25/04/2026 Clarín - Nota - Internacionales - Pag. 22
EE.UU., Irán, crisis y (muchas) manos sencillas Marcelo Cantelmi queden existir diversas visiones para abordar el conflicto que estremece al mundo desde hace semanas en el Golfo Pérsico. Pero una difícil de refutar es que constituye la estación más dramática de un largo sendero de oportunidades perdidas e interminables precariedades. Característica que envuelve a todas las partes y se ha agudizado en medio de los intentos espasmódicos para una negociación que apague la crisis. Los antecedentes detallan ese desperfecto. Una posibilidad central de apaciguamiento se perdió, precisamente, durante el diálogo que la guerra interrumpió de modo abrupto. Los negociadores norteamericanos, entre ellos el yerno de Donald Trump, no supieron valorar lo que le habían extraído a un régimen fracturado que buscaba alguna salida en medio de la convulsión que casi lo voltea por la rebelión popular de enero. Omán era el mediador de aquel diálogo que encabezó el empresario inmobiliario y amigo de Trump, Steve Witkoff, designado enviado especial a la región -y a la guerra de Ucrania- por su experiencia como broker. No había diplomáticos en aquel encuentro, instituto que el líder republicano menosprecia. Ni siquiera involucra a su canciller Marco Rubio. Sencilleces. El ministro de exteriores de Omán, Sayyid Badr bin Hamad Al Busaidi, ante el bombardeo reveló a la CBS que Irán había accedido a un paquete de importantes concesiones. Entre ellas, la renuncia a sus reservas de uranio enriquecido, reduciendo su nivel de enriquecimiento por debajo de los niveles necesarios para fabricar un arma nuclear. “No habría acumulación, ni almacenamiento, y se realizaría una verificación completa”, declaró Al Busaidi. Witkoff y el yerno de Trump, Jared Kushner, otro empresario inmobiliario, interpretaron a la inversa lo que escucharon. La CNN remarca en un detallado informe que así lo informaron en la reunión de gabinete que encabezó Trump el 26 de marzo. Según Witkoff, los iraníes dejaron claro que “no renunciarían diplomáticamente a lo que no pudiéramos ganar militarmente”. Daryl Kimball, ejecutivo de Arms Control Association, una respetada organización especializada independiente con sede en Washington, evaluó para esta cadena que “Witkoff era demasiado incompetente y técnicamente desinformado para comprender la importancia de lo que estaba sobre la mesa”. Más sencilleces. En aquellas horas la información era contradictoria con titulares optimistas que reproducían las declaraciones de Al Busaidi indicando que Trump había logrado lo que proponía, llevando a un claro retroceso a Irán para exhibir victoria y desprenderse del conflicto antes de que se perdiera el control. Pero de pronto llovió el bombardeo. El gobierno israelí, en cambio, como ya sabemos, necesitaba que la guerra se produjera convencido de que detonaría un inmediato cambio de régimen e Irán sería finalmente controlado. Es improbable, sin embargo, que Witkoff haya errado en su diagnóstico, solo por presiones israelíes. Tampoco fue eficiente en su gestión sobre el conflicto de Ucrania, donde llegó a repetir como propias las demandas rusas. Un desenlace similar ocurrió en la inicial cumbre en Islamabad para cesar la guerra. Ahí también participaron estos entusiastas empresarios junto al vicepresidente James Vance, tampoco un diplomático. El trío expuso demandas maximalistas y de una innecesaria urgencia, que hacían inviable la posibilidad de un acuerdo. Alcanza señalar que la anterior negociación exitosa entre EE.UU. e Irán de 2015 se extendió casi dos años y, recuerda David Sanger en The New York Times, el documento final tenía 160 páginas y cinco anexos técnicos. Ahora Pakistán, con el silencioso impulso e impaciencia de China en las trastiendas, logró construir otra alternativa negociadora, pero si bien se la pavimentó con el cese el fuego israelí en Líbano, flota en un inestable equilibrio. Como ejemplo, EE.UU. multiplicó su exposición militar en el Golfo, incluso disparando y tomando un barco iraní. Y el régimen persa, también manu military, confiscando buques y cobrando peajes. Según explicó una fuente diplomática europea a esta columna, “una exhibición de poder para ocultar las concesiones que ambos estarían dispuestos a aceptar”. Eso es a punto tal que Trump, con sus amenazas de “ataques formidables” ignoradas con desprecio por Irán, debió anunciar esta semana la extensión indefinida de la tregua y hasta, indulgente, considerar que la toma de buques por parte del régimen no constituye un acto de guerra. Sucede que, por encima del griterío tribunero, rige la urgencia mutua de desarmar la crisis. Trump necesita una nueva negociación porque no puede políticamente reiniciarla guerra. Su imagen navega por los sótanos, al punto que hasta se especula con el relevo del extravagante jefe del Pentágono, Pete Hegseth. Teherán conoce esas debilidades y las usa para fortalecer su posición en el diálogo. Así como para Irán, este conflicto es una extraordinaria calamidad para el líder republicano. Su ministro de Energía, Chris Wright, acaba de reconocer que se mantendrá por meses el alza del combustible que trepó 33% en los surtidores desde el inicio de la guerra. El propio Trump admitió que los valores de las naftas podrían no bajar a tiempo para las legislativas de noviembre. Por eso, si no hay una calma general en una negociación con sus tiempos necesarios e Israel, a su vez, no cuida también sus pasos, el magnate se encaminaría a una derrota que disolvería su poder. Los desórdenes no son exclusividad de la parte occidental. La potencia persa, inflamada de su propia soberbia e históricas ambiciones imperialistas, también ha salido de los carriles a lo largo de los años, sacrificando una oportunidad de coexistencia detrás de otra. Un dato existencial ha sido el caso de la crisis de Oriente Medio y los enfrentamientos con Israel como una coartada para sostener el control interno de una población que creció de manera desmedida sin que el régimen, atrapado en una interna brutal entre conservadores medievalistas y renovadores modernistas, resolviera las urgencias económicas de su sociedad. El rígido carácter teocrático del experimento iraní tiene mucha mayor relación con ese control social por momentos sanguinario, que con la impronta cultural. En enero se masacró a miles de personas que protestaban por una inflación en crecimiento, el desempleo y la devaluación de la moneda local. El régimen justificó la matanza en una supuesta maniobra externa. Ha sido el ala moderada de la Revolución Islámica la que ha exhibido perspectiva histórica. Uno de sus máximos logros fue aquel moroso acuerdo con el gobierno de Barack Obama de 2015. Ese pacto congeló el edificio nuclear del régimen y abrió la alternativa de una consolidación del sector más político sobre los halcones beligerantes representados en la Guardia Revolucionaria, el ejército militar de gran parte de la burguesía iraní. Cuando Trump en su primer gobierno anuló ese pacto, presionado por el reino saudita e Israel, pero también por su desprecio a su antecesor, le brindó una enorme victoria a los duros del régimen que arrasaron con el ala moderada y retomaron la amenaza nuclear. Se trata de los mismos que bloquean hoy una posición común para cerrar el conflicto y usarlo, en cambio, como ariete en su interna política. Son las otras manos sencillas. Obama había advertido en su momento que si se anulaba el pacto de Viena, se perdería tanto lo logrado para contener el programa nuclear iraní como la credibilidad estadounidense en el sistema internacional. Acertaba. Si ese acuerdo, respaldado por China, Rusia, Francia, Gran Bretaña, Alemania y la UE, se hubiera mantenido, lo que hoy se discutiría sería su probable extensión y en un Irán posiblemente muy diferente. Oportunidades perdidas. ©Copyright Clarín 2026 Menciones: cnot
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