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22/03/2026 La Nación - Nota - Política - Pag. 36

Pacto en el Llao Llao
Jorge Fernández Díaz

En los diarios y en los canales de noticias se habla de un fuerte tiroteo entre policías y ladrones en el barrio de San Telmo, pero el episodio no tiene mucha cobertura porque coincide con una maratónica y muy ruidosa sesión en la Cámara de Diputados que, como casi siempre, viene acompañada por marchas callejeras, desmanes, bombas molotov y camiones hidrantes. La verdad detrás de la mentira policial es que, cuando el director de la agencia norteamericana baja de su coche blindado, un tipo en el asiento trasero de una moto Honda le dispara cuatro tiros. El exagente especial de la DEA, que va al volante, se apea y responde con su Beretta 22F, pero no consigue dar en el blanco, y la moto gira en la esquina y se pierde. Todo ocurre en diez segundos, el señor del Partagás sale ileso y todos se dan cuenta de que el sicario tiró alto y que los proyectiles impactaron en las fachadas de una tienda y en el muro de un edificio de departamentos. “No fue un atentado -coincide Cálgaris al ver las fotos—. Fue un mensaje”. El señor de los lentes de montura metálica sigue pálido y circunspecto; al agente de la DEA no se le ha movido un pelo: la reacción es directamente proporcional a cuánta experiencia en el campo tuvo cada uno a lo largo de su carrera. A más campo, menos impresión.
Al día siguiente llega a Buenos Aires una mujer delgada y huesuda, pelo blanco y corto, y elegancia práctica; habla perfecto español aunque con acento gringo, se apellida Taylor y nadie la llama por su nombre de pila; viene directamente de Virginia y la presentan como la supervisora global de la empresa. Pronto nos enteramos de cuatro cosas: fue oficial de operaciones de la CIA, está retirada desde hace tres años, viajó para hacerse cargo de la crisis y el señor del Partagás la obedece sin chistar y con mal pálpito. De hecho, Taylor le exige que no fume habanos en su presencia y elige, en primer término, la evaluación profesional del coronel: “Hemos pisado algunos callos, madame -le explica Cálgaris en buen criollo—. Es posible que debamos concertar una reunión para coordinar con ellos y delimitar nuestras acciones. Quizá nos hayamos excedido”. Ella pregunta qué nivel de seguridad sugiere para estos días. Cálgaris no cree que haya más “incidentes” durante las negociaciones, pero aconseja dividir la tropa y ponerme a cargo de su custodia personal. La dama de plata me escanea de arriba abajo, sin sentimientos, y acepta con un movimiento de cabeza. El Salteño y seis contratados de confianza son de la partida: la escoltamos desde el Hilton hasta la embajada, la depositamos unas horas cada día en la agencia y la llevamos a ver tenis y a escuchar una ópera de Puccini en el Teatro Colón. Prácticamente, no nos dirige la palabra, ni para bien ni para mal. Y se dedica durante horas a conversar a fondo con el coronel, que la acompaña a un desayuno en el Ministerio de Seguridad: vuelven con la novedad de que pasaremos en breve un fugaz fin de semana en el hotel Llao Llao.
Hace casi diez años, la AFI organizó allí un encuentro de espías: asistieron directores generales de casi todos los servicios secretos de América Latina y nosotros fuimos parte del anillo de protección. Esta “cumbre” es muchísimo más modesta, reducida e informal: asistirán unos pocos referentes de la inteligencia nacional, militar y criminal -gente de diversas fuerzas federales y organismos específicos-, y algunos funcionarios y lobistas de la embajada de la nueva madre patria. Habrá una avanzada para descartar explosivos y luego un compromiso por escrito para no introducir armas ni grabarse durante las amables tertulias ni filtrar datos a la prensa. Cada uno de los asistentes puede llevar hasta tres acompañantes terapéuticos: será también una pequeña convención de guardaespaldas, forzudos que nos miraremos con descon-
fianza unos a otros en los pasillos del hotel y que no dormiremos esa única noche. Los espías ocupan apenas un ala de un piso, y no comparten con el resto de los pasajeros los lugares comunes: desayunan, cenan y dialogan en un salón especial, y procuran no salirse de ese cuadrilátero a lo largo de las treinta horas que dura la jornada. Taylor es la única mujer y lo primero que hace es desobedecer las órdenes: la acompaño hasta el gimnasio, que a esa hora está vacío, y la veo entregarse a una rutina muy exigente. Todavía tiene, a pesar de sus sesenta años, un cuerpo musculoso y flexible, y mucha resistencia. Cuando se está secando la cara con
una toalla me sorprende: “Aburre la pérdida de tiempo; cuando los jefes de la mafia se reúnen y hay una voluntad superior, las cosas no pueden salir mal”. Intento defender la idea de Càlgaris: “De vez en cuando hay que limar asperezas, barajar y dar de nuevo”. Me observa con más atención; tiene una mirada severa y aguda. Cuando habla lo hace despacio y con desprecio irónico: “¿Tienes idea de lo que significa para alguien como yo esta misión?”. Sigo en posición de firme, comprendiendo que ahora toca callar. Intuyo que, para alguien entrenada en contrainteligencia y terrorismo, el espionaje político de una republiqueta sojera -corruptos, traidores, vivillos, chantajistas, adúlteros- resulta tan estimulante como una vuelta en calesita. Me doy cuenta de que reemplazará a nuestro socio, que el señor del Partagás regresará a Washington con el rabo entre las patas y que se cierra un ciclo y se abre otro, quizá más escabroso.
Confirma más tarde Càlgaris que sus intervenciones, en la mesa redonda, son hostiles e inteligentes. “Se mantiene en silencio, absorbiendo la información y escrutando a los personajes, y cuando abre la boca deslumbra con sus razonamientos secos y rasga el aire de la sala: a los agresivos les levanta la voz y a los blandos se los comrudos”, me cuenta el coronel en un break: “Es una pantera, marca territorio. Y nadie le anima, porque todos estos muchachos piensan erróneamente que habla en nombre del Tío Sam”. ¿Será tan erróneo? Igualmente pactan protocolos y se ordena el tránsito. Todos parecen satisfechos antes de abordar sus aviones privados. Como todavía quedan unas horas para nuestro vuelo de línea, Taylor me pide que le muestre Bariloche.
Vamossoloen una 4x4 alquilada y me habilita para que le cuente a grandes rasgos la historia de la ciudad, que este domingo está iluminada por un sol centelleante: no hace mucho frío, pero las cumbres todavía están muy nevadas. Mira hacia uno y otro lado sin traslucir admiración ni desprecio, como un Terminator que barre el terreno y hace cálculos matemáticos. Me ordena después que nos detengamos sobre el lago, bajo una sombra, y se queda un tiempo sin decir nada. Tenemos las ventillas abiertas y estamos codo a codo, y yo no puedo evitar observarla disimuladamente por el rabillo del ojo y reconocer que tiene una rara sensualidad sin propósito ni destino.”Tu presidente y el mío se caen bien y creen que se parecen mucho, pero son el agua y el aceite -dice sin moverse—. Esperemos que nunca se den cuenta”.
Como no soy ducho en el análisis político, mantengo la boca cerrada. Ella entonces, sin volverse hacia mí, pregunta en otro tono: “¿Sabemos quién apretó el gatillo?” Asiento
varias veces: “Un gendarme dado de baja”.
Taylor levanta el mentón y achica los ojos: “Quiero que le rompas las piernas”. Se oye
la risa, el movimiento de la copa de los árboles y una sierra lejana. “¿Eso no quebraría la tregua que acabamos de firmar?”, pregunto.
Ahora la dama de plata gira su cabeza y usa una frase susurrante: “La pax entre padrinos no se firma desde la debilidad. Quiero que empecemos bien con estos tipos y para eso tenemos que quedar a mano”. Se cumplen al pie de la letra sus deseos. El exgendarme va a parar a una clínica de Berisso; en los diarios y cadenas de noticias se informa que fue víctima de un asalto, y el coronel cura el sarpullido de los capos. Taylor parece satisfecha, hasta se le escapa una sonrisa seductora. “Si te hubiera conocido hace veinticinco años -me dice, como si me acariciara- te habría llevado conmigo a Afganistán”.


Menciones: Jorge Fernández Díaz, DEA, CIA, AFI, Taylor, Cálgaris, Partagás, San Telmo, Llao Llao, Bariloche, Virginia, Washington, Afganistán, Teatro Colón, Ministerio de Seguridad, PN, General, Coronel


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