08/02/2026 Clarín - Nota - Internacionales - Pag. 23
La crisis que devoró a la URSS y arrastró a la isla antillana Marcelo Cantelmi De un momento a otro Cuba se encontró en total desamparo. Moscú dejó de enviar petróleo e insumos. La economía de la isla se redujo casi 40%. La crisis que devoró a la URSS y arrastró a la isla antillana Durante el “período especial” que torció a la isla por largo tiempo desde 1991, las ciudades de Cuba estaban a oscuras en las noches. Durante el día, la gente se arremolinaba en las calles moviéndose de sus trabajos y los chicos, a las escuelas. No había posibilidad de ocupación remota en aquella épocas. Lo más sorprendente eran los autobuses. Unos voluminosos vehículos por entonces ya muy antiguos. Este cronista, de visita en esos años en La Habana, notó que les habían quitado los parabrisas. Delante, les colocaron arneses atados a los ejes delanteros y dispuesto a un cuadrilla de caballos. Los conductores manejaban las riendas desde donde tenían el volante o el espacio vacío de los cristales delanteros. En un momento gritaban y los caballos comenzaban a trotar llevando la carga. Estacionaban en las plazas para recoger un número reducido de pasajeros debido al peso y se movían entre los pueblos cercanos. Había unos pocos vehículos autónomos en funcionamiento, presumiblemente de los servicios de seguridad o de las autoridades del régimen. Después se llenó todo de bicicletas que el régimen importó con urgencia desde China. Según por donde se caminara, aún más en las noches se oía el sonido ronco de unos pocos generadores instalados en los hospitales y las comisarías. Era la Cuba del total desamparo y la indigencia, con caballos en las calles, y leña en las casas para la cocina, pero con pocos alimentos. Esa escasez disparó enfermedades nuevas por falta de vitaminas. La dieta se redujo drásticamente; surgieron “platos” desesperados que incluyeron la cáscaras de frutas cocinadas, como la del pomelo: el bistec de cáscara de toronja. Cuando colapsó la Unión Soviética quedó clara la profundidad de la dependencia de la isla antillana de su padrino ruso, un amparo que nunca se previó que podría terminar. Al extremo que en Cuba no había siquiera una fábrica de sartenes u ollas, entre otros insumos básicos. Todo venía desde Moscú, incluso los maestros. La misma dependencia profunda, aunque en otro formato, que estableció con el régimen chavista, si habilitar otras alternativas. Aquella enorme crisis de 1991, que en lo básico cortó el flujo petrolero a la isla, se agravó además con el recrudecimiento del embargo o bloqueo estadounidense, desde 1992. Washington apostaba como ahora a que la pesadilla económica haría sucumbir al régimen. Ciertamente, las consecuencias fueron abismales. De la noche a la mañana el país perdió 80% de su comercio exterior y el 75% de su importaciones. La economía se contrajo cerca de 40%. Un dato elocuente del precipicio económico se advierte con el daño en el PBI que en 1990 llegaba a US$ 32 millones. Dos años después, se redujo a menos de 20 mil millones. Riqueza magra que se esfumaba. La situación, con el impacto social que describimos, disparó uno de los más graves episodios de rebelión en la historia de la Revolución, recordado como el “maleconazo”. El 5 de agosto de 1994 la gente se amontonó en el malecón de La Habana siguiendo versiones de que había barcas que cruzaban hacia EE.UU. Como eso no sucedía, se disparó la protesta con un sonoro repudio al régimen, por primera vociferado como dictadura. La rebelión la contuvo personalmente Fidel Castro, pero fue el inicio de otro conocido fenómeno, el de los “balseros” con el primer capítulo de decenas de miles abandonando la isla con anuencia del régimen. Esa desesperación nunca se calmó. Cuba ya perdió un cuarto de su población, especialmente jóvenes, abandonados de toda esperanza de mejoras. Marcelo Cantelmi Menciones: Cuba, Unión Soviética, Moscú, Washington, Fidel Castro, La Habana, China, EE.UU.
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