papel, están marcadas las líneas donde se colocaron los explosivos, pero sin demasiada especificidad. De hecho, 40 años después, tuvieron que rehacer los planteos, geolocalizar las trazas y volcar todo sobre nuevos mapas. Pero la limitación más grande para saber dónde hay boosters y si se detonaron es que no hay registros sobre la cantidad, la distancia entre ellos ni su ubicación. La presencia de boosters en Salta y Jujuy no es solo una leyenda urbana: es una realidad explosiva y enterrada por décadas. Como toda leyenda, algunos la creen y otros la desconocen. No tenía idea de la existencia hasta que me hicieron una entrevista en TDI y empecé a trabajar para ellos, afirma la traductora del equipo. Antes de viajar al norte, LA NACION contactó a exejecutivos de YPF que, al regreso de la democracia, tenían los principales cargos en la empresa. No sabía de la existencia de esto; fue anterior a nosotros, dijo un expresidente de la compañía. En el lugar —la yunga, el monte y la montaña— primero se instala una especie de carpa de campaña donde se despliega la base operativa del día. Cada integrante de la cuadrilla brinda sus datos personales y declara su grupo sanguíneo. Una ambulancia acompaña el paso de los hombres. Cada cual debe tener el equipo de seguridad que, además del mameluco naranja, consta de casco, guantes, zapatillas y polainas de cuero que protegen de las víboras, uno de los principales peligros del lugar. Imposible salir sin ellas, dicen. Luego, a caminar, con 30 a 40 grados y una humedad pegajosa. El equipo se organiza de forma simple: lo encabezan los encargados de desbrozar la línea, a fuerza de machete, bordeadora o motosierra, según la vegetación. Tras el despeje, llegan los hombres de Zimbabwe, encargados de pasar los detectores que, como péndulos, mueven por los caminos que recorrieron los técnicos petroleros hace 40 años. Mientras el sensor va y viene, lo único que se escucha es el sonido de los machetes. Hasta que irrumpe un ruido agudo: un material ferroso está enterrado. Puede ser un cable, una tapita de gaseosa, un tornillo o una mina sísmica con 300 gramos de explosivos. Nadie lo sabe. Entonces empieza una operación a mano, a pura pala, para cavar y despejar la duda. Bigote es el sobrenombre que se ganó uno de los africanos. Es el primero de los tres que llevan los sensores. Si lo que aparece es cualquier otro objeto, de un tornillo a un alambre, también se retira. Bigote vuelve a pasar el sensor. Si no hay más sonidos, avanza; de lo contrario, se repite la operación. A unos metros, vienen otros dos hombres de Zimbabwe que repasan el lugar. Los africanos entienden casi nada de castellano y los argentinos hablan poco inglés, pero hay palabras sueltas, chanzas, sobrenombres y risas. Esa algarabía o despreocupación cambia cuando aparece un booster. El procedimiento toma otra densidad. Como jefe de la cuadrilla, Musa toma el control. Vestido con un chaleco celeste con una protección extra y una máscara que le cubre toda la cabeza, similar a la que usan los soldadores, actúa solo. Se acerca al booster sin ningún dispositivo electrónico. Descarga la corriente estática que podría haber acumulado, ya que hay riesgo de que con ella pueda detonar el explosivo. En ese chaleco hay un bolsillo a la altura del pecho donde lleva el detonador manual, cosa de que solo él pueda conectarlo y hacer explotar el artefacto. Además de la estática, los boosters pueden explotar por un golpe o presión, por intervención de ondas de radiofrecuencia (VHF), por el contacto con una simple pila de 300 miliamperios, por un rayo lejano, por una tormenta eléctrica o por influencia del fuego, entre otros motivos. Los boosters tienen un detonador interno del que salen dos cables que quedan en la superficie; pero, con los años, no todos funcionan ni siguen en el cilindro rojo, de plástico, que contiene el explosivo. Ese es el primero que se chequea. Si la mina está completa con su detonador, se conectan los cables con otro de alrededor de 50 metros; de lo contrario, se coloca una bengala termita, un instrumento que se usa en el mundo para perforar el acero de las bombas que no explotaron en conflictos armados y que se quieren detonar para despejar el peligro. Musa coloca una de estas bengalas color celeste y luego conecta los cables. A medio centenar de metros del explosivo, repite la operación. Pone las manos en el suelo por 15 segundos y conecta el detonador que lleva en el bolsillo del chaleco al otro extremo del cable. Una de las enfermeras está a su lado. Toma la radio y advierte que se acerca una explosión. Pregunta si alguien está cerca y pide despejar la zona. Se arrodilla, agarra el detonador y aprieta un botón que enciende una luz verde. Hace una pequeña cuenta regresiva y aprieta el otro botón, que activa la luz roja. A 50 metros, el booster explota. Inspección final Pasado el día de caminata, exploración y detonación, se regresa a la base para un almuerzo tardío. Pasadas unas 72 horas, es el momento de los perros. Es un servicio contratado por TDI que presta la empresa belga Apopo, una de las principales del mundo en el adiestramiento de ratas y perros para buscar explosivos a través del desarrollo olfativo. Los perros tienen un GPS en el collar, cuyo recorrido se vuelca en el mapa, y una soga de 25 metros. Si queda algún resto de explosivo o un booster que no fue detectado, son ellos los que dan el aviso. Se detienen ante el hallazgo y dan vueltas sin levantar el hocico del suelo. En esos casos, se repite el procedimiento: sensor, pala, despeje y detonación. Trabajan una hora para no saturar su olfato. Sus recorridos son el anteúltimo paso, previo a la inspección final. El último trayecto lo hace el responsable de YPF del operativo, un gerente de TDI, un jerárquico de Saylus Global (empresa encargada de la auditoría externa), miembros de la cuadrilla para desmalezar y pasan los sensores. Recién entonces, en los mapas de tarea diaria, la línea roja de las antiguas trazas con explosivos se pinta de verde. Camino despejado. Menciones: Tartagal, Salta, Jujuy, San Ramón de la Nueva Orán, Libertador General San Martín, La Cuchara, Ruta 34, Argentina, Zimbabwe, Colombia, Mozambique, Ucrania, FARC, YPF, Yacimientos Petrolíferos Fiscales, The Development Initiative, TDI, Apopo, Saylus Global, LA NACION, Prius Musa, Henry Martin Douglas Macharaga, Diego Cabot, Ricardo Pristupluk
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