12/04/2026 Perfil - Nota - Economía - Pag. 39
Soy dolarizador por pesimista Jorge Fontevecchia EMILIO OCAMPO "Soy dolarizador por pesimista" Fue el arquitecto del plan de dolarización que Javier Milei llevó como bandera central de su campaña presidencial. Diseñó una propuesta gradual, inspirada en el modelo de El Salvador, que no implicaba la eliminación del peso sino la adopción del dólar como moneda de curso legal. Milei lo designó como futuro presidente del Banco Central con la misión de cerrarlo, pero fue el propio Ocampo quien renunció antes de asumir. Desde entonces, sostiene su postura desde la academia. JORGE FONTEVECCHIA — Usted fue el arquitecto del plan de dolarización que probablemente permitió a Javier Milei llegar a la presidencia, pero el Gobierno optó luego por fortalecer el peso. ¿Qué cambió entre aquel Milei candidato, y luego electo presidente, para abandonar la idea de la dolarización? — Muy buena pregunta. En realidad habría que hacérsela a Milei más que a mí. Como nunca hablé del tema con él, no le puedo dar una respuesta concreta y no quiero especular. — ¿Cómo hubiera sido? Por lo menos, cuéntenos cómo usted lo hubiera llevado adelante en ese diciembre de 2023. — Para empezar, teníamos un plan que era gradual. No estábamos pensando en una dolarización de entrada. De cualquier manera, la gente en general, cuando habla de dolarización, la asocia a cosas que a veces no tienen mucho que ver. La dolarización en sí es un concepto genérico. Como un sándwich es un concepto genérico: puede ser un sándwich de jamón y queso, puede ser un sándwich de milanesa. — Hay diferentes formas de dolarizar. — En Ecuador es distinto que en El Salvador. En El Salvador es distinto que en Panamá. En todos estos países fue distinto que lo que hizo, por ejemplo, Zimbabwe. O los países de la Unión Europea que adoptaron el euro. Porque la dolarización, en definitiva, trata de la adopción de una moneda extranjera como moneda de curso legal. Es una sustitución de una moneda local por una moneda extranjera. Así que “dolarización” es un término que se utiliza mal y da confusión, porque hay otra dolarización, que es la que nosotros vivimos sin que el presidente Milei —o ningún presidente— la decida: la dolarización que hemos hecho los argentinos. Esa es una dolarización de facto. “Los argentinos tienen, en lo que se llama moneda y depósitos, 257 mil millones de dólares.” Estaba viendo las estadísticas más recientes del Indec. Los argentinos tienen, en lo que se llama moneda y depósitos, 257 mil millones de dólares. Si se suman todos los depósitos del sistema bancario argentino del sector privado, hoy suman 75 mil millones de dólares, y la circulación monetaria unos 18 mil millones de dólares. Es decir, que si sumamos todos los depósitos en dólares que hay en la Argentina y toda la moneda declarada que está afuera de la Argentina en dólares, y la comparamos con la cantidad de pesos que tienen los argentinos, estamos hablando de que los argentinos eligieron como moneda al dólar. O sea, tienen cinco o seis veces la cantidad de dólares que de pesos… Y eso es una dolarización, pero de facto. Siempre hay que distinguir la dolarización de facto de la dolarización de jure. Apuntábamos a un modelo —que expliqué bastante en detalle— de una dolarización voluntaria que no significaba la eliminación del peso: significaba la adopción del dólar como moneda de curso legal. Es decir, que el peso y el dólar iban a estar, durante un período de tiempo, existiendo simultáneamente. Esto no es nada nuevo en la Argentina. Durante el siglo XIX circularon en el país multiplicidad de monedas extranjeras que tenían curso legal. Se podía pagar los impuestos con esas monedas. O sea, no es algo radical: es algo que ya existió en la Argentina, y que existe de hecho. Los argentinos han elegido una moneda, a pesar de que el Estado intentó por todos los medios disuadirlos de elegir esa moneda, imponiendo costos y restricciones a la tenencia y a la transferencia de esa moneda. Lo que buscamos —como siempre digo— es la dolarización como el primer paso hacia la libertad monetaria. Quiere decir que podamos elegir la moneda con la cual queremos operar. Si esa moneda es el euro, será el euro; si es el dólar —lo que ya sabemos porque tenemos toda la información— es la moneda de preferencia, la moneda que han adoptado los argentinos. ¿Cuál es el problema? Que esos dólares no están en la Argentina: están afuera, en cajas fuertes, abajo del colchón, o metidos en un bolso en un convento. No sabemos muy bien. Pero esos dólares no están integrados al sistema financiero de manera tal que sirvan para facilitar la actividad comercial y productiva del país. Entonces, lo que buscábamos era ir a un esquema bastante parecido al que se adoptó en El Salvador, por el cual el sistema financiero iba a estar operando 100% en dólares, pero el peso iba a seguir existiendo para transacciones en efectivo. La idea era que había que hacer muchas cosas para implementar ese plan, y parte de lo que había que hacer —obviamente— requería coordinar con el Gobierno de Estados Unidos, con el Fondo Monetario Internacional, etcétera. Todos los detalles de este plan quedaron publicados en un documento de trabajo en la Ucema, donde está detallado todo el proyecto de ley, todas las cuestiones legales, etcétera. Eso es de dominio público. “Los argentinos eligieron como moneda el dólar: eso es una dolarización de facto.” Hay complejidades, claro. Cada país tiene sus particularidades, no hay una receta única. Uno no puede decir: lo que hizo tal país ahora lo hacemos acá. Alberdi siempre decía que en la Argentina teníamos la manía de copiar mal lo bueno y copiar bien lo malo. De lo que se trataba era de estudiar lo que había funcionado en otros países, adaptarlo a nuestra realidad e ir a un sistema en donde el dólar pudiera integrarse a los flujos de la economía de una manera abierta, integrada al mundo. — Usted habrá leído seguramente que Milei, recientemente, en un reportaje en Bloomberg, dijo que la ventana para dolarizar sigue abierta; que el esquema de banda cambiaria actual no resuelve el problema monetario de fondo y que, mientras sobreviva el peso, Argentina seguirá atrapada en el mismo ciclo de ilusión y desencanto que se repite desde hace ochenta años. Basa su convicción dolarizadora no en una preferencia ideológica, sino en una lectura de la historia argentina: “Todo lo demás es pura especulación. Yo baso mi distribución de probabilidades en el pasado”. Su estrategia consistía —dice el Presidente— en tomar activos del Banco Central contra el Gobierno para que luego esos títulos pasaran al mercado y así hacernos de dólares para vender esos títulos. Pero agregó: “Es probable que, si hubiéramos hecho esta operación a los precios de mercado en aquel momento —creo que estaban a 16, 18 y hoy están a 50 y pico—, la política hubiera dicho que había una estafa, nos hubiera acusado de algún negociado turbio y nos hubiera mandado a la cárcel”. ¿Es distinto lo que él plantea de lo que usted planteaba? — Sí. De hecho le advertí al Presidente en su momento justo esto que el Presidente dice. Nuestra propuesta no tenía nada que ver con eso. Justamente lo que nosotros queríamos evitar era malvender activos —títulos públicos— que iban a subir de valor simplemente por el hecho de anunciar una reforma. No tenía sentido venderlos a esos precios. Estaban a 20 centavos; ahora están tres o cuatro veces más. Nuestra propuesta no iba por ese camino. Era una propuesta un poquito más complicada, con una ingeniería financiera un poco más compleja, que requería cierto apoyo internacional, con la idea de crear para el mercado argentino lo que se llama un activo seguro: un título que permitiera al sistema financiero operar con menos riesgo. Y ese título hubiera tenido mucho menos riesgo porque sería un título estructurado, con ciertas garantías, etcétera. Si podemos usar una analogía, sería utilizar la idea detrás de los bonos Brady —cuando se hizo la reestructuración de fines de los 80 y los 90— para hacer un nuevo título. Pero esa es historia que no ocurrió; es una idea. Lo que dijo el Presidente se lo advertí yo, porque en algún momento dijo “vendamos”. Yo le dije: “No, este no es el camino, no nos conviene”. Nuestra propuesta no tenía nada que ver con eso. — ¿Es correcto decir que también se buscaba un apoyo de fondos del exterior dispuesto a desembolsar alrededor de 30 mil millones de dólares dentro de su plan? — No. Milei en su momento dijo que tenía cuatro o cinco propuestas distintas para dolarizar. Una de ellas tiene que ver con eso que usted menciona; la que con mi equipo estábamos trabajando era otra. Yo no estaba al tanto de las otras propuestas. La propuesta en la que trabajábamos no requería de esa suma de dinero. — Le preguntaba porque, más allá de que no era su propuesta, los 30 mil de alguna manera resuenan con los 20 mil de Bessent, y lo escuché a usted en una exposición reciente decir que a lo mejor se podría haber dolarizado cuando vino Bessent a la Argentina. Me gustaría entonces —aunque sea contrafáctico— que nos contara cómo hubiera sido en el otoño del año pasado. — El tema de la necesidad de dólares está sobreexagerado. Los países que han dolarizado —el ejemplo más concreto es Ecuador—, cuando dolarizó tenía al Fondo Monetario en contra, estaba en default de la deuda externa, y su sistema bancario era muy vulnerable tras una crisis tremenda el año anterior. ¿Por qué se necesitan dólares para dolarizar? La realidad es que los argentinos tienen un montón de dólares. Lo que tenemos que entender es que la mayor parte del dinero que circula en la economía lo crea el sector privado, no el Gobierno. El Gobierno crea la circulación monetaria. Para poner números: hoy la circulación monetaria es, en equivalentes, 18 mil millones de dólares; pero el M3 son 120 mil millones de dólares. ¿Cuál es la diferencia? La que crea el sistema financiero con el multiplicador, expandiendo créditos y depósitos. LA DOLARIZACIÓN EN ARGENTINA. “La dolarización que nosotros vivimos, sin que el presidente Milei o ningún presidente la decida, es la dolarización que hemos hecho los argentinos. Esa es una dolarización de facto”. La única deuda que tiene, en algún sentido, el Gobierno son esos papelitos que imprimió, que se llaman pesos, que hoy suman 18 mil millones de dólares. El resto no es una deuda del Gobierno: es una deuda del sistema bancario. Los depósitos, para ser concretos, son una deuda del sistema bancario. Todos los sistemas financieros del mundo funcionan con reserva fraccionaria. Quiere decir que lo que los bancos deben en depósitos no está representado en el activo en un 100%. Los bancos tienen una reserva de 10%, 15% o 20% del valor de los depósitos. Todos los sistemas funcionan bien con ese esquema y nadie paniquea. ¿Por qué entonces los 20 mil millones de dólares? Porque acá se promovió la idea de que una dolarización generaba una corrida bancaria. Sigo sosteniendo que es un absurdo. La economía es un flujo circular. Cuando uno decide dolarizar y dice: “el dólar a partir de mañana es moneda de curso legal”, eso significa poder cancelatorio de cualquier deuda en el territorio nacional y que, a los efectos de la cancelación de esa deuda, tiene una equivalencia con el peso de tanto. Es decir, hay un precio fijo. Si usted quiere pagar impuestos con dólares, nosotros se los vamos a tomar a este valor. Esa decisión no tiene por qué generar una corrida. Se instaló —gracias a periodistas, analistas, etc.— este escenario apocalíptico de que si hay dólares vamos a ir todos a buscarlos. Es un absurdo que no tiene asidero en la teoría ni en la práctica. La única manera de que eso suceda es fijando un tipo de cambio por debajo del mercado. Por eso siempre insistí —ad nauseam— en que la única manera de avanzar con un esquema de dolarización es reflejando los valores del mercado. Si refleja los valores de mercado, no hay corrida. Las pocas experiencias que tenemos al respecto son indicativas. En Ecuador, cuando se dolarizó, el Banco Central no tenía reservas. Se estableció un límite de prácticamente cinco meses para que la gente entregara todos los sucres que había en la economía, porque si no iban a valer cero. Mayor incentivo para canjear no podía haber. Llegó el 30 de junio y había un tercio de los sucres que no se habían presentado. El Gobierno tuvo que extender tres meses más el plazo. Ese fantasma se creó para generar preocupación cuando Milei estaba en campaña, como si fuera un salto al vacío. Hoy hay 40 mil millones de dólares en los bancos. ¿Usted sabe cuántos tienen de respaldo? En la Argentina los encajes de los depositantes son mixtos: el Banco Central tiene hoy unos 14 mil millones de dólares, pero apenas tiene reservas netas positivas, según los analistas. Y otra mitad, más o menos, son préstamos. ¿Por qué la gente no va? Porque la gente no se comporta así. Lo que había que tener era un vidrio y el martillo listo, por si alguien quería provocar una corrida deliberadamente. La circulación monetaria son 18 mil millones de dólares; técnicamente es una deuda del Gobierno a través del Banco Central. Eso es lo único que, en teoría, en un escenario como el que yo proponía, se iría retirando gradualmente. En El Salvador —modelo que elegí— ese proceso tomó dos años. Se hizo a valores de mercado. — ¿Existe todavía una ventana económica para dolarizar? — Por supuesto. La ventana siempre estuvo abierta. El Gobierno optó por otro camino, pero siempre es posible dolarizar. Hay que mirar las circunstancias particulares y adaptar. Por ejemplo, el Gobierno argentino hoy tiene una excelente relación con el Gobierno de Estados Unidos. Eso en noviembre de 2023 era un signo de interrogación; hoy ya no. Sería mucho más fácil hoy que en noviembre de 2023. A Estados Unidos le interesa la dolarización, por el Programa de Integración de las Américas y por su mayor demanda de dinero ante sus déficits: le conviene que haya más países que adopten el dólar. — Usted sostuvo también que la viabilidad de una dolarización depende mucho más de la solidez fiscal que de las reservas del Banco Central. ¿Puede ser que eso haya contagiado a la actual administración económica respecto de que no son necesarias reservas? — Son temas distintos. Se ha discutido mucho si es posible sostener déficits fiscales en esquemas de tipo de cambio fijo —como la convertibilidad— o en dolarización. La realidad muestra que hay flexibilidad y que muchos países han acumulado déficits bajo regímenes de tipo fijo. No buscaría una relación entre esa afirmación y la política actual. No tengo contacto con el Gobierno ni injerencia alguna. — Usted fue investigador asociado al Center for Strategic and International Studies (CSIS) de Washington. ¿Cuánto la cuestión geopolítica es determinante para facilitar un proceso de dolarización? — Es muy importante. En 1998/1999 fue la última vez que en Estados Unidos se discutió seriamente la dolarización para las Américas. Hubo un proyecto en el Senado, presentado por Connie Mack (Florida, Partido Republicano), que buscaba remunerar a países que adoptaran el dólar, por el señoreaje perdido. Luego vino la crisis argentina y la discusión se dio por terminada. El tema se despertó en los últimos años, en parte gracias a Milei y en parte a otras circunstancias. Trump tuvo una estrategia bastante enfocada en las Américas. Desde el punto de vista de Estados Unidos es interesante. Pero nuestra decisión debe tomarse en función de nuestras necesidades, no de las de Estados Unidos. En mi esquema, la dolarización era el primer paso hacia la libertad monetaria —no a la imposición monetaria—: reconocer la dolarización, no negarla. Dar libertad para operar en dólares, euros, bitcoin o la moneda que la gente elija. — El presidente de la Corte Suprema, Horacio Rosatti, afirmó que la dolarización que elimine una moneda argentina sería inconstitucional. ¿Su proyecto no eliminaría la moneda argentina? — No necesariamente. Creo que Rosatti se equivoca. Sabe mucho más de derecho de lo que sé yo, pero sabemos de dolarización. Como “dolarización” es un concepto genérico, hay quien lo usa de un modo que no refleja la realidad práctica. Recuerdo que la Argentina vivió durante la segunda mitad del siglo XIX con múltiples monedas extranjeras con curso legal. La palabra “moneda nacional” no existe en el texto constitucional. Alberdi, cuando hizo el proyecto de Constitución que envió Urquiza, no incluyó la posibilidad de un Banco Central. Estas lecturas que extrapolan y dicen “es inconstitucional” son anacrónicas. No lo es. Hay muchísimas maneras de hacerlo que son compatibles con la Constitución. Incluso después de 1994 no hay nada que diga que debe haber una moneda nacional, ni que el curso legal deba ser exclusivo. Entre 1852 y 1900 circularon con curso legal, por ley, distintas monedas (bolivianas, peruanas, españolas, etc.), con paridades fijadas por el gobierno argentino; nunca fue cuestionado como inconstitucional. La opinión de Rosatti —que le contesté en un artículo largo en mi blog— denota que no entiende de qué estamos hablando. EL DIAGNÓSTICO MONETARIO. “Para poner números concretos: hoy, la circulación monetaria son —en dólares equivalentes— 18 mil millones de dólares. Pero el M3 son 120 mil millones de dólares”. — ¿Por qué en Brasil se pudo salir de la paridad con el dólar y en la Argentina no? ¿Qué diferencia a los políticos brasileños —que hasta los 90 eran tan o más irresponsables que los argentinos— respecto del gasto público y del respeto por la ley? — Más que gasto público, el punto es el respeto por la ley. Insisto en una característica muy particular de la Argentina: la anomia institucional. El Estado —que debe hacer cumplir la ley— es el principal violador de la ley, y lo hace de manera impune. En agosto de 2001 se aprobó por amplia mayoría la ley de intangibilidad de los depósitos: decía que el depósito era una relación contractual entre depositante y banco, intocable por el Estado. Cinco meses después, el Estado hizo exactamente lo que la ley prohibía. La Argentina del desastre de 2002 no fue tanto por la devaluación como por la destrucción de contratos: la confiscación impune del ahorro y la pesificación asimétrica. Brasil no hizo lo mismo. Todos los países han salido de sus esquemas; han pasado 35 años y el único que sigue teniendo el mismo problema es la Argentina. Ellos están donde están por causalidad: 20 o 25 años de políticas consistentes. Nuestro sistema político es incapaz de sostener esa disciplina, fiscal y de respeto de reglas. En el mundo se resolvió con bancos centrales independientes; nosotros no pudimos. — Si la Argentina lograra un orden macro con continuidad institucional como Brasil, ¿sería mejor tener moneda propia que dolarizar? ¿La dolarización es una ventaja de corto plazo y una limitación a largo? — La dolarización es una ventaja si se la plantea como libertad monetaria, no como imposición. Podemos elegir ropa, auto; todo, excepto la moneda. No creo que el Estado deba controlar la moneda: es un resabio de los últimos 100 años. Hasta 1913 (creación de la Reserva Federal), la moneda estatal era inusual. Si estuviera en Chile, no hablaría necesariamente de dolarización: no hay que resolver lo que no está roto. Nosotros hace 60 años que no tenemos moneda. — ¿La moneda es una cuestión geopolítica y por eso Europa tiene el euro, China el renminbi y Estados Unidos el dólar? — No hace falta ir a un Estado utópico. Si un país tiene estabilidad monetaria —empresarios que pueden estimar con seguridad la rentabilidad—, no hablaría de dolarización. Argentina no es ese caso. En 200 años, 75% del tiempo tuvimos depreciación monetaria. — En su conferencia sobre Ecuador dijo que Correa pudo hacer de todo menos traer la inflación. ¿Pero pueden endeudarse y defaultear igual? — Sí: pueden endeudarse y defaultear. Correa hizo default en 2008 sin necesidad; Ecuador defaulteó también en 2020, como Argentina. Detroit y la ciudad de Nueva York han defaulteado su deuda sin tener moneda propia. Son cosas distintas. La ventaja de la dolarización es separar lo fiscal de lo monetario. Nuestra mala moneda mezcla ambas cosas y genera una economía que requiere periódicamente devaluación e inflación para funcionar. — Hablemos del sistema cambiario/monetario actual. ¿Su visión de la economía hoy? — El Gobierno hace un enorme esfuerzo por sacarnos del sistema proteccionista-corporativista dominante en los últimos 80 años. En líneas generales, apoyo la desregulación. Pero hay intereses muy fuertes que quieren preservar el statu quo. Y hay un calendario electoral que cada 18 meses pone al que gobierna en campaña. En 18 meses es muy difícil que cualquier reforma rinda todos sus frutos. La única reforma con impacto inmediato es la monetaria: la madre de todas las reformas. Sin estabilidad monetaria es muy difícil formar capital e invertir: la incertidumbre castiga la inversión y alimenta la búsqueda de rentas. — Hubo críticas a las bandas cambiarias, y quienes preferían un tipo de cambio fijo. ¿Evaluación técnica? — Es fácil opinar desde afuera. Yo hubiera hecho otra cosa, pero hay gente muy capaz en el equipo económico. He preferido no opinar en detalle para darles la oportunidad de demostrar resultados. No es lo que yo hubiera hecho. — ¿Qué haría? — Hubiera dolarizado, sin duda. Incluso hoy. Pero no tengo la bola de cristal. Se trata de probabilidades, y las mías están basadas en la historia argentina. — Usted compara este proceso con el intento reformista de los 90. — Sí. Tenemos un sistema híbrido, legado de un fascismo corporativista implantado por Perón en 1945. Menem intentó reformarlo: la pieza clave fue la reforma monetaria. Milei quiere algo similar: una economía abierta, integrada al mundo, como Chile o Perú. El problema es bajar los costos de transición de un sistema cerrado a uno abierto, dentro de un calendario electoral exigente. En diciembre de 2023 muchos auguraban un fracaso estrepitoso; se equivocaron. El Gobierno hizo cosas bien y mal —son humanos—, y demostró flexibilidad: ajustó su esquema. Este año será clave para ver si las bandas funcionan. Con el dólar “pinchado”, eliminaría todas las restricciones cambiarias. “En 18 meses es muy difícil que cualquier reforma rinda todos los frutos que puede rendir.” — ¿Dolarizar ahora sería una vacuna frente a shocks electorales? — No doy certezas: analizo probabilidades. Si me pregunta qué esquema ofrece mayor probabilidad de estabilidad monetaria por 25 años, no tengo dudas: un esquema de dolarización como el que propuse. En 25 años habrá seis presidentes; cambiarán políticas y prioridades, y volveremos a la maquinita si no se blinda el sistema. La Argentina está estancada desde 2011. — ¿Sintió que lo usaron electoralmente en 2023? — Para nada. No tenía vocación política; acompañé a Milei porque estaba de acuerdo con el cambio. Me dijo que quería avanzar con mi proyecto. Si en ese momento miraba para otro lado, hubiera sido cobardía. Los técnicos somos piezas en un tablero; la política es más importante que el proyecto técnico. Si mi proyecto no se adoptó, el Presidente tenía derecho. No creo que haya ganado sólo por la dolarización. Me siento agradecido por la confianza. Aclaro algo: el Presidente quería que yo siguiera y que fuera al Banco Central; yo fui quien dijo “no soy la persona indicada” y renuncié antes de asumir, porque hubiera sido una traición a mis convicciones. — ¿Las medidas cambiarias previas a elecciones fueron con sesgo electoral? — No me atrevo a hacer pronósticos ni a interpretar intenciones. En todo caso, son medidas consistentes con la idea de libertad. Yo hubiera levantado todo. Macri, en 2016, terminó levantando más rápido de lo previsto las restricciones porque, cuando uno libera, la gente confía más. El error es creer que, si uno libera, todos se van. También hay quien entra. Las restricciones generan temor al capital que entra. — El 12 de agosto de 2019 ocurrió la mayor pérdida de valor de la historia argentina tras un resultado electoral. Como la alternancia es inevitable, si no fuera la dolarización, ¿qué recomendaría para “vacunarse” frente a un episodio similar? — Hay gente muy capaz en el equipo económico; no tengo por qué darles consejos bajo un esquema que no gestiono. Mi posición es sobre qué sistema ofrece mejores chances de estabilidad por 25 años. En la Argentina, las reformas no rinden sin estabilidad monetaria. — ¿Un pacto tipo Moncloa, con independencia del Banco Central y acuerdos básicos, podría ser alternativa si no hubiera dolarización? — ¿Cómo imagina que la sociedad le demande eso a los partidos? Ese “muñeco” aparece todos los años y la sociedad es incapaz de sostenerlo. Hay incapacidad del sistema político para atenerse a reglas. Hice un trabajo mostrando que las leyes “de estabilidad” se derogan a los pocos años. Soy pragmático: llego a mi solución no por enamorarme del dólar ni por favorecer a Estados Unidos, sino por estudiar la historia argentina y ver de lo que somos capaces —y de lo que no—. Proponer soluciones que presuponen una conducta que el pasado demuestra imposible me parece pueril. — Citó a Persio Arida: el déficit fiscal no se corrige de un día para el otro; es el objetivo final. ¿Por qué pudo Brasil y Argentina no? ¿Debemos aceptar una dependencia con el pasado inmodificable? — Hay una combinación de marco institucional con incentivos perversos y una desconexión entre sistema político y votante. El sistema de listas sábana, por ejemplo, hace que muchos legisladores respondan al jefe de partido más que a los electores. Tenemos presidencialismo y reglas impuestas en dictaduras que complican el funcionamiento democrático. Es difícil explicar, pero es algo que debemos entender para cambiar. — Usted es pesimista. Si tuviera que traducirlo: “Yo soy dolarizador, porque soy pesimista”. — Exacto. — Como diría Adam Smith, no cree en la benevolencia del panadero. — Soy realista. Elaboro probabilidades mirando el pasado; es lo único que tenemos. Todo lo demás es pura especulación. Yo baso mi distribución de probabilidades en el pasado. — La historia le da la razón, pero usted mismo señala que no es inmodificable. — Indudablemente hay países que han logrado doblegarla; nosotros también, en otras épocas. Este gobierno intenta cambiar contra viento y marea, luchando contra intereses creados y una telaraña institucional que solidifica esa dependencia de trayectoria. Brasil tiene un sistema con menos vicios. Siempre es tentador decir “hagamos como Perú o Chile”; pero ellos están ahí por causalidad: 25 años haciendo cosas bien. En Perú, por caso, ninguno de los últimos presidentes terminó su mandato y, aun así, el Banco Central preservó su continuidad. Nuestra realidad es distinta. Falta que nos “graduemos”. Menciones: Emilio Ocampo, Jorge Fontevecchia, Javier Milei, Banco Central de la República Argentina (BCRA), Dolarización, El Salvador, Ecuador, Panamá, Zimbabwe, Unión Europea, Indec, Ucema, Fondo Monetario Internacional (FMI), Estados Unidos, Scott Bessent, Connie Mack, Horacio Rosatti, Juan Bautista Alberdi, Justo José de Urquiza, Bernardino Rivadavia, Jorge Remes Lenicov, Adalbert Krieger Vasena, José Luis Daza, Ricardo Arriazu, Donald Trump, Reserva Federal, Persio Arida, Brasil, Chile, Perú, China, Re
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