25/04/2026 Perfil - Nota - Política - Pag. 64
Colaboración u obstrucción JORGE FONTEVECCHIA John Forbes Nash, matemático ganador del Premio Nobel de Economía en 1994, obtuvo su doctorado con la tesis "Juegos no cooperativos" (Non-Cooperative games), defendida en 1950, publicada en 1951 y popularizada luego como "el equilibrio de Nash". Se da cuando ninguno de los jugadores podría mejorar su situación cambiando de estrategia si el resto mantiene la suya. Así, cada jugador está obligado a continuarla aun sabiendo que no le conviene. Esta es la situación que enfrentan hoy Milei y Kicillof como representantes del antiperonismo y peronismo. Si Milei insiste con el "riesgo Kuka" para ganar las elecciones de 2027 -como hizo exitosamente en 2025 generando miedo a que el voto por el peronismo afecte la economía de los propios votantes-, el año próximo volverá a crear condiciones de volatilidad en los mercados y nuevamente huida de los pesos hacia el dólar, desalentando desde bastante antes de las elecciones las inversiones que precisa su plan económico para funcionar. Aumentando indirectamente la posibilidad de que Kicillof gane. Kicillof, por su parte, si comprendiera que para triunfar en las elecciones tiene que acabar con el "riesgo kuka" anticipando que de ganar enviará al Senado un candidato a presidente del Banco Central lo suficientemente ortodoxo como para que no pudiera no ser aprobado también por la derecha, enviando a los mercados un mensaje de que mantendrá el equilibrio fiscal, como hizo Lula en su primera presidencia, nombrando al frente del Banco Central al presidente mundial del Banco de Boston, Henrique Meirelles, terminaría ayudando a que el plan económico de Milei funcione porque, al tranquilizar a los mercados, se adelantarían las inversiones y no habría corrida preelectoral hacia el dólar. Pero ambos parecen estar atrapados en el "subóptimo" del equilibrio de Nash, condenados a mantener su estrategia a riesgo de perder. Uno de los más bellos ejemplos de aplicación del equilibrio de Nash es el dilema del prisionero formulado por otros tres matemáticos (Flood, Dresher y Tucker), sintetizado así: "La policía arresta a dos sospechosos de un crimen y los coloca en celdas separadas. No hay pruebas suficientes para condenarlos y la policía visita a cada uno para ofrecerle el mismo trato: si no confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a tres años de prisión mientras que el delator será liberado. Por el contrario, si calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y el cómplice será quien salga libre. Si ambos confiesan el crimen, cada uno recibirá una condena de dos años. Pero si ninguno confiesa, ante la falta de pruebas, pasarán solo un año en la cárcel por un cargo menor". El equilibrio de Nash sería el resultado de que ambos optasen por traicionar al otro con la expectativa de que el otro no lo haga para salir libre y si finalmente los dos confiesan (traicionan), ambos terminarían presos dos años. Este ejemplo demuestra cómo este equilibrio de Nash lleva a un resultado subóptimo porque lo mejor para ambos sería colaborar -asumiendo que el otro sea perfectamente racional y llegue a la misma conclusión- haciendo que lo mejor fuera, sin acusarse mutuamente, salir ambos de prisión con solo un año de condena por falta de pruebas. La búsqueda de una "racionalidad" individual conduce a un resultado colectivo inferior. Pero el resultado puede ser distinto cuando el mismo juego se repite y los participantes comienzan a descubrir que la traición de hoy arruina el premio del mañana fomentando la cooperación de largo plazo. ¿Estaremos en esa situación de polarización? Pero el juego no lo juegan Milei y Kicillof, aquí representados en imágenes contrastantes con Lula y Trump, ellos son apenas los significantes de un juego que jugamos todos los argentinos promoviendo y demandando a nuestros representantes determinada forma de juego. La insistencia en que la única forma de asegurar un rumbo sea en base a la reelección de quien lo representa en el presente, o sea, la perpetuación de la persona o de la idea, nos define culturalmente como una sociedad que desde sus orígenes no pudo salir de su lógica de conducción caudillesca. Está claro que el capitalismo para prosperar precisa de certidumbre; una de las ventajas de los regímenes capitalistas sistémicamente autocráticos, como el sistema de partido único de China, es que la continuidad del Partido Comunista más allá de quien lo conduzca permite trazar un horizonte percibible. En las democracias, esa certidumbre se logra en la alternancia de partidos que mantienen determinadas reglas económicas básicas. Es más difícil pero mejor. Si la confianza en la mantención de ciertas políticas requiriera que Milei fuera reelecto, el riesgo país político se trasladará de 2027 a 2031, cuando Milei ya no pudiera ser reelecto y quien lo suceda mantenga ciertos lineamientos como política de Estado. Obviamente sería mejor no precisar cuatro años más para certificar el paso de la adolescencia a la adultez política. Lo ideal sería que no fuera necesario que Milei sea reelecto para que se mantuviese el orden fiscal, sino que quien lo suceda lo haga, como lo hizo Lula con Fernando Henrique Cardoso en Brasil, ahorrándonos un período presidencial completo para la baja del riesgo país y la generación de confianza económica que depende de la política. Más aún, las reformas que están pendientes: tributaria-impositiva, coparticipación y previsional, tienen ganadores y perdedores en las provincias que están representadas en el Congreso y requerirán para ser aprobadas de colaboración y no de imposición. Hasta la dificultosa ley de reforma laboral pudo conseguir un consenso ideológico transversal, pero no es así en las que se alteran los presupuestos provinciales afectando intereses preideológicos como bien expuso el nuevo director ejecutivo de Cippec, Luciano Laspina, en la cena anual de esa institución el lunes pasado, y en Perfil se viene sosteniendo desde antes de la elección de Milei en 2023. Los líderes extremos son un síntoma de una sociedad que se debilitó. Vale tanto para Estados Unidos, aunque relativamente, como para la Argentina. Son un síntoma de la falta de salud del sistema político que no pudo resolver vía acuerdos las legítimas diferencias de intereses. Como en la República Romana, la dictadura era una institución acotada en el tiempo, un remedio frente a grandes males solo aceptable por un breve período. Si la solución fuera la autocracia permanente, hasta sería mejor que fuera de un partido único que de una persona única. Si queremos democracia y capitalismo, nos queda por probar la materia colaboración, en obstrucción y fuimos maestros. Menciones: Milei, Kicillof, Lula, Trump, John Forbes Nash, Cippec, Luciano Laspina, República Romana
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