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25/04/2026 Página 12 - Nota - Opinión - Pag. 32

Utopistas
Raquel Robles

Por Raquel Robles

¿Y qué es una utopía? Es una parienta de la esperanza, pero más radical. No es un sueño ni una fantasía.

La utopía es, sobre todo, me parece, un acto. Una utopía requiere de una certeza de esas que suele estar asociada a la locura. Esa locura que hace que una madre le hable a un bebé con la convicción de ser entendida, de que ese cachorro humano, que todavía no tiene mielinizadas las vías aferentes de sus neuronas, tiene un lenguaje. Una locura como la del Quijote cuando llega a una venta y ve un castillo, toma al ventero por un castellano, a las prostitutas que están charlando en la puerta por grandes damas, y cuando escucha al porquero hacer sonar su corneta se alegra de por fin conocer las fanfarrias que reciben a un caballero andante.

Entonces... ¿Hay que haber perdido la cabeza para ser utopista? ¿La utopía es una estrategia poética que no resiste una teorización racional?

Empecemos por el principio. No hay quien no lea la realidad desde su idea de la realidad. Si esperamos fanfarrias, es muy probable que la flautita del afilador nos suene a las trompetas que nos reciben en el castillo. Tal vez sea bueno recordar que las constelaciones no existen; solo la mirada de la humanidad, panza arriba mirando el cielo, es capaz de imaginar una unión en las estrellas dispersas que dibujen cinturones, carros, arqueros. No existe tampoco la pobreza, como un objeto de la realidad. El concepto "pobreza" es una construcción social hecha de determinadas variables de las que se desprenden indicadores. ¿Qué pasaría si la imaginación para resolver problemas de la vida cotidiana fuera un indicador para medir pobreza? ¿Y si se evaluara la capacidad de sentir como propios los problemas de otras personas?

Podríamos empezar, entonces, por hacernos una pregunta acerca de qué es la realidad, antes de apurarnos a definir quiénes viven "fuera" de la realidad.

Por otro lado, ya sabemos también que el lenguaje moldea eso que llamamos "la realidad". No da igual decir homicidio que femicidio, "Proceso de Reorganización Nacional" que dictadura, ni tampoco sostener una Feria del Libro bajo la consigna "Del autor al lector", habiendo tantísimas autoras y otro tanto de lectoras.

Cuando fui directora de un centro de régimen cerrado para adolescentes que transgredieron la ley, tuve la posibilidad de vivir la modificación del mundo por la vía de cambiar los nombres. Ciento dos pibitos de dieciséis años, encerrados en un lugar feo y con una bronca bárbara. Una tarde, cuando yo ya me había ido de la institución, me llamó un empleado para comunicarme que "había un motín".

Volví todo lo rápido que me permitió un taxi y me encontré con una escena digna de película carcelaria. En un sector, tras las rejas, un grupo de unos diez chicos había quemado los colchones y nos amenazaba con palos de escoba y la cara tapada con las remeras. Del otro lado de las rejas, los bomberos habían apagado el fuego y la guardia se preparaba para desarticular a los tortazos esa rebelión en la granja. Los chicos "demandaban ver a la directora".

Yo les dije: "Ay, tanto lío para que vuelva, parecen nenes de jardín de infantes, les voy a poner a todos un delantal cuadrillé celeste". Después pedí que abrieran y me metí con los chicos en el sector. Lo que siguió fue una tarde larga y para mí indeleble, en la que fuimos desarmando la escena a fuerza de palabras. De palabras sorprendentes para nombrar lo que estaba pasando. Donde siempre se había dicho "motín", inventamos "lío"; donde intentaban recitarme "las demandas", yo les iba preguntando qué querían y les iba contando lo que estaba a mi alcance (no podía liberarlos, no podía hacer que los esperaran cosas hermosas en casa, no podía hacerme la tonta con lo que habían hecho, pero podía sancionar a cualquiera que los tratara mal, podía hacer que llegara la comida antes de la noche, podía inventar con ellos formas de hacer provechoso ese tiempo, incluso divertido). Donde ellos se nombraban "chorros", yo los nombraba "mis pibes". Traigo esta pequeña historia porque la realidad se convirtió en otra a partir de esa nominación nueva, de esa otra forma de decodificar lo que estaba pasando. Entonces, otra pista sería esa: a lo mejor no es solo "describir", hacer diagnósticos y poner blanco sobre negro lo que estamos viviendo.

Quizás sea ver aquello que nadie más ve. Como a las "fermosas damas" que solo el Quijote veía, ahí donde todo el resto, incluso ellas mismas, veía prostitutas.

Pero no es solo ver lo que nadie, o poca gente, está viendo. Además, hay que defender esa visión a capa y espada. ¿Qué pasaría si esa madre fuera convencida por un científico de que ahí donde ella ve una personita que sonríe, le aprieta la mano y se calma cuando le canta su canción favorita, no hay más que reflejos comunes a toda la especie? ¿Podría ese cachorro humano devenir sujeto? La certeza de esa visión compromete por completo a quien la ve. Por eso, aunque apaleado y sin poder levantarse del piso, Don Quijote se siente feliz de haber defendido la belleza de Dulcinea frente al mundo. Los comerciantes de la venta podrán seguir riéndose de su triste figura, podrán seguir pidiéndole pruebas para poder jurar por la belleza de la dama en cuestión, pero nadie se sabrá tan veraz como él. Porque sabe algo que ellos no saben: defender con pruebas, eso lo hace cualquiera. ¿Quién, viendo la imagen de una beldad, no sería capaz de asegurar que es la más bella de la comarca?

La cosa no es tan fácil ni tan para cualquiera: hay que poder jurar que algo es, sin pruebas. Ahí está el coraje.

La utopía, quizás, no sea un mundo perfecto que sueñan poetas e idealistas. Me gusta pensar que la utopía es un verbo. Y, ya se sabe, en el principio fue el verbo.

Hay que utopiar. No tener esperanza ni proyectar. No. Hay que forzar al mundo a ser lo que tiene que ser. Cada quien tiene su pequeña república por donde empezar.

AFP. La utopía es un libro de aventuras y, por lo tanto, un libro sobre el camino. Sobre caminar el camino, no "quedarse al borde del camino", como le gusta tanto a Fito Páez. Nadie se queda al borde del camino.

Animarle la fiestita al CEO de una empresa editorial que preside una Feria del Libro y no decir una palabra sobre la pesadilla que este gobierno de chorros, empresarios perversos, nos está haciendo vivir, está muy lejos de "quedarse al borde del camino". Pero el caminar el camino de quienes queremos conjugar el verbo utopiar es una disposición a nombrar todo de vuelta y a demorarse con el cuerpo roto en el piso, solo el tiempo que nos lleve encontrar las manos que nos vuelvan a parar. Ser utopista no es luchar contra molinos de viento. Es entender que, ahí donde vemos gigantes, no hay más que molinos de viento. Siempre y cuando no seamos un caballero de la triste figura, sino miles.


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